En aquel tiempo, se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: «Si quieres, puedes limpiarme».
Compadecido, extendió la mano y lo tocó, diciendo: «Quiero: queda limpio». La lepra se le quitó inmediatamente, y quedó limpio.
Estamos a pocos días de comenzar el Tiempo de Cuaresma, 40 días de reflexión interior. Un tiempo de descubrir cuáles son nuestras impurezas que se nos han ido “pegando” del mundo y cuáles las que, directamente, hemos realizado nosotros. El deseo del leproso es el deseo de los corazones que se sienten empobrecidos por el pecado personal, por las faltas cometidas, y que necesitan de la Gracia para poder seguir caminando, para volver a recomenzar un camino de santidad y perfección.
Quizás en estos tiempos que vivimos hemos perdido la capacidad de “diagnosticar” el pecado y, sobre todo, el pecado personal. Decía un santo que “el mal, aunque todos lo hagan siempre será mal, y el bien, aunque nadie lo practique siempre será bien”. El mundo, en estos tiempos que vivimos, nos está queriendo enseñar que el pecado no es pecado, y que si todos lo hacen es porque está bien hecho. Y esa es la mayor de las tentaciones de satanás: hacer creer que porque todos lo hacen está bien hacerlo.
Aunque el leproso viva en una comunidad de leprosos, siempre seguirá teniendo esa enfermedad que le irá comiendo la vida. Así nos pasa con el pecado: vivimos en un mundo que vive en pecado y que nos dice que está bien, pero sigue siendo pecado, y ese pecado nos va quitando la Vida de la Gracia, va “comiendo” los cimientos de nuestra vida cristiana y nos va paganizando poco a poco.
Por eso tenemos que, como Jesús en el desierto, encontrarnos con La Verdad de la Palabra de Dios, y confiar en que la Providencia y el Espíritu Santo nos enseñen a discernir entre lo que es el pecado y la vida en la Gracia, para que, como Él nos ha pedido, volvamos a ser Luz para iluminar las tinieblas del pecado en el mundo, para que, los que buscan al Señor con sincero corazón, no equivoquen el camino por que nosotros se lo indicamos mal, sino que “viendo nuestras buenas obras glorifiquen a Dios”.
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