Del Espejo de caridad, del beato Elredo, abad
La perfección de la caridad consiste en el amor a los enemigos. A ello nada nos
anima tanto como la consideración de aquella admirable paciencia con que el más
bello de los hombres ofreció su rostro, lleno de hermosura, a los salivazos de
los malvados; sus ojos, cuya mirada gobierna el universo, al velo con que se los
taparon los inicuos; su espalda a los azotes; su cabeza, venerada por los
principados y potestades, a la crueldad de las espinas; toda su persona a los
oprobios e injurias; aquella admirable paciencia, finalmente, con que soportó la
cruz, los clavos, la lanzada, la hiel y el vinagre, todo ello con dulzura, con
mansedumbre, con serenidad. En resumen, como cordero llevado al matadero, como
oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría la boca.
¿Quién, al oír aquellas
palabras, llenas de dulzura, de amor, de inmutable serenidad: Padre, perdónalos,
no se decide al momento a amar de corazón a sus enemigos? Padre -dice-,
perdónalos. ¿Puede haber una oración que exprese mayor mansedumbre y amor?
Hizo más aún: le pareció poco orar; quiso también excusar. «Padre -dijo-,
perdónalos, porque no saben lo que hacen. Su pecado ciertamente es muy grande,
pero su conocimiento de causa muy pequeño; por eso, Padre, perdónalos. Me
crucifican, es verdad, pero no saben a quién crucifican, porque, si lo hubieran
conocido, nunca hubieran crucificado al Señor de la gloria; por eso, Padre,
perdónalos. Ellos me creen un transgresor de la ley, un usurpador de la
divinidad, un seductor del pueblo. Les he ocultado mi faz, no han conocido mi
majestad; por eso, Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.»
Por tanto,
que el amor del hombre a sí mismo no se deje corromper por las apetencias de la
carne. Para no sucumbir a ellas, que tienda con todo su afecto a la mansedumbre
de la carne del Señor. Más aún, para que repose de un modo más perfecto y suave
en el gozo del amor fraterno, que estreche también a sus enemigos con los brazos
de un amor verdadero.
Y, para que este fuego divino no se enfríe por el impacto de las injurias, que
mire siempre, con los ojos de su espíritu, la serena paciencia de su amado Señor
y Salvador.
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