domingo, 1 de septiembre de 2019

La soledad de la vanidad

"Hijo, actúa con humildad en tus quehaceres, y te querrán más que al hombre generoso.
Cuanto más grande seas, más debes humillarte, y así alcanzarás el favor del Señor.
«Muchos son los altivos e ilustres, pero él revela sus secretos a los mansos»
Porque grande es el poder del Señor y es glorificado por los humildes.
La desgracia del orgulloso no tiene remedio, pues la planta del mal ha echado en él sus raíces.
Un corazón prudente medita los proverbios, un oído atento es el deseo del sabio".
La sabiduría del libro del Eclesiástico es para volver a meditarla una y otra vez, porque la raíz del orgullo, de la vanidad, del egoísmo cada día se hunden más y más en el corazón del hombre de este siglo XXI. ¿Por qué? Porque este siglo es el siglo de la superficialidad, del aparentar, del querer ser quien no se es, y por eso se vive en una búsqueda constante del tener, del poseer porque teniendo y poseyendo más y más pareciera que soy más, y no sólo soy un acumulador de cosas y, muchas veces, hasta de personas, pero dentro no hay mucho más que vacío.
"La desgracia del orgulloso no tiene remedio, pues la planta del mal ha echado en él sus raíces". Cuando el orgullo se usa en sentido negativo se va transformando en vanidad, un defecto que nos lleva a no saber escuchar a los demás, a no tener en cuenta los consejos de los que nos quieren, a creer que somos más que los demás y por eso, el mal de la vanidad, nos va dejando solos en medio de un montón de cosas que llegan a no tener sentido en nuestras vidas, pues no cubren la necesidad de nuestro interior.
Por eso mismo, el dolor que produce la soledad del vanidoso va convirtiendo en piedra el corazón que sólo buscará satisfacer los instintos más básicos del hombre, llevándolo al pecado constante, alejándose así de Dios y de los hombres.
"Cuando el corazón prudente medita los proverbios, un oído atento es el deseo del sabio". El saber escuchar y buscar el consejo de los amigos o de la familia, es lo que nos ayuda a dejar de lado la vanidad y el orgullo, y nos permite crecer en la humildad de aquél que necesita de la ayuda de los demás, de los que lo quieren bien. Eso es lo que nos hace sabio para poder, después, ser también nosotros consejeros sabios para la vida de quienes nos necesitan, sabiendo que no somos dueños de la verdad, sino que hemos aprendido caminando y tropezando a escuchar a aquellos que habían recorrido antes nuestro camino.

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