sábado, 18 de agosto de 2018

La alegría del niño

"Pues bien, os juzgaré, a cada uno según su proceder, casa de Israel -oráculo del Señor Dios-.
Arrepentíos y convertíos de vuestros delitos, y no tropezaréis en vuestra culpa. Aparta de vosotros los delitos que habéis cometido, renovad vuestro corazón y vuestro espíritu".
Una vez más el Pueblo de Israel se había apartado de las buenas costumbres, de las tradiciones de sus padres y había cometido los pecados de infidelidad a la Alianza. Pero, una vez más, el Señor vuelve a buscarlos, a recordarles el Camino de la Paz que da la reconciliación y la renovación de la Alianza que habían sellado con El.
Y así como se ha dado en la historia del Pueblo de Israel se da siempre con nosotros: cada vez que nos apartamos de la Voluntad de Dios nos alejamos del Camino de la Vida, perdemos la Gracia del Amor, de la Paz, de la Alegría en el Señor. Y es el Señor quien nos espera en el confesionario para volver a renovar nuestros deseos, nuestras fuerzas; para sellar una vez más, por la sangre de Jesús, la Alianza que selló con nosotros.
No es que el Señor quiera mostrarnos nuestros pecados para "machacarnos" constantemente nuestras debilidades e infidelidades, no quiere hacernos daño con el pecado, sino que quiere que recobremos la Belleza de la Gracia, que recobremos la imagen del Hombre Nuevo nacido de las aguas puras del Bautismo y así, como dice el Salmo:
"Devuélveme la alegría de tu salvación,
afiánzame con espíritu generoso.
Enseñaré a los malvados tus caminos,
los pecadores volverán a ti".
Es la alegría del que vuelve a nacer por el Sacramento del Perdón, de la Reconciliación. Es la alegría del que siente que vuelve a ser niño pequeño en brazos de su Padre, que lo sostiene, que lo acaricia, que lo abraza porque ha vuelto a la vida. Y ese espíritu, el de la alegría del niño confiado, el que Jesús quiere aprecia en nosotros. Porque el niño que confíado se deja llevar en los Brazos del Padre es el que siempre vuelve a la seguridad del Fuerte, del Amor.
Cuando vamos al confesionario a dejarle al Señor el peso de nuestras culpas, la amargura de nuestros pecados, la oscuridad de nuestras infidelidades, es Él quien nos renueva y nos devuelve la frescura del corazón nuevo, purificado, lleno de ilusiones nuevas para salir a dar al mundo la alegría del Perdón, la alegría de la Salvación, la alegría del niño que se siente amado por su Padre.

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