"Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar:
- «¿Soy yo acaso, Maestro?»
Él respondió: - «Tú lo has dicho».
La verdad, la veracidad, no tiene que ser sólo para los demás, sino, también, para uno mismo. Cada uno de nosotros somos conscientes de lo que hacemos, aunque lo hagamos sin conciencia, pero sabemos qué estamos haciendo en cada momento de nuestras vidas, y, sobre todo, sabemos qué estamos pensando en todo momento. Por eso no hace falta que preguntemos a alguien ¿seré yo? Porque tengo que acostumbrarme a analizar mi conducta y mi forma de ser, pues esas cosas son las que hablan de mí, no sólo las buenas intenciones que, generalmente, no son las que más ponemos en práctica, aunque sí las usamos para excusarnos de haber actuado mal: pero mi intención era buena... y eso también era mentira.
"Solo la verdad os hará libres", y esa verdad es, sobre todo, hacia mí. Ser veraz conmigo mismo, aunque me duela, pero tengo que aceptar quién y cómo soy, y, también, lo que Dios quiere que sea y para lo que me ha llamado, cuál es mi misión. Pero si no acepto lo que soy, y me niego a aceptarlo, y vivo en una mentira conmigo mismo, entonces no podré nunca hacer lo que Dios me pide, pues Dios cuenta conmigo para hacer maravillas. Pero si yo mismo no estoy para mí ¿cómo Dios podrá hacer algo conmigo?
Es cierto que hay cosas que he vivido y no quisiera recordarlas, pero son parte de mi vida, y, aunque quisiera, no voy a poderlas quitar de mi memoria. Las tengo que asumir sabiendo que esa parte "oscura" de mi vida vida es mía, y que, aunque le echara la culpa a otra persona, he sido yo quién ha actuado y ha obrado. Por eso tengo que asumir que no siempre he actuado como debería y que, a pesar de todo, también el pecado forma parte de mi vida.
Cuando somos capaces de reconocernos tal y cual somos, entonces sí Dios podrá trabajar conmigo, porque no tendrá obstáculos y Él irá perfeccionando la obra de sus manos, que soy yo. Me irá indicando el Camino a seguir para que pueda alcanzar la meta que Él soñó para mí, y, en el camino se irá manifestando a los hombres a través de mi vida.
Pero cuando no nos dejamos modelar por Dios, solamente nos ponemos una máscara de lo que deberíamos ser, hasta que llega el momento que se termina el carnaval y la máscara se cae, y sale al descubierto mi verdadero rostro. Una vida que no me gusta ni le gusta a la gente, porque no dice lo que mis labios dicen.
Así, cuando en el espejo de la verdad me veo reflejado puedo entregarle al Padre todo lo que no me gusta y dejar que Él lo transforme, pero haciéndome cargo de que cada acto fue una decisión mía, y no fue culpa de otros. Así podré ofrecerle en el altar del sacrificio todo lo que no soy, y darle para que trabaje todo lo que soy y lo que Él quiere que sea. Limpiar mi vida de las máscaras que he comprado y que he usado, para que con el rostro limpio y luminosa por la Gracia recibida manifieste al mundo la alegría de la conversión, la alegría de creer que Él es mi Padre y que hace maravillas con quien se dejar conducir por Sus Manos.
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