Hay dos frases de la lecutra del profeta Jeremías que siempre me han sacudido por dentro, y me llevan a reflexionar, no sobre los demás, sino sobre mí mismo. Aquí están:
«Maldito quien confía en el hombre, y busca el apoyo de las criaturas, apartando su corazón del Señor".
"Nada más falso y enfermo que el corazón: ¿quién lo conoce?".
Y siempre pienso que no es sólo hablando de los demás, porque la Palabra de Dios nos exhorta a cada uno en lo personal, y, también, en nuestra relación con los demás. Y, sobre todo en estos tiempos, donde nos acostumbramos a juzgar a los demás, pero sin pensar en cómo estamos actuando nosotros mismos.
En cuanto a la primera frase, siempre pienso que somos muchos los que ponemos nuestra confianza en nosotros mismos, más que en Dios, y así nos vamos apartando de la Gracia del Señor. No es que reneguemos de Él, sino que no estamos en una constante relación con Dios que nos lleve a sólo confiar en Él y no en nuestros propios criterios, en nuestras fuerzas, en nuestras capacidades, intelectuales y espirituales. Lo cual nos lleva, paso a paso, a una vanidad espiritual que nos pone siempre sobre un pedestal que nos permite juzgar lo que hacen los demás, o, incluso, sin juzgarlos a saber que sólo yo tengo razón en lo que digo o hago. Y, de ese modo, también me voy alejando de mis hermanos, no juzgándolos, pero sí creyendo que si me aparto puedo obrar mejor que ellos.
Y, en este proceso, puedo llegar a descubrir, si me acerco a la Luz del Espíritu del Señor, que, realmente, "mi corazón es falso y está enfermo", no por pecados de acción sino por el pecado de omisión; no porque he pecado demasiado sino porque me he alejado demasiado del Señor, porque no he orado lo suficiente, porque no he recibido la Gracia de la reconciliación, porque no he meditado suficientemente Su Palabra, porque no he tenido quien me ayude a descubrir mi error o no he escuchado cuando me han advertido de mis errores.
Y, claro, es difícil para el vanidoso en el espíritu poder reconocer que se ha equivocado, pues siempre he confiado en mi criterio, siempre he sabido lo que tenía que hacer y cómo hacerlo. Pero el error ha sido no cotejar mi voluntad con la Voluntad de Dios, y, sobre todo, cuando sabía que si lo hacía el Señor me pediría un acto de conversión, un cambio en mi actitud, abrirme más a Su Espíritu y dejar de confiar sólo en mí, y abrirme a la opinión de mis hermanos para poder encontrar el Camino de la Verdad, el Camino de la Voluntad de Dios y no de la mía propia.
Y, sin querer, me he quedado como el rico del evangelio que no le daba a los demás lo que ellos realmente necesitaban, pues sólo me quedé "regodeándome" de mis virtudes y buenas acciones, sabiendo que siempre hago bien las cosas, y son los demás los que no las ven.
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