De las Homilías de Orígenes, presbítero, sobre el Levítico
Una vez al año, el sumo sacerdote, dejando a fuera al pueblo,
entraba en el lugar donde se hallaban el propiciatorio, los querubines, el arca
de la alianza y el altar de los aromas; lugar donde sólo al sumo sacerdote le
estaba permitido entrar.
Pero fijémonos en nuestro verdadero sumo sacerdote, el Señor
Jesucristo. Él, habiendo tomado la naturaleza humana, estaba con el pueblo todo
el año, aquel año, a saber, del cual dice él mismo: Me envió a evangelizar a
los pobres y a proclamar el año de gracia del Señor. Y, una vez durante este
año, el día de la expiación, entró en el santuario, es decir, cuando, cumplida
su misión, penetró en los cielos, entró a la presencia del Padre, para hacerle
propicio al género humano y para interceder en favor de todos los que creen en
él.
El apóstol Juan, conocedor de esta propiciación que nos
reconcilia con el Padre, dice: Hijos míos, os escribo esto para que no
pequéis. Si alguno peca, abogado tenemos ante el Padre, a Jesucristo, el justo.
Él es propiciación por nuestros pecados.
También Pablo alude a esta propiciación, cuando afirma de
Cristo: A quien Dios ha propuesto como instrumento de propiciación, por su
propia sangre y mediante la fe. Por lo tanto, el día de nuestra propiciación
continúa hasta el fin del mundo.
Dice la palabra de Dios: Pondrá el incienso sobre las
brasas delante del Señor, para que el humo del incienso cubra el propiciatorio
que está sobre el documento de la alianza, y así él no muera. Después tomará
sangre del novillo y rociará con el dedo el lado oriental de la placa o
propiciatorio.
Este texto nos recuerda el modo como en el antiguo Testamento
se celebraba el rito de la propiciación ante Dios; pero tú que has venido a
Cristo, verdadero sumo sacerdote, que con su sangre te hizo a Dios propicio y te
reconcilió con el Padre, trasciende con tu mirada la sangre de las antiguas
víctimas y considera más bien la sangre de aquel que es la Palabra, escuchando
lo que él mismo te dice: Ésta es mi sangre, que será derramada por vosotros
para el perdón de los pecados.
El hecho de rociar el lado oriental tiene también su
significado. De oriente nos viene la propiciación, pues de allí procede el varón
cuyo nombre es Oriente, el que ha sido constituido mediador entre Dios y los
hombres.
Ello te invita a que mires siempre hacia oriente, de donde sale para ti el sol
de justicia, de donde te nace continuamente la luz, para que no camines nunca en
tinieblas, ni te sorprenda en tinieblas aquel día último;
para que no se apodere de ti la noche y oscuridad de la ignorancia, sino que
vivas siempre en la luz de la sabiduría, en el pleno día de la fe, bajo la luz
de la caridad y de la paz.
lunes, 15 de marzo de 2021
Cristo, propiciación de nuestros pecados
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