De los Sermones de san León Magno, papa
Aunque el estado de infancia, que el Hijo de Dios asumió sin considerarlo
impropio de su grandeza, se haya transformado ya en estado de varón perfecto y aunque,
una vez consumado el triunfo de la pasión y resurrección, haya llegado a su fin todo lo
que era propio del estado de anonadamiento, que el Señor aceptó por nosotros, sin embargo,
la fiesta de la Natividad renueva para nosotros los comienzos sagrados de la vida de Jesús,
nacido de la Virgen María; y, al adorar el nacimiento de nuestro Salvador, se nos invita a
celebrar también nuestro propio nacimiento como cristianos.
La generación de Cristo, en efecto, es el origen del pueblo cristiano, ya que
el nacimiento de la cabeza incluye en sí el nacimiento de todo el cuerpo.
Aunque cada uno de los que llama el Señor a formar parte de su pueblo sea
llamado en un tiempo determinado y aunque todos los hijos de la Iglesia hayan sido llamados
cada uno en días distintos, con todo, la totalidad de los fieles, nacida en la fuente
bautismal, ha nacido con Cristo en su nacimiento, del mismo modo que ha sido crucificada
con Cristo en su pasión, ha sido resucitada en su resurrección y ha sido colocada a la
derecha del Padre en su ascensión.
El creyente que en cualquier parte del mundo es regenerado en Cristo se libra
de la culpa original y, al renacer, se transforma en un hombre nuevo; en adelante ya no
cuenta la generación carnal de sus padres, sino la generación por la que ha renacido del
Salvador, que quiso hacerse Hijo del hombre para que nosotros pudiéramos llegar a ser hijos
de Dios.
Pues, si él no hubiera descendido por su humildad hasta nosotros, jamás
ninguno de nosotros, por sus propios méritos, hubiera podido llegar hasta él.
Por eso la misma grandeza del don que nos ha sido otorgado exige de nosotros
una veneración proporcionada a la excelsitud de esta dádiva; así nos lo enseña el Apóstol,
cuando dice: No hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que viene de Dios,
para conocer las gracias que Dios nos ha otorgado; el mejor modo de ofrecer a Dios
nuestro homenaje religioso es, sin duda, ofrecerle lo que él mismo nos ha dado.
Y ¿qué cosa mejor podríamos encontrar entre los dones divinos, para honrar la
fiesta de hoy, que aquella paz que anunciaron los ángeles en el nacimiento del Señor?
En efecto, esta paz es la que engendra hijos de Dios, la que alimenta el amor,
la que es madre de la unidad. Ella es descanso para los santos y tabernáculo donde moran los
invitados al reino eterno. El fruto propio de esta paz es que se unan a Dios aquellos que el
Señor ha segregado del mundo.
Por tanto, que quienes traen su origen no de la sangre ni del deseo carnal
ni de la voluntad del hombre, sino del mismo Dios, ofrezcan al Padre la concordia propia
de los hijos que están animados por el deseo de la paz, y que Iodos los miembros de la familia
de adopción vivan unidos en aquel que es el primogénito de la nueva creación, que no vino a
hacer su propia voluntad, sino la voluntad de aquel que lo envió. Pues los que han sido
adoptados por la gracia del Padre, para ser sus herederos, no son los que viven en medio de
discordias y contiendas, sino los que tienen un único pensar y un mismo querer. Los que han
sido llamados a reproducir la única imagen del Padre deben tener una sola alma.
Por ello el nacimiento del Señor es el nacimiento de la paz; como lo dice el
Apóstol: Él es nuestra paz; él ha hecho de los dos pueblos una sola cosa, porque, tanto los
judíos como los gentiles, por medio de él tenemos acceso al Padre en un solo Espíritu.
viernes, 31 de diciembre de 2021
El nacimiento de la Paz
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