Hoy no sabría con qué párrafo de las dos lecturas me quedaría para reflexionar, pues las dos lecturas, completas, me hacen pensar. Lo que le dice el Señor al Pueblo de Israel por medio de Jeremías lo podría volver a repetir hoy para nosotros, el Nuevo Pueblo de Dios, la Iglesia, y todos sus integrantes:
«Esta fue la orden que di a vuestros padres:
“Escuchad mi voz. Yo seré vuestro Dios, y vosotros seréis mi pueblo. Seguid el camino que os señalo, y todo irá bien.”
Pero no escucharon ni hicieron caso. Al contrario, caminaron según sus ideas, según la maldad de su obstinado corazón.
Me dieron la espalda y no la cara.
Ya puedes repetirles este discurso, seguro que no te escucharán; ya puedes gritarles, seguro que no te responderán. Aun así les dirás:
“Está es la gente que no escuchó la voz del Señor, su Dios, y no quiso escarmentar. Ha desaparecido la sinceridad, se la han arrancado de la boca”».
Y lo que más fuerte me llegó es este párrafo: "ha desaparecido la sinceridad, se la han arrancado de la boca".
Y, en realidad, creo que es uno de los valores humanos que ha ido desapareciendo con el tiempo, y, sin darnos cuenta lo hemos aceptado como tantos otros que, también, han desaparecido. Aunque, en realidad, creo, es el que primero ha ido desapareciendo pues nos hemos estado engañando con que hacíamos muy bien las cosas, y, sin embargo, estábamos haciendo lo que queríamos con nuestra religión, con nuestra vida de fe, pues solo "cumplíamos" con algunos requisitos para quedar tranquilos en conciencia, y, en algunos casos, asegurarnos de no ir al infierno.
Tanto nos asustaron en su tiempo y nos decía que si no hacíamos tal cosa o tal otra íbamos al infierno, que cumplíamos esos requisitos, pero, en la realidad, no vivíamos la fe en Cristo Jesús. Y siempre volveré a repetir aquello de: "padre, esta misa me sirve?" Es una pregunta que siempre queda en el inconsciente colectivo católico: sirve la misa para cumplir el precepto, o no? porque si no me sirve no vengo, o busco una que me sirva para cumplir... Y así con muchas cosas del evangelio.
Por eso, aprovechemos este tiempo de cuaresma para volver a descubrir lo hermoso de nuestra fe, no para cumplir con requisitos, sino para vivir lo que Jesús nos propone: su propia vida en nuestra vida, para poder alcanzar aquello que decía San Pablo: ya no soy yo quien vive en mí, sino que es Cristo quien vive en mí.
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