miércoles, 31 de octubre de 2018

Último o primero?

Una vez el P. Efraín nos decía: "no es que no sepa quién va a ir al infierno, sino que temo por los que no saben que no van a estar en el Cielo" (o algo parecido pero el sentido es el mismo). ¿Qué quería decir con esto? Que muchos están confiados que van a llegar al Cielo, pero que seguramente por la forma de vivir Dios no los va a hacer pasar o, por lo menos, los va a tener mucho tiempo sin entrar.
Y ¿a qué viene esto? "No por las apariencias, para quedar bien ante los hombres, sino como esclavos de Cristo que hacen, de corazón, lo que Dios quiere, de buena gana, como quien sirve al Señor y no a hombres". Esto que dice san Pablo a los Efesios, si bien habla de los esclavos (de aquella época) pero también nos sirve para hoy, porque no somos pocos los que vivimos esclavos de nuestra apariencia, de nuestro aparentar ser quienes no somos, o decir que somos pero en realidad somos otra cosa.
Esta claro que esta apariencia, hoy, la referimos a la vida cristiana, a ser o no ser cristianos, es decir, a ser o no ser otros cristos. Porque podemos llegar a aparentar en algunos momentos ser alguien, pero en otros momentos se nos ve quienes somos realmente, aunque intentemos ocultarlo. Además "nuestro Padre que ve en lo secreto" se enterará de quiénes somos en verdad.
"Señor, ábrenos"; pero él os dirá:
"No sé quiénes sois".
Entonces comenzaréis a decir:
"Hemos comido y bebido contigo, y tú has enseñado en nuestras plazas".
Pero él os dirá:
"No sé de donde sois. Alejaos de mí todos los que obráis la iniquidad".
Creemos que estamos obrando bien, según nuestro genio o temperamente, según nuestra manera de pensar, o como todos piensan, pero en realidad no estamos obrando de acuerdo al Evangeliio, no estamos obrando de acuerdo a la Ley del Amor que Jesús nos ha pedido vivir. Nos escudamos, muchas veces, en argumentos infantiles del "por que soy así", "porque no puedo cambiar", o "porque la situación me obligó", o "por eso o por aquello", y no nos damos cuenta que no, que en realidad no estoy viviendo según el evangelio, que estoy haciendo lo que me da la gana y me transformo en un hipócrita porque juzgo a muchos, condeno a otros, pero no me obligo a mí mismo a crecer, a madurar, a vivir acorde a la Voluntad de Dios.
Por eso, algunos, creyendo que seremos los primeros en llegar al Cielo, quizás en ese momento no nos dejen entrar porque ya hemos condenado a otros con nuestros juicios, con nuestras palabras, o, simplemente, nos hemos creído que ya estábamos santificados y, en realidad, aún nos faltaba mucho para alcanzar la altura a la que Dios me pedía llegar.

martes, 30 de octubre de 2018

Dios es fiel a sus promesas

De la carta de san Clemente primero, papa, a los Corintios

    Consideremos, amadísimos hermanos, cómo Dios no cesa de alentarnos con la esperanza de una futura resurrección, de la que nos ha dado ya las primicias al resucitar de entre los muertos al Señor Jesucristo. Estemos atentos, amados hermanos, al mismo proceso natural de la resurrección que contemplamos todos los días: el día y la noche ponen ya ante nuestros ojos como una imagen de la resurrección: la noche se duerme, el día se levanta; el día termina, la noche lo sigue. Pensemos también en nuestras cosechas: ¿Qué es la semilla y cómo la obtenemos? Sale el sembrador y arroja en tierra unos granos de simiente, y lo que cae en tierra, seco y desnudo, se descompone; pero luego, de su misma descomposición, el Dueño de todo, en su divina providencia, lo resucita, y de un solo grano saca muchos y cada uno de ellos lleva su fruto.
    Tengamos, pues, esta misma esperanza y unamos con ella nuestras almas a aquel que es fiel en sus promesas y justo en sus juicios. Quien nos prohibió mentir ciertamente no mentirá, pues nada es imposible para Dios, fuera de la mentira. Reavivemos, pues, nuestra fe en él y creamos que todo está, de verdad, en sus manos.
    Con una palabra suya creó el universo y con una palabra lo podría también aniquilar. ¿Quién podría decirle: «Qué has hecho»? O ¿quién podrá resistir la fuerza de su brazo? Él lo hace todo cuando quiere y como quiere y nada dejará de cumplirse de cuanto él ha decretado. Todo está presente ante él y nada se opone a su querer, pues el cielo proclama la gloria de Dios, el firmamento pregona la obra de sus manos: el día al día le pasa el mensaje, la noche a la noche se lo murmura; sin que hablen, sin que pronuncien, sin que resuene su voz, a toda la tierra alcanza su pregón.
    Siendo, pues, así que todo está presente ante él y que él todo lo contempla, tengamos temor de ofenderlo y apartémonos de todo deseo impuro de malas acciones, a fin de que su misericordia nos defienda en el día del juicio. Porque ¿quién de nosotros podría huir de su poderosa mano? ¿Qué mundo podría acoger a un desertor de Dios? Dice, en efecto, en cierto lugar, la Escritura: ¿A dónde iré lejos de tu aliento, a dónde escaparé de tu mirada? Si escalo el cielo, allí estás tú; si me acuesto en el abismo, allí te encuentro. ¿En qué lugar, pues, podría alguien refugiarse para escapar de aquel que lo envuelve todo?
    Acerquémonos, por tanto, al Señor con un alma santificada, levantando hacia él nuestras manos puras e incontaminadas; amemos con todas nuestras fuerzas al que es nuestro Padre, amante y misericordioso, y que ha hecho de nosotros su pueblo de elección

lunes, 29 de octubre de 2018

De san Clemente primero

De la carta de san Clemente primero, papa, a los Corintios

(Cap. 21, 1-22, 5; 23, 1-2: Punk 1, 89-93)

NO NOS APARTEMOS NUNCA DE LA A VOLUNTAD DE DIOS


    Vigilad, amadísimos, no sea que los innumerables beneficios de Dios se conviertan para nosotros en motivo de condenación por no tener una conducta digna de Dios y por no realizar siempre en mutua concordia lo que le agrada. En efecto, dice la Escritura: El Espíritu del Señor es como una lámpara que sondea lo más íntimo de las entrañas.
    Consideremos cuán cerca está de nosotros y cómo no se le oculta ninguno de nuestros pensamientos ni de nuestras palabras. Justo es, por tanto, que no nos apartemos nunca de su voluntad. Vale más que ofendamos a hombres necios e insensatos, soberbios y engreídos en su hablar, que no a Dios.
    Veneremos al Señor Jesús, cuya sangre fue derramada por nosotros; respetemos a los que dirigen nuestras comunidades, honremos a nuestros presbíteros, eduquemos a nuestros hijos en el temor de Dios, encaminemos a nuestras esposas por el camino del bien. Que ellas sean dignas de todo elogio por el encanto de su castidad, que brillen por la sinceridad y por su inclinación a la dulzura, que la discreción de sus palabras manifieste a todos su recato, que su caridad hacia todos sea patente a cuantos temen a Dios, y que no hagan acepción alguna de personas.
    Que vuestros hijos sean educados según Cristo, que aprendan el gran valor que tiene ante Dios la humildad y lo mucho que aprecia Dios el amor casto, que comprendan cuán grande sea y, cuán hermoso el temor de Dios y cómo es capaz de salvar a los que se dejan guiar por él, con toda pureza de conciencia. Porque el Señor es escudriñador de nuestros pensamientos y de nuestros deseos, y su Espíritu está en nosotros, pero cuando él quiere nos lo puede retirar. Todo esto nos lo confirma nuestra fe cristiana, pues el mismo Cristo es quien nos invita, por medio del Espíritu Santo, con estas palabras: Venid, hijos, escuchadme: os instruiré en el temor del Señor; ¿hay alguien que ame la vida y desee días de prosperidad? Guarda tu lengua del mal, tus labios de la falsedad; apártate del mal, obra el bien, busca la paz y corre tras ella.
    El Padre de todo consuelo y de todo amor tiene entrañas de misericordia para con todos los que lo temen y en su entrañable condescendencia reparte sus dones a cuantos a él se acercan con un corazón sin doblez. Por eso, huyamos de la duplicidad de ánimo y que nuestra alma no se enorgullezca nunca al verse honrada con la abundancia y riqueza de los dones del Señor

domingo, 28 de octubre de 2018

Jesús, hijo de David, que vea

"Hasta los gentiles decían:
«El Señor ha estado grande con ellos».
El Señor ha estado grande con nosotros,
y estamos alegres".
Y el Salmista nos hace repetir: "El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres".
Una antífona que tiene que estar más en nuestros labios. Una antífona que no sólo repetimos sino que nos hace tomar conciencia de si en verdad reconocemos la Obra de Dios en nuestras vidas, si nos damos cuenta de todo lo que el Padre ha realizado en nosotros, y lo que va haciendo día a día. Por que si miramos con mirada de niños, cada día nuestro, veremos cuántas cosas ha hecho el Padre por nosotros, cuántos regalos nos ha dado para alentar, sostener y fortalecer nuestra vida.
Pero, en realidad, la realidad de cada día nos va encegueciendo de a poco y no somos capaces de alegrarnos por las cosas sencillas y pequeñas de todos los días que suceden a nuestro alrededor, e incluso, de aquellas que los que nos quieren hacen por nosotros. Porque los agobios, los trabajos, nuestros proyectos, y ¡tantas otras cosas más! que creemos que tenemos que hacer y que queremos hacer, no nos dejan ver más que lo que tenemos delante de nuestras narices y no podemos descubrir lo bello que hay en cada día.
La ceguera de la rutina no nos deja dedir un "te quiero" o aceptar un "te quiero" con una sonrisa, regalar un beso, dar un abrazo, hacer un favor, descubrir una caricia al alma, ofrecer el perdón, disfrutar del amanecer o de una flor, de una charla con amigos, o simplemente del compartir el silencio o saber escuchar a quien sólo quiere hablar.
¡Hay tantas cosas en un día que nos pueden asombrar de lo que Dios nos regala! Y, sobre todo, cuando abrimos nuestros ojos a nuestros hermanos ¡hay tantos hermosos gestos con los que les podemos alegrar el día!
La rutina de este siglo XXI nos ha enceguecido, nos lleva de narices por lugares en dónde sólo se ven los números de la productividad y no se ven los gestos del amor, de la amistad, y, ni qué hablar si tengo que gustar de los gestos sobrenaturales que Dios me regala, porque esos son los que necesitan una mirada diferente desde el silencio y la paz del alma.
Creo que, nosotros como Bartime (el ciego del evangelio) tenemos que gritar "¡Jesús, hijo de David, que vea!" para que mi vida comience a tener la Luz del Espíritu y pueda así disfrutar cada día de mi ser Hijo de Dios, de gozar al tener un Padre Todopoderoso creador del Cielo y de la Tierra; de disfrutar porque tengo un Hermano Mayor que entregó su vida por mí y que me alimenta con su Vida en cada Eucaristía; alegrarme porque el Espíritu del Amor me alienta y me ayuda, cada día, a vivir encendido en deseos de santidad y armoniza mi vida con sus suaves Dones; y, sobre todo, sentirme Niño porque tengo una Madre que quiere sostenerme en sus brazos, que quiere cobijarme en su regazo y me lleva de sus Manos hacia la Vida verdadera.
¡Jesús, hijo de David, que vea!

sábado, 27 de octubre de 2018

Las falacias del mundo

San Pablo tiene una hermosa frase en esta carta a los Efesios:
"Para que ya no seamos niños sacudidos por las olas y llevados a la deriva por todo viento de doctrina, en la falacia de los hombres, que con astucia conduce al error; sino que, realizando la verdad en el amor, hagamos crecer todas las cosas hacia él, que es la cabeza: Cristo..."
¿Por qué digo que es hermosa? Porque nos advierte de las falacias (de las mentiras o falsas verdades) que se van a ir sucediendo (y se sucederán) a lo largo del tiempo, y que nos conducirán al error. En estos tiempos que vivimos de tantos intelectuales y de tantas ideas e ideologías, no es raro que alguna de ellas se nos "meta" en nuestra manera de pensar y de obrar. Y no es por mala actitud o ganas de modificar todo, sino que creemos que los intelectuales de este mundo piensan mejor que nosotros y, por eso, le creemos o nos dejamos llevar por sus ideas o ideologías.
Y ¿por qué Pablo nos advierto de esto? Porque, algunas o muchas, de esas ideas o idologías modernas pueden ser que parten de una verdad pero llegan a una conclusión que no es la Verdadd que Jesús nos pide vivir en el Evangelio, o no es la verdad que el magisterio de la Iglesia nos ha ido ayundando a meditar y comprender a lo largo de nuestra vida.
Por eso dice San Pablo: "que con astucia conduce al error". No pensamos que los demás nos quieran llevar al error, sino que ellos mismos creen que van camino de la Verdad, y por eso "venden" su producto como el Camino que conduce a la Verdad, pero, en realidad no nos lleva a Cristo, sino que nos lleva a verdades mundanas que van cambiando como cambia el hombre de acuerdo a los vientos de la modernidad.
¿Cuál es el Camino? "Ralizando la Verdad en el Amor, hagamos crecer todas las cosas hacia él, que es la cabeza: Cristo", cuanto más nos acercamos y conocemos a Jesús desde su Palabra y nos dejamos conducir por su Espíritu, no estaremos tan débiles como para dejarnos llevar por los vientos de la modernidad, sino que nos mantendremos fieles y firmes en el Evangelio.
Pero si a cada cosa que dice Jesús o que encontramos en la Palabra de Dios la ponemos sobre un tapete para cuestionarla y desmenuzarla, y le quitamos todo lo sagrado y divino que Ella tiene, entonces quedamos a mercede de la palabra de los hombres que no es "palabra de vida y de eternidad", sino palabra de hombre.
Así, como dice Jesús en la parábola del Evangelio, tenemos que ir todos los dáis abriendo nuestro corazón al Espíritu para que sea Él quien nos vaya fortaleciendo desde las raíces de nuestra fe, desde lo más profundo de Su Palabra, para que nuestros frutos no sean sólo intelectualidades humanas sino frutos verdaderos del Espíritu del Señor. El sembrador hará un buen surco a nuestro alrededor para que la buena semilla comience a echar buenas raíces en lo profundo del corazón para que mis labios hables sus Palabras y no las del mundo.

viernes, 26 de octubre de 2018

El Espíritu intercede por nosotros


De San AGUSTÍN.

Quien pide al Señor aquella sola cosa que hemos mencionado, es decir, la vida dichosa de la gloria, y esa sola cosa busca, éste pide con seguridad y pide con certeza, y no puede temer que algo le sea obstáculo para conseguir lo que pide, pues pide aquello sin lo cual de nada le aprovecharía cualquier otra cosa que hubiera pedido, orando como conviene. Ésta es la única vida verdadera, la única vida feliz: contemplar eternamente la belleza del Señor, en la inmortalidad e incorruptibilidad del cuerpo y del espíritu. En razón de esta sola cosa, nos son necesarias todas las demás cosas; en razón de ella, pedimos oportunamente las demás cosas. Quien posea esta vida poseerá todo lo que desee, y allí nada podrá desear que no sea conveniente.
Allí está la fuente de la vida, cuya sed debemos avivar en la oración, mientras vivimos aún de esperanza. Pues ahora vivimos sin ver lo que esperamos, seguros a la sombra de las alas de aquel ante cuya presencia están todas nuestras ansias; pero tenemos la certeza de nutrirnos un día de lo sabroso de su casa y de beber del torrente de sus delicias, porque en él está la fuente viva, y su luz nos hará ver la luz; aquel día, en el cual todos nuestros deseos quedarán saciados con sus bienes y ya nada tendremos que pedir gimiendo, pues todo lo poseeremos gozando. Pero, como esta única cosa que pedimos consiste en aquella paz que sobrepasa toda inteligencia, incluso cuando en la oración pedimos esta paz, hemos de pensar que no sabemos pedir lo que nos conviene. Porque no podemos imaginar cómo sea esta paz en sí misma y, por tanto, no sabemos pedir lo que nos conviene. Cuando se nos presenta al pensamiento alguna imagen de ella, la rechazamos, la reprobamos, reconocemos que está lejos de la realidad, aunque continuamos ignorando lo que buscamos.
Pero hay en nosotros, para decirlo de algún modo, una docta ignorancia; docta, sin duda, por el Espíritu de Dios, que viene en ayuda de nuestra debilidad. En efecto, dice el Apóstol: Cuando esperamos lo que no vemos, aguardamos con perseverancia. Y añade a continuación: El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad, porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables. Y el que escudriña los corazones sabe cuál es el deseo del Espíritu, y que su intercesión por los santos es según Dios.
No hemos de entender estas palabras como si dijeran que el Espíritu de Dios, que en la Trinidad divina es Dios inmutable y un solo Dios con el Padre y el Hijo, orase a Dios como alguien distinto de Dios, intercediendo por los santos; si el texto dice que el Espíritu intercede por los santos, es para significar que incita a los fieles a interceder, del mismo modo que también se dice: Se trata de una prueba del Señor, vuestro Dios, para ver si lo amáis, es decir, para que vosotros conozcáis si lo amáis. El Espíritu pues, incita a los santos a que intercedan con gemidos inefables, inspirándoles el deseo de aquella realidad tan sublime que aún no conocemos, pero que esperamos ya con perseverancia. Pero ¿cómo se puede hablar cuando se desea lo que ignoramos? Ciertamente que si lo ignoráramos del todo no lo desearíamos; pero, por otro lado, si ya lo viéramos no lo desearíamos ni lo pediríamos con gemidos inefables

jueves, 25 de octubre de 2018

He venido a traer fuego

"En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«He venido a prender fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo que ya esté ardiendo! Con un bautismo tengo que ser bautizado, ¡y qué angustia sufro hasta que se cumpla!
¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? No, sino división".
¿Qué clase de fuego vino a traer Cristo? Seguramente no es el fuego de un piromaníaco, sino el fuego del Espíritu Santo, el fuego de los Dones del Espíritu que nos quema por dentro y nos enciende en el deseo de santidad y, por eso, de trasnformar el mundo con la sabiduría de Dios y hacia lo que Dios había pensado desde su creación.
Cuando alguien está, realmente, encendido por el fuego del Amor Verdadero no puede no querer encender a otros, quiere contagiar con su mismo deseo, con su mismo amor. Cuando se cree en una Idea, cuando se tiene un Ideal, se juega la vida por ello. Es algo que hemos visto en los santos, en los mártires, en los misioneros, en tantas personas en el mundo. Y ha sido Jesús quien nos ha iniciado en ese camino, por eso mismo no podemos ser tibios a la hora de vivir nuestra fe, a la hora de anunciar el evangelio lo tenemos que hacer con la fuerza del Espíritu, con el fuego de sus Dones.
Es cierto que, muchas veces, podemos llegar a tener piedras en el camino o que nos tiren piedras por lo que anunciamos o por lo que vivimos. Es cierto que el Camino que recorrió Jesús antes que nosotros será el mismo que nos toque recorrer a nosotros si nos dejamos encender por su Espíritu. Es cierto que su deseo de hacer arder el mundo con el Espíritu chocaba con el conocer el sufrimiento que le esperaba, pero eso no lo hazo claudicar en su misión, pues el Amor al Padre era más fuerte que el sufrimiento que le esperaba, el deseo de obedecer al Padre era más fuerte que la Cruz que estaba al final.
Y es esa lucha, como la llama san Pablo: "de la carne y el espíritu", la que primero tendremos que lidiar, y será esa lucha la que no nos dará paz hasta que venzamos y logremos aceptar con todos los riesgos la Voluntad de Dios. Pues sólo tendremos paz interior si aceptamos ser fieles instrumentos en manos del Padre, para que, como el Hijo, podamos ser fieles a Su Voluntad y no a la nuestra.
Que también es cierto que, cuando se vivie radicalmente el evangelio y se anuncia con toda la fuerza del Espíritu, habrá muchos que nos dejen de lado, que nos tiren piedras en el camino. Habrá familias que se dividan por el evangelio, amigos que se distancien por no querer compartir esa vivencia... seguro. Por eso Jesús dice que habrá divisiones, porque no se puede amar a dos señores, ¿o amas a Dios o al mundo? ¿Eres Fiel a Dios o al mundo?
Pero somos cada uno quienes decidimos con quien estamos, qué hacemos, qué predicamos. Y será nuestra decisión la que haga que nuestro mensaje sea auténtico o no, tenga la fuerza del Espíritu o sean sólo palabras vacías que nadie crea porque no tienen la fuerza de la Vida en ellas.

miércoles, 24 de octubre de 2018

Administradores de Dios

"¿Quién es el administrador fiel y prudente a quien el señor pondrá al frente de su servidumbre para que reparta la ración de alimento a sus horas?".
Para poder ser administradores fieles y prudentes, primero tenemos que tomar conciencia que lo que tenemos no es nuestro, sino que nos lo han dado para que lo administremos, para que sepamos darlo así como nos lo han dado a nosotros, pues nada de lo que poseemos, salvo nuestro pecado, es nuestro ni lo hemos conseguido nosotros.
Por otro lado para poder administrar algo tenemos que saber qué tenemos entre manos, qué se nos ha dado, pues si no sabemos lo que tenemos nunca vamos a poder administrarlo bien. Porque, muchas veces nos sucede, que no somos conscientes de todo lo que tenemos porque no nos hemos puesto a mirar y a discernir lo que el Señor nos ha regalado como talentos y como Gracia para nuestra vida.
Y mirad lo último que dice el Señor en la frase: "para que reparta la ración de alimento a sus horas". Lo que se nos ha dado es para alimentar a otros, es decir que si yo no reparto lo que me han dado para administrar habrá otros que se queden sin alimento, mientras que yo estoy rebosando de todo (y sin darme cuenta) otros se quedan sin nada porque yo no reparto lo que tengo.
Este administrador no sólo es un administrador de bienes materiales, sino que, sobre todo, es un administrador de bienes espirituales que son los que nos ayudan en mejor manera a descubrir qué hacer y cómo administrar los bienes materiales. Porque cuando aprendemos a valorar las cosas del espíritu y descubrimos el valor que tiene nuestra vida espiritual, y lo sabio que es aprender a discernir sobre la Voluntad de Dios para nuestras vidas, entonces, los bienes terrenales son sólo algo más en nuestras vidas y no son nuestro verdadero tesoro, pues sabemos que ese tesoro está en el Cielo.
Así vamos aprendiendo y reconociendo aquello que nos dijo el Señor: "donde esté tu tesoro estará tu corazón", si nuestro tesoro son los bienes terrenales y materiales, entonces nuestro corazón será un corazón pobre dedicado al progreso humano y terrenal sin descubrir el veradero valor de lo que Dios nos ha dado, despreciando los bienes del Cielo a los que estoy llamado a vivir. Y, si en algún caso, llegara a perder todos los bienes terranales, como ha sucedido en algunos casos, pareciera que también pierdo la vida en ello.
De este modo el administrador fiel y prudente es el que ha descubierto los verdaderos tesoros en los bienes espirituales y aprende a utilizarlos y los distribuye sin medida entre los que Dios va poniendo a su paso, y así, cada vez que los distribuye más tiene, porque cuanto más damos más recibimos. Y el tesoro del Cielo va creciendo en la medida que entregamos sin medida todo lo que recibimos. Por eso Santa Teresita decía: "en el atardecer de la vida me presentaré ante Tí con las manos vacías" porque todo lo fue dando en su vida para quedarse sólo con El Señor, su más preciado tesoro.

martes, 23 de octubre de 2018

Luz perenne en el templo

De las Instrucciones de san Columbano, abad

    ¡Cuán dichosos son aquellos siervos, a quienes el amo a su llegada encuentra velando! Feliz aquella vigilia en la cual se espera al mismo Dios y Creador del universo, que todo lo llena y todo lo supera.
    ¡Ojalá se dignara el Señor despertarme del sueño de mi desidia, a mí, que, aun siendo vil, soy su siervo! ¡Ojalá me inflamara en el deseo de su amor inconmensurable y me encendiera con el fuego de su divina caridad!; resplandeciente con ella, brillaría más que los astros, y todo mi interior ardería continuamente con este divino fuego.
    ¡Ojalá mis méritos fueran tan abundantes que mi lámpara ardiera sin cesar, durante la noche, en el templo de mi Señor e iluminara a cuantos penetran en la casa de mi Dios! Concédeme, Señor, te lo suplico en nombre de Jesucristo, tu Hijo y mi Dios, un amor que nunca mengüe, para que con él brille siempre mi lámpara y ,no se apague nunca y sus llamas sean para mí fuego ardiente y para los demás luz brillante.
    Señor Jesucristo, dulcísimo Salvador nuestro, dígnate encender tú mismo nuestras lámparas para que brillen sin cesar en tu templo y de ti, que eres la luz perenne, reciban ellas la luz indeficiente con la cual se ilumine nuestra oscuridad y se alejen de nosotros las tinieblas del mundo. Te ruego, Jesús mío, que enciendas tan intensamente mi lámpara con tu resplandor que, a la luz de una claridad tan intensa, pueda contemplar el santo de los santos que está en el interior de aquel gran templo, en el cual tú, Pontífice eterno de los bienes eternos, has penetrado; que allí, Señor, te contemple continuamente y pueda así desearte, amarte y quererte solamente a ti, para que mi lámpara, en tu presencia, esté siempre luciente y ardiente.
    Te pido, Salvador amantísimo, que te manifiestes a nosotros, que llamamos a tu puerta, para que, conociéndote, te amemos sólo a ti y únicamente a ti; que seas tú nuestro único deseo, que día y noche meditemos sólo en ti y en ti únicamente pensemos. Alumbra en nosotros un amor inmenso hacia ti, cual corresponde a la caridad con la. que Dios debe ser amado y querido; que esta nuestra dilección hacia ti invada todo nuestro interior y nos penetre totalmente, y hasta tal punto inunde todos nuestros sentimientos que nada podamos ya amar fuera de ti, el único eterno. Así, por muchas que sean las aguas de la tierra y del firmamento nunca llegarán a extinguir en nosotros la caridad, según aquello que dice la Escritura: Las aguas torrenciales no podrían apagar el amor.
Que esto llegue a realizarse, al menos parcialmente, por don tuyo, Señor Jesucristo, a quien pertenece la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

lunes, 22 de octubre de 2018

Lo que me ha sido dado...

"En efecto, por gracia estáis salvados, mediante la fe. Y esto no viene de vosotros: es don de Dios. Tampoco viene de las obras, para que nadie pueda presumir. Somos, pues, obra suya. Dios nos ha creado en Cristo Jesús, para que nos dediquemos a las buenas obras, que de antemano dispuso él que practicásemos".
Hay dos cosas que rescato de estas palabras de San Pablo a los Efesios: primero que nos habla claramente de que nuestra salvación no viene de nosotros, pues no hemos hecho nada para salvarnos, sino que el Infinito Amor de Dios lo hizo todo para darnos la Vida Nueva, Él que nos ha creado en Cristo nos ha salvado con Cristo, y es nuestra disposición a Su Voluntad la que lo realizada todo en Él, para que no creamos que somos nosotros quienes logramos lo que Él ha conquistado para siempre.
Y de esta reflexión nos hace pensar, san Pablo, que tengamos en cuenta que sin Él nada somos, o mejor dicho que todo lo que hacemos es por que el Padre nos ha dado la Gracia para poder realizarlo, sobre todo lo que alcancemos con la Gracia de su Espíritu, todo aquello que es en orden a nuestra vida de fe, pues "nada viene por las obras para que no podamos presumir de ello". Aunque, si nos ponemos a mirar mejor, sabemos que, en algunos momentos, presumimos de lo que hemos realizado sin tener en cuenta Quién nos ha dado los dones para poder realizar lo que hacemos.
Es que siempre, por algún lado, se nos filtra el pecado de la vanidad y nos olvidamos que si el Señor no nos hubiera dado los talentos que tenemos nada podríamos hacer. Por eso, en la parábola del evangelio nos recuerda que, por un lado no tenemos que presumir de lo que "hemos conseguido", sino dar Gracias por lo que se nos ha concedido alcanzar. Y, por otro lado, saber que todo lo que el Señor nos permite alcanzar no es para nuestro propio bien y menos para acumular títulos, cargos o bienes para mi propia vanidad, sino que todo me ha sido dado para que pueda ponerlo al servicio de los hermanos, como el Señor "que no vino a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por todos".
Así es que tengamos cuidado de no ser avariciosos y vanidosos, de creer que porque tenemos muchos bienes o títulos vamos a alcanzar la herencia prometida, sino si hemos puesto todos los dones y talentos al servicio de los hermanos como lo hizo el Señor con su vida. Y sobre todo, cada día, ser agradecidos con el Señor por todo el Bien que nos ha hecho y que nos ayude a entregar todo, pues la acción de gracias se demuestra en las obras que realizo con los bienes que me ha regalado.

domingo, 21 de octubre de 2018

La luz del alma

Dentro de las palabras del Profeta, me quedó esta frase:
"Por los trabajos de su alma verá la luz..."
Claro que esta pequeña frase está inserta en el contexto del sufrimiento del Siervo de Dios, cuando se está profetizando acerca del padecimiento del Mesías por nosotros, o sea que los trabajos del alma son el aceptar la Cruz de cada día que es la que nos da la Luz necesaria para poder mirar desde Dios toda nuestra vida.
Somos muchos los que, en un primer momento, rechazamos la Cruz que el Señor nos pide en algún momento. Y es lógico porque Él no nos creó para el dolor y el sufrimiento, pero fruto del pecado original forman parte de nuestras vidas.
Por eso el Mesías, nuestro Señor, no dudó en aceptar el Camino que el Padre le indicó recorrer para salvarnos y redimirnos, y, aunque no nos quitó el dolor de cada día, sí nos dio un camino para que esa Cruz no quede sin recompensa. Así nuestra cruz unida a Su Cruz se transforma en instrumento de salvación y santificación.
Instrumento de salvación porque la "unimos a los padecimientos de Cristo", como dice san Pablo, y continuamos su Obra de redención. E Instrumento de santificación porque la Cruz asumida desde el Amor nos santifica y nos fortalece, nos ilumina y nos alienta en el Camino hacia el Padre.
Es cierto que no tenemos que salir a buscar cruces, sino que es sólo aceptar la que cada uno tiene que llevar. Tampoco la compares con la de tu vecino, porque cada uno tiene la que el Padre quiere que puede llevar y la que necesite para hacer su Obra, puede ser física o espiritual, eso no importa. Lo que importa es cómo cargo mi cruz de cada día, porque sólo aceptándola por Amor a la Obediciencia al Padre es cómo llenará mi alma de luz pues Él me dará todos los medios necesarios para poder llevarla, para poder cargarla.
Sino miremos a Jesús quien antes de cargarla, en el Huerto de los Olivos le pidió al Padre: "Padre, si es posible que pase de mí este Caliz... pero que no se haga mi voluntad sino la tuya". Y el Padre envió a los ángeles para asistirlo.
Por eso, como dice el escritor de Hebreos, "no tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse nuestras debilidades, sino que ha sido probado en todo, como nosotros, menos en el pecado", no dejemos de mirarlo a Él, no dejemos de hablar con Él, no dejemos de buscarlo a Él, porque sólo Él comprenderá nuestro dolor, nuestra angustia, nuestro sufrimiento, y nos ayudará a no desfallecer en cada paso, a ser fuerte ante la desesperación, nos dará la Luz para que la oscuridad del dolor no opaque el brillo del Espíritu que hay en mí.

sábado, 20 de octubre de 2018

María, Madre

De los Sermones del beato Guerrico, abad

Un solo hijo dio a luz María, el cual, así como es Hijo único del Padre celestial, así también es el hijo único de su madre terrena. Y esta única virgen y madre, que tiene la gloria de haber dado a luz al Hijo único del Padre, abarca, en su único hijo, a todos los que son miembros del mismo; y no se avergüenza de llamarse madre de todos aquellos en los que ve formado o sabe que se va formando Cristo, su hijo.

La antigua Eva, más que madre madrastra, ya que dio a gustar a sus hijos la muerte antes que la luz del día, aunque fue llamada madre de todos los vivientes, no justificó este apelativo; María, en cambio, realizó plenamente su significado, ya que ella, como la Iglesia de la que es figura, es madre de todos los que renacen a la vida. Es, en efecto, madre de aquella Vida por la que todos viven, pues al dar a luz esta Vida, regeneró en cierto modo a todos los que habían de vivir por ella.

Esta santa madre de Cristo, como sabe que, en virtud de este misterio, es madre de los cristianos, se comporta con ellos con solicitud y afecto maternal, y en modo alguno trata con dureza a sus hijos, como si no fuesen suyos, ya que sus entrañas, una sola vez fecundadas, aunque nunca agotadas, no cesan de dar a luz el fruto de piedad.

Si el Apóstol de Cristo no deja de dar a luz a sus hijos, con su solicitud y deseo piadoso, hasta ver a Cristo formado en ellos, ¿cuánto más la madre de Cristo? Y Pablo los engendró con la predicación de la palabra de verdad con que fueron regenerados; pero María de un modo mucho más santo y divino, al engendrar al que es la Palabra en persona. Es ciertamente digno de alabanza el ministerio de la predicación de Pablo; pero es más admirable y digno de veneración el misterio de la generación de María.

Por eso vemos cómo sus hijos la reconocen por madre, y así, llevados por un natural impulso de piedad y de fe, cuando se hallan en alguna necesidad o peligro, lo primero que hacen es invocar su nombre y buscar refugio en ella, como el niño que se acoge al regazo de su madre. Por esto creo que no es un desatino el aplicar a estos hijos lo que el profeta había prometido: Tus hijos habitarán en ti; salvando, claro está, el sentido originario que la Iglesia da a esta profecía.

Y si ahora habitamos al amparo de la madre del Altísimo, vivamos a su sombra, como quien está bajo sus alas, y así después reposaremos en su regazo, hechos partícipes de su gloria. Entonces resonará unánime la voz de los que se alegran y se congratulan con su madre: Y cantarán mientras danzan: Todas mis fuentes están en ti, santa Madre de Dios.

viernes, 19 de octubre de 2018

Levadura inservible

"...Jesús empezó a hablar, dirigiéndose primero a sus discípulos:
«Cuidado con la levadura de los fariseos, que es la hipocresía, pues nada hay cubierto que no llegue a descubrirse, ni nada escondido que no llegue a saberse.
Por eso, lo que digáis en la oscuridad será oído a plena luz, y lo que digáis al oído en recámaras se pregonará desde la azotea".
Me llamó la atención en este párrafo del Evangelio de Lucas que comenzara con "dirigiéndose primero a sus discípulos", con una advertencia que, uno podría decir, era para todos pero que Lucas quiere que pongan la atención, primero, los discípulos, los que están más cerca de Jesús, los que escuchan más a mendo su palabra, los que se llaman a sí mismos "seguidores de Cristo".
Y ¿qué les dice a los seguidores de Cristo? "Cuidado con la levadura de los fariseos, que es la hipocresía". Una hermosa advertencia. Hermosa no porque sea algo lindo la hipocresía, sino porque es una advertencia que tenemos que tener muy en cuenta, porque, muchas veces, creemos que "a nosotros eso no nos puede pasar porque somos muy cristianos", y ahí está justo lo que nos está pasando: somos hipócritas.
Cuando nos creemos más que los demás y por eso podemos permitirnos el juzgar sus conductas, el marcar sus errores, el darnos tiempo para no hacer lo que Dios nos pide pero sí tener tiempo para poder criticar y juzgar a los demás. Cuando nos creemos con el derecho de señalar lo que los demás tienen que hacer pero que nosotros no hacemos en ningún momento. Cuando por creernos mejores creemos que lo que nos dicen no es para nosotros sino que es para otros. Cuando creemos que quien me está hablando no tiene capacidad suficiente para decirme tal o cual cosa. Cuando en mi pensar u obrar dejo de lado a alguien y lo evito en mi saludo o con mi vida.
¡Hay tantos hechos que son hipócritas en nuestras vidas! Que no estamos exentos de que, realmente, sea a nosotros a quienes nos dirija esa advertencia el Señor. Pero ¿por qué a nosotros? Porque somos los que estamos cerca de Él, los que más escuchamos su Palabra, los que rezamos, los que comulgamos, los que creemos.
¿A quién no cree en el Señor, a quien no escucha Su Palabra, a esas personas puede el Señor llamarles la atención? No. A quienes creemos y a quienes Él nos ha llamado para transformar el mundo nos pide que no hagamos lo mismo que hicieron otros, que no nos dejemos corromper por la vanidad, el egoísmo, el rencor, la envidia, y tantas otras cosas más que son fruto del pecado original.
Porque cuando nos creemos que somos mejores que los demás, es justo en ese momento cuando nos transformamos en "inservibles" para el Reino de los Cielos.

jueves, 18 de octubre de 2018

El Señor viene detrás de sus predicadores

De las Homilías de san Gregario Magno, papa, sobre los Evangelios

(Homilía 17, 1-3: PL 76, 1139)

EL SEÑOR VIENE DETRÁS DE SUS PREDICADORES


    Nuestro Señor y Salvador, hermanos muy amados, nos enseña unas veces con sus palabras, otras con sus obras. Sus hechos, en efecto, son normas de conducta, ya que con ellos nos da a entender tácitamente lo que debemos hacer. Manda a sus discípulos a predicar de dos en dos, ya que es doble el precepto de la caridad, a saber, el amor de Dios y el del prójimo.
    El Señor envía a los discípulos a predicar de dos en dos, y con ello nos indica sin palabras que el que no tiene caridad para con los demás no puede aceptar, en modo alguno, el ministerio de la predicación.
    Con razón se dice que los envió delante de si por todas las aldeas y lugares que iba a visitar. En efecto, el Señor viene detrás de sus predicadores, ya que, habiendo precedido la predicación, viene entonces el Señor a la morada de nuestro interior, cuando ésta ha sido preparada por las palabras de exhortación, que han abierto nuestro espíritu a la verdad. En este sentido dice Isaías a los predicadores: Preparad el camino del Señor; enderezad las sendas para nuestro Dios. Por esto les dice también el salmista: Alfombrad el camino del que sube sobre el ocaso. Sobre el ocaso, en efecto, sube el Señor, ya que en el declive de su pasión fue precisamente cuando, por su resurrección, puso más plenamente de manifiesto su gloria. Sube sobre el ocaso, porque, con su resurrección, pisoteó la muerte que había sufrido. Por esto nosotros alfombramos el camino del que sube sobre el ocaso cuando os anunciamos su gloria, para que él, viniendo a continuación, os ilumine con su presencia amorosa.
    Escuchemos lo que dice el Señor a los predicadores que envía a sus campos: La mies es mucha, pero los operarios son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que envíe trabajadores a su mies. Por tanto, para una mies abundante son pocos los trabajadores; al escuchar esto, no podemos dejar de sentir una gran tristeza, porque hay que reconocer que, si bien hay personas que desean escuchar cosas buenas, faltan, en cambio, quienes se dediquen a anunciarlas. Mirad cómo el mundo está lleno de sacerdotes, y, sin embargo, es muy difícil encontrar un trabajador para la mies del Señor; porque hemos recibido el ministerio sacerdotal, pero no cumplimos con los deberes de este ministerio.
    Pensad, pues, amados hermanos, pensad bien en lo que dice el Evangelio: Rogad al Señor de la mies que envíe trabajadores a su mies. Rogad también por nosotros, para que nuestro trabajo en bien vuestro sea fructuoso y para que nuestra voz no deje nunca de exhortaras, no sea que, después de haber recibido el ministerio de la predicación, seamos acusados ante el justo Juez por nuestro silencio.

miércoles, 17 de octubre de 2018

Vivir y no cumplir

"Por los frutos los conoceréis", es una frase que muchas veces hemos escuchado y repetido. Y, en este caso, sirve para poder discernir cómo estamos viviendo, pues no sólo los frutos sirven para juzgar la vida de los demás, sino, sobre todo, para poder juzgar nuestra propia vida. Por eso San Pablo hace un breve pero contundente listado de los frutos de la carne y del espíritu, o frutos del "cumplir" y del "vivir".
¿Por qué del "cumplir" y del "vivir"? Porque cuando sólo "cumplo" con la ley, que es lo que le pasaba a la mayoría de los fariseos y doctores de la ley, con los cuales Jesús tiene palabras muy duras en el evangelio de hoy, no hay frutos buenos, porque sólo "cumplo", es decir, hago lo que hay que hacer en ese momento y después hago lo que se me da la gana, o hago lo que todos hacen o simplemente ni siquiera pienso lo que hay que hacer o no.
En cambio cuando "vivo" en el Espíritu entonces siempre estoy intentando vivir, no sólo cumplir. Cuando respiro, en cada momento, no lo hago para cumplir con una función de mi vida sino que es algo que tengo inconscientemente en mí. Pero saludar o no hacerlo es algo que tengo que hacer consciente. Pues bien, si la vida en el Espíritu fuera algo realmente vivido en mí no tendría por qué preocuparme por "cumplir" porque lo que la Ley manda siempre lo hago, pues está dentro del Espíritu. Y, estaría en mi forma de pensar y ser el hecho de discernir, constantemente, si lo que hago o digo es la Voluntad de Dios.
Por eso, cuando haga mi examen de consciencia, muchas veces, no saldrán grandes pecados y defectos porque siempre voy intentando vivir desde el Espíritu. Pero cuando sólo me dedico a cumplir con momentos "buenos", o hacer sacrificios externos a mí, entonces, muchas veces habrá situaciones pecaminosas o pecados graves que tendré que ir resolviendo con el tiempo.
¿Cuál es la fórmula mágica para poder vivir siempre en el Espíritu? No la hay, pero la hay, y la que nos da San Pablo es la que no queremos muchas veces pensar para nuestra vida:
"Y los que son de Cristo Jesús han crucificado la carne con las pasiones y los deseos. Si vivimos por el Espíritu, marchemos tras el Espíritu".
Crucificar, cada día, nuestras pasiones humanas en la Cruz de Cristo, para que al despertar cada mañana podamos morir con Él en la Cruz, para vivir con Él en el Espíritu. Dejar que nuestro YO humano pueda deshacerse en su muerte y hacer que su Espíritu renazca en nosotros cada mañana, así poder crecer con Él, por Él y para Él y dar frutos del Espíritu en abundancia cada día.

martes, 16 de octubre de 2018

Vivir la fe en el amor

"Mirad: yo, Pablo, os digo que, si os circuncidáis, Cristo no os servirá de nada.
Y vuelvo a declarar que todo aquel que se circuncida está obligado a observar toda la ley.
Los que pretendéis ser justificados en el ámbito de la ley, habéis roto con Cristo, habéis salido del ámbito de la gracia".
Pareciera que San Pablo está en contra de la Ley de Moisés, esa Ley por la que él tanto trabajo y que tanto celo tuvo antes de ser cristiano. Pero no es cierto que esté en contra de la Ley, pues el mismo Jesús dijo que: "no vengo a abolir la ley y los profetas, sino a darle cumplimiento". Entonces ¿qué es lo que quiere decir?
Vuelve sobre los mismos pasos de Jesús pero con otras palabras. Jesús se enfadaba mucho cuando veía a los judíios quedarse sólo con el cumplimiento de la letra de la Ley, o mejor dicho, con los preceptos que ellos mismos habían escrito sobre lo que decía la Ley. Se decían los grandes cumplidores de las prescripciones pero con sus leyes humanas dejaban de lado "la misericordia y la justicia".
"Pues nosotros mantenemos la esperanza de la justicia por el Espíritu y desde la fe; porque en Cristo nada valen la circuncisión o la incircuncisión, sino la fe que actúa por el amor".
La plenitud de la Ley que vivió Jesús no la vivió en el cumplimiento de prescripciones humanas, sino en la más absoluta obediencia a la Voluntad del Padre por el Amor, y así, como el mismo dijo: "en el amor a Dios y al prójimo radica la plenitud de la Ley", y la sintetizó en el "amaos unos a otros como Yo os amé". Por eso mismo san Pablo no habla de cumplir la Ley de Moisés sino de vivir la "fe que actúa por el amor", que es más difícil que solamente estar aferrados a si cumplí los 10 mandamientos o no.
A lo que San Agustín (como ya lo sabemos de memoria) va a decir: "ama y haz lo que quieras, pero primero ama". Porque lo más difícil en nuestra vida de fe es vivir el Amor a la medida de Jesús, como Él lo vivió. Porque nosotros vivimos un amor, a veces, demasiado humano, donde aún se deja ver aquello del "ojo por ojo y diente por diente", o del "si me la hace me la paga", o la que yo llamo la más cristianas de las hipocresías "a aquél le hice la Cruz, ya no existe en mi vida", es decir lo maté con la indiferencia.
El Camino de la santidad a la que Jesús nos ha invitado no es un camino de cumplir con varios requisitos o leyes, sino que es una viva a vivir en la plenitud del amor, o como escribía san Pablo: "mantenemos la esperanza de la justicia por el Espíritu y desde la fe que actúa por el amor".

lunes, 15 de octubre de 2018

Dejándonos guiar por el Gran Capitán

En la carta a los Romanos san Pablo dice que:
"también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos interiormente anhelando que se realice la redención de nuestro cuerpo. Porque solamente en esperanza estamos salvados..."
Todo nuestro ser, aunque no lo sepamos, clama hacia lo alto para alcanzar la perfección, la plenitud, la bienaventuranza eterna. Todos estamos llamados a una plenitud que está mucho más afuera de nosotros y que sólo cuando dejamos que desde lo alto nos ilumine el Espíritu podemos descubrir el Camino para llegar a esa meta. Cuando renunciamos a esa meta igual seguimos esperando, aunque nos conformamos con metas pequeñas, con metas cortas, con vidas mediocres y deseos que se satisfacen con las bellotas del campo. Pero hay quienes habiendo dejado entrar al Espíritu en sus corazones comenzaron a dejarse llevarse hacia lo alto.
Cuando Santa Teresita de Lisieux contemplaba la vida de Teresa de Ávila, la comparaba a las grandes águilas que habían alcanzado la cima de las grandes montañas. Y así son las grandes almas cuando se dejan atrapar por el Amante Eterno, son elevadas hacia las más altas cumbres de la santidad, aunque en el camino se vayan sintiendo cada vez más pecadores.
En la vida de Teresa de Ávila vemos cómo cuanto más se acercaba a la Luz de Dios más defectos veía en su alma, y por ellos sufría y ofrecía los sacrificios al Señor, pues no podía dejar su alma empobrecida por la debilidad humana cuando su Esposo era el mismo Señor.
"Igualmente, sigue diciendo san Pablo, el mismo Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad porque no sabemos orar como es debido; pero el Espíritu intercede por nosotros con gemidos inefables. Y el que sondea los corazones conoce el deseo del Espíritu y sabe que su intercesión en favor de los santos está de acuerdo con la voluntad divina".
Y esto ocurre cuando dejamos que sea el Espíritu Santo quien manifieste en nuestro corazón lo que el Padre soñó para nuestra vida desde toda la eternidad: un sueño que va cobrando fuerza y vida a medida que dejamos que el Espíritu obre según le parezca.
Aunque, cuando sabemos de qué manera obra en nosotros el Espíritu es cuando nos cuesta tomar la decisión de dejarlo obrar en nosotros, porque tememos por los caminos que nos lleve o por lo que nos haga pasar, así como tamibén, tememos las renuncias que nos pide hacer o las muertes que nos pida vivir.
Y de eso sabía mucho Santa Teresa, pero aún así, cada día más se dejaba llenar por el Espíritu Santo hasta convertirse en un auténtico instrumento para llevar a cabo una fundación tan grande como lo fue el Carmelo, pero con ello abrir un camino de espiritualidad dentro, no sólo de la Iglesia sino de la Historia de la humanidad.
Así nos quiere el Señor conscientes de nuestra pequeñez pero sabiéndonos amados y conducidos por un Gran Capitán que no sólo te pide soltar amarras y dejar tu propia comodidad sino que será Él mismo quien impulso con su Espíritu la barca de tu vida hacia costas nunca soñadas pero siempre deseadas.

domingo, 14 de octubre de 2018

Vende todo y sígueme

«Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?».
Jesús le contestó:
«¿Por qué me llamas bueno? No hay nadie bueno más que Dios".
A veces creemos que por decirle a alguien que es "bueno" (se dice aquí en España "hacer la pelota", en argentina sería un adulador o "chupamedias") podemos llegar a obtener de ese alguien las respuestas que queremos o que haga lo que queremos. Quizás esa no haya sido la intención del este muchacho del evangelio, pero... me parece una apreciación acertad, no por la pregunta sino por la próxima respuesta.
"Ya sabes lo que tienes que hacer... Maestro todo eso lo he cumplido desde mi juventud"... respondió con el corazón henchido, quizás, de vanidad por ser un buen cumplidor de los mandamientos.
Y fijáos lo que dice el evangelio, sobre Jesús:
"Jesús se quedó mirándolo, lo amó y le dijo..."
Para exigirle algo más ya que él quería algo más para su vida, primero lo amó. Y con todo su amor le dijo:
«Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dáselo a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego ven sígueme»
Sí, el amor es exigente. Y nuestra vida cristiana está fundada y fundamentada en el Amor Total de un Dios que se entregó por nosotros, aún cuando éramos pecadores. ¿No puede acaso ese Amor exigirnos, cada día, una mayor entrega de nuestra vida? ¿Que tenemos que vender, todavía, de nuestros bienes para dejarnos llenar por el Señor?
"A estas palabras, él frunció el ceño y se marchó triste, porque era muy rico".
No son pocos los que han comenzado una vida cristiana teniendo a Jesús por "Bueno", pero cuando el Jesús Bueno se puso "exigente en el Amor", dieron media vuelta y se fueron a buscar otros Jesuses que resultaran más "favorables" a sus propios intereses.
Es ahí cuando descubrimos que el decirle a Jesús "Mastro Bueno" no es por su bondad, sino porque queremos sacar partido de nuestra relación con Él. Pero Él sabe lo que piensa nuestro corazón y sabe que, seguramente, cuando nos exija algo más dejaremos de pensar en Él como el Bueno.
Y esto es lo que nos pasa, también, entre nosotros. Muchas veces nos hemos encontrado con gente que nos dice lo buenos y lo bárbaros que somos, lo geniales y bla, bla, bla... pero cuando nuestros consejos o nuestras palabras no les gustan ya dejamos de ser "tan buenos" y "tan geniales" y por eso van en busca de otros que digan lo que quieren escuchar.
Es en ese momento cuando Jesús nos dice: "vende todos tus bienes y sígueme". Deja de lado tus criterios humanos y descubre que en esa exigencia está la fuerza del Amor para que alcances la plenitud de la santidad que el Espíritu Santo quiere construir en tí. Deja de lado los criterios del mundo que te llevan por caminos que no son santos ni cristianos, vende esa forma de actuar y actúa como verdadero hijo de Dios que quiere seguir en fidelidad el Evangelio. Vende tu propio Yo al auténtico creador de tu vida y verás cómo, con su Gracia, puedes alcanzar a vivir lo que el Señor, con su Amor, te invita a vivir, pues Él mismo nos lo dijo:
«Entonces, ¿quién puede salvarse?».
Jesús se les quedó mirando. y les dijo:
«Es imposible para los hombres, no para Dios. Dios lo puede todo».

sábado, 13 de octubre de 2018

san Gregorio Magno

San Gregorio Magno
Homilías sobre los evangelios 17,3.14
Escuchemos lo que dice el Señor a los predicadores que envía a sus campos: La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies. Por tanto, para una mies abundante son pocos los trabajadores; al escuchar esto, no podemos dejar de sentir una gran tristeza, porque hay que reconocer que, si bien hay personas que desean escuchar cosas buenas, faltan, en cambio, quienes se dediquen a anunciarlas. Mirad cómo el mundo está lleno de sacerdotes, y, sin embargo, es muy difícil encontrar un trabajador para la mies del Señor; porque hemos recibido el ministerio sacerdotal, pero no cumplimos con los deberes de este ministerio.
Pensad, pues, amados hermanos, pensad bien en lo que dice el Evangelio: Rogad al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies. Rogad también por nosotros, para que nuestro trabajo en bien vuestro sea fructuoso y para que nuestra voz no deje nunca de exhortaros, no sea que, después de haber recibido el ministerio de la predicación, seamos acusados ante el justo Juez por nuestro silencio. Porque unas veces los predicadores no dejan oír su voz a causa de su propia maldad, otras, en cambio, son los súbditos quienes impiden que la palabra de los que presiden nuestras asambleas llegue al pueblo.
Efectivamente, muchas veces es la propia maldad la que impide a los predicadores levantar su voz, como lo afirma el salmista: Dios dice al pecador: «¿Por qué recitas mispreceptos?» Otras veces, en cambio, son los súbditos quienes impiden que se oiga la voz de los predicadores, como dice el Señor a Ezequiel: Te pegaré la lengua al paladar, te quedarás mudo y no podrás ser su acusador, pues son casa rebelde. Como si claramente dijera: «No quiero que prediques, porque este pueblo, con sus obras, me irrita hasta tal punto que se ha hecho indigno de oír la exhortación para convertirse a la verdad.» Es difícil averiguar por culpa de quién deja de llegar al pueblo la palabra del predicador, pero, en cambio, fácilmente se ve cómo el silencio del predicador perjudica siempre al pueblo y, algunas veces, incluso al mismo predicador.
Y hay aún, amados hermanos, otra cosa, en la vida de los pastores, que me aflige sobremanera; pero, a fin de que lo que voy a decir no parezca injurioso para algunos, empiezo por acusarme yo mismo de que, aun sin desearlo, he caído en este defecto, arrastrado sin duda por el ambiente de este calamitoso tiempo en que vivimos.
Me refiero a que nos vemos como arrastrados a vivir de una manera mundana, buscando el honor del ministerio episcopal y abandonando, en cambio, las obligaciones de este ministerio. Descuidamos, en efecto, fácilmente el ministerio de la predicación y, para vergüenza nuestra, nos continuamos llamando obispos; nos place el prestigio que da este nombre, pero, en cambio, no poseemos la virtud que este nombre exige. Así, contemplamos plácidamente cómo los que están bajo nuestro cuidado abandonan a Dios, y nosotros no decimos nada; se hunden en el pecado, y nosotros nada hacemos para darles la mano y sacarlos del abismo.
Pero, ¿cómo podríamos corregir a nuestros hermanos, nosotros, que descuidamos incluso nuestra propia vida? Entregados a las cosas de este mundo, nos vamos volviendo tanto más insensibles a las realidades del espíritu, cuanto mayor empeño ponemos en interesarnos por las cosas visibles.
Por eso, dice muy bien la Iglesia, refiriéndose a sus miembros enfermos: Me pusieron a guardar sus viñas; y mi viña, la mía, no la supe guardar. Elegidos como guardas de las viñas, no custodiamos ni tan sólo nuestra propia viña, sino que, entregándonos a cosas ajenas a nuestro oficio, descuidamos los deberes de nuestro ministerio

viernes, 12 de octubre de 2018

María, nuestro Pilar

"Jesús le respondió: «Felices más bien los que escuchan la Palabra de Dios y la practican.»
Y esa fue la gran felicidad de María: saber escuchar la Palabra de Dios y practicarla, no dejarla solamente guardada para algunos momentos, sino "conservarla y meditarla en su corazón" para que esa Palabra se haga vida en Ella, y así, el Verbo pudo hacerne carne en su seno, porque primero había sido la Palabra quien había llenado la vida de María.
Y con esa misma fidelidad que tuvo al Padre, también la tuvo con la Palabra del Hijo, aquella palabra que en el momento culminante de su vida le dirigió: "Mujer, ahí tienes a tu hijo", y desde ese momento María no se separó de ninguno de sus hijos, y en los momentos de mayor adversidad, soledad o dolor, Ella siempre estuvo presente así como estuvo presente en los peores momentos de la Vida de su Hijo, y supo acompañarlo hasta la muerte en Cruz, así lo está con cada uno de nosotros.
Por eso, en Aquél Pilar de Zaragoza Ella vino a acompañar a Santiago, a fortalecer su esperanza y encender, otra vez, su pasión por la predicación, para que ante la frialdad del pueblo no decayera su decisión de seguir anunciando la Buena Noticia.
Y hoy María en el Pilar de Zaragoza nos viene a alentar, como en aquél momento, para que nuestra fe no pierda el fuego del Espíritu Santo, para que nuestra Esperanza de ser constructores de un Hombre Nuevo que sea protagonista de un Mundo Nuevo no decaiga, y, sobre todo, para que nuestro Amor por Dios y por los hombres sea cada día más intenso, para poder, así, entregar como Santiago nuestra vida por anunciar con Amor la Palabra de Dios.
María siempre estará junto a nosotros, quizás no la veamos sobre el Pilar, quizás no la encontremos en ningún lugar, pero como una verdadera Madra Ella siempre estará cerca para sostenernos, como una verdadera Madre Ella siempre mirará nuestro caminar y se alegrará con nuestras alegría y llorará con nuestras tristezas, gozará con nuestra virtud y se dolerá de nuestro pecado, pero nunca rechazará a ninguno de sus hijos, porque en cada uno de nosotros, Ella ve a su Único Hijo.

jueves, 11 de octubre de 2018

Pedir y se os dará... ¿qué pedimos?

En alguna de sus cartas san Pablo nos dice que no recibimos porque no sabemos pedir, pues si lo dejásemos al Espiritu Santo que mora en nosotros que Él pida al Padre por nosotros sí que recibiríamos más de lo que pedimos. Pero no es así, no siempre dejamos que el Espíritu Santo nos inspire lo que tenemos que pedir, y, muchas veces, ni siquiera pedimos el Espíritu para poder estar en relación con el Padre.
Algo así le debe haber pasado a la comunidad de los Gálatas con quienes san Pablo tiene palabras muy duras:
"¡Oh insensatos Gálatas!
¿Quién os ha fascinado a vosotros, a cuyos ojos se presento a Cristo crucificado?
Solo quiero que me contestéis a esto: ¿Recibisteis el Espíritu por las obras de la ley,o por haber escuchado con fe?
¿Tan insensatos sois? ¿Empezasteis por el espíritu para terminar con la carne?
¿Habéis vivido en vano tantas experiencias? Y si fuera en vano..."
Tantas experiencias de fe hemos tenido junto al Señor, tantos gestos y milagros ha obrado en y con nosotros, que no siempre los tenemos en cuenta porque no estamos pendientes de ellos, sino de lo que nosotros creemos que nos hace falta y no lo tenemos. Vivimos más pendiente de lo que pasa a nuestro alrededor, de lo que nos falta en la vida, y por eso nos olvidamos de los bienes espirituales y del Espiritu que habita en nosotros para que nos ayude a encontar el camino de la paz, el camino del perdón, el camino de la santidad.
Claro que pedimos. Siempre pedimos. Porque siempre tenemos en cuenta lo que nos dijo Jesús: "Pedid y recibiréis, llamad y se os abrirá", pero siempre nos olvidamos de la última parte de esta parábola:
"¿cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo piden?"
No pedimos el Espñiritu Santo para que nos ayude a ver, a discernir, a tener fuerzas para llevar la Cruz, para decirle que sí al Padre, para poder perdonar, para saber amar, para atemperar nuestras pasiones, para sanar nuestras heridas... ¡Tantas cosas tiene el Espíritu Santo para nosotros y no se las pedimos! Pedimos lo que vemos con los ojos del cuerpo, pero no lo que nos falta en el alma, y eso es esencial, esa es la parte más importante de nuestra vida: que nuestra alma esté unida al Espíritu Santo para poder no sólo alcanzar para nosotros la santidad, sino para llevar los gozos del Espíritu por donde vayamos.

miércoles, 10 de octubre de 2018

Cristianos paganos o cristianos verdaderos?

Él les dijo:
«Cuando oréis decid: "Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, danos cada día nuestro pan cotidiano, perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe, y no nos dejes caer en la tentación"».
No se puede obviar en estas lecturas la hermosa oración del Padre Nuestro, y no porque sea hermosa sino porque nos abre a lo que realmente queremos vivir: un reino de personas que se aman porque son hermanos y viven la Voluntad de Dios.
Y es este el motivo por el cual San Pablo se enfrentó a San Pedro, según narra la carta a los Gálatas:
"Pero cuando vi que no se comportaban correctamente, según la verdad del Evangelio, le dije a Pedro delante de todos:
«Si tú, siendo judío, vives como los gentiles y no como los judíos, ¿cómo fuerzas a los gentiles a judaizar?».
La simulación de nuestra forma de vivir es una forma de mentir y de mentirnos, porque hacemos unas cosas cuando estamos delante de tal o cual personas y actuamos de otra manera cuando estamos delante de otros. En un momento somos cristianos porque estamos junto a cristianos pero somos paganos cuando nos vamos de fiesta o estamos con otros que no son cristianos.
Y Pablo no ha tenido pudor en escribirlo a los Gálatas para que ellos también supieran lo exigente de la Palabra, lo exigente de nuestra vida, y que, aunque tuviéramos la jerarquía que tengamos, no nos da derecho a mentir con nuestra vida. Y aquí volvemos a recordar lo que Dios nos dice en el Apocalipsis: "que tu sí sea sí y que tu no sea no, se frio o caliente, pues a los tibios los vomitaré de mi boca".
Porque, aunque no le pensemos o no lo querramos admitir, todos desde el Papa hasta el último de los bautizados, hemos sido llamados a ser Luz del mundo, pero si en un momento iluminamos con la verdad y en el otro nos ocultamos en las tinieblas ¿qué clase de Luz somos? ¿Somos cristianos creíbles? ¿Nuestro testimonio es fiable para aquellos que buscan el camino de la salvación?

martes, 9 de octubre de 2018

Os quiero prevenir como a hijos amadísimos

Comienza la carta de san Ignacio de Antioquía, obispo y mártir, a los Tralianos


    Ignacio, por sobrenombre Teóforo, es decir, Portador de Dios, a la amada de Dios, Padre de Jesucristo, la Iglesia santa que habita en Trales del Asia, digna de Dios y escogida, que goza de paz, tanto en el, cuerpo como en el espíritu, a causa de la pasión de Jesucristo, el que nos da una esperanza de resucitar como él; mi mejor saludo apostólico y mis mejores deseos de que viváis en la alegría.
    Sé que tenéis sentimientos irreprochables e inconmovibles, a pesar de vuestros sufrimientos, y ello no sólo por vuestro esfuerzo, sino también por vuestro buen natural: así me lo ha manifestado vuestro obispo Polibio, quien por voluntad de Dios y de Jesucristo ha venido a Esmirna y se ha congratulado conmigo, que estoy encadenado por Cristo Jesús; en él me ha sido dado contemplar a toda vuestra comunidad y por él he recibido una prueba de cómo vuestro amor para conmigo es según Dios, y he dado gracias al Señor, pues de verdad he conocido que, como ya me habían contado, sois auténticos imitadores de Dios.
    En efecto, al vivir sometidos a vuestro obispo como si se tratara del mismo Jesucristo, sois, a mis ojos, como quien anda no según la carne, sino según Cristo Jesús, que por nosotros murió a fin de que, creyendo en su muerte, escapéis de la muerte. Es necesario, por tanto, que, como ya lo venís practicando, no hagáis nada sin el obispo; someteos también a los presbíteros como a los apóstoles de Jesucristo, nuestra esperanza, para que de esta forma nuestra vida esté unida a la de él.
    También es preciso que los diáconos, como ministros que son de los misterios de Jesucristo, procuren, con todo interés, hacerse gratos a todos, pues no son, ministros de los manjares y de las bebidas, sino de la Iglesia de Dios. Es, por tanto, necesario que eviten, como si se tratara de fuego, toda falta que pudiera echárseles en cara.
    De manera semejante, que todos reverencien a los diáconos como a Jesucristo, al obispo como si fuera la imagen del Padre, y a los presbíteros como si fueran el senado de Dios y el colegio apostólico. Sin ellos no existe la Iglesia. Creo que estáis bien persuadidos de todo esto. En vuestro obispo, a quien recibí y a quien tengo aún a mi lado, contemplo como una imagen de vuestra caridad; su misma manera del vivir es una magnífica lección, y su mansedumbre una fuerza.
    Mis pensamientos en Dios son muy elevados, pero me pongo. a raya a mí mismo, no sea que perezca por mi vanagloria. Pues ahora sobre todo tengo motivos para temer y me es necesario no prestar oído a quienes podrían tentarme de orgullo. Porque cuantos me alaban en realidad me dañan. Es cierto que deseo sufrir el martirio, pero ignoro si soy digno de él. Mi impaciencia, en efecto, quizá pasa desapercibida a muchos, pero en cambio a mí me da gran guerra. Por ello necesito adquirir una gran mansedumbre, pues ella desbaratará al príncipe de este mundo.
    Os exhorto, no yo, sino la caridad de Jesucristo, a que uséis solamente el alimento cristiano y a que os abstengáis de toda hierba extraña a vosotros, es decir, de toda herejía.
    Esto lo realizaréis si os alejáis del orgullo y permanecéis íntimamente unidos a nuestro Dios, Jesucristo, y a vuestro obispo, sin apartaros de las enseñanzas de los apóstoles. El que está en el interior del santuario es puro, pero el que está fuera no es puro: quiero decir con ello que el que actúa a espaldas del obispo y de los presbíteros y diáconos no es puro ni tiene limpia su conciencia.
    No os escribo esto porque me haya enterado que tales cosas se den entre vosotros, sino porque os quiero prevenir como a hijos míos amadísimos.