En el Evangelio de San Lucas se recoge el mismo final de la parábola de San Mateo sobre los jornaleros de la viña:
"Mirad: hay últimos que serán primeros, y primeros que serán últimos».
En San Mateo la parábola estaba dirigida a Ancianos y Fariseos, aquí está dirigida a todos, porque el pecado original están en todos, y en algunos se manifiesta de forma clara uno de los aspectos más difíciles de dominar: la vanidad. Sí, cuando creemos que somos los primeros porque hemos estudiado más, porque sabemos más las cosas, porque no hay nadie como yo para hacer tal o cual cosa, porque me siento imprescindible en tales o cuales situaciones... y tantas otras situaciones que se dan en nuestra vida: nos creemos los primeros en todo. Y ahí ya tenemos nuestra recompensa, no necesitamos ninguna otra recompensa pues nosotros mismos somos nuestros primeros admiradores y los que nos aplaudimos por nuestras buenas obras.
La vanidad y el orgullo mal dirigido por el pecado original nos hacen creer que podemos estar por encima de todos, y ese es el error de creernos tan buenos y tan mejores: no recibiremos la Gracia del Señor que es su propia Vida. Además la soberbia y la vanidad son como las calorías de las comidas pero en lugar de engordar nuestro cuerpo engordan nuestro YO, y así no nos permiten poder pasar por la "puerta estrecha" que nos conduce al Reino de Dios.
Por eso las correcciones que nos hace Dios, por el mismo o por nuestros hermanos, no son porque no nos quieran, sino porque nos aman tanto que necesitan que corrijamos nuestros pasos, que dejemos de lado el pecado de la soberbia y el egoísmo, y crezcamos en la humildad para que podamos pasar por la puerta estrecha de la santidad.
"Ninguna corrección resulta agradable, en el momento, sino que duele; pero luego produce frutos apacible de justicia a los ejercitados en ella", dice el escritor de la carta a los Hebreos, pero todas son necesarias para nuestro crecimiento, para nuestra madurez, para que la soberbia no nos deje sin la Gracia de Dios para seguir creciendo en santidad.
Así, como niños pequeños dejemos que nuestro Padre corrija nuestros pasos, que nos ayude, día a día, a orientarnos hacia una vida adulta en la fe sabiendo que solo en la confianza y el abandono en Sus Manos podemos alcanzar la meta que soñamos.
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