«Señor, no te molestes; no soy yo quién para que entres bajo mi techo; por eso tampoco me creí digno de venir personalmente. Dilo de palabra, y mi criado quedará sano. Porque también yo soy un hombre sometido a una autoridad y con soldados a mis órdenes; y le digo a uno: "Ve", y va; al otro: "Ven", y viene; y a mi criado: "Haz esto", y lo hace».
Al oír esto, Jesús se admiró de él y, volviéndose a la gente que lo seguía, dijo:
«Os digo que ni en Israel he encontrado tanta fe».
Y al volver a casa, los enviados encontraron al siervo sano".
Recordáis lo que decimos en la Misa, después de la consagración del Pan y del Vino:
- ¡Este es el misterio de la FE!
- Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme.
Pues bien, de este pasaje evangélico se ha tomado esa respuesta. Una respuesta que es una afirmación de lo que creemos, de lo que necesitamos y de lo que practicamos.
"Os digo que ni en Israel he encontrado tanta fe", eso también lo dice, Jesús, por nosotros pero ¿tenemos tanta fe? ¿Cómo se mide la fe? La única forma de medir la fe es por nuestro estilo de vida. Sí, porque no hay una medida de fe más que la vida del que tiene fe, porque mi forma de hablar, de moverme, de hacer la cosas, de tratar a la gente hablarán de lo que creo y de en quien creo.
Si realmente tenemos la fe del centurión romano entonces sabremos que nuestra vida se desarrollará en unidad con el Señor, porque Él no sólo nos ha hablado desde lejos, sino que ha entrado en nuestra casa, en nuestra vida para sanar nuestras enfermedades y liberarnos de la opresión de nuestros pecados: egoísmos, vanidades, orgullos, envidias, desaveniecias, peleas, rencores... y tantas otras pestes que se nos van pegando del día a día.
Si el enfermo se curó sólo por la palabra que Jesús le dirigió a la distancia, ¡cuánto más nuestra alma es sanada cuando recibimos a Jesús en la Eucaristía! ¡Cuántas Gracias se derraman en nuestros corazones cuando Él llega a nuestros labios y a nuestro corazón al recibir Su Cuerpo! Pero si con una sola vez que comulgaramos con la fe del centurión estaríamos salvados y santificados. Y, sin embargo, aún queremos más signos y milagros.
Cuantos más milagros pedimos es porque confiamos en la Palabra del Señor, es porque poco hemos conocido el Amor de la Providencia de Jesús, porque "si una palabra tuya bastará para sanarme", ¿porque sigo insistiendo en algo que Dios no quiere concederme?¿Es que Dios es tan malo que no quiere darme lo que le pido? ¿No será acaso, como dice san Pablo: no recibis porque no sabeis pedir?
¡Cuánto que se nos da cuando nos acercamos al altar y es Jesús mismo quien se nos entrega en la Eucaristía! ¿Acaso necesitamos más que a Jesús mismo en su Cuerpo, Alma, Sangre y Divinidad? Si su palabra basta para sanarnos...
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