sábado, 20 de agosto de 2016

La Gloria del Señor llenaba todo el Templo

Otra visión del Profeta Ezequiel:
"La Gloria del Señor entró en el templo por la puerta oriental.
Entonces me arrebató el espíritu y me llevó al atrio interior.
La Gloria del Señor llenaba el templo.
Entonces oí a uno que me hablaba desde el templo, mientras aquel hombre seguía de pie a mi lado, y me decía:
-«Hijo de hombre, este es el sitio de mi trono, el sitio donde apoyo mis pies y donde voy a residir para siempre en medio de los hijos de Israel».
Nosotros, quizás, no hemos tenido ninguna de estas visiones como la tuvieron los Profetas del Antiguo Testamento, o como lo habrán tenido otros tantos santos o personas de nuestros tiempos, pero me gusta esta visión de Ezequiel por nos trae la imagen de nuestras Iglesias donde el Santísimo Sacramento llena todos nuestros Templos. No podemos ver a Dios tal cual es, pero sabemos (por el Don de la FE) de su presencia viva y real en el Santísimo Sacramento conservado en el Sagrario de los Templos.
Es el mismo Dios, en la Persona de Jesucristo quien está presente en el Sagrario, no es una foto de Él, sino que (vuelvo a insistir) por el Don de la Fe que se nos ha dado, creemos que Él está ahí, que se ha quedado en el Sagrario para estar junto a nosotros, para escucharnos, para acompañarnos, para que en la soledad, en la tristeza, en el gozo o en la alegría lo tengamos a nuestro lado para sentarnos a compartir un momento de diálogo, un momento de silencio, un momento de deshago o de agradecimiento.
Muchas veces no tenemos conciencia, los católicos, de lo que tenemos delante de nuestros ojos: a Dios Vivo y presente, con toda su Gloria y Divinidad, en su Cuerpo y en su Sangre; pues eso es lo que creemos y lo que anhelamos ver. Por eso os copio esta oración de San Alfonso María de Ligorio:
"Señor mío Jesucristo, que por amor a los hombre estás noche y día en este sacramento, lleno de piedad y de amor, esperando, llamando y recibiendo a cuantos vienen a visitarte: creo que estás presente en el sacramento del altar. Te adoro desde el abismo de mi nada y te doy gracias por todas las mercedes que me has hecho, y especialmente por haberte dado tu mismo en este sacramento, por haberme concedido por mi abogada a tu amantísima Madre y haberme llamado a visitarte en este iglesia.
Adoro ahora a tu Santísimo corazón y deseo adorarlo por tres fines: el primero, en acción de gracias por este insigne beneficio; en segundo lugar, para resarcirte de todas las injurias que recibes de tus enemigos en este sacramento; y finalmente, deseando adorarte con esta visita en todos los lugares de la tierra donde estás sacramentado con menos culto y abandono.
Amén".

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