Dice Jesús:
"En verdad os digo que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en los cielos".
Claro que esta frase la podemos entender como el poder de absolver los pecados que el Señor les dio a los apóstoles, un poder que sólo tienen los sucesores de los apóstoles y aquellos a quienes ellos delegan: los sacerdotes. No es fácil aceptar esta mediación que Dios ha querido regalarnos para remediar nuestros pecados, para concedernos la Gracia de la Reconciliación y de la Salvación, sino también es un regalo de misericordia, pues Él conociendo nuestra debilidad no dudó un instante en darnos el remedio justo y necesario para fortalecernos después de cada tropiezo o caída.
Para muchos el sacramento de la reconciliación (confesión) es un paso "antiguo", que ya no se usa, y nos perdemos, así, de gustar un momento de Gracias especiales de parte de Dios para nosotros, un momento de sentir la Mano Misericordiosa del Padre sobre nuestro corazón sanando y fortaleciendo nuestros deseos de Fidelidad, de Esperanzas de poder convertirnos, y, sobre todo, de poder madurar en el Amor para perdonar como Él nos ha perdonado.
Para otros es decir "no tengo por qué ir a decirle mis pecados a un hombre como yo", y es cierto, a nadie le gusto eso (ni siquiera a mí) pero no veo en el confesor a un hombre como yo, porque eso no me serviría para salvarme, sino al mismo Jesús que, en la persona del sacerdote, me espera para consolarme en el agobio de mis caídas. Es Jesús que me espera, como el Padre al Hijo Pródigo para abrazarlo y llenarlo de regalos sabiendo que aún sigue vivo el Amor Primero, que aún sigue vivo el Hijo que parecía que había perdido el camino de regreso.
La Confesión o, mejor, el Sacramento de la Reconciliación es el mejor regalo de la Misericordia Divina al que recurrimos cada vez que nuestra fuerzas ante las tentaciones se debilitan y caemos presos de nuestros egoísmos, vanidad, soberbia, mentiras, venganzas y ¡tantas cosas! que van dañando la alegría de la salvación.
Pero, otro aspecto de esta frase es en la relación con los hermanos, porque todo lo que hago con mi hermano es a Jesús a quien se lo hago, por eso todo lo que hago aquí en la tierra repercute en el Cielo, pues es Jesús mismo quien sufre o se goza según sean nuestras relaciones fraternales. Es así que cuando nuestra maldad ataca el corazón de nuestro hermano, es el Corazón de Jesús el que sufre ese dolor, y ese dolor ha de ser sanado por el poder que Jesús mismo nos da: la Gracia de la reconciliación.
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