"Dice una voz: «Grita».
Respondo: «¿Qué debo gritar?».
«Toda carne es hierba y su belleza corno flor campestre: se agosta la hierba, se marchita la flor, cuando el aliento del Señor sopla sobre ellos; sí, la hierba, es el pueblo; se agosta la hierba, se marchita la flor, pero la palabra de nuestro Dios permanece para siempre».
Así es cuando Dios nos llama, cuando Dios nos unge con el Óleo de la Salvación, cuando el Santo Crista unge nuestra cabeza y nos consagra como sacerdotes, profetas y reyes, una Voz nos dice: ¡Grita! Es en ese momento cuando comenzamos a ser discípulos y misioneros de la Palabra de Dios. Un discipulado que no termina nunca en la tierra sino que sólo finaliza en el Cielo, pues hasta en el último suspiro que salga de nuestros labios seguiremos dando testimonio de lo que creemos.
El día de nuestro Bautismo, cuando la Voz del Señor resuena desde el Cielo y nos dice "éste es mi hijo amado", es cuando el Espíritu comiena un obra de Dios en nosotros y por nosotros. Sí, comienza a trabajar en nosotros para que nosotros trabajemos por el Hombre de todo el mundo. Una obra que es obra de salvación, pues comienza la salvación de nuestra alma, y así, salvados y confirmados por el Espíritu Santo nos ponemos en las Manos del Padre para ser servidores de Su Palabra. Una Palabra que tienen que comenzar a escuchar nuestros oídos desde temprano, para que nuestro corazón la deje echar raíces, y así, desde nuestro corazón poder anunciarla a todas las gentes.
Pero ¿qué he de decir si soy todavía un niño?, dijo el Profeta, no te preocupes, le dijo Dios, yo pondré en tus labios las palabras que tendrás que decir. Y así Dios sólo nos pide que atesoremos en el corazón sus Palabras y Él nos dará la capacidad para poder anunciarlas. Pero ¿cuándo las tengo que anunciar? El Apóstol nos dice que en todo momento, cuando sea oportuno y cuando no lo sea, porque así alguno la escuchará y alguno le abrirá el corazón. Pero si nadie la anuncia nadie podrá escucharla, por lo tantos ¿qué gritar? Lo que Dios suscite en tu corazón. ¿En qué momento? Deja que Dios te lo diga, pues cuando sea el momento no podrás cerrar tus labios a su impulso, pues Ella querrá salir para llegar al corazóna de alguien.
Así, desde nuestra conciencia de servidores de la Palabra podresmos poner más insistencia en su lectura y reflexión, para que siempre esté en nuestro corazón, para que en todo momento nuestros labios puedan anunciarla.
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