Del Comentario de san Beda el Venerable, presbítero, sobre el evangelio de san Lucas
María dijo: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra
mi espíritu en Dios mi salvador.»
«El Señor -dice- me ha engrandecido con un don tan magnífico e
inaudito que no se puede explicar con palabras humanas, y el mismo corazón con
todo su amor apenas puede llegar a comprenderlo. Por lo tanto, me entrego con
todas mis fuerzas a la alabanza y a la acción de gracias, contemplando la gran
deza de aquel que es eterno, y gustosamente le consagro mi vida, sentimientos
y pensamientos, porque mi espíritu se alegra en la divinidad eterna de Jesús,
es decir, del Salvador, que se ha revestido de mi carne y reposa en mi seno.»
Porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre
es santo.
Estas palabras se relacionan con el comienzo del cántico, donde
se dice: Proclama mi alma la grandeza del Señor. Sin duda que sólo aquel en
quien el Poderoso hace obras grandes sabrá proclamar dignamente la grandeza
del Señor y podrá exhortar a los que, como él, se sienten enriquecidos por Dios,
diciendo: Proclamad conmigo la grandeza del Señor, ensalcemos juntos su nombre.
Pues el que no proclama la grandeza del Señor, sabiendo que
es infinita, y no bendice su nombre será el último en el reino de los cielos.
Se dice que su nombre es santo porque, por su inmenso poder, trasciende toda
creatura y está infinitamente por encima de todas las cosas creadas.
Auxilia a Israel su siervo, acordándose de su misericordia.
Con toda propiedad el cántico llama siervo o niño del Señor a Israel, pues, para
salvarlo, Dios lo acogió como se acoge a un niño obediente y humilde, según aquello
que dice Oseas: Cuando Israel era un niño yo lo amé.
Porque quien no quiere humillarse no puede tampoco ser salvado ni
decir con el profeta: Dios es mi auxilio, el Señor sostiene mi vida, pues, el
que se haga pequeño tal como este niño será el más grande en el reino de los cielos.
Como lo había prometido a nuestros padres, en favor de Abraham y
su descendencia por siempre.
Al hablar aquí de la descendencia de Abraham no se refiere a la
descendencia según la carne, sino según el espíritu, es decir, no sólo habla de
aquellos que han sido engendrados según la carne, sino también de todos aquellos
que han seguido los pasos de Abraham por medio de la circuncisión de la fe. Porque
Abraham creyó cuando estaba en la circuncisión y, ya entonces, su fe le fue tenida
en cuenta para la justificación.
Por lo tanto la venida del Salvador fue prometida a Abraham y a su
descendencia por siempre, es decir, a los hijos de la promesa, de quienes se dice:
Si sois de Cristo sois por lo mismo descendencia de Abraham, herederos según la
promesa.
Con razón la madre del Señor y la madre de Juan se adelantaron con sus
respectivas profecías al nacimiento de sus hijos; con ello, de la misma forma que el
pecado comenzó por la mujer, también por la mujer se inicia la salvación, y la vida,
que fue perdida por el engaño que sedujo a una sola mujer, es ahora devuelta al mundo
por la profecía de dos mujeres que compiten en su empeño por anunciar la salvación.
miércoles, 22 de diciembre de 2021
Magnificat
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.