"Simón Pedro le dijo:
- «Señor, ¿a dónde vas?».
Jesús le respondió:
- «Adonde yo voy no me puedes seguir ahora, me seguirás más tarde».
Pedro replicó:
- «Señor, ¿por qué no puedo seguirte ahora? Daré mi vida por ti».
Jesús le contestó:
- «¿Con que darás tu vida por mí? En verdad, en verdad te digo: no cantará el gallo antes de que me hayas negado tres veces».
Pedro siempre impetuoso y decidido hablaba sin pensar, lo que pronto le venía a la cabeza lo decía, pero no se ponía a pensar lo que decía. Seguramente que su intención era muy buena, su deseo de estar con Jesús era lo que motivaba su respuesta, pero aún no tenía fuerte el espíritu para soportar lo que vendría. Y al escribir esto me acuerdo de la respuesta de Jesús a la madre y a los hijos de Zebedeo, Juan y Santiago: "no sabéis lo que pedis ¿podréis beber el cáliz que yo beberé?"
El dejarnos llevar por los impulsos de los sentimientos, o por los arranques del temperamente, sin ponernos a pensar qué es lo que vamos a decir o en qué momentos vamos a decir las cosas, nos puede poner en situaciones difíciles o, seguramente, hacer daño a alguna persona. Claro que todo tiene solución si nuestro corazón es humilde y sincero, porque siempre tendremos tiempo de rectificar y pedir perdón o disculpas por lo que dijimos o hicimos. Pero no siempre podremos detener lo que hemos hecho o dicho, o no siempre podremos subsanar el error cometido o el daño causado.
Y vuelve a mi cabeza un refrán que, muchas veces, he repetido: antes de poner la lengua en movimiento pon tu cerebro en funcionamiento. Porque nuestra lengua, si no está unida a nuestro cerebro, y éste a la virtud de la prudencia, de la verdad, y, sobre todo, del amor fraterno, seguramente, hará mucho daño, y me hará hacer promesas o juramentos que después no podré cumplir.
Pedro, le juró al Señor que jamás lo negaría y que iría con él hasta la muerte, pero a las pocas horas lo negó tres veces y no lo acompañó hasta el calvario. Había hablado de más, y se había puesto delante de los otros como el más fuerte y seguro, y, sin embargo, no estaba su espíritu tan firme y fuerte como para hacer frente a lo que vendría. No podría resistir ante la presión y el miedo de la muerte.
Claro es que, muchas veces, ante situaciones parecidas escuchamos: es que soy así... no puedo cambiar... si no te gusta... Pedro pudo cambiar, cuando recibió la gracia del Espíritu Santo pudo hacer realidad su promesa de seguir al Señor hasta la muerte y muerte en cruz, pero hasta que no tuvo la fuerza del Espíritu, hasta que no maduró en su fe no pudo vivir lo que realmente tenía que vivir.
Siempre hay tiempo para cambiar, si realmente lo deseamos tenemos que buscar los medios para modificar nuestro temperamento, para saber pensar antes de hablar, para vivir en la verdad, para saber pedir disculpas o perdón, pero, por sobre todo, para aprender a ser prudente y vivir el amor fraterno.
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