La transfiguración del Señor no sólo nos habla de lo que seremos cuando estemos con Él en el Reino de los Cielos, sino que, también, nos habla de lo que somos cuando Él está con nosotros en lo cotidiano, en el día a día. Pues cuando nos encontramos con Él en la oración o la reflexión de la Palabra, o cuando Él se hace presente ante nuestros ojos en el altar de la Eucaristía, nos eleva a la realidad divina para llenarnos de su Vida y así, con la Luz de su Vida, con la Fuerza de su Entrega y con la Gracia de su Espíritu, poder bajar a la vida de todos los días.
Esa fue la intención de Jesús al subir con Pedro, Juan y Santiago a lo alto del Monte: mostrarle su divinidad, suscitar en ellos el deseo de estar siempre con Él, para que cuando se presenten los momentos de duda, de dolor, de agobio puedan volver junto a Él, a la soledad del Monte y a la seguridad de contar con Dios en su vida y en su corazón.
En nuestras vidas siempre se nos presentarán situaciones y momentos de dudas, de oscuridades, de agobios y, quizás, como los apóstoles en el momento más duro no queramos estar junto a la Cruz, pero Él volverá a nosotros, se nos presentará y nos resucitará la esperanza, la fe y el amor llevándonos, cada vez a la cumbre de la transfiguración para que participemos de su fuerza y su espíritu, y así, en el momento oportuno ser nosotros quienes podamos llevar a nuestros hermanos a la misma cima.
Así no dudemos nunca de dejarnos conducir por Jesús a la Cima del Monte de la transfiguración, aunque estemos cansados, aunque estemos en oscuridad o con dudas en el corazón, pues en la Cima será Él quien nos muestre todo aquello que necesitamos ver, y así confirmar nuestra Fe, sostener nuestra Esperanza y consolidar nuestro Amor; para poder volver transfigurados a la senda del camino diario de la santidad en el mundo.
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