“Y él les dijo: «¿Por qué os alarmáis?, ¿por qué surgen dudas en vuestro corazón? Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un espíritu no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo».
Siempre seguirán surgiendo dudas en nuestro corazón. El Camino de la Fe es un camino de dudas, porque no vemos, no sentimos, no experimentamos con nuestros sentidos humanos, sino que se nos ha dado un sentido sobrenatural: el Don de la Fe, con el cual vemos, sentimos y escuchamos de un modo diferente.
Cuando dejamos de estar “en sintonía” con la Palabra de Dios, por medio de la oración, los sacramentos, entonces nos entrarán dudas que serán productos de nuestro dejar de estar en Gracia.
Es la Gracia santificante la que nos ayuda a seguir fortaleciendo y madurando en nuestra vida de Fe. No serán los libros, los estudios o los títulos teológicos los que nos ayuden a madurar, sino una experiencia vital, cierta y constante con las Personas Divinas.
Para los apóstoles y los primeros discípulos fue necesario que Jesús se les apareciera y lo pudieran tocar: meter el dedo en la llaga de las manos y la mano en su costado, porque serían los testigos verdaderos de su Resurrección, y serían ellos quienes nos pasaran el testigo, o nos dieran un testimonio creíble de los misterios de nuestra fe. Pero, a nosotros, sólo se nos ha concedido creer lo que otros creyeron, y madurar en esa fe de acuerdo con nuestra necesidad de creer.
Es claro que, cuando no tenemos hambre o sed de vida espiritual, o cuando vivimos tan insertos en la sociedad material y mundana, los criterios o la vida espirituales, ya son algo que no me interesa o no significa nada en mi vida. Es así como se va perdiendo lo esencial de nuestra vida cristiana, hasta el punto de llegar, no sólo a dudar de la fe, sino a renegar de lo que alguna vez he creído y vivido.
Pero, cuando tengo en claro que mi vida espiritual ha sido una elección o una respuesta a un llamado del Señor, entonces tengo que poner todos los medios necesarios para seguir madurando, para seguir confiando aunque, como dice el Salmo, el Señor me permita transitar por cañadas oscuras, o llevar cruces pesadas, pues sabré con certeza que Él siempre estará conmigo, y, en todo momento, se sentará conmigo para alimentarme con el Pan de la Vida y el Vino de la Salvación, para satisfacer mi hambre y mi sed de Dios.
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