domingo, 15 de septiembre de 2019

Los dolores de María

Hoy, 15 de setiembre, se celebra en muchos lugares la fiesta de la Virgen de los Dolores, una emotiva devoción a los Dolores de la Madre junto a la Cruz de Jesús. Una imagen que nos lleva hasta el Corazón sufriente de una madre que se despide de su Hijo y tiene la fuerza de permanecer de pie junto al sufrimiento de su único hijo. Pero también nos lleva a mirar al Hijo que desde la Cruz nos entrega a María como Madre para cada uno de nosotros. Un ofrecimiento el de Jesús no sólo de su propia vida en la cruz, sino también del amor de María, del Amor de la Madre, para que, nosotros como Él, tengamos siempre su cercanía, su consuelo, su fortaleza. Y, sobre todo, una nueva misión para María, una misión que acepta desde el silencio de su corazón: abrazar a todos los hombres como lo abrazaba a Jesús, consolar a todos como lo hacía con Jesús, sostenernos a todos como lo sostuvo a Jesús, en definitiva encontrar en nuestros rostros el rostro de Jesús.
Una misión que no sólo será para María, sino que también será para nosotros: que María pueda descubrir en nosotros al Hijo que Dios le entregó, al Hijo Único que nos la entrego como Madre.
Y junto a este pensamiento hay, en las lecturas de este domingo, una actitud y una virtud que se repiten desde Dios Padre a los hijos pequeños: el arrepentimiento. En la primera lectura, ante Moisés, Dios se arrepiente de encender su cólera sobre el Pueblo de Israel, en la carta de San Pablo, él nos habla de su conversión y de su encuentro con Jesús; y en el evangelio nos muestra la parábola del hijo pródigo que arrepentido vuelve a casa de su Padre. Y en cada momento, luego del arrepentimiento nos muestra la alegría de volver a encontrarse, cada uno, con la alegría del perdón, del abrazo con el otro, del encuentro consigo mismo.
Es cierto que se necesita mucha fuerza para alcanzar el arrepentimiento, pues para arrepentirnos neceistamos reconocer que nos hemos equivocado, y eso, por nuestro egoísmo, orgullo y vanidad, no siempre lo logramos. El caso es que cuando no nos arrepentimos y no pedimos perdón seguimos con ese nudo en nuestro corazón y se va viendo en nuestro rostro la angustia, el dolor, el sinsabor de saber que hay algo que aún no está bien, que hay algo que podría solucionar pero que no puedo, o no quiero. Y esa angustia no nos deja alcanzar la total felicidad del re-encuentro con la verdad, con el amor, con la alegría de sanar la herida que produjo una actitud, una palabra, un desencuentro.

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