Siempre me ha parecido un parábola con muchos significados y, cada vez que la leo, siempre encuentro uno diferente. Quizás, como siempre sucede, es porque Dios nos va iluminando de manera diferente con su Palabra. Pero bueno, ¿qué es lo que hoy veo en esta lectura de la parábola? La actitud de desprecio de la gente. Sí, y es una actitud que vemos cada día en muchos que nos rodean y, también, en nosotros mismos.
Dios nos invita y nos llama y no vamos, pero si lo necesitamos y no contesta (o creemos que no contesta) nos ofendemos, nos renegamos, y hasta en muchos casos lo rechazamos. Y lo mismo nos sucede con las personas a nuestro lado: familia, amigos, conocidos.
Como vivimos en la era de que lo único que vemos son nuestros derechos y no nuestra obligaciones, siempre creemos que los más importantes somos nosotros, y a quienes tienen que invitar o llamar es a nosotros y si no tenemos ganas de responder o de llamar o de ir, es nuestro derecho. Pero si el otro hace lo mismo pongo el grito en el cielo, porque también es mi derecho. Y así se rompen los lazos de familia, de amistad, de comunidades.
Por vivir sólo pendientes de nuestros derechos y de nuestro ombligo nos olvidamos de lo que hay a nuestro lado, del daño que hacemos muchas veces por no apreciar lo que Dios y los demás me quieren dar, me quieren pedir o simplemente no aprecio la vida de los demás porque no miro sus necesidades, lo que los demás pueden necesitar de mí.
Y así vivimos quejándonos todo el tiempo de lo que no tenemos, de que nadie nos escucha, nos da una mano; nos quejamos porque no vienen a visitarnos, porque no nos llaman por teléfono... Pero tampoco nosotros hacemos la inversa, o simplemente decimos ¡Ah! yo lo hice y él/ella no me devolvió la llamada o la visita. Nos manejamos en las relaciones fraternas, de amistad o familiares, sacando cuentas de cuánto hice yo y de cuánto hizo el otro, sin saber que esas cuentas siempre nos traen gastos en el amor, porque "en el amor no existen las matemáticas", si realmente lo quieres al otro/a es simple: manifiesta tu amor, tu cercanía. Si tu deseo es vivir una relación de amistad, de amor, de hermanos, de familia no te debe importar tener siempre que dar el primer paso.
Y ¿por qué en la parábola se rechaza al que vino sin vestido de fiesta? Por la misma razón: como he sido invitado voy como quiero, no me importa si es una fiesta, un pic-nic o cualquier otra cosa. Tengo derecho de ir como se me da la gana: no aprecias lo que los demás están viviendo ¡tu a tu bola! y a los demás que los parta un rayo. Y por eso, el dueño de la fiesta tuvo "el derecho" de echarlo de la fiesta, porque no respetó lo que había preparado con amor para los invitados, no apreció el lugar al que iba y no preparó su corazón para ser agradecido con quien lo había invitada al Banquete de Su Vida.
Ojalá sepamos apreciar tanto nuestras obligaciones como nuestros derechos, y también los derechos y las obligaciones de los demás.
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