“Este es el juicio: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra el mal detesta la luz y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras.
En cambio, el que obra la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios”.
Cuanto más nos acercamos a la luz más podemos ver, así lo hacemos cuando nos queremos vestir bien, cuando nos peinamos o cuando queremos quitar una mancha de alguna prenda de vestir. Pero cuando no queremos que algo se vea nos alejamos de la luz, o de los lugares donde haya mucha luz, para poder pasar desapercibidos, ya sea por timidez, porque se me ha manchado la ropa, o por alguna causa especial.
Quizás el resto de la gente no se de cuenta de que algo está mal, pero uno sabe en su conciencia que hay algo que está mal y no quiero que lo vean o descubran.
No es el Señor quien nos condena, sino la Verdad la que nos juzga, porque sabemos cuándo obramos bien y cuándo obramos mal. No hace falta ser muy estudioso para saber distinguir entre el bien y el mal, pues es un razonamiento que aprendemos a usar apenas comenzamos a usar nuestra capacidad de razonar, nuestra capacidad intelectual.
Y, aunque intentemos (como lo hacen las ideologías modernas) de disfrazar la mentira de verdad, siempre sabremos cuándo no obramos de acuerdo con la Voluntad de Dios. Está claro y es evidente que Jesús le está hablando a gente que saber cuál es la Verdad, que ha conocido la Ley de Dios y que sabe cuál es el Camino que ha de seguir. Y lo mismo nos lo dice a nosotros que hemos elegido un Camino, por eso nos llamamos cristianos.
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