De los Tratados de san Agustín, obispo, sobre el evangelio de san Juan
La Iglesia sabe de dos vidas, ambas anunciadas y recomendadas por el Señor;
de ellas, una se desenvuelve en la fe, la otra en la visión; una durante el tiempo de
nuestra peregrinación, la otra en las moradas eternas; una en medio de la fatiga, la otra
en el descanso; una en el camino, la otra en la patria; una en el esfuerzo de la actividad,
la otra en el premio de la contemplación.
La primera vida es significada por el apóstol Pedro, la segunda por el apóstol Juan.
La primera se desarrolla toda ella aquí, hasta el fin de este mundo, que es cuando terminará; la
segunda se inicia oscuramente en este mundo, pero su perfección se aplaza hasta el fin de él, y en
el mundo futuro no tendrá fin. Por eso se le dice a Pedro: Sígueme; en cambio de Juan se dice: Si
yo quiero que él permanezca así hasta mi venida, ¿a ti qué? Tú, sígueme. «Tú, sígueme por la
imitación en soportar las dificultades de esta vida; él, que permanezca así hasta mi venida para
otorgar mis bienes.» Lo cual puede explicarse más claramente así: «Sígame una actuación perfecta,
impregnada del ejemplo de mi pasión; pero la contemplación incoada permanezca así hasta mi venida
para perfeccionarla.»
El seguimiento de Cristo consiste, pues, en una amorosa y perfecta constancia en el
sufrimiento, capaz de llegar hasta la muerte; la sabiduría, en cambio, permanecerá así, en estado
de perfeccionamiento, hasta que venga Cristo para llevarla a su plenitud. Aquí, en efecto, hemos
de tolerar los males de este mundo en el país de los mortales; allá, en cambio, contemplaremos los
bienes del Señor en el país de la vida.
Aquellas palabras de Cristo: Si yo quiero que él permanezca así hasta mi venida no
debemos entenderlas en el sentido de permanecer hasta el fin o de permanecer siempre igual, sino
en el sentido de esperar; pues lo que Juan representa no alcanza ahora su plenitud, sino que la
alcanzará con la venida de Cristo. En cambio, lo que representa Pedro, a quien el Señor dijo: Tú,
sígueme, hay que ponerlo ahora por obra, para alcanzar lo que esperamos. Pero nadie separe lo que
significan estos dos apóstoles, ya que ambos estaban incluidos en lo que significaba Pedro y ambos
estarían después incluidos en lo que significaba Juan. El seguimiento del uno y la permanencia del
otro eran un signo. Uno y otro, creyendo, toleraban los males de esta vida presente; uno y otro,
esperando, confiaban alcanzar los bienes de la vida futura.
Y no sólo ellos, sino que toda la santa Iglesia, esposa de Cristo, hace lo mismo, luchando con las
tentaciones presentes, para alcanzar la felicidad futura. Pedro y Juan fueron, cada uno, figura de
cada una de estas dos vidas. Pero uno y otro caminaron por la fe, en la vida presente; uno y otro
habían de gozar para siempre de la visión, en la vida futura.
Por esto, Pedro, el primero de los apóstoles, recibió las llaves del reino de los cielos,
con el poder de atar y desatar los pecados, para que fuese el piloto de todos los santos, unidos
inseparablemente al cuerpo de Cristo, en medio de las tempestades de esta vida; y, por esto, Juan, el
evangelista, se reclinó sobre el pecho de Cristo, para significar el tranquilo puerto de aquella vida
arcana.
En efecto, no sólo Pedro, sino toda la Iglesia ata y desata los pecados. Ni fue sólo Juan
quien bebió, en la fuente del pecho del Señor, para enseñarla con su predicación, la doctrina acerca de
la Palabra que existía en el principio y estaba en Dios y era Dios - y lo demás acerca de la divinidad
de Cristo, y aquellas cosas tan sublimes acerca de la trinidad y unidad de Dios, verdades todas estas
que contemplaremos cara a cara en el reino, pero que ahora, hasta que venga el Señor, las tenemos que
mirar como en un espejo y oscuramente -, sino que el Señor en persona difundió por toda la tierra este
mismo Evangelio, para que todos bebiesen de él, cada uno según su capacidad.
sábado, 28 de mayo de 2022
Dos vidas
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