viernes, 17 de agosto de 2018

La dureza de nuestros corazones

"Por la dureza de vuetro corazón os permitió Moisés... pero yo os digo..."
Nos obstinamos, muchas veces, en querer transformar la Ley de Dios según nuestro querer y de acuerdo a los tiempos que corren. Por eso los fariseos quisieron ponerlo a prueba a Jesús, para ver si podían seguir haciendo lo que la dureza de sus corazones habían logrado conseguir en otros tiempos. Pero al llevar el planteo a Jesús, Él trasformó lo que era fruto de un no querer ser Fiel a Dios en algo más profundo y lleno de gracia, pues elevó el matrimonio y lo transformó en un sacramento.
Aún no comprendemos no sólo el valor del matrimonio como sacramento, sino el valor de los sacramentos en la vida de la Iglesia y en nuestras propias vidas. Los sacramentos que nos regala Dios por medio de la Iglesia han ido perdiendo su fuerza y su contenido, pues nos hemos acostumbrado a vivir, casi, sin ellos, simplemente porque hemos dejado de formarnos en el espíritu y en los valores propios de nuestra fe.
Hoy da lo mismo hacer una boda civil que un matrimonio sacramental, recibir la Eucaristía que hacer un banquete social, ir a misa o no ir, confesarme o no hacerlo. Todo va dependiendo de lo que "siento", pero no de lo que debo o de lo que realmente significa tal o cual cosa para mi vida de fe. Y, en definitiva, eso es lo que hemos ido dejando de lado: nuestra vida de fe. Nos hemos quedado simplemente para el cumplir con ritos (que en algunos casos parecen sagrados) pero que en definitiva es un cumplir para dejar tranquila mi conciencia, pero que no transforman mi vida.
Por eso, cuando hablamos de una realidad sacarmental no comprendemos que estamos elevando nuestra vida a un plano sobrenatural, que no sólo es un acto social o festivo, sino que hay todo un cúmulo de Gracias de parte de Dios para poder alimentar y sostener mi vida espiritual, para poder alcanzar la meta de la santidad.
Por que, en definitiva, la Gracia que Dios me quiere dar por medio de los sacramentos es para alcanzar la santidad en mi vida, para que mi vida alimentada, fortalecida e iluminada por la Gracia pueda ser Luz, Sal y Fermento en el mundo en que vivo. Pero si me da igual vivir o no vivir un sacramento, si hacerlo como dice la Iglesia o no hacerlo, entonces mi vida cristiana no llegará a iluminar, salar y fermentar el mundo en el que vivo, sino que pasará a ser lo mismo que la masa en la que me encuentro.
Por eso no dudó Jesús en decirle a los fariseos que lo que Moisés les había permitido hacer había sido por la dureza de sus corazons, y que no había sido así desde un principio. Y a nosotros nos dice lo mismo: que no seamos como aquellos que, por no abrirse a la Gracia de Dios, dejaron de lado la Vida en Cristo para dejarse atrapar por la vida del mundo, pues quienes han sido llamados a ser Luz para el mundo se transforman en tinieblas dejando a oscuras el Camino hacia Dios.

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