jueves, 31 de enero de 2019

Acerquémonos al Señor

El escritor de la carta a los Hebreos nos ayuda mirar hacia nosotros y nuestra relación con Jesús, en cuanto Sacerdote Eterno, y nos dice:
"...teniendo un gran sacerdote al frente de la casa de Dios, acerquémonos con corazón sincero y llenos de fe, con el corazón purificado de mala conciencia y con el cuerpo lavado en agua pura".
No siempre nos acercamos al Señor. Como decía santa Teresita: "me duele ver que el Señor se queda solo en una caja fría cuando puede estar en lo caliente del corazón humano" (o algo así). Pero siempre me quedó muy grabada esa frase y por eso, siempre intento buscarlo, ir a su Encuentro. Desde que lo conocí en la juventud e íbamos con los amigos del Grupo de jóvenes y nos quedábamos frente al Sagrario, la mayor parte de las veces, en silencio y nada más.
No sé por qué los católicos no vamos más al Encuentro con el Señor. O, mejor dicho, me imagino que es porque aún no hemos madurado suficientemente en nuestra fe como para poder dar el salto y dejarnos enamorar por el Señor. Y digo dar el salto porque, muchas veces, ponemos excusas humanas para ir al encuentro con Jesús. Y excusas humanas son decir: ¡mira quien va a misa! si va ese yo no voy, o decir, con ese cura nadie quiere ir a misa... y ¡tantas otras! sin embargo ¿no diran lo mismo de mí? ¿Soy un gran modelo de santidad o humanidad como para juzgar a quién va a misa? Si eres tan bueno y tan santo ve tú para dar un buen testimonio de los que van a misa, no te quedes fuera, así la gente podrá decir: ¡mirá si va fulanito a misa entoces yo voy!
Por eso el Señor por la carta a los Hebreos nos dice: "acerquémenos con corazón sincero y llenos de fe, con el corazón purificado de mala conciencia y con el cuerpo lavado en agua pura".
Y sigue diciendo el Señor:
"Mantengámonos firmes en la esperanza que profesamos, porque es fiel quien hizo la promesa.
Fijémonos los unos en los otros para estimularnos a la caridad y a las buenas obras; no faltemos a las asambleas, como suelen hacer algunos, sino animémonos tanto más cuanto más cercano veis el Día".
Este útlimo párrafo es el que da sentido a todo lo demás, no dejes de meditarlo...

miércoles, 30 de enero de 2019

Libres para entender

Él les dijo:
«A vosotros se os ha dado el misterio del reino de Dios; en cambio, a los de fuera todo se les presenta en parábolas, para que "por más que miren, no vean, por más que oigan, no entiendan, no sea que se conviertan y sean perdonados"».
No es que Jesús no quisiera que todos entendieran la Palabra de Dios, sino que quiere que nos esforcemos por abrir el corazón a la Palabra de Dios. Hay quienes nos quedamos, en todos los casos, con las palabras que queremos y no con Toda la Palabra de Dios. Hay pasajes que son buenos y hablan de la bondad y la dulzura del Señor, pero hay otros que nos exigen un cambio, una conversión, una entrega total, un amor radical... y a esos ya no le damos tanta importancia. Hay pasajes que nos vienen muy bien para poder decirle a fulano o mengana tal o cual cosa y esos nos los recordamos perfectamente, pero si fueran para mí...
Así, a veces comprendemos y otras no, porque no siempre estamos dispuestos a aceptar lo que nos dice, no sólo Jesús sino también mi hermano. Por más que me griten lo que tengo que hacer, si no quiero hacerlo no lo haré. Nadie, ni siquiera Dios va a quitarme la libertad de decidir si quiero escuchar o no, si quiero hacer o no. Es tan grande el Don de la Libertad que ni siquiera Él quiere quitarlo de mi vida.
Pero ¿yo sé cuán grande es ese Don? ¿Me doy cuenta que los que me aman de verdad quieren que use bien de mi libertad? ¿Me he dado cuenta que el verdadero Amor siempre estará guiándome por el buen camino para que encuentre lo que realmente necesito y no sólo lo que quiero?
Por eso es que el Señor nunca nos habla directamente, si no por medio de causas segundas: un hermano, Su Palabra, un acontecimientos... para que si realmente tengo disposición a escuchar o entender lo voy a hacer, pero si no tengo intención no lo voy a hacer. Así Él respeta mi libertad, por amor a mí, aunque luego se quede esperando que descubra lo que he perdido.
Un reflejo de esto es la parábola del Hijo Pródigo, y no miremos solamente la acción o el actuar del hijo que se fue, sino también del que se quedó, en ellos podemos ver un reflejo de nuestra vida y de nuestro actuar con nuestro Padre del Cielo.

martes, 29 de enero de 2019

No quiere sacrificios y holocaustos

El escritor de la Carta a los Hebreos nos hace una perfecta síntesis del sentido de la vida de Jesús, de cuál es su misión, y cómo vivir la obediencia al Padre.
"Por eso, al entrar él en en mundo dice:
«Tú no quisiste ni sacrificios ni ofrendas, pero me formaste un cuerpo; no aceptaste holocaustos ni víctimas expiatorias. Entonces yo dije: He aquí que vengo - pues así está escrito en el comienzo del libro acerca de mi - para hacer, ¡oh Dios! tu voluntad».
Nos hemos acostumbrado a ofrecer al Señor sacrificios y holocaustos, no al modo del antiguo testamento, pero sí a nuestro modo del siglo XXI. Hoy vemos que se hacen muchos sacrificios: largas procesiones, largas caminatas a los santuarios, ofrecemos regalos a los santos, nos vestimos con los colores de la virgen o de los santos, llevamos grandes pesos sobre los hombros en semana santa, y tantas otras cosas más... pero... en muchos casos, no le ofrecemos al Señor nuestra voluntad, sino que nos quedamos, al regresar del sacrificio con nuestro querer, con nuestra forma de vivir, con nuestro mismo pecado.
Es decir no hemos comprendido que lo que no quiere el Señor son sacrificios externos, sino que quiere nuestra conversión interior. De nada vale que recorra cientos de kilómetros para visitar la tumba de un santo, si cuando regreso a casa aún no puedo perdonar o no busco la Voluntad de Dios para mi vida.
Jesús podría haber, quizás, hecho menos sacrifico o se hubiera quedado con la tradición judía de ofrecer un cabrito o algo más, pero no, se ofreció a sí mismo como sacrifico expiatorio porque esa era la Voluntad del Padre. Sabemos que no le fue agradable o fácil aceptarla, porque lo recordamos en el Huerto de los Olivos clamando a Dios: "¡Padre, si es posible que pase de mí este Caliz!". Pero no se quedó en esa súplica, sino que expresó al Padre lo que sentía, y sentía "una angustia de muerte" y en esa confianza con el Padre no podía no expresarle humanamente lo que sentía. Pero, al mismo tiempo sabía que su misión no era hacer lo mismo que los Hombres sino mostrar el Camino de la Obediencia en el Amor, y rescatarnos de la muerte.
Por eso, movido por lo que fue siempre su Ideal, dijo: "Pero que no se haga mi voluntad, sino Tú Voluntad". Y gracias a esa entrega nosotros hemos renacido a la vida de hijos de Dios.
Es cierto que el Camino a Santiago, las peregrinaciones, las procesiones, las ofrendas y los regalos, puedan servir para acercarnos más al Señor, para abrir nuestro corazón a una realidad nueva, pero no nos quedemos en que ya hicimos algo y nada más, porque el Señor nos pide algo más... nos pide una conversión del corazón, y que como María y Jesús podamos decir, cada día: aquí está la esclava del Señor, ¡hágase en mí según Tú Voluntad!.

lunes, 28 de enero de 2019

Cual es mi pecado?

"Él los invitó a acercarse y les puso estas parábolas:
«¿Cómo va a echar Satanás a Satanás? Un reino dividido internamente no puede subsistir; una familia dividida no puede subsistir. Si Satanás se rebela contra si mismo, para hacerse la guerra, no puede subsistir, está perdido. Nadie puede meterse en casa de un hombre forzudo para arramblar con su ajuar, si primero no lo ata; entonces podrá arramblar con la casa".
Es cierto que al ser todos personas diferentes, al tener todos pensamientos distintos, y vidas distintas, es cierto que nuestra forma de ser y actuar sea diferente. Es por eso que, en las lecturas de ayer san Pablo nos hablaba de los diferentes miembros del Cuerp Místico de Cristo, porque cada uno tiene su lugar y su forma de actuar, pero todos actúan según un mismo corazón y una misma mente.
Y como se dice, en la diversidad está el gusto. Y en este caso en el Cuerpo Místico de Cristo está la riqueza de tantos que tienen distintos valores y talentos que el Señor les dio puesto en un mismo fin y camino.
Claro es que al ser todos hombres, varones y mujeres, todos tenemos en nuestra alma la espina del pecado original y personal que, muchas veces, cuando no está bien "acorralado" se deja escapar y queda a merced del espíritu del mundo o de satanás. Es ahí cuando surgen las divisiones y discusiones en una misma comunidad, en una misma familia: cuando dejamos que el egoísmo, la vanidad, la soberbia, el apetito de poder entre a formar parte de una persona y no el Espíritu de Cristo.
Cuando no estamos todos unidos al mismo corazón, que es Cristo, entonces cada uno o algunos se alimentan de otra sangre que no es la de Cristo, comen otro pan que no es el Pan de Vida, y entonces la unidad del Cuerpo se comienza a destruir. Es por eso que el Señor nos llama la atención y nos pide que miremos bien nuestras obras, nuestra manera de actuar: ¿es de acuerdo a la Voluntad de Dios o a mi propia voluntad? ¿busco el Reino de Dios o mi propia conveniencia? ¿Busco crear unión o desaveniencias? ¿Me relaciono con el Señor de un modo intenso y pesonal, voy al encuentro de Jesús en la Eucaristía, me confieso habitualmente? Sí, también esas preguntas debo hacerlas, porque si no me las hago es que creo que no tengo pecado alguno, y eso no es así, porque nos dice el Señor: "el justo peca siete veces por día", y le voy a decir al Señor que está mintiendo ¿no será que yo me estoy mintiendo a mí mismo creyendo que soy lo mejor del mundo?

domingo, 27 de enero de 2019

El dedo pequeñito del pie

Anoche me acordaba de algo que escuché, y, seguramente, se lo escuché al P. Efraín, alguna vez:
¿Sabes para qué sirve el dedo chiquito del pie? ¿Te acuerdas de él? Sólo nos acordamos, quizás, cuando nos lo golpeamos con la pata de la cama cuando nos levantamos muy dormidos o a oscuras... y ¡cómo duele! Duele tanto como cualquier otro órgano de nuestro cuerpo, y no sólo le duele al dedito sino que nos duele en todo el cuerpo.
Así somos cada uno de nosotros en el Cuerpo Místico de Cristo, no importa lo grande o pequeño que seamos, lo que importa es que seamos Fieles al lugar en el que Dios nos ha puesto, porque ¡ese! es mi lugar y ¡esa! es misión.
¿Se imaginan si todo nuestro cuerpo fuera dedo pequeño?
A veces no nos conformamos con el lugar que tenemos y siempre estamos mirando para otro lado o hacia otras personas, y por eso no hacemos ni lo nuestro ni dejamos que otros hagan lo que deben o pueden. No somos el ombligo de la Comunidad, sólo hay un ombligo en el cuerpo y no está lleno de ombligos.
No soy el Corazón del Cuerpo, sólo hay un Corazón en el Cuerpo de Cristo y ese es Él, El Señor. Él es quien sostiene con vida esta Cuerpo Místico que, de a ratos, parece que entra en coma y vuelve a vivir. Porque en realidad es Jesús quien sostiene la Vida de su Cuerpo, pero son los miembros quienes tienen que ir a alimentarse de la Vida del Corazón, de la Vida de Cristo.
Y no todos tenemos la misma misión en este Cuerpo, cada uno tiene una parte, pero esa parte es necesaria para el todo, pues si esa parte no estuviera algo faltaría. Por eso no nos tenemos que preocupar de no ser como tal o como cual, sino que nos tenemos que ocupar de ser nosotros mismos, lo que Dios quiere de nosotros en este lugar y en este tiempo, con esta gente y en esta comunidad.
Los órganos de nuestro cuerpo no han decidido lo que quieren hacer o cuándo lo quieren hacer, si dejan de hacer algo es porque están enfermos y si lo dejan completamente es porque están muertos. Y, a veces, eso pasa en nuestras comunidades: hay miembros que por no alimentarse de la Vida Verdadera parecen muertos y sólo molestan al resto de los miembros.
El centro de nuestra vida comunitaria es el Señor, porque Él es quien nos sostiene, alimenta y fortalece; porque todos los miembros del Cuerpo de Cristo tenemos una sóla misión: vivir como Cristo, hacer la Voluntad del Padre aquí en la tierra como en el Cielo. Pero si no nos encontramos con el Señor ¿cómo vamos a saber cuál es Su Voluntad? Si nos nos alimentamos del Pan de la Vida, ¿cómo vamos a tener la Vida de Cristo entre nosotros? Si no nos amamos como nos amó Cristo ¿cómo seremos presencia viva de Jesús en el mundo?

sábado, 26 de enero de 2019

Reaviva el Don de Dios

San Pablo al escribirle a Timoteo le dice:
"Por esta razón te recuerdo que reavives el don de Dios que hay en ti por imposición de mis manos porque, pues Dios no nos ha dado un espíritu de cobardía, sino de fortaleza, amor y de templanza".
Que "reavives el don de Dios que hay en ti por imposición de mis manos". Pablo no sólo le está hablando a un obispo o sacerdote, dado que la imposición de manos lo ha consagrado para el orden presbiteral, sino que también todos los bautizados hemos recibido el Don de Dios que nos ha hecho hijos de Dios, el Don de la Fe, del Amor y de la Esperanza. Un Don que, muchas veces, se va desvaneciendo con el paso del tiempo y con la rutina de los días. Un Don que va perdiendo fuerza no por quien lo ha dado, si no por quién lo ha recibido porque no ha sabido cultivarlo como merece. Como dice san Pablo "llevamos un tesoro en vasija de barro", y es el barro el que, muchas veces, prevalece en nuestras vidas y se va opacando la riqueza que Dios nos ha regalado con el bautismo y su Espíritu.
¿Cómo hacer para que ese Don no pieda brillo ni fuerza?
"Así pues, no te avergüences del testimonio de nuestro Señor ni de mí, su prisionero; antes bien, toma parte en los padecimientos por el Evangelio, según la fuerza de Dios".
No temamos dar a conocer lo que somos ni quienes somos, vivamos cada día como si fuese el último de nuestras vidas y tuviésemos que presentarnos ante el Padre de los Cielos, para dar cuentas de qué hicimos con los talentos que Él nos regaló. ¿Cómo nos presentaríamos ante Él?
Pero, además de todo eso aprender a vivir con fortaleza y vigor, esperanza y alegría, siendo Luz, Sal y Fermento en medio de la masa del mundo, pues sólo cuando nos vamos entregando es cuando sentimos la necesidad de ir alimentando el Don que hemos recibido, porque cuando nada hacemos en nuestra vida sólo nos alimentamos para engordar, y el Don de Dios no engorda, sólo se desvanece en la medida que no se utiliza para lo que ha sido otorgado.
Está claro que nuestra entrega no siempre es en la acción apóstolica o evangelizadora de salir a la calle e ir casa por casa, puede ser, pero también hay otra acción evangelizadora que está encerrada entre las paredes de una casa porque la Cruz del Señor impide salir. Aceptar los padecimiento del Señor por el Evangelio es la entrega más generosa que le podemos ofrecer al Señor, así como el testimoniar en la familia, el lugar de trabajo, la escuela y por todos los lugares por donde el Señor me lleve. Lo importante es dejarnos conducir por Él y ser Fieles a la Vida que él nos pida vivir.

viernes, 25 de enero de 2019

Nacer en la conversión

De grandes santos como san Juan Bautista celebramos el nacimiento y su muerte, como fiestas litúrgicas, pero de san Pablo celebramos "la conversión de san Pablo" ¿te has preguntado por qué? Yo sí. Y me he dado cuenta que el día de su conversión, es el día que san Pablo nació a la fe en Cristo, por eso, ese día es el día del Nacimiento de Pablo de Tarso, quien antes era Saulo el perseguidor de cristianos.
Y ahí nos damos cuenta qué importante es para nosotros el momento de nuestra conversión, y lo que significa convertirnos de corazón: nacer de nuevo, cambiar de vida, y, por eso, algunos desde ese día cambiaron de nombre para que se notara lo que habían logrado.
Para algunos, como san Pablo, la Conversión fue algo extraordinario porque se dio por medio de una visión del Señor, pero para nosotros, o, por lo menos, para muchos de nosotros, la conversión es un proceso cotidiano porque hemos nacido a la fe en el bautismo y no nos hemos "salido" del Camino, sino que estamos viviendo en él desde ese día.
Pero igualmente, para todos, la conversión es un proceso diario, porque diariamente nos estamos contagiando del mundo y necesitamos de la Gracia para despojarnos de lo que empaña la Luz de Cristo en nuestras vidas. Es cierto que no nos damos cuenta que se nos van "pegando" cosillas del mundo, por eso es necesario que examinemos periódicamente nuestra alma para que la Luz siga brillando y podamos iluminar correctamente, porque cuando dejamos que la Luz de Cristo en nuestras vidas se vaya ocultando con las tinieblas del mundo, entonces no iluminamos como el Señor quiere, sino que ayudamos a vivir en el error del mundo.
¿Cómo nos damos cuenta de eso? Por eso necesitamos estar en una constante relación con el Señor y el Espíritu, por medio de la reflexión de Su Palabra y la oración diaria. Así como a Saulo el Señor lo iluminó y encontró el Camino de la Salvación, así también nosotros seremos iluminados por el Espíritu para comprender los signos que el Señor va poniendo en nuestro caminar y nos dará la fuerza necesaria para cambiar aquello que no es propio de una vida santa.
Claro es que no seremos iluminados de la forma que lo fue san Pablo, sino que los signos del Señor serán más pequeños y por eso tenemos que estar atentos, para que no se nos pase nada, sino que podamos comprender lo que Él nos va diciendo en el día a día, pues en las pequeñas cosas de todos los días está el sentido de nuestra conversión y de nuestra santidad.

jueves, 24 de enero de 2019

Cristo Vive para interceder por nosotros.

De las Cartas de san Fulgencio de Ruspe, obispo

    Fijaos que en la conclusión de las oraciones decimos: «Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo»; en cambio, nunca decimos: «Por el Espíritu Santo.» Esta práctica universal de la Iglesia tiene su explicación en aquel misterio, según el cual, el mediador entre Dios y los hombres es Cristo Jesús, hombre también él, sacerdote eterno según el rito de Melquisedec, que entró de una vez para siempre con su propia sangre en el santuario, pero no en un santuario hecho por mano de hombre y figura del venidero, sino en el mismo cielo, donde está a la derecha de Dios e intercede por nosotros.
    Teniendo ante sus ojos este oficio sacerdotal de Cristo, dice el Apóstol: Por medio de él ofrezcamos continuamente a Dios un sacrificio de alabanza, es decir, el tributo de los labios que van bendiciendo su nombre. Por él, pues, ofrecemos el sacrificio de nuestra alabanza y oración, ya que por su muerte fuimos reconciliados cuando éramos todavía enemigos. Por él, que se dignó hacerse sacrificio por nosotros, puede nuestro sacrificio ser agradable en la presencia de Dios. Por esto nos exhorta san Pedro: También vosotros, como piedras vivas, entráis en la construcción del templo del Espíritu, formando un sacerdocio sagrado, para ofrecer sacrificios espirituales que Dios acepta por Jesucristo. Por este motivo decimos a Dios Padre: «Por nuestro Señor Jesucristo.»
    Al referirnos al sacerdocio de Cristo, necesariamente hacemos alusión al misterio de su encarnación, en el cual el Hijo de Dios, a pesar de su condición divina, se anonadó a sí mismo, y tomó la condición de esclavo, según la cual se rebajó hasta someterse incluso a la muerte; es decir, fue hecho un poco inferior a los ángeles, conservando no obstante su divinidad igual al Padre. El Hijo fue hecho un poco inferior a los ángeles en cuanto que, permaneciendo igual al Padre, se dignó hacerse como un hombre cualquiera. Se abajó cuando se anonadó a sí mismo y tomó la condición de esclavo. Más aún, el abajarse de Cristo es el total anonadamiento, que no otra cosa fue el tomar la condición de esclavo.
    Cristo, por tanto, permaneciendo en su condición divina, en su condición de Hijo único de Dios, según la cual le ofrecemos el sacrificio igual que al Padre, al tomar la condición de esclavo fue constituido sacerdote, para que, por medio de él, pudiéramos ofrecer la hostia viva, santa, grata a Dios. Nosotros no hubiéramos podido ofrecer nuestro sacrificio a Dios si Cristo no se hubiese hecho sacrificio por nosotros: en él nuestra propia raza humana es un verdadero y saludable sacrificio. En efecto, cuando precisamos que nuestras oraciones son ofrecidas por nuestro Señor, sacerdote eterno, reconocemos en él la verdadera carne de nuestra misma raza, de conformidad con lo que dice el Apóstol: Todo sumo sacerdote, tomado de entre los hombres, es constituido en favor de los hombres en lo tocante a las relaciones de éstos con Dios, a fin de que ofrezca dones y sacrificios por los pecados. Pero al decir: «tu Hijo», añadimos: «que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo», para recordar, con esta adición, la unidad de naturaleza que tienen el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y significar de este modo que el mismo Cristo, que por nosotros ha asumido el oficio de sacerdote, es por naturaleza igual al Padre y al Espíritu Santo.

miércoles, 23 de enero de 2019

Algo que tenemos en común

"En aquel tiempo, Jesús entró otra vez en la sinagoga y había allí un hombre que tenía una mano paralizada. Lo estaban observando, para ver si lo curaba en sábado y acusarlo".
Sabemos, por la experiencia, que todos somos distintos, cada uno ha nacido en un lugar diferente y tiene características diferentes, y, además Dios nos hizo diferentes a cada uno: únicos. Pero hay algo que todos tenemos en común y es el la marca de identidad que nos ha dejado el pecado original, y ahí, en ese pequeño lugar de nuestra alma, hay algo que nos hace iguales: el pecado.
No es algo por lo que hay que rasgarse las vestiduras, sino que es una realidad que tenemos que tener siempre en cuenta, porque en cuanto nos descuidamos ¡salta la liebre! es decir, se nos cuela por entre las manos nuestro propiio pecado: ya sea de soberbia, de vanidad, de orgullo, de esto o de lo otro.
Por eso mismo copie este párrafo del evangelio de hoy: nuestra mirada hacia los demás ¿cómo es? ¿estamos buscando siempre la paja en el ojo ajeno? ¿Por qué siempre estamos buscando la paja en el ojo ajeno y sobre todo de algunas personas (claro es de las que menos nos agradan)?
Hay algo claro que, también tenemos en común por ser seres racionales (la mayoría de nosotros) que es la capacidad de juzgar. Sí, en todo momento estamos haciendo un juicio de valor. Ahora en este momento estás pensando si seguir leyendo esto o no, y eso es un juicio de valor, estás valorando si estoy diciendo tonterías o es algo que puede ayudarte. Sólo tú tienes la respuesta.
Y lo mismo nos pasa con las personas: al mirarlas las juzgamos si son buenas, si son malas, si me interesan, si me ayudan, si esto o si lo otro. Y de acuerdo a cómo está mi ánimo o mis ganas, o si me he llevado bien o mal, o si me han dañado o no... entonces haré un juicio.
Los fariseos querían quitarse del medio a Jesús, por eso sus miradas siempre iban dirigidas a un mismo fin: acusarlo de blasfemo, por eso siempre juzgaban si cumplía o no la Ley. Y en este caso, Jesús sabiendo lo que pensaban les dijo:
"Y a ellos les pregunta:
«¿Qué está permitido en sábado?, ¿hacer lo bueno o lo malo?, ¿salvarle la vida a un hombre o dejarlo morir?».
Ellos callaban. Echando en torno una mirada de ira y dolido por la dureza de su corazón, dice al hombre:
«Extiende la mano».
Lo extendió y su mano quedó restablecida.
En cuanto salieron, los fariseos se confabularon con los herodianos para acabar con él".
Y cuando no podemos acusarlo de algo, entonces buscamos cómplices que nos ayuden a condenar a quien ya hemos juzgado de antemano...

martes, 22 de enero de 2019

Caridad Divina

De la carta de san Clemente primero, papa, a los Corintios.

    El que posee la caridad de Cristo que cumpla sus mandamientos. ¿Quién será capaz de explicar debidamente el vínculo que la caridad divina establece? ¿Quién podrá dar cuenta de la grandeza de su hermosura? La caridad nos eleva hasta unas alturas inefables. La caridad nos une a Dios, la caridad cubre la multitud de los pecados, la caridad lo aguanta todo, lo soporta todo con paciencia; nada sórdido ni altanero hay en ella; la caridad no admite divisiones, no promueve discordias, sino que lo hace todo en la concordia; en la caridad hallan su perfección todos los elegidos de Dios y sin ella nada es grato a Dios. En la caridad nos acogió el Señor: por su caridad hacia nosotros, nuestro Señor Jesucristo, cumpliendo la voluntad del Padre, dio su sangre por nosotros, su carne por nuestra carne, su vida por nuestras vidas.
    Ya veis, amados hermanos, cuán grande y admirable es la caridad y cómo es inenarrable su perfección. Nadie es capaz de practicarla adecuadamente, si Dios no le otorga este don. Oremos, por tanto, e imploremos la misericordia divina, para que sepamos practicar sin tacha la caridad, libres de toda parcialidad humana. Todas las generaciones anteriores, desde Adán hasta nuestros días, han pasado; pero los que por gracia de Dios han sido perfectos en la caridad obtienen el lugar destinado a los justos y se manifestarán el día de la visita del reino de Cristo. Porque está escrito: Anda, pueblo mío, entra en los aposentos y cierra la puerta por dentro; escóndete un breve instante mientras pasa la cólera; y me acordaré del día bueno y os haré salir de vuestros sepulcros.
    Dichosos nosotros, amados hermanos, si cumplimos los mandatos del Señor en la concordia de la caridad, porque esta caridad nos obtendrá el perdón de los pecados. Está escrito: Dichoso el que está absuelto de su culpa, a quien le han sepultado su pecado; dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta el delito y en cuyo espíritu no hay falsedad. Esta proclamación de felicidad atañe a los que, por Jesucristo nuestro Señor, han sido elegidos por Dios, al cual sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

lunes, 21 de enero de 2019

Ser originales

Tenemos siempre un ojo bien dispuesto para descubrir el error, el mal, el pecado, "la paja" en la vida de los demás. Y nos resulta, como lo hacían los fariseos, casi gratificante poner en evidencia los defectos de los demás, y, si lo puedo hacer trascender a los vecinos, mucho mejor.
Es natural y lógico, siempre tenemos esa capacidad, lo que no quiere decir que eso sea lo mejor, ni mucho menos. Porque sabemos que la capacidad de juzgar y discernir es propia de los humanos, pero ¿como utilizo esa capacidad? ¿La utiizo para ayudar a crecer a mi hermano o la utilizo para "ensuciar" a mi hermano?
Por eso Jesús nos decía, o mejor, le decía a quienes vinieron a preguntarle el por qué hacían algo que, para ellos no estaba bien:
«Los discípulos de Juan y los discípulos de los fariseos ayunan. ¿Por qué los tuyos no?».
Jesús les contesta:
«¿Es que pueden ayunar los amigos del esposo, mientras el esposo está con ellos? Mientras el esposo está con ellos, no pueden ayunar.
Llegarán días en que les arrebatarán al esposo, y entonces ayunarán en aquel día.
Nadie le echa un remiendo de paño sin remojar a un manto pasado; porque la pieza tira del manto, lo nuevo de lo viejo, y deja un roto peor.
Tampoco se echa vino nuevo en odres viejos; porque el vino revienta los odres, y se pierden el vino y los odres; a vino nuevo, odres nuevos».
¿Qué nos dice esto a nosotros? ¿Habla de nosotros mismos? ¿Habla de los tiempos que vivimos?
Habla de las dos cosas, de nosotros y del tiempo. Habla de nosotros porque nos acostumbramos a "hacer viejas todas las cosas" porque no nos ponemos a mirar nuestra vida desde Dios, y caemos en la rutina del "se hizo así", "soy así...", "no puedo cambiar"... frases muy viejas y que sólo sirven para excusarme ante la pereza de ponerme a ver la vida desde Dios: ¿qué me pide el Señor en este momento de mi vida?
Habla del tiempo que vivimos, porque son tiempos nuevos, cada día es un día nuevo, y el tiempo que estamos viviendo es totalmente diferente a otros tiempos, pero hay algo que sigue igual: el pecado del hombre. Y es ese pecado al que tengo que despejar del mundo, con la Luz de Cristo, con la Vida de Cristo. Y ahí sí vale lo de "hagamos lo de siempre", pero ¿que es lo de siempre? Sí, seamos originales: es decir volvamos a vivir el evangelio como lo vivieron las primeras comunidades cristianas, como dice Hechos: "los paganos los miraban y decían: ¡mirad cómo se aman! y Dios enviaba a esas comunidades a los que debían salvarse".
En lo personal y comunitario seamos originales: vivamos el Evangelio con todas sus consecuencias.

domingo, 20 de enero de 2019

Vino Nuevo y Bueno

El milagro de las Bodas de Caná es uno de los tantos que nos acordamos casi de memoria, y que lo escuchamos muchas veces, porque es el relato que se usa en muchas bodas. Pero siempre hay cosillas que se pueden rescatar para la meditación y la reflexión personal.
No es casualidad que el primer milagro Jesús lo hiciera en una boda, pues Dios Padre siempre ha manifestado su amor por Su Pueblo, y los profetas, como en la primera lectura, siempre han hecho referencia al amor esponsalicio de Dios con su Pueblo. Un amor entre dos diferentes, pero un amor Fiel de parte de Dios, que se materializa en la aceptación del otro tal cual es y lo ama y lo perdona y lo vuelve a perdonar, porque Él siempre permanecerá Fiel a su Alianza.
Y en este caso es el Hijo quien, por medio de María, se manifiesta en una Boda haciendo que la Boda reciba de su Gracia y ahí comience a desarrollarse el Plan de Salvación, pues es en esa boda donde sus discípulos creyeron en él.
La presencia y la intervención de María nos ayuda a ver cómo el amor siempre está dispuesto y atento a solucionar la vida de los demás, aunque sea en las pequeñas cosas, pero sin que los otros se enteren cómo se solucionaron sus problemas. Los novios no tenían idea de que les estaba por faltar vino, pero la mirada clara y servicial de María, sí vio lo que pasaba, pues Ella no estaba inmersa en sí misma sino en los demás. Y, por eso, por Amor, pudo hacer que su Hijo obrara el milagro y manifestara su gloria a los que estaban con él.
Y así, con ese primer milagro comienza un gran cambio en la vida de los hombres, pues todo lo que se venía haciendo comenzó a cambiar:
"...entonces llamó al esposo y le dice: «Todo el mundo pone primero el vino bueno y, cuando ya están bebidos, el peor; tú, en cambio, has guardado el vino bueno hasta ahora..."
Un pequeño milagro que hace que lo anterior se trasforme en algo nuevo y maravilloso, y que lo que parecía insípido cambiar a ser algo nuevo y mejor.
Es la Gracia del Señor quien, llegada su Hora, modifica y transforma nuestra vida y, aunque, no nos demos cuenta, si tenemos como María, un corazón libre de nosotros mismos, el Señor obrará el cambio y nos dará la alegría de ser Vino Nuevo y Bueno para la vida de los demás.

sábado, 19 de enero de 2019

Vanidad espiritual

"Los escribas de los fariseos, al ver que comía con pecadores y publicanos, decían a sus discípulos:
«¿Por qué come con publicanos y pecadores?».
Jesús lo oyó y les dijo:
«No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores».
La vanidad espiritual es uno de los defectos que pasa, muchas veces, desapercibido en nuestras vidas y no lo tenemos en cuenta, porque creemos que es algo bueno, que es una virtud, y no: la vanidad espiritual nos conduce al pecado de prejuzgar a los demás como si nosotros fuésemos los perfectos y los únicos que sabemos cómo vivir. Para ejemplo sirve la actitud de los escribas y los fariseos que, sin saber ni conocer, juzgan porque se creen que tienen la verdad, y esa verdad se les vuelve en su contra porque lo que tienen es vanidad espiritual.
¿Cuántas veces nos pasa a nosotros que juzgamos porque creemos que tenemos o que nos han dicho la verdad sin saber ni concoer a la persona o personas? ¿Cuántas veces nos hemos sentado frente a alguien ya prejuzgando que es peor que yo?
Y algo que se le parece a la vanidad espiritual es la falsa humildad, pues me oculto tras un disfraz de humilde para pasar desapercibido en la comunidad, pero, sin embargo, me dedico a sembrar cizaña en todos los terrenos, pasando así como aquél que "tira la piedra y oculta la mano". Quedando después como "el pobrecito que no sabe nada de nada" y sin embargo...
Y ¿cuál es la consecuencia para esas personas? Que no reciben la Gracia que necesitan porque no se creen enfermos, y así, Jesús que venía a sanar sus corazones no lo hace porque no recurren a Él, cuando en realidad nuestros corazones están enfermos de pecado, quizás no tan graves pero sí esos pecados que muchas veces marcamos como virtudes.
"No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores"
¿Por qué? Porque quien sabe que necesita conversión es quien reconoce a Jesús como su Salvador y va a su encuentro. Quien se reconoce como "el mejor" sólo se dedica a criticar a sus hermanos, y aunque necesita un Salvador no lo recibe, porque cree no necesitarlo.

viernes, 18 de enero de 2019

No imitemos la desobediencia

Dice el escritor de la carta a los Hebreos, hablando del descanso eterno, de la vida eterna:
"Acerca del día séptimo se dijo: «Y descansó Dios el día séptimo de todo el trabajo que había hecho». En nuestro pasaje añade: «No entrarán en mi descanso». Empeñémonos, por tanto, en entrar en aquel descanso, para que nadie caiga, imitando aquella desobediencia".
Porque sabiendo lo que sabemos acerca de la Vida Eterna y de la vida en la tierra y de cómo hemos de vivirla, nuestro empeño no es perder la eternidad sino garnarla. Y para ganarla tenemos que comenzar a prepararnos, a entrenarnos constantemente, para que en la carrera no perdamos la fe. Como dice san Pablo: alcancé la meta, no perdí la fe.
Porque en esta carrera no corremos por alcanzar un premio terrenal, sino que corremos para alcanzar la eternidad para nuestra vida, corremos en contra del mundo para vivir en santidad, para conquistar, cada día, algo más de la vida que nos regaló Jesús en nuestra vida.
Hoy, en este siglo, estamos acostumbrados a que tenemos que correr y "conquistar" lugares para tener renombre, para ser especial, para que todo el mundo me alabe por lo que he conseguido, y por eso vemos, no sólo en el mundo, sino dentro de la iglesia, cómo cada día nos hay más divisiones, más enemistades, más peleas porque queremos conservar nuestro lugar, porque queremos tener poder, porque queremos creernos los mejores del mundo... si hasta, a veces, nos peleamos porque "me han quitado el lugar en el banco", y ni qué hablar de aquellos que porque han dado algo para el altar siempre quieren verlo con lo que han regalado...
Pero no nos quedemos en eso, sino en lo que tenemos que conseguir, y es lo que dice el escritor en sentido contrario: "empeñémonos, por tanto, en entrar en aquél descanso, para qu enadie caiga, imitiando aquella desobediencia". No imitemos las desobediencia de Adán y Eva que nos trajeron de regalo el Pecado Original, sino imitemos la Obediencia de Jesús que nos trajo la salvación y la Vida. Esa es la carrera que más mérito tiene: la obediencia por amor para alcanzar la Fidelidad a la Vida.

jueves, 17 de enero de 2019

Vocación de san Antonio

De la Vida de san Antonio, escrita por san Atanasio, obispo
 

    Cuando murieron sus padres, Antonio tenia unos dieciocho o veinte años, y quedó él solo con su única hermana, pequeña aún, teniendo que encargarse de la casa y del cuidado de su hermana.
    Habían transcurrido apenas seis meses de la muerte de sus padres, cuando un día en que se dirigía, según costumbre, a la iglesia, iba pensando en su interior cómo los apóstoles lo habían dejado todo para seguir al Salvador, y cómo, según narran los Hechos de los apóstoles, muchos vendían sus posesiones y ponían el precio de la venta a los pies de los apóstoles para que lo repartieran entre los pobres; pensaba también en la magnitud de la esperanza que para éstos estaba reservada en el cielo; imbuido de estos pensamientos, entró en la iglesia, y dio la casualidad de que en aquel momento estaban leyendo aquellas palabras del Señor en el Evangelio: Si quieres ser perfecto, ve a vender lo que tienes, dalo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo; luego ven y sígueme.
    Entonces Antonio, como si Dios le hubiese infundido el recuerdo de lo que habían hecho los santos y como si aquellas palabras hubiesen sido leídas especialmente para él, salió en seguida de la iglesia e hizo donación a los aldeanos de las posesiones heredadas de sus padres (tenía trescientas parcelas fértiles y muy hermosas), con el fin de evitar toda inquietud para sí y para su hermana. Vendió también todos sus bienes muebles y repartió entre los pobres la considerable cantidad resultante de esta venta, reservando sólo una pequeña parte para su hermana.
    Habiendo vuelto a entrar en la iglesia, oyó aquellas palabras del Señor en el Evangelio: No os inquietéis por el día siguiente. Saliendo otra vez, dio a los necesitados incluso lo poco que se había reservado, ya que no soportaba que quedase en su poder ni la más mínima cantidad. Encomendó su hermana a unas vírgenes que él sabía eran de confianza y cuidó de que recibiese una conveniente educación; en cuanto a él, a partir de entonces, libre ya de cuidados ajenos, emprendió en frente de su misma casa una vida de ascetismo y de intensa mortificación.
    Trabajaba con sus propias manos, ya que conocía aquella afirmación de la Escritura: Si alguno no quiere trabajar, que tampoco coma; lo que ganaba con su trabajo lo destinaba parte a su propio sustento, parte a los pobres.
    Oraba con mucha frecuencia, ya que había aprendido que es necesario retirarse para orar sin cesar: en efecto, ponía tanta atención en la lectura, que retenía todo lo que habla leído, hasta tal punto que llegó un momento en que su memoria suplía los libros.
    Todos los habitantes del lugar, y todos los hombres honrados, cuya compañía frecuentaba, al ver su conducta, lo llamaban amigo de Dios; y todos lo amaban como a un hijo o como a un hermano.

miércoles, 16 de enero de 2019

La tentación de todos los días

"(Jesús) Se levantó de madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, se marchó a un lugar solitario y allí se puso a orar. Simón y sus compañeros fueron en su busca y, al encontrarlo, le dijeron:
«Todo el mundo te busca».
Él les responde:
«Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he salido».
En este breve diálogo san Marcos nos hace ver uno de los métodos más eficaces para buscar la Voluntad de Dios: la oración. Jesús, aunque era Dios, tenía plena conciencia de que era Hijo, y por eso, como Hijo, necesitaba hablar con su Padre y saber cuál era el Plan del Padre, cuál es Su Voluntad. En todo momento de la vida de Jesús vemos cómo Él se retira, ya sea a la madrugada, o cuando termina la jornada, a orar.
A lo que podemos añadir lo que dice la carta a los Hebreos:
"Notad que tiende una mano a los hijos de Abrahán, no a los ángeles. Por eso tenia que parecerse en todo a sus hermanos, para ser sumo sacerdote misericordioso y fiel en lo que a Dios se refiere, y expiar los pecados del pueblo. Pues, por el hecho de haber padecido sufriendo la tentación, puede auxiliar a los que son tentados".
La fuerza que nos da la oración nos ayuda a evitar la tentación, pues en todo camino, hay piedras que se nos cruzan y no siempre uno está en condiciiones de saltarlas o de esquivarlas. Hay tentaciones que se ponen difícil para evitarlas, pero si estamos en unión con el Padre por la oración, no sólo podremos evitarlas sino que sabremos cuándo y cómo van a llegar.
En este evangelio de hoy la tentación viene de parte de sus apóstoles: "todo el mundo te busca". Es una tentación sentirse "necesitado" por todo el mundo, pues así su fama se iba a extender y comenzaría una "carrera" hacia la fama. Pero Jesús, que estaba en armonía con el Padre responde:
"Vámonos a otra parte... para predicar también allí; que para eso he salido".
Evita la tentación, aunque lo que ellos querían era bueno, pero no era lo que quería el Padre: anunciar el Reino de Dios, era la Voluntad del Padre, y no sólo hacer milagros de sanación.
Cuando se está en armonía y constante diálogo con el Padre se tiene en claro la misión que tenemos y el camino que debemos recorrer, y así, cuando estamos decididos a hacerlo será Él quien nos fortalezca para no dejarnos converncer por otros caminos.

martes, 15 de enero de 2019

Saber o vivir

"Había precisamente en su sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo y se puso a gritar:
«¿Qué tenemos que ver nosotros, contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios».
Jesús lo increpó:
«Cállate y sal de él».
Saber cosas de Dios, aprender de la vida de Jesús, no quiere decir que seamos buenos cristianos o buenos católicos, porque, como vemos en el relato del evangelio, y en otros tantos, los espíritus inmundos que poseían a las personas también sabían quién era Jesús, sabían que Él era el Hijo de Dios, pero no por eso eran fieles a la Palabra de Dios. Y ahí radica la diferencia entre saber cosas y vivir lo que creemos.
Muchas veces creemos que por saber mucho podemos ser mejores y es en la práctica donde se ve lo que realmente hemos "aprehendido" para nuestra vida. Porque nos encontramos diciendo que somos mejores que otros pero ya en esa afirmación nos damos cuenta que hemos metido la pata, porque nos ha ganado la soberbia de creernos más que otros porque esto o porque lo otro.
Y ¿entonces? ¿Miramos nuestra vida a la Luz de la Palabra de Dios? ¿Nos conformamos con saber cosas o intentamos vivir lo que creemos? Porque intelectuales hay muchos y montones en el mundo, pero santos no tantos, y, a nosotros, los hijos de Dios, se nos ha llamado a ser santos, si tenemos la virtud y la posibilidad de ensanchar nuestros conocimientos intelectuales para ayudarnos y ayudar a otros a comprender mejor el misterio de Dios, es algo muy bueno, pero nunca olvidemos que todo tiene que estar en función de nuestra santidad, todo tiene que ayudarnos a vivir cada día más en Fidelidad a la Voluntad de Dios.

lunes, 14 de enero de 2019

Fuente de sabiduria

De la carta de san Clemente primero, papa, a los Corintios

    No cesamos de pedir y de rogar para que el Artífice de todas las cosas conserve íntegro en todo el mundo el número de sus elegidos, por mediación de su amado siervo Jesucristo, por quien nos llamó de las tinieblas a la luz, de la ignorancia al conocimiento de la gloria de su nombre. Haz que esperemos en tu nombre, tú que eres el origen de todo lo creado; abre los ojos de nuestro corazón, para que te conozcamos a ti, el solo altísimo en las alturas, el santo que reposa entre los santos; que terminas con la soberbia de los insolentes, que deshaces los planes de las naciones, que ensalzas a los humildes y humillas a los soberbios, que das la pobreza y la riqueza, que das la muerte, la salvación y la vida, el solo bienhechor de los espíritus y Dios de toda carne; tú que sondeas los abismos, que ves todas nuestras acciones, que eres ayuda de los que están en peligro, que eres salvador de los desesperados, que has creado todo ser viviente y velas sobre ellos; tú que multiplicas las naciones sobre la tierra y eliges de entre ellas a los que te aman por Jesucristo, tu Hijo amado, por quien nos has instruido, santificado y honrado.
    Te pedimos, Señor, que seas nuestra ayuda y defensa. Libra a aquellos de entre nosotros que se hallan en tribulación, compadécete de los humildes, levanta a los caídos, socorre a los necesitados, cura a los enfermos, haz volver a los miembros de tu pueblo que se han desviado; da alimento a los que padecen hambre, libertad a nuestros cautivos, fortaleza a los débiles, consuelo a los pusilánimes; que todos los pueblos de la tierra sepan que tú eres Dios y no hay otro, y que Jesucristo es tu siervo, y que nosotros somos tu pueblo, el rebaño que tú guías.
    Tú has dado a conocer la ordenación perenne del mundo, por medio de las fuerzas que obran en él; tú, Señor, pusiste los cimientos de la tierra, tú eres fiel por todas las generaciones, justo en tus juicios, admirable por tu fuerza y magnificencia, sabio en la creación y providente en el gobierno de las cosas creadas, bueno en estos dones visibles y fiel para los que en ti confían, benigno y misericordioso; perdona nuestras iniquidades e injusticias, nuestros pecados y delitos.
    No tomes en cuenta todos los pecados de tus siervos y siervas, antes purifícanos en tu verdad y asegura nuestros pasos, para que caminemos en la piedad, la justicia y la rectitud de corazón, y hagamos lo que es bueno y aceptable ante ti y ante los que nos gobiernan.
    Más aún, Señor, ilumina tu rostro sobre nosotros, para que gocemos del bienestar en la paz, para que seamos protegidos con tu mano poderosa, y tu brazo extendido nos libre de todo pecado y de todos los que nos aborrecen sin motivo.
    Da la concordia y la paz a nosotros y a todos los habitantes del mundo, como la diste a nuestros padres, que piadosamente te invocaron con fe y con verdad. A ti, el único que puedes concedernos estos bienes y muchos más, te ofrecemos nuestra alabanza por Jesucristo, pontífice y abogado de nuestras almas, por quien sea a ti la gloria y la majestad, ahora y por todas las generaciones, por los siglos de los siglos. Amén.

domingo, 13 de enero de 2019

Bautismo del Señor

Con la Fiesta del Bautismo del Señor finalizamos el tiempo de Navidad y damos comienzo al tiempo ordinario durante el año, en lo que respecta a la liturgia católica. Un tiempo que estará marcado por pocas cosas, pero con mucha intensidad pues Dios nos invita a recordar lo "especial" que somos. Digo que somos especiales porque Dios nos ha ungido con su Espíritu Santo, y podemos ver en la imagen que nos presenta Lucas en el evangelio cómo el mismo Espíritu descendió en forma corporal en Jesús y se oyó la Voz del Padre, para afirmar que Él era su Hijo, el Amado.
Una imagen que también la tenemos que transportar a nuestras vidas, aunque en nosotros no hemos sido sumergidos como Jesús en las aguas del Jordan, ni descendió la paloma sobre nosotros, ni escuchamos la voz del Padre; pero sí descendió el agua bautismal sobre nuestras cabezas, el Espíritu Santo fue infundido en nuestras almas, y le sacerdote nos bautizó en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, dándonos así, por la Gracia de Dios, la dignidad de hijos de Dios.
Y eso nos hace "especiales": ser hijos de Dios, pero también nos da una misión y una responsabilidad: la misión de ser sal, luz y fermento en la masa del mundo, llevando la Buena Noticia de la Salvación; y una responsabilidad porque nos tenemos que hacer responsables (saber responder) de la vida nueva que se nos ha dado, somos nosotros mismos quienes tenemos que formarnos y madurar en la fe, para poder dar respuestas de lo que creemos y mostrar con alegría el Camino de la santidad que el Padre nos invita a recorrer.
Así, en la liturgia el Padre nos invita a no sólo a meditar sobre le Bautismo del Señor, sino a tomar conciencia que nosotros, como Él, somos hijos amados y tenemos que seguir los pasos de nuestro Hermano Mayor, Jesús, que vino a mostrarnos cómo vivir como hijos de Dios.

sábado, 12 de enero de 2019

Ser quien Dios quiere

"Contestó Juan (el Bautista):
«Nadie puede tomarse algo para sí si no se lo dan desde el cielo. Vosotros mismos sois testigos de que yo dije: “Yo no soy el Mesías, sino que me han enviado delante de él." El que tiene la esposa es el esposo; en cambio, el amigo del esposo, que asiste y lo oye, se alegra con la voz del esposo; pues esta alegría mía está colmada. Él tiene que crecer, y yo tengo que menguar».
¡Cuánta claridad que tenía Juan! Realmente en las obras y en las palabras uno puede percibir quién es del Espíritu y quien no. Además, Juan Bautista, vive en una real conciencia de sí misma que no deja que nada, ni nadie le haga "crecer en vanidad" por lo que hace, ni tan siquiera creerse más que "el que ha de venir".
Estas son dos virtudes que las da el Espíritu a los que se esfuerzan para trabajar su propio espíritu por medio de la oración, de las ascesis y de la entrega cotidiana. La oración nos ayuda a ponernos en relación con Dios y recibir de Él la Gracia para comprender cuál es Su Voluntad para nuestra vida. La ascesis, el sacrificio constante, el "llevar nuestro carne a esclavitud" (como decía san Pablo) nos ayuda a "pelear" contra las cosas que no son del Espíritu y a dejar de lado los frutos de la carne: vanidad, egoísmo, orgullo, envidia, etc. Y así la entrega en la vida diaria no es por vanidad ni queriendo pasar por encima de nadie, sino intentando ser Fiel a la Vida que el Señor quiere que vivamos, a la Vida que Él nos dio para que seamos "santos e irreprochables, ante Él, por el amor".
El mundo nos invita, constantemente, a tener que estar más arriba de los demás, a querer "ganar" a toda costa, un lugar privilegiado frente a los demás, y por eso, muchas veces, gastammos en vano nuestras vidas pues no tenemos nada qué dar el mundo, salvo nuestro pecado de orgullo y vanidad, de que hemos dejado de lado los verdaderos valores para alcanzar valores que no son reales porque son pura apariencia y hoy pueden estar y mañana desaparecer.
Busquemos, como dice el Señor, los bienes del cielo y todo lo demás vendrá por añadidura, por eso san Juan nos dice en su carta:
"En esto consiste la confianza que tenemos en el Hijo de Dios, en que si le pedimos algo según su voluntad, nos escucha. Y si sabemos que nos escucha en lo que le pedimos, sabemos que tenemos conseguido lo que le hayamos pedido".

viernes, 11 de enero de 2019

Nuestro Credo

Dice san Juan en su carta:
"Si aceptamos el testimonio humano, mayor es el testimonio de Dios. Pues este es el testimonio de Dios, que ha dado testimonio acerca de su Hijo. El que cree en el Hijo de Dios tiene el testimonio en sí mismo".
¿Cuántas cosas creemos de nuestra fe y cuántas cosas creemos del mundo? ¿Qué quiere decir esto? Voy a poner ejemplos: creemos en los horóscopos, creemos en los que tiran las cartas, en los que leen las manos, en los que leen la borra del café, en la reencarnación, en... pero nos cuesta confiar en la Providencia de Dios, no creemos en la Eucaristía (porque si creyéramos iríamos más seguido a Misa), no creemos en el poder de la oración...
Cuando se cree en las cosas humanas es porque no se tiene confianza en la cosas divinas, en las cosas espirituales. Si reallmente creyéramos en lo que decimos creer (Credo) y en la Palabra de Dios, entonces nuestra vida sería más cristiana, pero siempre dejamos un lugar para "algo nuevo" que pueda salir, pues me convencen más los falsos profetas que la Palabra de Dios.
Claro está que no voy detrás de las cosas humanas porque reniegue de Dios, no digo eso. Lo que digo es lo que dice san Juan en su carta: "no hemos creído en el testimonio de Dios", porque aún seguimos buscando respuestas a muchas cosas, sobre todo al futuro, en lugares donde no está, sino que todo está en el Corazón de Dios, y Él, por su Hijo nos ha dicho: "cada día tiene su propio afán", no te aflijas por el mañana, ocúpate del hoy, y de la Fidelidad a la Palabra de Dios, la fidelidad a los que crees y todo vendrá por añadidura.
Por eso mismo decía el Señor en otra parte: "no se puede servir a dos señores, porque se amará a uno y se aborrecerá al otro", o "estaís conmigo o contra mí, o recoges conmigo o desparramas". Porque somos nosotros mismos los que damos un testimonio equívoco, porque decimos: "Creo en Dios Padre Todopoderoso creador de Cielo y Tierra", pero finalmente a la hora de tener que dejar mis cosas en sus Manos, no... prefiero ser yo mismo quien hace todo, o cuando viene una cruz que no me gusta me desespero, me quiebro y hasta dejo de creer. O, por el contrario comienzo a dejar las cosas en manos de Buda, de los dioses egipcios, de estos y de los otros... como dice algún refrán popular: le enciendo a cada santo una vela y al diablo el candelero... por las dudas.
Nuestra Fe tiene que estar firmentente acentada en la Roca Sólida que es Cristo, por eso necesitamos, cada día, ir a su Encuentro. Así como relata el Evangelio acerca de Jesús:
"Él, por su parte, solía retirarse a despoblado y se entregaba a la oración".
Constantemente hacía eso: retirarse a orar, porque sabía que su humanidad podía no llevarlo por el camino de la Voluntad del Padre, y para estar en perfecta relación con el Padre necesitaba la oración. Si eso lo hacía Jesús que es Dios ¡cuánto más nosotros que somos tan humanos? debemos seguir su ejemplo para que nuestro ser hijo de Dios no desaparezca con tantas otras creencias que andan dando vuelta a nuestro alrededor.

jueves, 10 de enero de 2019

La efusión del Espíritu Santo

Del Comentario de san Cirilo de Alejandría, obispo, sobre el evangelio de san Juan

    El Hacedor del universo determinó instaurar con admirable perfección todas las cosas en Cristo y restituir la naturaleza humana a su estado primitivo; para este fin prometió darle en abundancia, junto con los demás bienes, el Espíritu Santo, condición necesaria para reintegrarla a una pacífica y estable posesión de sus bienes.
    Así pues, habiendo establecido el tiempo en que había de bajar sobre nosotros el Espíritu Santo, esto es, en el tiempo de la venida de Cristo, lo prometió diciendo: En aquellos días -a saber, en los del Salvador-, derramaré mi Espíritu sobré toda carne.
    Por consiguiente, cuando llegó el tiempo de tan gran munificencia y liberalidad -y puso a nuestra disposición en el mundo al Unigénito hecho carne, es decir, a aquel hombre nacido de mujer de que hablan las Escrituras-, nuestro Dios y Padre nos dio también el Espíritu, y Cristo fue el primero en recibirlo, como primicias de la naturaleza restaurada. Así lo atestigua Juan Bautista con aquellas palabras: Vi al Espíritu Santo bajar del cielo y posarse sobre él.
    Se afirma de Cristo que recibió el Espíritu en cuanto que se hizo hombre y en cuanto que convenía que lo recibiera el hombre; y, del mismo modo -aunque es Hijo de Dios Padre, engendrado de su misma substancia ya antes de la encarnación, más aún, desde toda la eternidad-, no pone objeción al escuchar a Dios Padre que proclama, después que se ha hecho hombre: Tú eres mi Hijo: yo te he engendrado hoy.
    De aquel que era Dios, engendrado por el Padre desde toda la eternidad, dice que lo ha engendrado hoy, para significar que en su persona hemos sido adoptados como hijos, ya que toda la naturaleza está incluida en la persona de Cristo, en cuanto que es hombre; en el mismo sentido se afirma que él Padre comunica al Hijo su propio Espíritu, ya que en Cristo alcanzamos nosotros la participación del Espíritu. Precisamente por esto se hizo hijo de Abraham, como está escrito, y fue semejante en todo a sus hermanos.
    Por lo tanto, el Unigénito recibe el Espíritu Santo no para sí mismo, ya que él lo posee como algo propio y, en él y por él se comunica a los demás, como ya dijimos antes, sino que lo recibe en cuanto que, al hacerse hombre, recapitula en sí toda la naturaleza para restaurarla', y restituirle su integridad primera. Es fácil, pues, de como prender, por lógica natural y por el testimonio de la Escritura, que Cristo recibió en su persona el Espíritu, no para sí mismo, sino más bien para nosotros, ya que por él nos vienen también todos los demás bienes.

miércoles, 9 de enero de 2019

Amar en las tempestades

"Viéndolos fatigados de remar, porque tenían viento contrario, a eso de la cuarta vigilia de la madrugada, fue hacia ellos andando sobre el mar, e hizo ademán de pasar de largo.
Ellos, viéndolo andar sobre el mar, pensaron que era un fantasma y dieron un grito, porque todos lo vieron y se asustaron.
Pero él habló enseguida con ellos y les dice:
«Ánimo, soy yo, no tengáis miedo».
Lo mismo que sucedió con la multiplicación de los panes, Jesús se compadeció de las dificultades que tenían los apóstoles. Pareciera que quiere ir hacia ellos pero dice el evangelio: "hizo además de de pasar de largo". Pero no fue porque quisiera dejarlos solos remando, sino que quería ver si ellos podían reconocerlo. Y, no, no lo reconocieron sino todo lo contrario: "viéndolo andar sobre el mar, pensaron que era un fantasma y dieron un grito". Bueno, por un lado es lógico, ¿a quien se le ocurre ir caminando sobre las aguas? Sólo a Jesús, que Él haría cualquier cosa para estar al lado del que está sufriendo...
Sí, haría cualquier cosa y hace todo lo que puede para estar compadeciéndose del que sufre, del hambriento, del sediento, pero a veces nos sucede que no lo recnocemos cuando viene hacia nosotros. No sólo que nos asustamos cuando se acerca, sino que otras veces no tenemos lugar en nuestra barca para que Él suba. Y, otras tantas, ni siquiera tenemos tiempo, o tenemos tanto orgullo, que no reconocemos a ese Jesús que viene a darnos una mano, pues creemos que solos podemos contra viento y marea.
Ante el temor de lo que nos ocurre, Él siempre tiene las mismas palabras: "ánimo, soy yo, no tengáis miedo". Nos alienta siempre, en todo momento, pero, claro, no siempre nos alienta como nosotros esperamos, pues el ánimo es espiritual y ese es el tiempo que no siempre tenemos para escucharlo. Animarnos es fortalecer nuestra alma para que no se sienta derrotada, desesperada, sin esperanza, sin fuerzas para seguir remando aún cuando la tempestad sea muy brava. Porque, como dice alguien o algún refrán: los buenos capitanes se conocen en las grandes tempestades.
Y, claro, he aquí la cuestión, los buenos capitanes saben confiar en su tripulación, en quien tienen a su lado, pero, a veces, nosotros nos quedamos solos, o no dejamos que nadie conozca nuestras tempestades y pretendemos adentrarnos en solitario frente a un gran tifón.
Y aquí podríamos incorporar la carta de San Juan donde nos habla del amor de Dios y de nuestro amor. ¿Qué tiene que ver lo que estamos hablando con el amor? Mucho, porque cuando no ha tejido verdaderas relaciones de amor, con Dios o con los hermanos, entonces me es difícil confiar en ellos, porque para confiar primero tengo que conocer y amar, saber con quién estoy y, sobre todo, saber que quien está a mi lado me ayudará en todo lo que necesite, siempre me dará ánimos para saber hacer frente a las tempestades. Pero cuando el amor es sólo hacia mí mismo, entonces no confío en nadie más que en mí mismo, y por eso, en las tempestades o me hundo en medio de ellas, o pierdo todas las esperanzas de poder salir de ellas, o finalmente gasto todas mis energías y no consigo salir fortalecido, sino todo lo contrario.
La confianza que viene del que ama es la fortaleza para dejarme ayudar en los momentos de tempestades, pues siempre necesitaré una mano amiga que me ayude a sostener el timón del la barca de la vida.

martes, 8 de enero de 2019

No plantees sólo el problema

"Cuando se hizo tarde se acercaron sus discípulos a decirle:
«Estamos en despoblado, y ya es muy tarde. Despídelos, que vayan a los cortijos y aldeas de alrededor y se compren de comer».
Cuando se nos presentan situaciones problemáticas, muchas veces, no sabemos qué hacer y la mejor forma de solucionarlas es dejar que se vayan solas, es decir, no buscamos solución. Lo más rápido posible que nos quitemos los problemas de encima mejor, y si lo que sucede es tener que solucionar los problemas de otros, miramos para otro lado y que lo solucionen solos.
Es lo que les pasó a los apóstoles: vieron una situación problemática y ¿cuál era la solución? que vayan a buscarla ellos, nosotros no podemos hacernos cargo de eso. O sea: nos lavamos las manos y quedamos tan tranquilos en conciencia porque ya no es problema nuestro.
Y ¿cuál fue la respuesta de Jesús ante eso?
"El les replicó:
«Dadles vosotros de comer».
Nos hemos acostumbrado a esa realidad de "patear para otro lado" los problemas, y, en cambio, Jesús nos pide a nosotros mismos que los solucionemos. Que busquemos, por lo menos, una forma para poder solucionarlos, que hagamos el esfuerzo de pensar una solución y no sólo de plantear un problema. "No me traigas sólo el problema, ponte a pensar una posible solución y lo vemos juntos".
"Ellos le preguntaron:
«¿Vamos a ir a comprar doscientos denarios de pan para darles de comer?».
Él les dijo:
«¿Cuántos panes tenéis? Id a ver».
Cuando lo averiguaron le dijeron:
«Cinco, y dos peces».
Siempre se puede encontrar una solución, aunque sea pequeña. Pero Jesús sabe que lo que necesitamos no está lejos de nosotros, sino que puede estar muy cerca e incluso en nosotros. Puede ser que la solución no sea tan grave o tan costosa y, sobre todo, si contamos con su Gracia, entonces la solución será eficaz y fructífera.
Así lo fue con la multiplicación de los panes y los peces, alcanzó para todos y sobre un poco más. Y así será cuando nosotros intentemos lo mismo: no dejes pasar las cosas sin buscar una solución y ponerla en manos del Señor, Él quiere que descubras el Camino, luego Él te conducirá y te llevará. No le transmitas sólo el problema, compártelo también con alguna solución, que, aunque sea muy pequeña, seguro que Él te ayudará a ver cómo poder alcanzar una gran respuesta.

lunes, 7 de enero de 2019

Simple: convertirnos diariamente

"Desde entonces comenzó Jesús a predicar diciendo:
«Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos».
Recién termina la fiesta de la Navidad y ya comenzamos a pensar en nuestro interior, en nuestra forma de vivir. Finalizan lo extraordinario de las fiestas y comenzamos a vivir lo ordinario de todos los días, en donde deberá manifestarse lo que hemos vivido en estos días, lo que hemos recordado en las liturgias, lo que hemos escuchado en la Palabra, y, sobre todo, el misterio que hemos celebrado: Dios se hace Hombre para que los Hombres lleguen a Dios.
Y sí, cada día, tenemos que seguir pensando en nuestra conversión. No, no es porque seamos grandes pecadores (bueno, algunos no estamos lejos, pero... bueno) sino porque el Reino de los Cielos está cerca. Y ¿cuál es el Reino de los Cielos? Es el Reino del Amor, por eso san Juan en su carta habla una y otra vez del mismo mandamiento: el mandamiento del amor. Y por eso todos los días tenemos que buscar la conversión, porque siempre tendremos que corregirnos en el amor, es el mandamiento más difícil para vivir, por eso siempre hay que buscar la corrección.
Y no me digan: dime cuáles son los pecados contra el amor, porque no lo se... y te voy a decir: en el día "el justo peca 7 veces", dice Jesús, por lo tanto mínimo 7 veces podemos pecar contra el amor ¡en tantas cosas!
Por eso mismo, porque somos tan débiles y es tan fácil desviarnos del amor, que es mejor pensar cómo podemos vivir cada día mejor el amor, en lugar de pensar cuáles son los pecado del amor para poder evitarlos. Y para eso, como diría San Agustín, primero tenemos que amar, será entonces que tengo que pensar si lo que voy a decir, a pensar, o hacer parte del amor a Dios y al prójimo. Si mis palabras, mis pensamientos, mi actuar no tienen como primer acto el Amor a Dios y al prójimo, entonces mejor no hacerlo. Si dudas, no lo hagas.
Y ahí está nuestra conversión diaria: pensar desde Dios. Porque por lo general nos dejamos llevar por la costumbre, por el instinto. Somos "animalitos" cuando no pensamos antes de actuar, y somos solamente humanos cuando no buscamos la Voluntad de Dios antes de actuar. Porque el cristiano (como nosotros, no el Ronaldo) tiene que, como dice Jesús: primero: "niégate a tí mismo", y para eso lo mejor es pensar antes de actuar, y sobre todo pensar desde la Voluntad de Dios y desde el amor. Así vamos sobre seguro de que lo que voy a hacer, decir o pensar, no es solamente instintivo o meramente humano y del mundo.
Porque recuerda: no sólo eres humano, sino que a partir del bautismo, y, luego desde tu decisión personal, eres cristiano, es decir, has asumido vivir como Cristo en este mundo, y Cristo tuvo como alimento cotidiano hacer la Voluntad del Padre: "mi alimento es hacer la Voluntad de mi Padre".
Y ahí radica nuestra constante conversión: buscar la Voluntad de Dios para vivir el "amaos unos a otros como Yo os he amado".