De las Homilías de san Juan Crisóstomo, obispo, sobre el evangelio de san Juan
Andrés, después de haber estado con Jesús y haber aprendido
de él muchas cosas, no guardó para sí este tesoro, sino que se apresuró a acudir
a su hermano, para hacerle participe de su dicha. Fijémonos en lo que dice a su
hermano: «Hemos encontrado al Mesías» (traducido, quiere decir
«Cristo»). ¿Te das cuenta cómo empieza, ya desde este momento, a enseñar lo
que en breve tiempo había aprendido? Con ello demuestra la eficacia del Maestro,
que tan convencidos los había dejado, y su propio interés y diligencia,
manifestada ya desde el primer momento. Este mensaje, en efecto, es propio del
alma que anhela ardientemente la llegada del Señor, que espera su venida del
cielo, que se llena de gozo con su aparición y que se apresura a anunciar a los
demás algo tan grande. Ésta es la prueba del verdadero y sincero amor fraternal,
el mutuo intercambio de bienes espirituales.
También es digna de notar la docilidad y prontitud de ánimo
de Pedro. Al momento, sin dilación, acude a Jesús. Y lo presentó -dice-
a Jesús. Pero no debemos extrañarnos de esta facilidad de Pedro, que
acude sin previo examen. Lo más verosímil es que su hermano le explicara todas
estas cosas con detalle; pero es que los evangelistas lo explican siempre todo
de manera resumida, por razón de brevedad. Por lo demás, tampoco dice que
hubiese creído al instante, sino: Y lo presentó a Jesús, para ponerlo en
sus manos y para que fuese él quien le enseñase; pues estaba ahí en calidad de
un discípulo más y a eso venía.
En efecto, si Juan Bautista -cuando dijo: Es el Cordero,
y: Bautiza con el Espíritu- dejó a Cristo la ulterior explicación de
estas palabras, con mayor razón lo hizo Andrés, ya que él no se consideraba
capaz de explicarlo todo, y por esto condujo a su hermano él la fuente de la
luz, a la que éste acudió con prisa y alegría, sin perder un instante.
lunes, 30 de noviembre de 2020
Hemos encontrado al Mesías
domingo, 29 de noviembre de 2020
Os lo digo a todos: ¡Velad!
"Estad atentos, vigilad: pues no sabéis cuándo es el momento…
Lo que os digo a vosotros lo digo a todos: ¡Velad!”
Comenzamos hoy el Tiempo de Adviento, Tiempo de Espera del Nacimiento de nuestro Dios y Salvador, Tiempo de penitencia y conversión para recibir a Aquél que nace para nuestra salvación. Y comenzamos con una exhortación muy clara y fuerte de parte de Jesús: ¡Velad! ¡Estad atentos! Y, si nos ponemos a leer (de nuevo) las lecturas de esta última semana del Tiempo Ordinario, pensaríamos que tenemos que estar atentos porque van a venir muchas calamidades y se va a terminar el mundo. No, no es por eso. Aunque tampoco sabemos cuándo será el día y la hora, que también, como se dice por aquí: que nos pille confesados.
Pero la advertencia de Jesús es para todos los tiempos, y para cada día de nuestra vida. Que tengamos siempre el espíritu fortalecido por Su Gracia, para poder dar el testimonio de vida que el mundo necesita de nosotros, los que creemos en Dios y en Cristo, Nuestro Señor.
Hemos visto, por poner un ejemplo, en este tiempo de pandemia que muchos cristianos, muy creyentes en el Señor y en Dios nuestro Padre todopoderoso, andaban como desorientados, desesperados, con miedo a lo que puede venir, y no dando el testimonio de esperanza, de confianza en que el Señor es nuestro Dios y Él sabe por qué suceden las cosas. Y, sin embargo, había cristianos desesperados por miedo a qué le tocara llevar la Cruz de la enfermedad.
Es cierto que no tenemos que andar buscando enfermarnos, que debemos cuidarnos, que debemos tener cuidado por uno y por todos, pero de ahí a estar como quien no tiene Dios…
Por eso mismo el Señor nos pide que estemos siempre con el espíritu fortalecido, que no nos dejemos caer en la tentación de la pereza de decir o pensar que a mí como soy de Cristo no me va a pasar nada, o vivir tan pendiente de otras cosas que no tenemos tiempo para las cosas de Dios.
En cualquier momento, y todos los días, el Señor nos pide que demos testimonio de nuestra vida de fe, de nuestra vida de amor, de nuestra vida de esperanza. Porque en cualquier momento vendrá alguien a llamar a nuestro corazón necesitado de esperanza, de consuelo, de fe… y ¿qué le voy a dar? Si no tengo ni para mí, no puedo darle lo que no tengo. Por eso, debo estar preparado y prevenido, porque en algún todo momento tengo que dar testimonio de fe en el Señor y no sólo en los días más oscuros y duros, sino todos los días tenemos que ser Luz, Sal y Fermento en el mundo.
sábado, 28 de noviembre de 2020
Para nuestra salvación
viernes, 27 de noviembre de 2020
Rechacemos el temor a la muerte
Del Tratado de san Cipriano, obispo y mártir, Sobre la muerte
Nunca debemos olvidar que nosotros no hemos de cumplir nuestra propia voluntad,
sino la de Dios, tal .como el Señor nos mandó pedir en nuestra oración
cotidiana. ¡Qué contrasentido y qué desviación es no someterse inmediatamente al
imperio de la voluntad del Señor, cuando él nos llama para salir de este mundo!
Nos resistimos y luchamos, somos conducidos a la presencia del Señor como unos
siervos rebeldes, con tristeza y aflicción, y partimos de este mundo forzados
por una ley necesaria, no por la sumisión de nuestra voluntad; y pretendemos que
nos honre con el premio celestial aquel a cuya presencia llegamos por la fuerza.
¿Para qué rogamos y pedimos que venga el reino de los cielos, si, tanto nos
deleita la cautividad terrena? ¿Por qué pedimos con tanta insistencia la pronta
venida del día del reino, si nuestro deseo de servir en este mundo al diablo
supera al deseo de reinar con Cristo?
Si el mundo odia al cristiano, ¿por qué amas al que te odia, y no sigues más bien
a Cristo, que te ha redimido y te ama? Juan, en su carta, nos exhorta con palabras
bien elocuentes a que no amemos el mundo ni sigamos las apetencias de la carne:
No améis al mundo -dice- ni lo que hay en el mundo. Quien ama al mundo
no posee el amor del Padre, porque todo cuanto hay en el mundo es concupiscencia
de la carne, concupiscencia de los ojos y soberbia de la vida. El mundo pasa y sus
concupiscencias con él. Pero quien cumple la voluntad de Dios permanece para siempre.
Procuremos más bien, hermanos muy queridos, con una mente íntegra, con una fe firme, con
una virtud robusta, estar dispuestos a cumplir la voluntad de Dios, cualquiera que ésta
sea; rechacemos el temor a la muerte con el pensamiento de la inmortalidad que la sigue.
Demostremos que somos lo que creemos.
Debemos pensar y meditar, hermanos muy amados, que hemos renunciado al mundo y
que mientras vivimos en él somos como extranjeros y peregrinos. Deseemos con
ardor aquel día en que se nos asignará nuestro propio domicilio, en que se nos
restituirá al paraíso y al reino, después de habernos arrancado de las ataduras
que en este mundo nos retienen. El que está lejos de su patria es natural que
tenga prisa por volver a ella. Para nosotros, nuestra patria es el paraíso; allí
nos espera un gran número de seres queridos, allí nos aguarda el numeroso grupo
de nuestros padres, hermanos e hijos, seguros ya de su suerte, pero solícitos
aún de la nuestra. Tanto para ellos como para nosotros significará una gran
alegría el poder llegar a su presencia y abrazarlos; la felicidad plena y sin
término la hallaremos en el reino celestial, donde no existirá ya el temor a la
muerte, sino la vida sin fin.
Allí está el coro celestial de los apóstoles, la multitud exultante de los
profetas, la innumerable muchedumbre de los mártires, coronados por el glorioso
certamen de su pasión; allí las vírgenes triunfantes, que con el vigor de su
continencia dominaron la concupiscencia de su carne y de su cuerpo; allí los que
han obtenido el premio de su misericordia, los que practicaron el bien,
socorriendo a los necesitados con sus bienes, los que, obedeciendo el consejo
del Señor, trasladaron su patrimonio terreno a los tesoros celestiales. Deseemos
ávidamente,
hermanos muy amados, la compañía de todos ellos. Que Dios vea estos nuestros
pensamientos, que Cristo contemple este deseo de nuestra mente y de nuestra fe,
ya que tanto mayor será el premio de su amor, cuanto mayor sea nuestro deseo de
él.
jueves, 26 de noviembre de 2020
Levantad la cabeza
miércoles, 25 de noviembre de 2020
Es para dar testimonio
martes, 24 de noviembre de 2020
El mensaje de la Cruz
lunes, 23 de noviembre de 2020
Según el trabajo, así la ganancia
De los sermones de san León Magno, papa
Dice el Señor: Si vuestra virtud no es superior a la de los escribas y fariseos,
no entraréis en el reino de los cielos. Esta superioridad de nuestra virtud ha
de Consistir en que la misericordia triunfe sobre el juicio. Y en verdad lo
más justo y adecuado es que la creatura, hecha a imagen y semejanza de Dios, imite
a su creador, que ha establecido la reparación y santificación de los creyentes en
el perdón de los pecados, prescindiendo de la severidad del castigo y de cualquier
suplicio, y haciendo así que de reos nos convirtiéramos en inocentes y que la
abolición del pecado en nosotros fuera el origen de las virtudes.
La virtud cristiana puede superar a la de los escribas y fariseos no por la
supresión de la ley, sino por no entenderla en un sentido material. Por esto el Señor,
al enseñar a sus discípulos la manera de ayunar, les dice: Cuando ayunéis no os
hagáis los melancólicos, como los hipócritas, que ponen una cara mustia, para hacer
ver a los demás que están ayunando. Os digo de veras: Ya recibieron su paga.
¿Qué paga, sino la paga de la alabanza de los hombres? Por el deseo de esta alabanza
se exhibe muchas veces una apariencia de virtud y se ambiciona una
fama engañosa, sin ningún interés por la rectitud interior; así, lo que no es más que
maldad escondida se complace en la falsa apreciación de los hombres.
El que ama a Dios se contenta con agradarlo, porque el mayor premio que podemos
desear es el mismo amor; el amor, en efecto, viene de Dios, de tal manera que
Dios mismo es el amor. El alma piadosa e íntegra busca en ello su plenitud y no
desea otro deleite. Porque es una gran verdad aquello que dice el Señor: Donde
está tu tesoro, allí está tu corazón. El tesoro del hombre viene a ser como la
reunión de los frutos recolectados con su esfuerzo. Lo que uno siembre, eso
cosechará, y cual sea el trabajo de cada uno tal será su ganancia; y donde ponga
el corazón su deleite, allí queda reducida su solicitud. Mas, como sea que hay
muchas clases de riquezas
y diversos objetos de placer, el tesoro de cada uno viene determinado por la
tendencia de su deseo, y si este deseo se limita a los bienes terrenos, no
hallará en ellos la felicidad, sino la desdicha.
En cambio, los que ponen su corazón en las cosas del cielo, no en las de la
tierra, y su atención en las cosas eternas, no en las perecederas, alcanzarán
una riqueza incorruptible y escondida, aquella a la que se refiere el
profeta cuando dice: La sabiduría y el saber serán su refugio salvador, el
tensor del Señor será su tesoro. Esta
sabiduría divina hace que, con la ayuda de Dios, los mismos bienes terrenales se
conviertan en celestiales, cuando muchos convierten sus riquezas, ya sea
legalmente heredadas o adquiridas de otro modo, en instrumentos de bondad. Los
que reparten lo que les sobra para sustento de los pobres se ganan con ello una
riqueza imperecedera; lo que dieron en limosnas no es en modo alguno un
derroche; éstos pueden en justicia tener su corazón donde está su tesoro, ya que
han tenido el acierto de negociar con sus riquezas sin temor a perderlas.
domingo, 22 de noviembre de 2020
Cuándo lo hicimos?
Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?”.
Y el rey les dirá: “En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos, más pequeños conmigo lo hicisteis”.
No siempre podemos ver al Señor en nuestros hermanos. A veces, nos gustaría que todos tuvieran el rostro y la forma de ser de Jesús, pero no es así, todos, por el pecado original, tenemos defectos y pecados, que, en muchos casos, nos hacen difíciles de aceptar. Pero, el Señor nos exige un amor incondicional a los demás, porque así es como Él nos amó y nos ama a cada uno de nosotros, a pesar de que no somos los mejores del mundo, sino que seguimos y seguiremos (mientras estemos en este mundo) con defectos y pecados. Pero Él, en su gran amor y misericordia, seguirá aceptando nuestro arrepentimiento y nos perdonará, sin antes pedirnos que rectifiquemos, que nos convirtamos, verdaderamente, como Él nos invita en el Evangelio.
San Juan de la Cruz, teniendo este evangelio en cuenta, nos dirá: “en el atardecer de la vida seremos juzgados en el amor”. Y así será. Todo lo que hacemos en nuestra vida espiritual: rosarios, vía crucis, oración, reflexión de la Palabra, vida sacramental, todo, todo, es para fortalecer nuestro amor y poder amar como Jesús nos amó, para que esas caras que no queremos ver se hagan personas a las que pueda amar, porque en ellas está Jesús, aunque no lo veamos.
Santa Teresita de Lisieux decía que había encontrado el método para poder amar a quienes, en muchos momentos, no podía hacerles ningún servicio, y era porque buscaba imaginarse a Jesús en la persona de sus hermanas, por eso, el amor que demostraba en cada acto de caridad, era un acto de amor a Jesús.
Sí, no es fácil amar como Él nos amó, pero es el Camino que nos indicó para que seamos sus discípulos, amigos y hermanos, y, sobre todo, es el único signo por el que los hombres reconocerán que somos cristianos: en el amor que nos tengamos unos a otros, pero no sólo a los que nos aman, sino a todos, pues eso también lo hacen los que no creen en Cristo.
sábado, 21 de noviembre de 2020
Concibió por su fe
De los sermones de san Agustín, obispo
Os pido que atendáis a lo que dijo Cristo el Señor,
extendiendo la mano sobre sus discípulos: Estos son mi madre y mis hermanos; y
el que hace la voluntad de mi Padre, que me ha enviado, es mi hermano y mi
hermana y mi madre. ¿Por ventura no cumplió la voluntad del Padre la Virgen
María, ella, que dio fe al mensaje divino, que concibió por su fe, que fue
elegida para que de ella naciera entre los hombres el que había de ser nuestra.
salvación, que fue creada por Cristo antes que Cristo fuera creado en ella?
Ciertamente, cumplió santa María con toda perfección, la voluntad del Padre, y
por esto es mas importante su condición de discípula de Cristo, que la de madre
de Cristo, es más dichosa por ser discípula de Cristo que por ser madre de
Cristo. Por esto María fue bienaventurada, porque, antes de dar a luz a su
maestro, lo llevó en su seno.
Mira si no es tal como digo. Pasando el Señor, seguido de las
multitudes y realizando milagros, dijo una mujer: Dichoso el seno que te llevó.
Y el Señor, para enseñarnos que no hay que buscar la felicidad en las
realidades: de orden material, ¿qué es lo que respondió?: Dichosos más bien los
que escuchan la palabra de Dios y la cumplen. De ahí que María es dichosa
también porque escuchó la palabra de Dios y la cumplió; llevó en su seno el
cuerpo de Cristo, pero más aún guardó en su mente la verdad de Cristo. Cristo es
la verdad, Cristo tuvo un cuerpo: en la mente de María estuvo Cristo, la verdad;
en su seno estuvo Cristo hecho carne, un cuerpo. Y es más importante lo que está
en la mente que lo que se lleva en el seno.
María fue santa, María fue dichosa, pero más importante es la
Iglesia que la misma Virgen María. ¿En qué sentido? En cuanto que María es parte
de la Iglesia, un miembro santo, un miembro excelente, un miembro supereminente,
pero un miembro de la totalidad del cuerpo. Ella es parte de la totalidad del
cuerpo, y el cuerpo entero es más que uno de sus miembros. La cabeza de este
cuerpo es el Señor, y el Cristo total lo constituyen la cabeza y el cuerpo. ¿Qué
más diremos? Tenemos, en el cuerpo de la Iglesia, una cabeza divina, tenemos al
mismo Dios por cabeza.
Por tanto, amadísimos hermanos, atended a vosotros mismos:
también vosotros sois miembros de Cristo, cuerpo de Cristo. Así lo afirma el
Señor, de manera equivalente, cuando dice: Estos son mi madre y mis hermanos.
¿Cómo seréis madre de Cristo? El que escucha y el que hace la voluntad de mi
Padre celestial es mi hermano y mi hermana y mi madre. Podemos entender lo que
significa aquí el calificativo que nos da Cristo de «hermanos» y «hermanas»: la
herencia celestial es única, y, por tanto, Cristo, que siendo único no quiso
estar solo, quiso que fuéramos herederos del Padre y coherederos suyos.
viernes, 20 de noviembre de 2020
El misterio de Cristo en nosotros
Del Tratado de san Juan Eudes, presbítero, Sobre el reino de Jesús
Debemos continuar y completar en nosotros los estados y misterios de la vida de
Cristo, y suplicarle con frecuencia que los consume y complete en nosotros y en
toda su Iglesia.
Porque los misterios de Jesús no han llegado todavía a su total perfección y
plenitud. Han llegado ciertamente a su perfección y plenitud en la persona de
Jesús, pero no en nosotros, que somos sus miembros, ni en su Iglesia, que es su
cuerpo místico. El Hijo de Dios quiere comunicar y extender en cierto modo y
continuar sus misterios en nosotros y en toda su Iglesia, ya sea mediante las
gracias que ha determinado otorgarnos, ya mediante los efectos que quiere producir
en nosotros a través de estos misterios. En este sentido quiere completarlos en
nosotros.
Por esto san Pablo dice que Cristo halla su plenitud en la Iglesia y que todos
nosotros contribuimos a su edificación y a la edad de Cristo en su plenitud, es
decir, a aquella edad mística que él tiene en su cuerpo místico, y que no
llegará a su plenitud hasta el día del juicio. El mismo Apóstol dice, en otro
lugar, que él va completando las tribulaciones que aún le quedan por sufrir con
Cristo en su carne mortal.
De éste modo el Hijo de Dios ha determinado consumar y completar en nosotros
todos los estados y misterios de su vida. Quiere llevar a término en nosotros
los misterios de su encarnación, de su nacimiento, de su vida oculta, formándose
en nosotros y volviendo a nacer en nuestras almas por los santos sacramentos del
bautismo y de la sagrada eucaristía, y haciendo que llevemos una vida espiritual
e interior, oculta con él en Dios.
Quiere completar en nosotros el misterio de su pasión, muerte y resurrección,
haciendo que suframos, muramos y resucitemos con él y en él.. Finalmente,
completará en nosotros su estado de vida gloriosa e inmortal cuando haga que
vivamos con él y en él una vida gloriosa y eterna en el cielo. Del mismo modo
quiere consumar y completar los demás estados y misterios de su vida en nosotros
y en su Iglesia, haciendo que nosotros los compartamos y participemos de ellos,
y que en nosotros sean continuados y prolongados.
Según esto, los misterios de Cristo no estarán completos hasta el final de aquel
tiempo que él ha destinado para la plena realización de sus misterios en nosotros
y en la Iglesia, es decir, hasta el fin. del mundo.
jueves, 19 de noviembre de 2020
Reconozcamos al Mensajero de la Paz
miércoles, 18 de noviembre de 2020
El corazón del justo se gozará en el Señor
De los Sermones de san Agustín, obispo
El justo se alegra con el Señor, espera en él, y se felicitan los rectos de corazón.
Esto es lo que hemos cantado con la boca y el corazón. Tales son las palabras que
dirige a Dios la mente y la lengua del cristiano: El justo se alegra, no con el mundo,
sino con el Señor. Amanece la luz para el justo -dice otro salmo-, y la alegría para
los rectos de corazón. Te preguntarás el porqué de esta alegría. En un salmo oyes:
El justo se alegra con el Señor, y en otro: Sea el Señor tu delicia, y
él te dará lo que pide tu corazón.
¿Qué se nos quiere inculcar? ¿Qué se nos da? ¿Qué se nos manda? ¿Qué se nos otorga?
Que nos alegremos con el Señor. ¿Quién puede alegrarse con algo que no ve? ¿O es que
acaso vemos al Señor? Esto es aún sólo una promesa. Porque mientras vivimos estamos
desterrados lejos del Señor y caminamos sin verlo, guiados por la fe.
Guiados por la fe, no por la clara visión. ¿Cuándo llegaremos a la clara visión?
Cuando se cumpla lo que dice Juan: Queridos hermanos, ahora somos hijos de Dios y aún
no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos
semejantes a él, porque lo veremos tal cual es.
Entonces será la alegría plena y perfecta, entonces el gozo completo, cuando ya
no tendremos por alimento la leche de la esperanza, sino el manjar sólido de la
posesión. Con todo, también ahora, antes de que esta posesión llegue a nosotros,
antes de que nosotros lleguemos a esta posesión, podemos alegrarnos ya con el
Señor. Pues no es poca la alegría de la esperanza, que ha de convertirse luego
en posesión.
Ahora amamos en esperanza. Por esto dice el salmo que el justo se alegra con el
Señor. Y añade en seguida, porque no posee aún la clara visión: y espera en él.
Sin embargo, poseemos ya desde ahora las primicias del Espíritu, que son como un
acercamiento a aquel a quien amamos, como una previa gustación, aunque tenue, de
lo que más tarde hemos de comer y beber ávidamente.
¿Cuál es la explicación de que nos alegremos con el
Señor, si él está lejos? Pero en realidad no está lejos. Tú eres el que hace que
esté lejos. Ámalo y se te acercará; ámalo y habitará en ti. El Señor está cerca.
No os inquietéis por cosa alguna. ¿Quieres saber en qué medida está en ti, si lo
amas? Dios es amor.
Me dirás: «¿Qué es el amor?» El amor es el hecho mismo de amar. Ahora bien, ¿qué
es lo que amamos? El bien inefable, el bien benéfico, el bien creador de todo
bien. Sea él tu delicia, ya que de él has recibido todo lo que te deleita. Al
decir esto, excluyo el pecado, ya que el pecado es lo único que no has recibido
de él. Fuera del pecado, todo lo demás que tienes lo has recibido de él.
martes, 17 de noviembre de 2020
Porque nos ama nos corrije
lunes, 16 de noviembre de 2020
Hemos perdido el Amor Primero
domingo, 15 de noviembre de 2020
Nuestros talentos...
sábado, 14 de noviembre de 2020
Educados o malcriados?
viernes, 13 de noviembre de 2020
Nos basta con el Evangeliio
jueves, 12 de noviembre de 2020
Obediencia a la autoridad
miércoles, 11 de noviembre de 2020
Agradecer para valorar
martes, 10 de noviembre de 2020
El especial serivio del ministerio
De los Sermones de san León Magno, papa
Aunque toda la Iglesia está organizada en distintos grados de manera que la
integridad del sagrado cuerpo consta de una diversidad de miembros, sin embargo,
como dice el Apóstol, todos somos uno en Cristo Jesús; y esta diversidad de
funciones no es en modo alguno causa de división entre los miembros, ya que
todos, por humilde que sea su función, están unidos a la cabeza.
En efecto, nuestra unidad de fe y de bautismo hace de todos nosotros una
sociedad indiscriminada, en la que todos gozan de la misma dignidad, según
aquellas palabras de san Pedro, tan dignas de consideración: También Vosotros,
como piedras vivas, entráis en la construcción del templo del Espíritu, formando
un sacerdocio sagrado, para ofrecer sacrificios espirituales que Dios acepta por
Jesucristo; y más adelante: Vosotros sois linaje escogido, sacerdocio regio,
nación santa, pueblo adquirido por Dios.
La señal de la cruz hace reyes a todos los regenerados en Cristo, y la unción
del Espíritu Santo los consagra sacerdotes; y así, además de este especial
servicio de nuestro ministerio, todos los cristianos espirituales y perfectos
deben saber que son partícipes del linaje regio y del oficio sacerdotal. ¿Qué
hay más regio que un espíritu que, sometido a Dios, rige su propio cuerpo? ¿Y
qué hay más sacerdotal que ofrecer a Dios una conciencia pura y las inmaculadas
víctimas de nuestra piedad en el altar del corazón? Aunque esto, por gracia de
Dios, es común a todos, sin embargo, es también digno y laudable que os alegréis
del día de nuestra promoción como de un honor que os atañe también a vosotros;
para que sea celebrado así en todo el cuerpo de la Iglesia el único sacramento
del pontificado, cuya unción consecratoria se derrama ciertamente con más
profusión en la parte superior, pero desciende también con abundancia a las
partes inferiores.
Así pues, amadísimos hermanos, aunque todos tenemos razón para gozamos de
nuestra común participación en este oficio, nuestro motivo de alegría será más
auténtico y elevado si no detenéis vuestra atención en nuestra humilde persona,
ya que es mucho más provechoso y adecuado elevar nuestra mente a la
contemplación de la gloria del bienaventurado Pedro y celebrar este día solemne
con la veneración de aquel que fue inundado tan copiosamente por la misma fuente
de todos los carismas, de modo que, habiendo sido el único que recibió en su
persona tanta abundancia de dones, nada pasa a los demás si no es a través de
él. Así, el Verbo hecho carne habitaba ya entre nosotros, y Cristo se había
entregado totalmente a la salvación del género humano.
lunes, 9 de noviembre de 2020
Por el bautismos somos Templos de Dios
De los Sermones de san Cesáreo de Arlés, obispo.
Hoy, hermanos muy amados, celebramos con gozo y alegría, por
la benignidad de Cristo, la dedicación de este templo; pero nosotros debemos ser
el templo vivo y verdadero de Dios. Con razón, sin embargo, celebran los pueblos
cristianos la solemnidad de la Iglesia madre, ya que son conscientes de que por
ella han renacido espiritualmente. En efecto, nosotros, que por nuestro primer
nacimiento fuimos objeto de la ira de Dios, por el segundo hemos llegado a ser
objeto de su misericordia. El primer nacimiento fue para muerte; el segundo nos
restituyó a la vida.
Todos nosotros, amadísimos, antes del bautismo fuimos lugar
en donde habitaba el demonio; después del bautismo nos convertimos en templos de
Cristo. Y, si pensamos con atención en lo que atañe a la salvación de nuestras
almas, tomamos conciencia de nuestra condición de templos verdaderos y vivos de
Dios. Dios habita no sólo en templos levantados por los hombres ni
en casas hechas de piedra y de madera, sino principalmente en el alma hecha a
imagen de Dios y construida por él mismo, que es su arquitecto. Por esto dice el
apóstol Pablo: El templo de Dios es santo: ese templo sois vosotros.
Y, ya que Cristo, con su venida, arrojó de nuestros corazones
al demonio para prepararse un templo en nosotros, esforcémonos al máximo, con su
ayuda, para que Cristo no sea deshonrado en nosotros por nuestras malas obras.
Porque todo el que obra mal deshonra a Cristo. Como antes he dicho, antes de que
Cristo nos redimiera éramos casa del demonio; después hemos llegado a ser casa
de Dios, ya que Dios se ha dignado hacer de nosotros una casa para sí.
Por esto, nosotros, carísimos, si queremos celebrar con
alegría la dedicación del templo, no debemos destruir en nosotros, con nuestras
malas obras, el templo vivo de Dios. Lo diré de una manera inteligible para
todos: debemos disponer nuestras almas del mismo modo como deseamos encontrar
dispuesta la iglesia cuando venimos a ella.
¿Deseas encontrar limpia la basílica? Pues no ensucies tu
alma con el pecado. Si deseas que la basílica esté bien iluminada, Dios desea
también que tu alma no esté en tinieblas, sino que sea verdad lo que dice el
Señor: que brille en nosotros la luz de las buenas obras y sea glorificado aquel
que está en los cielos. Del mismo modo que tú entras en esta iglesia, así quiere
Dios entrar en tu alma, como tiene prometido: Habitaré en medio de ellos y
andaré entre ellos.
domingo, 8 de noviembre de 2020
Las sabidurías...
sábado, 7 de noviembre de 2020
María, medianera
De las Disertaciones de san Sofronio, obispo
Alégrate, llena de gracia, el Señor es contigo. ¿Y qué puede
haber más sublime que esta alegría, oh Virgen Madre? ¿O qué puede haber más
excelente que esta gracia, que tú sola has alcanzado de Dios? ¿ O qué puede
imaginarse más amable o espléndido que esta gracia? Nada puede equipararse a las
maravillas que en ti vemos realizadas, nada hay que iguale la gracia que tú
posees; todo lo demás, por excelente que sea, ocupa un lugar secundario y goza
de una excelencia claramente inferior.
El Señor es contigo; ¿quién, pues, se atreverá a competir
contigo? De ti nacerá Dios; ¿quién, por tanto, no se reconocerá al momento
inferior a ti y no admitirá de buen grado tu primacía y superioridad? Es por
esto que, al contemplar tus eminentes prerrogativas, que superan las de
cualquier otra creatura, te aclamo lleno de entusiasmo: Alégrate, llena de
gracia, el Señor es contigo. Por ti ha venido la alegría, no sólo a los hombres,
sino también a los mismos coros celestiales.
Verdaderamente, bendita tú eres entre todas las mujeres, ya
que has cambiado en bendición la maldición de Eva y has hecho que Adán, que
yacía postrado bajo el peso de la maldición, alcanzara, por ti, la bendición.
Verdaderamente, bendita tú eres entre todas las mujeres, ya
que, por ti, la bendición del Padre ha brillado sobre los hombres, librándolos
de la antigua maldición.
Verdaderamente, bendita tú eres entre todas las mujeres, ya
que, por ti, alcanzan la salvación tus progenitores; pues has de dar a luz a
aquel que les obtendrá la salvación divina.
Verdaderamente, bendita tú eres entre todas las mujeres, ya
que, sin concurso de semilla, has producido aquel fruto que esparce la bendición
sobre el orbe de la tierra, redimiéndola de la maldición que le hacía producir
espinas y abrojos.
Verdaderamente, bendita tú eres entre todas las mujeres, ya
que, siendo por condición natural una mujer como las demás, llegarás a ser en
verdad Madre de Dios. Efectivamente, si el que ha de nacer de ti es, con toda
verdad, el Dios hecho hombre, con toda razón eres llamada Madre de Dios, ya que
realmente das a luz a Dios.
Llevas en la intimidad de tu seno al mismo Dios, el cual mora
en ti según la carne, y sale de ti como un esposo, trayendo a todos la alegría y
comunicando a todos la luz divina.
Pues en ti, oh Virgen, como en un cielo nítido y purísimo, ha
puesto Dios su tienda; y saldrá de ti como el esposo de su alcoba; y, cual
gigante que emprende su carrera, recorrerá el camino de su vida, provechosa en
todo para todos, alcanzando con su giro del término del cielo hasta el opuesto
confín, llenándolo todo de su calor divino y de su resplandor vivificante.