Una vez el P. Efraín nos decía: "no es que no sepa quién va a ir al infierno, sino que temo por los que no saben que no van a estar en el Cielo" (o algo parecido pero el sentido es el mismo). ¿Qué quería decir con esto? Que muchos están confiados que van a llegar al Cielo, pero que seguramente por la forma de vivir Dios no los va a hacer pasar o, por lo menos, los va a tener mucho tiempo sin entrar.
Y ¿a qué viene esto? "No por las apariencias, para quedar bien ante los hombres, sino como esclavos de Cristo que hacen, de corazón, lo que Dios quiere, de buena gana, como quien sirve al Señor y no a hombres". Esto que dice san Pablo a los Efesios, si bien habla de los esclavos (de aquella época) pero también nos sirve para hoy, porque no somos pocos los que vivimos esclavos de nuestra apariencia, de nuestro aparentar ser quienes no somos, o decir que somos pero en realidad somos otra cosa.
Esta claro que esta apariencia, hoy, la referimos a la vida cristiana, a ser o no ser cristianos, es decir, a ser o no ser otros cristos. Porque podemos llegar a aparentar en algunos momentos ser alguien, pero en otros momentos se nos ve quienes somos realmente, aunque intentemos ocultarlo. Además "nuestro Padre que ve en lo secreto" se enterará de quiénes somos en verdad.
"Señor, ábrenos"; pero él os dirá:
"No sé quiénes sois".
Entonces comenzaréis a decir:
"Hemos comido y bebido contigo, y tú has enseñado en nuestras plazas".
Pero él os dirá:
"No sé de donde sois. Alejaos de mí todos los que obráis la iniquidad".
Creemos que estamos obrando bien, según nuestro genio o temperamente, según nuestra manera de pensar, o como todos piensan, pero en realidad no estamos obrando de acuerdo al Evangeliio, no estamos obrando de acuerdo a la Ley del Amor que Jesús nos ha pedido vivir. Nos escudamos, muchas veces, en argumentos infantiles del "por que soy así", "porque no puedo cambiar", o "porque la situación me obligó", o "por eso o por aquello", y no nos damos cuenta que no, que en realidad no estoy viviendo según el evangelio, que estoy haciendo lo que me da la gana y me transformo en un hipócrita porque juzgo a muchos, condeno a otros, pero no me obligo a mí mismo a crecer, a madurar, a vivir acorde a la Voluntad de Dios.
Por eso, algunos, creyendo que seremos los primeros en llegar al Cielo, quizás en ese momento no nos dejen entrar porque ya hemos condenado a otros con nuestros juicios, con nuestras palabras, o, simplemente, nos hemos creído que ya estábamos santificados y, en realidad, aún nos faltaba mucho para alcanzar la altura a la que Dios me pedía llegar.