Comenzamos un nuevo tiempo litúrgico: Tiempo Ordinario o Tiempo durante el Año. Un tiempo que aunque sea Ordinario o común, no deja de ser importante en nuestras vidas. Quizás sea el Tiempo al que menos le prestamos atención, porque muchos sólo van a Misa para Fiestas Patronales, Navidades o Pascua, y, en todo caso, para los entierros o funerales, dejando de lado lo que es lo importante: el resto del año.
Es como si dijésemos que sólo comemos para las Navidades o Fiestas, que los demás días lo pasamos con un vasito de agua. Claro que en Navidades y Fiestas comemos como si fuera la Última Cena, pero eso no nos sirva para mantenernos alimentados todo el año.
Por eso, al comenzar el año litúrgico la lectura nos ofrece este Evangelio del llamado de los apóstoles, porque es ahora cuando se va a manifestar si en realidad hemos aceptado el llamado del Señor. Por que cuando vamos a Misa no es sólo para alimentarnos y "quedar bien" con Dios, sino que es para fortalecer nuestra fe, para renovar nuestra esperanza y concretar nuestro amor a Dios, y al salir de la Misa comenzar a dar todo lo que he recibido.
Jesús llama a cada uno de los apóstoles y ellos "dejándolo todo lo siguieron". Pero ¿por qué lo siguieron si aún no lo conocían? Por que es lo que en la vida normal diríamos: amor a primera vista. Cuando el Señor toca el corazón del hombre ese toque se vuelve irresistible, no es posible ocultar o no escuchar el llamado (aunque muchos/as se hacen los sordos y pretenden silenciar la Voz que los llama)
Así, cuando hemos escuchado Su Voz, cuando su Corazón se ha abierto a mi corazón, cuando Su Gracia ha llegado a mi alma, la vida cambia, pues al Amor ¿quién no lo ama? Si todos estamos anhelando ese Amor, esa Vida, esa Luz que encienda, que vigorice, que ilumine nuestra vida, porque no sabemos cómo vivir, porque nos hundimos cada día en nuestras propias tinieblas y, más de una vez, nos alejamos de la Luz, de la Vida, del Amor sin darnos cuenta que Quien nos llama no es el Juez sino el Padre.
A partir de hoy sin adornos navideños, sin campanas que suenen a fiesta, sin banquetes y sin ruidos a fiesta, tenemos que vivir lo extraordinario de nuestra Fe que es la alegría de sabernos llamados a llevar la Alegría de la Navidad a cada día de nuestra vida, y a cada hermano que la necesite y no la encuentre. Pues cada día en el que despunta el alba se abre una nueva oportunidad de encuentro con el Señor; cada día que vuelve a brillar el Sol en nuestro corazón se enciende la Luz del Espíritu para que ilumine la vida de nuestros hermanos.
Y así, como decía Santa Teresita: hago extraordinarias las cosas ordinarias y hago sobrenaturales las cosas naturales, pues es el Señor que está en mi corazón quien me lleva a vivir la Alegría de la Fe, la Alegría de haber sido Amado y llamado por Dios.
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