"Vosotros os habéis acercado al monte Sión, ciudad del Dios vivo, Jerusalén del cielo, a millares de ángeles en fiesta, a la asamblea de los primogénitos inscritos en el cielo, a Dios, juez de todos, a las almas de los justos que han llegado a su destino y al Mediador de la nueva alianza, Jesús, y a la aspersión purificadora de una sangre que habla mejor que la de Abel".
¿Cuál es el monte Sión, ciudad de Dios vivo, Jerusalén del cielo? Llegamos a esos lugares cuando nos acercamos al Altar de la Eucaristía, donde en el momento de la Consagración del Pan y del Vino, "millares de ángeles están en fiesta, y se reúne la asamblea de los primogénitos inscritos en el cielo", para acercarse al Hijo del Dios Vivo y Verdadero que se hace presente en el Altar de la tierra que nos acerca al Cielo.
Cuando nos acercamos al Altar de la Eucaristía nos acercamos al Cielo más hermoso pues ahí nos encontramos con nuestro Dios y Señor, a nuestro Juez y Mediador que nos redime y nos alimenta con su propia Viva para que, nosostros, pecadores, seamos liberados, purificados y fortalecidos para que, cuando bajemos del monte, pondamos transmitir a los demás la alegría de nuestra salvación, el poder de nuestro Dios.
Y, es ahí, en el Monte de la Salvación, donde el Señor, una vez más, nos envía como envió a sus discípulos:
"En aquel tiempo, llamó Jesús a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos... Ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban".
Sí, salimos como los apóstoles y los discípulos de Jesús a echar los demonios del mundo, a vivir y predicar la conversión del corazón del hombre, ungiremos a muchos con nuestro amor fraterno, con nuestra compañía, y, sobre todo, con la Palabra de Dios que llevamos guardada en nuestra alma, para comunicar a los que estén enfermos la salvación y la fortaleza que viene de Dios. Curaremos a muchos de la desesperanza y la tristeza, de la soledad y el dolor, cuando le anuciemos el Amor del Padre por cada uno de sus hijos más pequeños, y, haciéndoles conocer el valor del sufrimiento cuando se une a la Cruz de Cristo.
Sí, todo eso y mucho más recibimos cuando nos acercamos al Monte de Sión, a la Jerusalén Celestial, cuando nos encontramos con nuestro Dios y Señor, y lo recibimos con un corazón dispuesto a escuchar y obedecer a Su Palabra.
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