sábado, 9 de enero de 2016

Una vida de Amor, es vida de entrega

"Queridos míos,
si Dios nos amó tanto, también nosotros debemos amarnos los unos a los otros.
Nadie ha visto nunca a Dios: si nos amamos los unos a los otros,
Dios permanece en nosotros y el amor de Dios ha llegado a su plenitud en nosotros".
Es, para mí, lo mejor que nos han dicho y nos han pedido: una vida en el Amor, pero es lo más difícil que nos han pedido vivir.
Claro que siempre todo lo bueno cuesta caro y, creo, que es por eso que muchas veces andamos comprando baratijas, incluso, en la vida de fe, en la vida cristiana, en la vida del amor.
Y lo vemos todos los días porque, hoy por hoy, a cualquier cosa le llaman amor.
Así es que, nosotros, los que hemos sido llamados a vivir con intensidad el verdadero Amor, no lo llegamos a vivir. Los que anhelamos vivir no lo llegamos a vivir. Los que predicamos vivirlo no llegamos a su plenitud. ¿Por qué es tan difícil vivir este Amor?
Lamentablemente la respuesta es muy fácil (pero no por eso deja de ser difícil, también, claro) porque nos olvidamos del precepto primero para vivir el amor: "niégate a tí mismo".
Sí, una vida de Amor intenso con el de Dios comienza por la negación a uno mismo. Cuando en el amor pensamos primero en nosotros eso ya no es amor, es otra cosa, pero no amor. Sino mirad por qué se rompen tantas "relaciones de amor", por qué se dejan de querer los amigos, por qué se rompen las familias o las parejas. Hoy no estamos acostumbrados a "dar la vida" por quienes amamos.
Hoy antes del amor está la libertad personal. Si el amor me ata a alguien o a algo, ya paso del amor, prefiero una vida libre sin ataduras, en donde yo pueda hacer lo que quiera, como quiera y cuando quiera, donde nadie me reclame nada y donde no tenga que dar cuenta a nadie de nada de lo que hago. Entonces ¿cómo poder pensar en el Amor al otro y al Otro si lo único que amo es a mi propio yo?
Por eso, en la Última Cena, dejándonos un hermoso testimonio Jesús nos da un nuevo mandamiento: "amaos unos a otros como Yo os he amado" y no "no hay amor más grande que dar la vida por los amigos", pero Él nos dio su Vida siendo nosotros aún pecadores, e, incluso, en la Cruz pidió perdón por quienes lo estaban matando.
Hoy nosotros no somos capaces ni siquiera de pedir perdón por haber obrado mal, queremos que nos perdonen pero nunca sale de nuestros labios la frase: pido perdón por haber obrado mal, o alguna parecida. No. Incluso cuando alguien obra mal tenemos que alabarlo porque ha sido valiente de saltarse los límites de las buenas costumbres.
Está claro que tenemos que saber perdonar, y en el fondo del perdón está el Amor, también. Pero el Padre del Hijo Pródigo no salió a buscarlo, sino que se quedó esperándolo y cuando volvió y pidió perdón lo amó más que antes. Pero esperó que el hijo pudiera razonar y pensar que lo que había hecho estaba mal.
Nuestra vida de amor, la que nos exige el Evangelio, no es un amor sensible afectivo, de telenovela, sino un amor efectivo que es capaz de entregarse por entero, dar la vida como lo hizo Jesús por nosotros.

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