Dice San Juan en su primera carta:
" Queridos hermanos:
Este es el mensaje que habéis oído desde el principio: que nos amemos unos a otros.
No seamos como Caín, que procedía del Maligno y asesinó a su hermano. ¿Y por qué lo asesinó? Porque sus obras eran malas, mientras que las de su hermano eran justas.
No os sorprenda, hermanos, que el mundo os odie; nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos. El que no ama permanece en la muerte".
Recupero este párrafo de la carta de hoy porque me parece que nos quiere hacer recordar nuestra realidad de cada día, sí, parece que son muchos los que sienten odio por los cristianos, por la Iglesia. Hay algunos que lo hacen explícito y persiguen y matan cruelmente a los cristianos en muchas partes del mundo. Hay otros que no tienen ese valor y los hacen (según ellos creen) inteligentemente queriendo cambiar las tradiciones cristianas que forman parte de la cultura de los pueblos.
Y ¿qué es lo que se proponen? Algo que en 21 siglos nadie ha podido: borrar del mapa mundial a Cristo, a su Palabra y no entienden que no podrán. No entienden (y a veces tampoco lo hacemos nosotros -es lo peor) que la Iglesia no es obra nuestra, sino que es obra de Dios, que está sostenida por el Espíritu Santo y que ni de adentro ni de afuera han podido destruirla.
Pero además, muchos buscan y pretenden que respondamos con las mismas armas, que nos convirtamos en Caín y comencemos a responder con violencia, pues el cansancio de tanta burla y persecución terminan cansando a cualquiera. Pero no, nosotros no podemos responder con las mismas armas, pues sólo un arma se nos ha dado: el Amor, "este es el mensaje que habéis oído desde el principio que nos amemos unos a otros".
Claro que amar no significa que yo acepte las "inteligentes burlas" que hoy hacen muchos sobre mi fe, sobre mi vida cristiana, no. ¿Cuál es mi respuesta? Vivir con mayor radicalidad lo que creo, y, sobre todo, haciendo lo que hacían los primeros cristianos: no arrodillarnos ante los nuevos dioses que nos quieren imponer, no acompañar con nuestra presencia los gestos y los espectáculos que vayan en contra de mi fe, y, sobre todo, no dar publicidad gratuita a aquello que está en contra de mi fe.
Y, sobre todo en este Tiempo de Navidad que estamos transitando, tenemos que recordar quiénes somos y qué se nos ha confiado, dice san Agustín:
"Ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es. Aquellos tesoros de sabiduría y ciencia, aquellas riquezas divinas, son llamados así porque ellos nos bastarán. Y aquella gran bondad es llamada así porque nos saciará. Muéstranos, pues, al Padre, y eso nos bastará".
Dejemos de lado las "inteligentes burlas" del mundo pues nosotros tenemos un tesoro de sabiduría que nos basta y sobra para poder alcanzar la plenitud de nuestra vida, de nuestro ser Hijos de Dios, pues el Hijo se hizo hombre por nosotros, y nosotros no debemos dejar que apaguen la Luz de la Sabiduría y la Verdad que el Padre ha puesto en nuestro corazón, y con ella iluminar las tinieblas de la "inteligencia" humana.
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