domingo, 15 de mayo de 2022

La poda de Dios

 

Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador.
A todo sarmiento que no da fruto en mí lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto.
No todo lo que nos ocurre es porque Dios lo quiere, sino que lo permite, y en ese permitir las cosas que nos suceden también nos da la receta para que cada cosa nos ayude a madurar, a crecer.
El Padre conoce de qué madera está hecho el hijo, sabe hasta qué punto puede ser fuerte, y, cuando sabe que no puede le ofrece la ayuda de Su Gracia para que se levante y siga el Camino. Así lo vemos, también, en el Camino de Jesús hacia el Calvario: la Verónica, María, el Cirineo fueron ayudas que el Padre le ofreció al Hijo para ayudarlo a seguir caminando. Así también nos ofrece a nosotros ayudas diarias para llevar nuestra cruz de cada día.
Claro está que para poder recibir la ayuda del Padre debemos estar unidos a Él, cuando nos alejamos de Su Mano no nos llega la ayuda necesaria y debemos cargar solos nuestra cruz de cada día. Sabemos, también, que, muchas veces, El Padre nos pide, como le pidió a Jesús, un sacrificio más grande, más fuerte, más duro para poder salvar a los hombres, para llevar a los que necesiten la Gracia de Su Salvación. Por eso san Pablo podía decir: “Ahora me alegro de mis sufrimientos por vosotros: así completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, en favor de su cuerpo que es la Iglesia”.
Nos ayuda así, san Pablo, a comprender que los padecimientos que el Señor nos permite sufrir o que nos pide asumir, como lo hizo con Jesús, no son una desgracia o un castigo, sino que nos pide compartir la Cruz de Jesús para nuestra salvación y la salvación del mundo entero. Es un tesoro de Gracia que se va acumulando para que ayude a quienes más necesiten de fortaleza para combatir el pecado y alcanzar la salvación.
El aceptar con espíritu generoso la Cruz de cada día fortalece nuestro espíritu, por eso Jesús nos dice que, como el labrador poda la vid para que dé más fruto, así cuando aceptamos el desafío de la Cruz, la Gracia actúa en nosotros y los frutos que damos son duraderos y abundantes. Cuando por culpa de esas podas nos alejamos del Padre sufrimos por la lejanía y sufrimos por no recibir la Gracia que nos fortalece, y, vamos, como se dice habitualmente “perdiendo la fe”, pues pensamos que, por ser cristianos, no tendríamos que padecer ni sufrir, sino que tenemos que tener la garantía de que todo nos va a ir bien, lo que es un mal pensamiento acerca de nuestra vida cristiana.


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