viernes, 31 de enero de 2020

Trabajé siempre con amor

De las Cartas de san Juan Bosco, presbítero

    Si de verdad buscamos la auténtica felicidad de nuestros alumnos y queremos inducirlos al cumplimiento de sus obligaciones, conviene ante todo que nunca olvidéis que hacéis las veces de padres de nuestros amados jóvenes, por quienes trabajé siempre con amor, por quienes estudié y ejercí el ministerio sacerdotal, y no sólo yo, sino toda la Congregación salesiana.
    ¡Cuántas veces, hijos míos, durante mi vida, ya bastante prolongada, he tenido ocasión de convencerme de esta gran verdad! Es más fácil enojarse que aguantar, amenazar al niño que persuadirlo; añadiré incluso que, para nuestra impaciencia y soberbia, resulta más cómodo castigar a los rebeldes que corregirlos, soportándolos con firmeza y suavidad a la vez.
    Os recomiendo que imitéis la caridad que usaba Pablo con los neófitos, caridad que con frecuencia lo llevaba a derramar lágrimas y a suplicar, cuando los encontraba poco dóciles y rebeldes a su amor.
    Guardaos de que nadie pueda pensar que os dejáis llevar por los arranques de vuestro espíritu. Es difícil, al castigar, conservar la debida moderación, la cual es necesaria para que en nadie pueda surgir la duda de que obramos sólo para hacer prevalecer nuestra autoridad o para desahogar nuestro mal humor.
    Miremos como a hijos a aquellos sobre los cuales debemos ejercer alguna autoridad. Pongámonos a su servicio, a imitación de Jesús, el cual vino para obedecer y no para mandar, y avergoncémonos de todo lo que pueda tener incluso apariencia de dominio; si algún dominio ejercemos sobre ellos, ha de ser para servirlos mejor. Éste era el modo de obrar de Jesús con los apóstoles, ya que era paciente con ellos, a pesar de que eran ignorantes y rudos, e incluso poco fieles; también con los pecadores se comportaba con benignidad y con una amigable familiaridad, de tal modo que era motivo de admiración para unos, de escándalo para otros, pero también ocasión de que muchos concibieran la esperanza de alcanzar el perdón de Dios. Por esto nos mandó que fuésemos mansos y humildes de corazón.
    Son hijos nuestros, y por esto, cuando corrijamos sus errores, hemos de deponer toda ira o, por lo menos, dominarla de tal manera como si la hubiéramos extinguido totalmente.
    Mantengamos sereno nuestro espíritu, evitemos el desprecio en la mirada, las palabras hirientes; tengamos comprensión en el presente y esperanza en el futuro, como conviene a unos padres de verdad, que se preocupan sinceramente de la corrección y enmienda de sus hijos.
    En los casos más graves, es mejor rogar a Dios con humildad que arrojar un torrente de palabras, ya que éstas ofenden a los que las escuchan, sin que sirvan de provecho alguno a los culpables.

jueves, 30 de enero de 2020

Siendo luz lo tengo todo

«¿Se trae el candil para meterla debajo del celemín o debajo de la cama?, ¿no es para ponerla en el candelero?"
Es claro que el Señor está hablando de nuestras buenas obras que son las que guían a los que buscan la luz, y que, por eso mismo, nos ha dicho: "vosotros sois la luz del mundo".
Pero también tenemos que mirar la frase desde el otro lado: nuestras malas obras, en lugar de ser luz, son oscuridad, porque no guiarán a los hombres hacia la Luz verdadera, sino que saldrán corriendo en dirección contraria.
A veces creemos que no actuamos tan mal, pero en realidad, lo que no somos es luz, porque nuestras obras no hablan de la Verdad, de la Vida, sino que al no ser nuestras obras voluntad de Dios, son obras humanas, y guían hacia los hombres, y los hombres no dan la vida eterna, no tienen el poder de sanación y salvación que tiene sólo Jesús, pues Él es el Señor y Salvador.
Por eso el Señor nos advierte:
"No hay nada escondido, sino para que sea descubierto; no hay nada oculto, sino para que salga la luz. El que tenga oídos para oír, que oiga».
No creamos que, porque las cosas malas las hacemos en secreto no serán descubiertas, sí que lo son. Y no creamos que porque hablamos a espaldas de nuestros amigos no lo escucharán, sí lo harán. Pero, aunque no se vea o aunque no se escuche, es el Señor quien juzga las intenciones y las acciones de cada uno de nosotros, y Él todo lo sabe y todo lo ve. Y cuando no somos luz, sino tinieblas y oscuridad, entonces nuestras acciones contaminan la vida de la Gracias del Cuerpo de Cristo.
Les dijo también:
«Atención a lo que estáis oyendo: la medida que uséis la usarán con vosotros, y con creces. Porque al que tiene se le dará, y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene».
¿Cuál es la medida que uso con los demás? Está dada en los juicios que hago hacia los demás, en modo no sólo de juzgarlos, sino, también, de condenarlos, porque cuando juzgo o prejuzgo a alguien, seguramente divulgo lo que pienso, y el hablar de los demás, es lo que nos da la medida de lo que soy y de lo que pueden hacer los demás con uno. Pero, sobre todo, será la medida con la que Dios juzgue mis obras y mi vida, porque, en realidad, la medida es el Amor.
Y ¿qué se nos quitará o qué se nos dará? La disposición del corazón para vivir en la Voluntad de Dios, la disposición para ser Fiel a la Voluntad de Dios. En mis obras y palabras se descubre cuán dispuesto estoy a vivir en la Voluntad de Dios y en su Gracia, si, a pesar de mis tentaciones y tropiezo y caídas, sigo adelante y lo busco a Él, sólo a Él, Él me dará siempre más para poder seguir en pie y buscando el Camino de la santidad. En caso contrario nada recibiré porque lo que busco no es Su Voluntad, sino la mía.

miércoles, 29 de enero de 2020

Qué clase de tierra soy?

Creo que ante la explicación que nos da el Señor, acerca de la parábola del Sembrador no hay mucho que decir, pero sí que pensar. Y por eso quería separar los fragmentos donde el Señor nos va a dirigir la parábola a cada uno, para que hagamos un análisis de nuestra relación con la Palabra de Dios, no sólo para saber si leemos o escuchamos la Palabra, sino para saber qué cosas no permiten que la Palabra de Dios, hecho sus raíces en nuestro corazón, y así podamos ser Fieles a la Palabra, y Fieles a la Voluntad de Dios.
"Él les dijo:
«A vosotros se os ha dado el misterio del reino de Dios; en cambio a los de fuera todo se les presenta en parábolas, para que “por más que miren, no vean, por más que oigan, no entiendan, no sea que se conviertan y sean perdonados”».
Y añadió:
«¿No entendéis esta parábola? ¿Pues, cómo vais a entender las demás? El sembrador siembra la palabra. 
* Hay unos que están al borde del camino donde se siembra la palabra; pero en cuanto la escuchan, viene Satanás y se lleva la palabra sembrada en ellos.
¿Quiénes están al borde del camino? Los que están jugando con muchos "dioses". Se dicen cristianos pero adoran y/o aceptan otras filosofías no-cristianas para ver si consiguen lo que quieren, sin descubrir todo el tesoro que es nuestra fe en Cristo. Leen más libros de otras culturas y filosofías, antes que la Palabra de Dios.
* Hay otros que reciben la semilla como terreno pedregoso; son los que al escuchar la palabra enseguida la acogen con alegría, pero no tienen raíces, son inconstantes y cuando viene una dificultad o persecución por la palabra, en seguida sucumben.
Estos somos los que vamos a misa con alegría, pero solamente estamos con el Señor esos pocos minutos en la iglesia. Después en nuestras casas, o en el día a día, no leemos ni rezamos con la Palabra de Dios, sólo nos quedamos con oraciones hechas de memoria, y sin diálogo verdadero con el Señor desde Su Palabra.
* Hay otros que reciben la semilla entre abrojos; estos son los que escuchan la palabra, pero los afanes de la vida, la seducción de las riquezas y el deseo de todo lo demás los invaden, ahogan la palabra, y se queda estéril. 
Son los que nunca tenemos tiempo para ponernos a rezar, a reflexionar, a pensar si lo que estamos por hacer o lo que hacemos es Voluntad de Dios. Ya nos hemos trazado un proyecto de vida y vamos hacia él sin mirar, o pensar, tan siquiera, si eso es lo que Dios quiere para nuestra vida. Las cosas de todos los días nos exigen y apuran para no tener tiempo para Dios.
* Los otros son los que reciben la semilla en tierra buena; escuchan la palabra, la aceptan y dan una cosecha del treinta o del sesenta o del ciento por uno».
Son los que en el día a día dedican su tiempo a Dios, saben que sólo Él es el Camino, la Verdad y la Vida, y consagrando su día al Señor, desde la Palabra intentan vivir la Fidelidad a la Vida que el Señor les ha dado y les ha pedido vivir.

martes, 28 de enero de 2020

En la Cruz hallamos el ejemplo de todas las virtudes

De las Conferencias de santo Tomás de Aquino, presbítero

    ¿Era necesario que el Hijo de Dios padeciera por nosotros? Lo era, ciertamente, y por dos razones fáciles de deducir: la una, para remediar nuestros pecados; la otra, para darnos ejemplo de cómo hemos de obrar.
    Para remediar nuestros pecados, en efecto, porque en la pasión de Cristo encontramos el remedio contra todos los males que nos sobrevienen a causa del pecado.
    La segunda razón tiene también su importancia, ya que la pasión de Cristo basta para servir de guía y modelo a toda nuestra vida. Pues todo aquel que quiera llevar una vida perfecta no necesita hacer otra cosa que despreciar lo que Cristo despreció en la cruz y apetecer lo que Cristo apeteció. En la cruz hallamos el ejemplo de todas las virtudes.
    Si buscas un ejemplo de amor: Nadie tiene más amor que el que da la vida por sus amigos. Esto es lo que hizo Cristo en la cruz. Y por esto, si él entregó su vida por nosotros, no debemos considerar gravoso cualquier mal que tengamos que sufrir por él.
    Si buscas un ejemplo de paciencia, encontrarás el mejor de ellos en la cruz. Dos cosas son las que nos dan la medida de la paciencia: sufrir pacientemente grandes males, o sufrir, sin rehuirlos, unos males que podrían evitarse. Ahora bien, Cristo, en la cruz, sufrió grandes males y los soportó pacientemente, ya que en su pasión no profería amenazas; como cordero llevado al matadero, enmudecía y no abría la boca. Grande fue la paciencia de Cristo en la cruz: corramos también nosotros con firmeza y constancia la carrera para nosotros preparada. Llevemos los ojos fijos en Jesús, caudillo y consumador de la fe, quien, para ganar el gozo que se le ofrecía, sufrió con toda constancia la cruz, pasando por encima de su ignominia.
    Si buscas un ejemplo de humildad, mira al crucificado: él, que era Dios, quiso ser juzgado bajo el poder de Poncio Pilato y morir.
    Si buscas un ejemplo de obediencia, imita a aquel que se hizo obediente al Padre hasta la muerte: Como por la desobediencia de un solo hombre -es decir, de Adán- todos los demás quedaron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo todos quedarán constituidos justos.
    Si buscas un ejemplo de desprecio de las cosas terrenales, imita a aquel que es Rey de reyes y Señor de señores, en el cual están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia, desnudo en la cruz, burlado, escupido, flagelado, coronado de espinas, a quien, finalmente, dieron a beber hiel y vinagre.
    No te aficiones a los vestidos y riquezas, ya que se reparten mi ropa; ni a los honores, ya que él experimentó las burlas y azotes; ni a las dignidades, ya que, entretejiendo una corona de espinas, la pusieron sobre mi cabeza; ni a los placeres, ya que para mi sed me dieron vinagre.

lunes, 27 de enero de 2020

El pecado contra el Amor

"En aquel tiempo, los escribas que habían bajado de Jerusalén decían:
«Tiene dentro a Belzebú y expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios».
A veces, cuando nos gana el instinto de conservación, y nos irritamos porque alguien no es como yo quiero, nos ponemos a decir tantas cosas contra esa persona que pareciera que los que estamos endemoniados somos nosotros. Comenzamos a bombardear la fama de alguien sin mirar y sin pensar en lo que estamos diciendo, nos basta que alguien nos oiga para saber que estamos en desacuerdo, y, por eso, intentamos por todos los medios desautorizar todo lo que el otro hace o dice. Y, finalmente, terminamos nosotros siendo peor que los demás, porque nos vamos "inspirando" cada vez peor y comenzamos a dar pena por todo lo que decimos.
Así le pasaba a los escribas y fariseos que querían desautorizar a Jesús ante la gente del pueblo, buscaban siempre algún error o alguna palabra para poder condenarlo, y, finalmente, Jesús, sin hablar en contra de ellos los dejaba "fuera de combate". Aunque, también hubo momentos donde les dijo varias palabras que los enfurecieron más.
Pero todo eso que nos hace pensar y decir nuestro orgullo herido, es fruto de una ausencia de caridad, de bondad en nuestro corazón. Lo que se va haciendo cada día más duro cuando ya pasa a ser la vanidad y la soberbia herida. Lo cual va destrozando la posibilidad de reconciliación con los demás, porque ¿cómo pedir perdón después de todo lo que he dicho? ¿Cómo reconocer que me he equivocado y que el otro tenía razón? Por eso Jesús, al final de la parábola frente a la actitud de los escribas nos decía:
"En verdad os digo, todo se les podrá perdonar a los hombres: los pecados y cualquier blasfemia que digan; pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás, cargará con su pecado para siempre».
No se podrá perdonar porque no podrás alcanzar la capacidad de reconocer tu error, porque te has metido en un círculo vicioso del que no podrás salir, por orgullo, por vanidad, por soberbia. Quedas metido en semejante berenjenal de pecado contra el Amor, que no podrás alcanzar el perdón por haber perdido el Espíritu del Amor.

domingo, 26 de enero de 2020

No desviarnos del Camino

"Pues, hermanos, me he enterado por los de Cloe que hay discordias entre vosotros. Y yo os digo esto porque cada cual anda diciendo: «Yo soy de Pablo, yo soy de Apolo, yo soy de Pedro, yo soy de Cristo».
¿Está dividido Cristo? ¿Fue crucificado Pablo por vosotros?"
Ya veis que desde siempre han surgido divisiones en las comunidades, no siempre se ha conseguido vivir en la Unidad que nos pedía Cristo en la Última Cena: sean Uno para que el mundo crea. Es que, lamentablemente, siempre nos seguimos manejando por nuestros sentimientos y no razonamos debidamente lo que debemos hacer o cómo debemos vivir nuestra fe.
Pablo, Pedro, Apolo y todos los apóstoles, los misioneros, los Papas y los obispos, los párrocos, todos son instrumentos de Dios para llevar la Buena Noticia de la Salvación, pero ninguno de ellos es el Salvador del Hombre, pues Salvador hay uno sólo y es Cristo. Es así que nuestra fe no tiene que estar arraigada ni en el Papa de turno, ni en el sacerdote que está en mi parroquia, sino en Cristo. Incluso, es más, todos los bautizados, laicos, sacerdotes y consagrados, tienen que tener la mirada puesta en Jesús porque sólo Él es el Camino, la Verdad y la Vida.
Cuando nuestra mirada, nuestro sentir, nuestro corazón y nuestra voluntad, no está orientada hacia Cristo, sino hacia el deseo de otras personas o referentes, entonces es ahí cuando comienzan a surgir las divisiones y diferencias en el actuar y en el vivir.
Y, es ahí, donde le encontramos sentido a lo que Jesús nos dice cada día: "convertíos". Nuestra conversión constante es para que nuestros deseos vuelvan a enfocarse en la Voluntad de Dios, y no en mi voluntad humana o en mis deseos humanos y terrenales, que están empecatados y no siempre, aunque sean buenos, siguen la línea de la Voluntad de Dios.
Y ¿por qué convertirnos siempre? La conversión que nos pide Jesús es para alcanzar el Reino de los Cielos. Él es el GPS que nos va señalando el Camino a seguir, y cuando nos desviamos un poco o nos equivocamos de carretera, vuelve a redirigirnos para que lleguemos al destino que Él nos preparó con su Vida, Muerte y Resurrección.
Por eso, no pedamos de vista a quien conoce el Camino, sigamos sus huellas y si, en algún momento (que nos suele ocurrir a diario) queremos desviarnos, volvamos la mirada hacia Él, pues sólo Él es el Camino que nos conduce a la Vida y por la Vida Verdadera.

sábado, 25 de enero de 2020

Padecer por Su Nombre

"Ananías respondió: «Señor, oí decir a muchos que este hombre hizo un gran daño a tus santos en Jerusalén. Y ahora está aquí con plenos poderes de los jefes de los sacerdotes para llevar presos a todos los que invocan tu Nombre».
El Señor le respondió: «Ve a buscarlo, porque es un instrumento elegido por mí para llevar mi Nombre a todas las naciones, a los reyes y al pueblo de Israel. Yo le haré ver cuánto tendrá que padecer por mi Nombre».
La fiesta de la Conversión de san Pablo, un día hermoso para pensar, también, en lo que nosotros tenemos que convertir en nuestras vidas. Quizás no creamos que hay cosas para convertir, porque "¿a esta altura de mi vida qué tengo que cambiar?". Pero sí, siempre hay cosas para cambiar y convertir. Que, en realidad, muchas veces, no vemos cosas malas en nosotros, porque, si nos pensamos bien, somos bastante buenos. Y ¡ahí está el problema! No hemos tomado consciencia que el ideal de nuestra vida no es "ser demasiado buenos", sino ser santos.
San Pablo se creía un gran y buen judío, muy observante de la Ley, y por eso llegado el momento se lanzó detrás de los cristianos para darles caza y quitarlos del mapa. Pero en el camino se le apareció el Señor y le mostró el Camino. Ananías, quien aparece en esta lectura, también se creía muy bueno y con pensamientos nobles y lógicos, por eso no quería ir a ver a san Pablo, y aunque se lo decía Jesús, le parecía que se estaba equivocando.
No, no tenemos que ser demasiado bueno, tenemos que aprender a buscar la Voluntad de Dios en nuestras vidas, y encontrar el Camino que nos conduzca a la verdadera santidad, porque buenos hay mucha gente, y, quizás, hasta más buena que nosotros, pero que no profesa nuestra fe, incluso que no cree en Dios. Pero Dios nos quiere santos, porque de esos no hay muchos en el mundo.
Y ¿cómo encontramos la Voluntad de Dios? Primero y principal, no tenemos que conformarnos con "cumplir" las obligaciones cristianas, sino vivir el cristianismo de una forma radical, y total. Porque cuando cumplo, es eso solo cumplir y nada más, una vez que he cumplido, ya puedo hacer otra cosa: que la misa sea temprano así me queda todo el día para hacer mis cosas...
Cuando hago de mi fe, mi vida, entonces descubriré que aún hay cosas que, según la Palabra de Dios, no estoy viviendo del todo bien. Son aquellas cosas que digo que: no importa, no son tan graves, como las mentiras piadosas; o los pecados de omisión que tengo más de una vez y de dos.
Ahí, en cada ocasión que me detenga a pensar si lo que he hecho lo podría haber hecho mejor, o, antes bien, preguntarme si eso sería Voluntad de Dios, o, si no estoy pecando de omisión o de acción en lo que hago o no hago. Todo esa reflexión diaria que tengo que hacer, será, como le dijo Jesús a Ananías: "yo le haré ver cuánto tendrá que padecer por mi Nombre". Nuestro padecer será la renuncia a nuestro yo para hacer la Voluntad de Dios.

viernes, 24 de enero de 2020

De los buenos sale la bondad

"A continuación, David se levantó, salió de la cueva y gritó detrás de Saúl:
«¡Oh, rey, mi señor!».
Saúl miro hacía atrás. David se inclinó rostro a tierra y se postró.
Y dijo a Saúl:
«¿Por qué haces caso a las palabras que dice la gente: David busca tu desgracia”? Tus ojos han visto hoy mismo en la cueva que el Señor te ha entregado en mi mano. Han hablado de matarte, pero te he perdonado, diciéndome: “No alargaré mi mano contra mi amo, pues es el ungido del Señor”. 
A pesar de que Jonatan había disuadido a Saúl, hubo otras vocees que volvieron a herir el corazón de Saúl con la envidia y el odio hacia David. Tanto es así que David se dejó convencer por sus soldados de salir a matar a Saúl, antes que él le de muerte. Pero el corazón de David encontró la luz de la paz y la bondad volvió a él. Y, sobre todo, su actitud le permitió reconocer a Saúl, a pesar de su mala conducta, a un ungido del Señor. Por eso, este diálogo que copié es el que nos tiene que ayudar constantemente: no somos quienes para matar (ni de acción ni de palabras) a un ungido del Señor, y todos los bautizados somos ungidos del Señor, es más, en todos los hombres está el Señor, por eso, Jesús nos dijo: "lo que hagáis a uno de estos mis pequeños hermanos a mí me lo hacéis".
"Como dice el antiguo proverbio: “De los malos sale maldad”. Pero en mí no hay maldad".
A veces nos surgen esos malos pensamientos, sobre los demás o sobre uno mismo, pero siempre tendremos que buscar la Luz del Bien, de la Verdad, para volver a encontrar el camino de dejar atrás los pensamientos que nos hacen mal, para que el mal no se haga parte de nosotros, ni tan siquiera en los famosos "pecados piadosos".
"Saúl levantó la voz llorando. Y siguió diciendo:
«Eres mejor que yo, pues tú me tratas bien, mientras que yo te trato mal. Hoy has puesto de manifiesto tu bondad para conmigo, pues el Señor me había puesto en tus manos y tú no me has matado".
Es el bien el que siempre gana la batalla, si hacemos lo que es correcto, lo que es Voluntad de Dios, y no lo que nuestros instintos nos dicen que hagamos, porque no somos sólo hombres, sino que somos hijos de Dios, ungidos del Señor, y eso tiene que marcar la diferencia en nuestra sociedad: no nos dejemos convencer por las bocas de destilan envidias, odios, rencores... sino que busquemos siempre el Espíritu del Señor para que fructifique en nosotros: paz, serenidad, verdad, esperanza, alegría, verdad, fidelidad...

jueves, 23 de enero de 2020

Cuidado con los celos

"Las mujeres cantaban y repetían al bailar:
«Saúl mató a mil, David a diez mil»
A Saúl le enojó mucho aquella copla, y le pareció mal, pues pensaba:
«Han asignado diez mil a David y mil a mí. No le falta más que la realeza»
Desde aquel día Saúl vio con malos ojos a David.
Saúl manifestó a su hijo Jonatán y a sus servidores la intención de matar a David".
Después de la gran hazaña de matar a Goliat, David recibió el elogio de todo el pueblo. Pero ese elogio no le gustó al Rey Saúl, que se puso celoso de lo que la gente decía sobre David. Y los celos pueden llegar a ser muy malos...
Cuando nos dejamos llevar por los instintos humanos-animales, como pueden ser los celos, el instinto de conservación, y a eso le sumamos la envidia y el orgullo herido, suceden muchas cosas que, a veces, no podemos contenerlas y nos llevan por el mal camino.
Saúl dejó que los celos le hicieran creer que David quería usurpar su lugar como Rey, y por eso decide matarlo, para quitárselo de encima.
Es ahí donde vemos cómo, cuando nos dejamos convencer por lo que daña nuestro orgullo, o nuestra vanidad, los pensamientos se vuelven tan oscuros que nos llevan a tomar decisiones que, al parecer, pueden ser lo mejor para nosotros, pero que son un gran pecado contra los demás. Porque ¿qué culpa tiene el otro de recibir mejores halagos que yo?
"Jonatán habló bien de David a su padre Saúl. Le dijo:
«No hagas daño el rey a su siervo David, pues él no te ha hecho mal alguno y su conducta ha sido muy favorable hacía ti. Expuso su vida, mató al filisteo y el Señor concedió una gran victoria a todo Israel. Entonces te alegraste al verlo. una gran victoria; bien que te alegraste al verlo. ¿Por qué hacerte culpable de sangre inocente, matando a David sin motivo?».
Saúl escuchó lo que le decía Jonatán, y juró:
«Por vida del Señor, no morirá».
Y, frente a la mala actitud del Rey, tenemos la buena actitud de su hijo, Jonatan, quien tuvo el valor de ayudarle a su padre a ver la verdad de la situación.
No siempre encontramos a alguien que nos ayude a ver con claridad. A veces hay gente que viene a hincar el dedo en la herida y a hacer que el dolor y el rencor y el mal deseo se profundicen y no me ayuden a descubrir la verdad de todo.
Por eso, aunque, los malos pensamientos y los malos deseos entren en el corazón, busquemos el remedio para no dejarnos convencer por el mal, sino que sea el Espíritu quien nos ayude a sanar el dolor o seamos instrumentos de paz y no de guerra.

miércoles, 22 de enero de 2020

Cuidado con las víboras...

"En aquel tiempo, entró Jesús otra vez en la sinagoga, y había allí un hombre que tenía una mano paralizada. Lo estaban observando, para ver si lo curaba en sábado y acusarlo".
El pecado no nos deja, muchas veces, apreciar lo bueno que hacen los demás, sino que los observamos para poder criticarlos y sacar, de ellos, alguna cosa mala o intentar "embarrar" lo bueno que pudiesen hacer.
"En cuanto salieron, los fariseos se confabularon con los herodianos para acabar con él".
Y, si no podemos encontrar nada, nos confabulamos con otros para poder seguir haciéndole daño a quien consideramos que está "atacando" nuestra vida.
Así pensaban, en aquella época, los que aborrecían a Jesús porque creían que venía contra ellos. Siempre estaban al acecho para ver cómo podían acusarlo y, así, poder quitarlo del camino de ellos, sobre todo, para que sus actitudes no "descubrieran" que ellos no eran fieles a la Voluntad de Dios.
Sí, cuando nos ponemos a hablar de los demás con nuestros compañeros, vecinos, etc., y comenzamos a criticar a otras personas, sean o no conocidas, estoy haciendo lo mismo que hacían los judíos del tiempo de Jesús: queriendo destruir la fama y buen nombre de alguien.
Quizás lo que digamos o pensemos esté fundado en actitudes reales, pero lo que el evangelio me pide ante el error de mis hermanos no es que lo comience a divulgar por media ciudad, sino que pueda hablar con él: "si tu hermano peca, ve y corrígelo en privado".
Claro que tengo que saber que tengo el deber de ayudar a corregir el error de mi hermano, no que tengo el deber de hundir a mi hermano debajo de comentarios y chusmeríos baratos. Pero, "es que no puedo dejar de hablar", "me cuesta salir de esas conversaciones". Y, como dice, un refrán o frase de por ahí: aquellos que hablan mal de los otros contigo, seguramente también hablen mal de tí con otros.
Por eso mismo el Señor nos dice: "no hagas a los demás lo que no te gusta que te hagan a tí", o, "haced a los demás los que te gustaría que hicieran contigo".
Y, sobre todo, lo fundamental, como lo hizo Jesús, saber con toda seguridad quién soy y qué estoy haciendo:
"Y a ellos les preguntó:
«¿Qué está permitido en sábado?, ¿hacer lo bueno o lo malo?, ¿salvarle la vida a un hombre o dejarlo morir?».
Porque sabiendo quién soy y que lo que estoy haciendo es la Voluntad de Dios, entonces no tenemos que temer a las lenguas venenosas porque nada pueden hacer a mi persona, sino sólo envenenarse a sí mismas y seguir pecando contra la caridad y la verdad.

martes, 21 de enero de 2020

Quemar nuestra cesta

"En aquellos días, el Señor dijo a Samuel:
«¿Hasta cuándo vas a estar sufriendo por Saúl, cuando soy el que lo he rechazado como rey sobre Israel? Llena el cuerno de aceite y ponte en camino. Te envío a casa de Jesé, el de Belén, porque he visto entre sus hijos un rey para mí».
El profeta no es dueño de la Palabra de Dios, ni es dueño de lo que Dios quiere hacer. Que nos adueñemos de la Palabra de Dios o de su obra, es otra cosa, porque, gracias al pecado original, nos hemos quedado con esa espina de que nos creemos dueños y señores de la creación, o de lo que Dios nos ha permitido crear o hacer o decir.
Escribiendo esto me acuerdo de aquella florecilla de san Francisco de Asís (quizás la conté alguna vez): había fabricado una cesta de mimbre para vender y tener dinero para la comida, pero cuando la terminó la quemó. Y el Hermano León le preguntó por qué lo había hecho y Francisco respondió:
- Sí, hermano León - dijo con mucha calma -, el hombre no es grande hasta que se eleva por encima de su obra para no ver más que a Dios. Solamente entonces alcanza toda su talla. Pero esto es difícil, muy difícil. Quemar un cesto de mimbre que ha hecho uno mismo no es nada, ya ves, aunque esté muy bien hecho, pero despegarse de la obra de toda una vida es algo muy distinto. Ese renunciamiento está por encima de las fuerzas humanas...
Cuando creemos que la obra es nuestra y no sabemos descubrir en ella los dones que el Señor nos ha dado, siempre tenderemos a creernos mejores que los demás, e, incluso, olvidarnos de Dios, y por eso, llorar cuando "nuestra" obra no se realiza o no sale como yo quería.
Así, nos pasa a muchos cuando el apetito de poder invade nuestra alma y nuestra vida: cuando nos vemos sin "poder", o cuando vemos que otro ocupa nuestro lugar, ya nos venimos abajo, nos desesperamos y hasta nos ponemos depresivos, porque ya no se nos considera o no se nos valora como nosotros creemos que valemos.
En ese momento tenemos que darnos cuenta que la vanidad y la soberbia habían invadido nuestra vida, y lo mejor es aceptar el desafío de que Dios nos de otra misión, o buscar, mejor dicho, cuál es, en realidad, la Voluntad de Dios para mí. Quemar "nuestra obra" y permitirle a Dios que nos ayude a volver a encontrar el Camino.

lunes, 20 de enero de 2020

El precio de la obediencia

"Samuel exclamó:
«¿Le complacen al Señor los sacrificios y holocaustos tanto como obedecer su voz? La obediencia vales más que el sacrificio, y la docilidad más que la grasa de carneros. Pues pecado de adivinación es la rebeldía y la obstinación, mentira de los terafim. Por haber rechazado la palabra del Señor, te ha rechazado como rey».
Saúl, a quien le está hablando Samuel, de parte de Dios, había sido elegido Rey de Israel por el Señor, y él había aceptado esa elección. Quizás, como cada uno de nosotros que ha aceptado la llamada del Señor a seguirlo. Pero no basta sólo con decir que sí al llamado y lanzarnos al ruedo, sino que después de un sí dado a Dios, hay que seguir siendo Fiel a su voluntad. Y, tampoco basta, como dice Saúl, que ya haya cumplido pero a medias, una parte he cumplido y después hice lo que quise.
"La obediencia vale más que el sacrificio", porque en realidad ser obediente implica un sacrificio mayor, pues tengo que renunciar a mis criterios y aceptar los que el Señor me pide vivir.
Por eso Jesús, en el evangelio nos dice:
"Nadie echa vino nuevo en odres viejos; porque el vino revienta los odres, y se pierden el vino y los odres; a vino nuevo, odres nuevos".
Si has aceptado o elegido un camino nuevo a recorrer, una vida nueva a vivir, no dejes que te invadan los pensamientos antiguos de un hombre viejo, sino acepta el desafío de Jesús de vivir como Verdadero Hombre Nuevo, siendo, como Él Fiel a la Voluntad de Dios, pero en todo momento.
Una vez alguien decía: "ya acepté el camino del señor, ahora hago lo que quiero". Y no, porque no es sólo aceptarlo sino vivirlo intensamente ¡ese es el mayor sacrificio y desafío! para estos tiempos que vivimos.
Es cierto que no rechazamos la palabra de Dios, pero tampoco la aceptamos, por eso mismo, el Señor le decía a Saúl: "por haber rechazo la palabra del Señor, te ha rechazado como rey". A veces sentimos que el Señor nos ha dejado solos, y es por eso, porque somos nosotros quienes nos hemos distanciado haciendo lo que es nuestro gusto y no lo que es Su Voluntad. Él tiene la Gracia para aquellos que quieran hacer Su Voluntad, pero si no quieres hacer Su Voluntad ¿para qué quieres Su Gracia? Si no quieres vivir con tus padres, ¡búscate otra casa donde vivir! y no uses de su dinero.

domingo, 19 de enero de 2020

Santifiicados por Jesucristo

"...a la Iglesia de Dios que está en Corinto, a los santificados por Jesucristo, llamados santos con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro".
No me cansaré de citar a Pablo cuando habla de nuestra santidad, o, mejor, cuando nos hace tomar conciencia de nuestra santidad, de que hemos sido santificados por Jesucristo, en el día de nuestro bautismo. Una realidad que tenemos que ir tomando, cada día, más conciencia y, con la gracia de Dios, madurándola y haciéndola realidad.
Y, con esta afirmación paulina, lo que se quiere buscar es la unidad de la fe, la unidad del amor, la unidad de la vida, pues, cuando somos conscientes de nuestra realidad: no sólo de que hemos sido santificados, sino que hemos sido santificados en el amor, entonces, tenemos que crecer en la unidad del Amor: reconociéndonos como hermanos que saben vivir unidos.
Es clara que la unidad no significa que perdamos, cada uno, nuestra identidad personal, ni nuestra vocación particular, sino que dentro de nuestras propias diferencias todos aprendemos a amarnos y respetarnos, y, sobre todo, gracias a la corrección fraterna, nos ayudamos a crecer en santidad, buscando, como el fin de nuestro caminar la Voluntad de Dios todos los días.
"Tú no quieres sacrificios ni ofrendas,
y, en cambio, me abriste el oído;
no pides holocaustos ni sacrificios expiatorios;
entonces yo digo: «Aquí estoy».
Porque las oraciones y los sacrificios, sí que nos ayudan a conseguir la Gracia de Dios, pero si no hacemos Su Voluntad, entonces no crecemos en santidad, no crecemos en unidad, porque la Unidad es en función de la Voluntad de Dios, pues Él es el Centro y Sentido de nuestra vida. Y si después de nuestros rezos y sacrificios, sólo vivimos para hacer lo que nos da la gana y no aprendemos a amar y perdonar, entonces, no hay unidad posible, ni tan siquiera una comunidad.
Es que, generalmente, nos olvidamos de un mandamiento esencial que nos dejó el Señor, y es el mandamiento del Amor, por lo que todos nos reconocerán como hijos de Dios: "en la medida en que se amen unos a otros, los hombres reconocerán que son hijos de Dios", "sean Uno para que el mundo crea que Tú me enviaste", "sean Uno como el Padre y Yo somos Uno, para que el mundo crea".
No hemos sido llamados para vivir encerrados en nuestra propia individualidad, y no ha muerto y resucitado el Señor, para que nos contentemos con cumplir con un reglamento, sino que nos ha dado una Vida Nueva para vivir y para mostrar un Camino hacia la plenitud de nuestra vida. Por eso, Jesús, cuando nos eligió nos dijo: "vosotros sois la luz del mundo". No dejemos de buscar nuestra propia conversión hacia la verdadera santidad en el amor, pues será, como dijo algún santo, el único evangelio que el hombre de hoy pueda leer y creer.

sábado, 18 de enero de 2020

Santos o fariseos

"Los escribas de los fariseos, al ver que comía con pecadores y publicanos, decían a sus discípulos:
«¿Por qué come con publicanos y pecadores?».
Jesús lo oyó y les dijo:
«No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a pecadores».
Que los escribas y fariseos y los doctores de la ley y muchos otros no supieran o no se dieran cuenta que Jesús era Dios, era algo muy lógico. Por eso no podían comprender cuál era su misión, ni tampoco saber que él podía leer lo pensamientos y lo que ocultaban los corazones. Tampoco, claro es, que no querían ni comprender ni saber, porque eso les facilitaba la vida, aunque, en realidad, se la iba complicando cada vez más.
Por eso mismo los juicios y pre-juicios que hacían y tenían contra Jesús eran los que eran, porque veían a un hombre que se creía Dios en la tierra, y eso no les gustaba para nada, porque tendrían que respetarle y obedecerle, y modificar todo su esquema de vida y religión.
Eso pasaba en aquella época. Pero, sin ir más lejos también pasa hoy, y no es que no sepamos quién es Jesús, nuestro Dios y Señor, sino que, algunos nos creemos más dios que Jesús, o más doctores de la ley que aquellos. Hoy tampoco queremos, muchas veces, que el Señor se meta en mi vida y venga a cambiar los planes que yo tenía. Me creo con derecho para elegir mi propio estilo de vida y, así, poder juzgar a los demás como a mí se me antoja.
Hoy, somos muchos los que nos llamamos cristianos, pero no dejamos que Cristo transforme mi vida, y, sobre todo, nos tomamos la "verdad" en nuestras manos y nos tornamos jueces de los demás, porque nos creemos que nuestras vidas ya son ejemplo para todos. Por eso, mismo, son muchos los que se creen con derecho a mandar, a decidir y, hasta incluso, a juzgar y condenar, creyendo que tienen, como Jesús, el poder leer las mentes y el corazón.
No caigamos en esa tentación de ser los nuevos fariseos que van por el mundo decidiendo quién puede salvarse y quién es merecedor de estar dentro de la comunidad cristiana. Es Jesús, es el Padre, quienes llaman a quién ellos creen que están dispuestos a salvarse, ellos llaman a todos, pero son pocos los que responden al llamado de la conversión, de la santidad.
A nosotros también nos ha llamado para que seamos santos, no nos equivoquemos de camino convirtiéndonos en fariseos hipócritas que no le permiten el ingreso al Reino a aquellos que el Señor llama.

viernes, 17 de enero de 2020

Vivir nuestro propio camino

Hoy, en muchos lugares, se celebra el día de san Antonio, abad. Hay dos cosas que, de su vida, me han llamado la atención. Por un lado su disponibilidad al Señor para dejar todo e irse al desierto para vivir una vida de soledad y oración, pero no en ningún desierto, sino que prefirió cerca del cementerio. ¿Por qué? Porque el Señor le pidió una vida que mostrara el verdadero valor del Evangelio: morimos para resucitar en Él.
Nuestra vida, cuando decidimos vivirla en "cristiano", es vivir de acuerdo al Evangelio, y por eso, como nos pidió el Señor: "quien pierda su vida por mí y el evangelio la salvará".
San Antón, perdió su vida por Cristo: renunció a todo y se fue a la soledad para llevar una vida de oración junto al Señor, para vivir la alegría del encuentro verdadero con Jesús.
Pero esa soledad se tornó en ejemplo para muchos que quisieron imitarlo, y, por eso, lo acompañaron a vivir el mismo camino de soledad, silencio y oración.
Por otro lado, en esa vida de silencio y oración, estuvo siempre tentado para dejar de vivir así. Satanás se le aparecía de mil y una formas, para sacarlo de su silencio y hacerle ver todo lo que se perdía del mundo. Pero siempre, con la Fuerza y la Gracia del Señor, se mantuvo firme ante las tentaciones y logró vencer a Satanás.
Hoy, la peor tentación que nos hace el Diablo es creer que necesitamos estar siempre en lo más alto de la vida, que tenemos que ser siempre los mejores y que somos indispensables e insustituibles en la vida de nuestra comunidad. Y, sin embargo, cuando más se nos "infla" el orgullo y se nos transforma en vanidad, más daño hacemos a nuestra comunidad, porque no le permitimos a Dios mostrar el verdadero camino de santidad.
San Antón, descubrió en el Evangelio el único camino que Dios quería para Él, pues para cada uno quiere un camino diferente, pero que está siempre centrado en un único ideal: vivir la Voluntad de Dios. Esa Voluntad de Dios puede hacernos ir al desierto o la ciudad, en el silencio contemplativo o en el silencio activo, entre los pobres o los ricos, en la consagración especial de la vida o en la vida matrimonial.
Cada uno puede discernir cuál es el estilo de vida que quiere el Señor que vivamos, pero necesitamos siempre la fuerza de la Gracia para perseverar en el Camino, y, la fuerza del Espíritu para morir cada día a las tentaciones de Satanás, para no dejarnos seducir por su voz.

jueves, 16 de enero de 2020

El Verbo embellece, ordena y contiene todas las cosas

De la Disertación de san Atanasio, obispo, Contra los gentiles

    El Padre de Cristo, santísimo e inmensamente superior a todo lo creado, como óptimo gobernante, con su propia sabiduría y su propio Verbo, Cristo, nuestro Señor y salvador, lo gobierna, dispone y ejecuta siempre todo de modo conveniente, según a él le parece adecuado. Nadie ciertamente negará el orden que observamos en la creación y en su desarrollo, ya que es Dios quien así lo ha querido. Pues, si el mundo y todo lo creado se movieran al azar y sin orden, no habría motivo alguno para creer en lo que hemos dicho. Mas si, por el contrario, el mundo ha sido creado y embellecido con orden, sabiduría y conocimiento, hay que admitir necesariamente que su creador y embellecedor no es otro que el Verbo de Dios.
    Me refiero al Verbo que por naturaleza es Dios, que procede del Dios bueno, del Dios de todas las cosas, vivo y eficiente; al Verbo que es distinto de todas las cosas creadas, y que es el Verbo propio y único del Padre bueno; al Verbo cuya providencia ilumina todo el mundo presente, por él creado. El, que es el Verbo bueno del Padre bueno, dispuso con orden todas las cosas, uniendo armónicamente lo que era entre sí contrario. Él, el Dios único y unigénito, cuya bondad esencial y personal procede de la bondad fontal del Padre, embellece, ordena y contiene todas las cosas.
    Aquel, por tanto, que por su Verbo eterno lo hizo todo y dio el ser a las cosas creadas no quiso que se movieran y actuaran por sí mismas, no fuera a ser que volvieran a la nada, sino que, por su bondad, gobierna y sustenta toda la naturaleza por su Verbo, el cual es también Dios, para que, iluminada con el gobierno, providencia y dirección del Verbo, permanezca firme y estable, en cuanto que participa de la verdadera existencia del Verbo del Padre y es secundada por él en su existencia, ya que cesaría en la misma si no fuera conservada por el Verbo, el cual es imagen de Dios invisible, primogénito de toda creatura; por él y en él se mantiene todo, lo visible y lo invisible, y él es la cabeza de la Iglesia, como nos lo enseñan los ministros de la verdad en las sagradas Escrituras.
    Este Verbo del Padre, omnipotente y santísimo, lo penetra todo y despliega en todas partes su virtualidad, iluminando así lo visible y lo invisible; mantiene él unidas en sí mismo todas las cosas y a todas las incluye en sí, de tal manera que nada queda privado de la influencia de su acción, sino que a todas las cosas y a través de ellas, a cada una en particular y a todas en general, es él quien les otorga y conserva la vida.

miércoles, 15 de enero de 2020

Habla que tu siervo escucha

"El Señor llamó a Samuel, por tercera vez. Se levantó, fue a donde estaba Elí y dijo:
«Aquí estoy; porque me has llamado».
Comprendió entonces Elí que era el Señor el que llamaba al joven. Y dijo a Samuel:
«Ve a acostarte. Y si te llama de nuevo, di: “Habla, Señor, que tu siervo te escucha”». Samuel fue a acostarse en su sitio.
El Señor se presentó y llamó como las veces anteriores:
«Samuel, Samuel».
Respondió Samuel:
«Habla, que tu siervo escucha».
El 15 de enero de 1986 fue mi ingreso en el Seminario, en la Casa de Formación de la Fraternidad Mariana Masculina, ese día tuvimos la primer misa en la Casa, y ese día leímos estas mismas lecturas.
Ese día me llevó mi padre al Seminario, me despedía de mamá y comenzaba un nuevo caminar en mi vida. Pero ese día, 15 de enero, pero de 2004, me tocaba, también despedir a mi padre. Dios lo había llamado a la Casa Paterna, se nos adelantó en el regreso al Cielo.
Dos días marcados por una misma lectura y por un mismo llamado: Dios nos llama y debemos acudir prontamente. Aunque no siempre aceptemos el llamado con generosidad o con disposición de corazón, pero, sabemos que Su Llamado es el mejor llamado que nos puede llegar al corazón.
Hay veces que no lo comprendemos en el momento, pero con el tiempo descubrimos que ese era el Camino, y que no había otro camino mejor que recorrer en la vida, pues, cuando se recorre de Su Mano, siempre se llega al mejor destino.
El Cielo, la Casa del Padre, es el destino final de nuestra vida, pero también fue nuestro principio, porque de Él venimos y hacia Él vamos, unos llegan antes, a otros nos cuesta llegar, pero ese es el horizonte de nuestra vida, y es nuestra Vida definitiva. Mientras tanto, vamos peregrinando en este mundo con la mirada puesta en el Cielo, para que, por la Gracia de Dios, vayamos haciendo un Cielo de la tierra, porque vamos construyendo el Reino de Dios aquí en la tierra.
Cada uno de nosotros, si presta atención, escuchará ese llamado del Señor. Un llamado que, para cada uno, será diferente pues Dios nos ha soñado a cada uno para un rol diferente en esta vida, pero todos con un mismo ideal: la santidad, pues para eso nos dio una Vida Nueva en su Hijo.
Quizás no sepamos discernir ese llamado, como le pasó a Samuel y a Elí, pero, si perseveramos en la escucha y abrimos nuestro corazón, el Señor nos aclarará Su Intención. Es cierto que puede darnos temor, pero el temor se disipa cuando se conoce la intención del Padre, pues nada que Él nos pide os destruirá, sino que nos elevará y, sobre todo, nos dará la Gracia suficiente y necesaria para llevar a cabo su llamado, nuestra vocación.
Sí, tendremos que dejar lo que estamos haciendo, quizás, pero lo que alcanzaremos con Su Gracia será mucho mejor y mucha mayor, porque a Él nadie le gana en generosidad. Por eso, Jesús, cuando nos llamó nos dijo: "quien quiera venir detrás de mí, niéguese a sí mismo, cargue su cruz de cada día y sígame". Y a Pedro le respondió: "quien haya dejado casa, padre y madre, hermanos... le daré el ciento por uno aquí y la vida eterna"
Por eso, no dudes en responder como Samuel al llamado de Dios con su corazón dispuesto y pronto: "Habla Señor que tu siervo escucha" y como María "he aquí la esclava del Señor, ¡hágase en mí según tu Palabra!".

martes, 14 de enero de 2020

Desahogarnos en el Señor

"Mientras insistía implorando ante el Señor, Elí observaba su boca. Ana hablaba para sí en su corazón; solo sus labios se movían, más su voz no se oía. Elí la creyó borracha.
Entonces le dijo:
«¿Hasta cuándo vas a seguir borracha? Echa el vino. que llevas dentro».
Pero Ana tomó la palabra y respondió:
«No, mi Señor, yo soy una mujer de espíritu tenaz. No he bebido vino ni licor, solo desahogaba mi alma ante el Señor. No trates a tu sierva como a una perdida, pues he hablado así por mi gran congoja y aflicción».
Elí le dijo:
«Vete en paz y que el Dios de Israel te conceda el favor que le has pedido».
Hay dos cosas que me parece que nos pueden ayudar de esta lectura: la oración de Ana y el juicio que hace Elí.
Pero, primero fijémonos en le juicio que hace Eli sobre Ana, porque no sólo la mira y le parece que está borracha, sino que la acusa de estar borracha. Él solo miró la apariencia y los movimientos que ella hacía, pero no estaba junto a ella para saber qué es lo que le pasaba y qué es lo que decía, solamente la miró y juzgó por sus apariencias y emitió un juicio.
Es lo que, muchas veces, nos pasa a nosotros también: juzgamos por las apariencias y condenamos según nuestro propio criterio, pero no sólo condenamos para nuestros adentros y pensamientos, sino que emitimos el juicio a los cuatro vientos. Y, en muchos casos, no somos como Elí que se lo decimos al interesado, sino que lo decimos a quien sabemos que lo va a seguir repitiendo. Y eso es atentar contra la buena fama de la persona, es desacreditar a alguien ante otras personas, en definitiva un pecado contra la verdad, la honestidad y sobre todo, contra la caridad. Sí contra la caridad, porque el Señor nos dice: si tu hermano peca repréndelo en privado. Ese es el primer paso. Es el que hizo Elí.
Ana, como bien le responde a Elí estaba desahogando su alma ante el Señor, y esa es una de las partes importantes de la oración: desahogar nuestra alma ante el Señor, hablarle al Señor de nuestras cosas de lo que llevamos dentro del corazón, dejar todo en sus Manos para que Él haga según su Voluntad. Porque, muchas veces, vamos a la oración con una lista de pedidos, pero nunca dejamos que el Señor mirando nuestras miserias y nuestra realidad (que la conoce muy bien de antemano) obre de acuerdo a lo que Él vea mejor.
Por eso, cuando Ana le contó al Señor y le contó a Elí, como sacerdote del Señor, quedó con su alma en paz y pudo vivir lo que el Señor le pidió, y, como ya sabemos cumplió su promesa hecha al Señor.
No dejemos que las cosas de todos los días nos abrumen y ahoguen el espíritu, sino que debemos dejar en las Manos del Señor toda nuestra vida, con sus alegría y lágrimas, gozos y dolores, para que se Él quien pueda "trabajar" nuestra alma como mejor convenga, y ayudarnos a aceptar y vivir Su Voluntad. Y si vemos a alguien que está como Ana, no emitamos un juicio anticipado, sino que vayamos y preguntémosle que le sucede, y acompañemos, a nuestro hermano y prójimo, con nuestra oración y cercanía.

lunes, 13 de enero de 2020

El Verbo de Dios fuente de sabiduría

De la carta de san Clemente primero, papa, a los Corintios

    No cesamos de pedir y de rogar para que el Artífice de todas las cosas conserve íntegro en todo el mundo el número de sus elegidos, por mediación de su amado siervo Jesucristo, por quien nos llamó de las tinieblas a la luz, de la ignorancia al conocimiento de la gloria de su nombre. Haz que esperemos en tu nombre, tú que eres el origen de todo lo creado; abre los ojos de nuestro corazón, para que te conozcamos a ti, el solo altísimo en las alturas, el santo que reposa entre los santos; que terminas con la soberbia de los insolentes, que deshaces los planes de las naciones, que ensalzas a los humildes y humillas a los soberbios, que das la pobreza y la riqueza, que das la muerte, la salvación y la vida, el solo bienhechor de los espíritus y Dios de toda carne; tú que sondeas los abismos, que ves todas nuestras acciones, que eres ayuda de los que están en peligro, que eres salvador de los desesperados, que has creado todo ser viviente y velas sobre ellos; tú que multiplicas las naciones sobre la tierra y eliges de entre ellas a los que te aman por Jesucristo, tu Hijo amado, por quien nos has instruido, santificado y honrado.
    Te pedimos, Señor, que seas nuestra ayuda y defensa. Libra a aquellos de entre nosotros que se hallan en tribulación, compadécete de los humildes, levanta a los caídos, socorre a los necesitados, cura a los enfermos, haz volver a los miembros de tu pueblo que se han desviado; da alimento a los que padecen hambre, libertad a nuestros cautivos, fortaleza a los débiles, consuelo a los pusilánimes; que todos los pueblos de la tierra sepan que tú eres Dios y no hay otro, y que Jesucristo es tu siervo, y que nosotros somos tu pueblo, el rebaño que tú guías.
    Tú has dado a conocer la ordenación perenne del mundo, por medio de las fuerzas que obran en él; tú, Señor, pusiste los cimientos de la tierra, tú eres fiel por todas las generaciones, justo en tus juicios, admirable por tu fuerza y magnificencia, sabio en la creación y providente en el gobierno de las cosas creadas, bueno en estos dones visibles y fiel para los que en ti confían, benigno y misericordioso; perdona nuestras iniquidades e injusticias, nuestros pecados y delitos.
    No tomes en cuenta todos los pecados de tus siervos y siervas, antes purifícanos en tu verdad y asegura nuestros pasos, para que caminemos en la piedad, la justicia y la rectitud de corazón, y hagamos lo que es bueno y aceptable ante ti y ante los que nos gobiernan.
    Más aún, Señor, ilumina tu rostro sobre nosotros, para que gocemos del bienestar en la paz, para que seamos protegidos con tu mano poderosa, y tu brazo extendido nos libre de todo pecado y de todos los que nos aborrecen sin motivo.
    Da la concordia y la paz a nosotros y a todos los habitantes del mundo, como la diste a nuestros padres, que piadosamente te invocaron con fe y con verdad. A ti, el único que puedes concedernos estos bienes y muchos más, te ofrecemos nuestra alabanza por Jesucristo, pontífice y abogado de nuestras almas, por quien sea a ti la gloria y la majestad, ahora y por todas las generaciones, por los siglos de los siglos. Amén.

domingo, 12 de enero de 2020

Hijos en el hijo

Con la fiesta del Bautismo del Señor, finaliza el Tiempo litúrgico de Navidad y comienza el Tiempo Ordinario durante el año, un tiempo casi normal, que se interrumpirá con la Cuaresma y la Pascua. Pero no voy a hablar de los tiempos del año, sino que después de la celebración de las Fiestas de Navidad y, sin dejar de mirar al Dios que ha nacido Hombre, comenzamos a mirarnos a nosotros mismos desde esa misma perspectiva.
Sí, el Bautismo del Señor nos lleva a mirarnos a nosotros mismos como bautizados, como hijos de Dios, que hemos venido al mundo y hemos recibido el Espíritu Santo que nos ha convertidos en "hijos por el Hijo", y esa es una realidad que tenemos que seguir madurando a lo largo de nuestra vida.
Así como el Espíritu descendió sobre Jesús, en las aguas del Jordán, y Dios dijo "este es mi Hijo, el amado", también en las aguas de la Pila Bautismal el Espíritu Santo descendió en nosotros y nos hizo hijos amados de Dios.
Pero, es que ahí no termina la cosa, sino que continúa con nuestra vida pública. Lo mismo que en la vida de Jesús el Bautismo en el Jordán dio comienzo a su vida pública, así también en nuestra vida (luego de tomar conciencia de quiénes somos: hijos de Dios por el bautismo, cristianos: otros Cristos) comenzará una etapa de anunciar el evangelio a todo el mundo.
Sí, lo has entendido bien: nosotros también, tú y yo, aunque tú no seas ni religioso, consagrado o sacerdote, todos los bautizados, hemos sido enviados a anunciar, con nuestras vidas, el gozo de la Salvación, la Buena Noticia de que el Reino de Dios ha llegado a nosotros y por eso buscamos nuestra constante conversión: el perdón de los pecados y la reconciliación con Dios, con nuestros hermanos y con nosotros mismos.
Comienza en el bautismo un camino de santidad y evangelización, pues no se evangeliza sólo con la palabra, sino, sobre todo, con el ejemplo. Por eso, cuando el ejemplo no es tan bueno, sino que tenemos nuestros tropiezos y caídas, buscamos la reconciliación y seguimos avanzando, pues el Padre sabe que no somos perfectos, pero caminamos hacia la perfección en el amor.
Así que, sin dejar de mirar al Niño que ha nacido por Amor a nosotros, y que, con su pasión, muerte y resurrección, nos dio una Vida Nueva, debemos avanzar sabiendo que estamos en el mundo, pero no que somos parte de él, sino que somos de Dios, pues Él nos ha consagrado para ser sus hijos y nos ha llamado desde antes de la creación del mundo para ser santos e irreprochables, ante Él, por el amor.
¿Por qué mirar siempre al Pesebre de Belén? Para recordar que solamente siendo niños podremos ser hijos, y si somos hijos seguiremos mirando, escuchando y obedeciendo al Padre que sabe lo que nos conviene y el por qué nos ha llamado, así daremos testimonio de Él ante los hombres, y alcanzaremos al eternidad en Su Reino.

sábado, 11 de enero de 2020

Sobre el Espiritu Santo

Del Comentario de san Cirilo de Alejandría, obispo, sobre el evangelio de san Juan

    El Hacedor del universo determinó instaurar con admirable perfección todas las cosas en Cristo y restituir la naturaleza humana a su estado primitivo; para este fin prometió darle en abundancia, junto con los demás bienes, el Espíritu Santo, condición necesaria para reintegrarla a una pacífica y estable posesión de sus bienes.
    Así pues, habiendo establecido el tiempo en que había de bajar sobre nosotros el Espíritu Santo, esto es, en el tiempo de la venida de Cristo, lo prometió diciendo: En aquellos días -a saber, en los del Salvador-, derramaré mi Espíritu sobré toda carne.
    Por consiguiente, cuando llegó el tiempo de tan gran munificencia y liberalidad -y puso a nuestra disposición en el mundo al Unigénito hecho carne, es decir, a aquel hombre nacido de mujer de que hablan las Escrituras-, nuestro Dios y Padre nos dio también el Espíritu, y Cristo fue el primero en recibirlo, como primicias de la naturaleza restaurada. Así lo atestigua Juan Bautista con aquellas palabras: Vi al Espíritu Santo bajar del cielo y posarse sobre él.
    Se afirma de Cristo que recibió el Espíritu en cuanto que se hizo hombre y en cuanto que convenía que lo recibiera el hombre; y, del mismo modo -aunque es Hijo de Dios Padre, engendrado de su misma substancia ya antes de la encarnación, más aún, desde toda la eternidad-, no pone objeción al escuchar a Dios Padre que proclama, después que se ha hecho hombre: Tú eres mi Hijo: yo te he engendrado hoy.
    De aquel que era Dios, engendrado por el Padre desde toda la eternidad, dice que lo ha engendrado hoy, para significar que en su persona hemos sido adoptados como hijos, ya que toda la naturaleza está incluida en la persona de Cristo, en cuanto que es hombre; en el mismo sentido se afirma que él Padre comunica al Hijo su propio Espíritu, ya que en Cristo alcanzamos nosotros la participación del Espíritu. Precisamente por esto se hizo hijo de Abraham, como está escrito, y fue semejante en todo a sus hermanos.
    Por lo tanto, el Unigénito recibe el Espíritu Santo no para sí mismo, ya que él lo posee como algo propio y, en él y por él se comunica a los demás, como ya dijimos antes, sino que lo recibe en cuanto que, al hacerse hombre, recapitula en sí toda la naturaleza para restaurarla', y restituirle su integridad primera. Es fácil, pues, de como prender, por lógica natural y por el testimonio de la Escritura, que Cristo recibió en su persona el Espíritu, no para sí mismo, sino más bien para nosotros, ya que por él nos vienen también todos los demás bienes.

viernes, 10 de enero de 2020

Amar sin mentiras

"Queridos hermanos:
Nosotros amemos a Dios, porque él nos amó primero. Si alguno dice: «Amo a Dios», y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve.
Y hemos recibido de él este mandamiento: quien ama a Dios, ame también a su hermano".
Esta frase de la carta de san Juan es lo más difícil que tenemos los cristianos para vivir. Porque no siempre podemos amar a todos con la misma intensidad, pero, también es cierto, que no siempre hacemos el esfuerzo para amar a todos como Jesús nos amó a nosotros.
Seguramente en cada uno de nosotros hay alguna persona que se nos ha quedado cruzada en el corazón, por que nos hizo algo, porque dijo algo, porque esto o por lo otro, y a esa persona ya no le hablo o ya no me habla, o juré no hablarle nunca más. Hay heridas que son difíciles de cerrar y hay heridas que no quiero cerrar. Hay ofensas que son difíciles de olvidar y hay ofensas que no quiero olvidar. A veces no puedo y otras veces no quiero. Nos pasa a todos. ¿Cuál es mi situación?
Y a esto se refiere san Juan: no es que tengamos que amar a todos con la misma intensidad, pues habrá diferentes formas de amar; pero lo importante es no cerrar nuestro corazón al amor a los hermanos, especialmente, como dice el Señor: si amáis a quienes os aman qué mérito tenéis, eso también lo hacen los paganos... en cambio yo os digo: amad a vuestros enemigos, rezad por quienes os persiguen...
No cerrar nuestro corazón a tener que perdonar, a pedir perdón, a amar a mi hermano porque en Él está el Señor y "todo lo que hiciste con mis hermano a mí me lo hacéis" (o algo parecido dice el Señor) Ver a Jesús en el corazón de nuestros hermanos, y especialmente en los que menos amo, es un acto de fe y por eso necesito fortalecer mi fe, mi amor.
¿Acaso el amor de Jesús por nosotros, siendo aún pecadores, no le implicó el mayor de los dolores y el mayor de los sacrificios? "Padre, perdónales porque no saben lo que hacen". Y, seguramente, sabían lo que hacían. Los que lo condenaron a muerte sabían lo que hacían, porque se habían cerrado a reconocerlo como Hijo de Dios.
Muchas veces, también, pensamos: pero quien me hizo eso sabía lo que me hacía ¿cómo voy a perdonarlo? De la misma manera que Jesús te perdona a tí cuando vas al confesionario y te absuelve de tus pecados. Y ¿no sabes tú cuando pecas y cuando no? Sin embargo el Señor nos perdona porque nos ama infinitamente.
Y, por último, está claro que no podremos amar como Él nos amó, sino no mantenemos una relación constante con Jesús, sobre todo, con la Eucaristía. ¿Cómo amar si el Amor no está en mi?

jueves, 9 de enero de 2020

Ánimo, soy yo

"Ellos, viéndolo andar sobre el mar, pensaron que era un fantasma y dieron un grito, porque todos lo vieron y se asustaron.
Pero él habló enseguida con ellos y les dice:
«Ánimo, soy yo, no tengáis miedo».
Entró en la barca con ellos, y amainó el viento.
Ellos estaban en el colmo del estupor, pues no habían comprendido lo de los panes, porque tenían la mente embotada".
Las manifestaciones de Dios a los Hombres no han sido las mismas que ha tenido Jesús con los apóstoles, pues con ellos Jesús se fue revelando más directamente, aunque nunca lo expreso claramente, pero sí todas sus manifestaciones, como esta de caminar sobre las aguas, la transfiguración en el monte, fueron momentos puntuales donde, como dice el evangelista, se les embotaba la mente.
Nuestra mente no está, muchas veces, preparada para las grandes y maravillosas manifestaciones de Dios. Nos supera su Amor por nosotros y no llegamos a comprender en su totalidad. Es más, hay un milagro constante en la Eucaristía, que no podemos llegar a explicarlo con las palabras humanas, pero cuando se llega a experimentar con el alma no se puede dejar de llegar a Él.
Y ahí, creo, que está nuestro problema: en que siempre queremos explicar todo con palabras humanas... y no podremos. No podemos explicar el misterio del Amor de Dios por el Hombre con palabras humanas. Por eso el Dios se tuvo que hacer hombre para ayudarnos a entender cuánto nos amaba: hasta dar la vida por nosotros, siendo aún pecadores.
Por eso, ante el misterio nos queda hacer silencio. Un profundo silencio para adorar, para dejarnos penetrar por la maravilla del Amor y por lo extraordinario que es que Dios ponga a nuestro alcance tantos bienes para que alcancemos la santidad, para que lleguemos a la Vida.
Nos puede llegar a pasar, como a los discípulos, que al descubrir lo que Dios nos da y cómo nos ama, nos sobresaltemos, sobre todo, porque ese Amor implica de nosotros una respuesta de amor. Pero el Señor, nos dirá: "ánimo, no tengáis miedo". Y eso nos lo dirá en todo momento, cuando tengamos que entregar nuestra vida en fidelidad a su Amor: "no tengas miedo". No tengas miedo porque aquí estoy Yo para ayudarte, para acompañarte, para fortalecer tu espíritu, para darte mi Gracia y todo lo que necesites para poder, como Yo, caminar sobre las aguas. Pero eso sí, no te sueltes nunca de mi Mano.