“Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré?: Padre, líbrame de esta hora. Pero si por esto he venido, para esta hora. Padre, glorifica tu nombre».
Entonces vino una voz del cielo: «Lo he glorificado y volveré a glorificarlo».
Jesús como hijo de Dios, como Dios, conoce cuál es el Plan del Padre, sabe lo que va a venir, por eso, varias veces se lo dijo a los apóstoles, en varias oportunidades habló de Su Hora. Y esa Hora se aproxima, y, como hombre, siente la angustia de la muerte, el dolor de la Cruz, y por eso “su alma se agita”, se agita de pesar. Sí, como nos sucede a nosotros cuando nos enfrentamos a nuestras cruces, cuando en un momento de la vida se nos presenta una situación de dolor o de muerte, y nos parece haber perdido la fe, la esperanza, y surgen muchas preguntas y rebeldías. Jesús también las siente y las sufre, pero su respuesta ante el dolor de la Cruz, es muy diferente a la que, muchas veces, damos nosotros:
“Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré?: Padre, líbrame de esta hora. Pero si por esto he venido, para esta hora. Padre, glorifica tu nombre”.
Una aceptación incondicional a la Voluntad de Dios. Conoce el cómo y el cuando, pero eso no le impide seguir siendo Fiel, hasta en el momento más duro del Huerto de los Olivos, nos habla de fidelidad a la Voluntad de Dios: “pero que no se haga mi voluntad sino la Tuya”.
No, no es fácil aceptar la Cruz, pero no es imposible para los que nos dejamos conducir por Dios, pues Él mismo se hace nuestro Cirineo y nos da la fortaleza, como se la dio a Su Hijo, para poder cargarla hasta el final del Camino.
Seguramente en el Camino nos tropezaremos y caeremos más de una vez, pero siempre tendremos Su Mano extendida para poder levantarnos y seguir recorriendo ese Camino y no otro, pues otro Camino no lleva a la misma plenitud, sino sólo el Camino que Él pensó para nosotros desde antes de la creación del mundo
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