miércoles, 24 de marzo de 2021

La fuerza de la fe

 

"Sidrac, Misac y Abdénago contestaron al rey Nabucodonosor:
«A eso no tenemos por qué responder. Si nuestro Dios a quien veneramos puede librarnos del horno encendido, nos librará, oh rey, de tus manos. Y aunque no lo hiciera, que te conste, majestad, que no veneramos a tus dioses ni adoramos la estatua de oro que has erigido».
Hermosa respuesta es la que sale de los labios de los tres jóvenes: no adoran a Dios porque puede librarlos, sino lo adoran porque es Dios, y, por eso mismo, no se arrodillarán a adorar a nadie más, sólo a Dios, aunque eso les cueste la vida.
En este tiempo de cuaresma el Señor nos invita a profundizar en esta respueusta de los jóvenes, que, no sólo es para jóvenes, sino para todos los que decimos creer en Dios: ¿por qué creemos en Él? ¿Lo adoramos sólo a Él o tenemos otros dioses a quienes adoramos? ¿Seríamos capaces de responder como estos jóvenes en la misma situación?
No siempre tenemos esa respuesta en las situaciones de dolor y de cruz. Claro es que no tenemos otros dioses en nuestras vidas, pero cuando la "cosa se pone fea", vamos en buscar de otros dioses o renegamos del nuestro o le protestamos o nos alejamos de Él porque no hace lo que quiero, porque no me da lo que le pido.
Muchas veces digo y cuento que la primera vez, o una de las primeras veces, que hice un bautismo y le pregunté a los padres (como sugiere el rito bautismal): ¿qué vienen a pedir a la Iglesia para su hijo? Ellos contestaron (como hacían muchos): la salud, otros decían: que sea buenito; algunos: suerte, que le vaya bien, etc. etc. Pero a casi nadie le surgia la respuesta: el don de la Fe, o el bautismo...
Porque hemos concebido la religión como un seguro para que no nos pase nada, y si nos pasa algo, no cambiamos de religión; o si no nos gustan los curas, o si me he peleado con mi párroco, o... siempre hay una causa por la que me puedo alejar de Dios o dejar de creer en él.
En cambio, en la respuesta de los tres jóvenes del Antiguo Testamento nos ayudan a ver que creer en Dios va mucho más allá de lo que pueda o no pueda suceder, de lo que me conceda o deje de conceder. Creo en Él porque encuentro en Él la fuerza, la Gracia, la Verdad, la Vida. Creo en Él porque he llegado a conocerlo y amarlo y es Quien me muestra el Camino a recorrer en la vida, y anima y fortalece cada paso de mi vida, y, como dice el Salmo: "aunque camine por cañadas oscuras nada temeré".

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