martes, 30 de noviembre de 2021
Predicamos a Cristo?
lunes, 29 de noviembre de 2021
Sobre el Adviento
De las Cartas pastorales de san Carlos Borromeo, obispo
Ha llegado, amadísimos hermanos, aquel tiempo tan importante y solemne, que,
como dice el Espíritu Santo, es tiempo favorable, día de la salvación, de la paz
y de la reconciliación; el tiempo que tan ardientemente desearon los patriarcas
y profetas y que fue objeto de tantos suspiros y anhelos; el tiempo que Simeón
vio lleno de alegría, que la Iglesia celebra solemnemente y que también nosotros
debemos vivir en todo momento con fervor, alabando y dando gracias al Padre
eterno por la misericordia que en este misterio nos ha manifestado. El Padre,
por su inmenso amor hacia nosotros, pecadores, nos envió a su Hijo único, para
libramos de la tiranía y del poder del demonio, invitamos al cielo e
introducimos en lo más profundo de los misterios de su reino, manifestarnos la
verdad, enseñamos la honestidad de costumbres, comunicarnos el germen de las
virtudes, enriquecemos con los tesoros de su gracia y hacemos sus hijos
adoptivos y herederos de la vida eterna.
La Iglesia celebra cada año el misterio de este amor tan grande hacia nosotros,
exhortándonos a tenerlo siempre presente. A la vez nos enseña que la venida de
Cristo no sólo aprovechó a los que vivían en el tiempo del Salvador, sino que
su eficacia continúa y aún hoy se nos comunica si queremos recibir, mediante la.
fe y los sacramentos, la gracia que él nos prometió, y si ordenamos nuestra
conducta conforme a sus mandamientos.
La Iglesia desea vivamente hacernos comprender que así como Cristo vino una vez
al mundo en la carne, de la misma manera está dispuesto a volver en cualquier
momento, para habitar espiritualmente en nuestra alma con la abundancia de sus
gracias, si nosotros, por nuestra parte, quitamos todo obstáculo.
Por eso, durante este tiempo, la Iglesia, como madre amantísima y celosísima de
nuestra salvación, nos enseña, a través de himnos, cánticos y otras palabras del
Espíritu Santo y de diversos ritos, a recibir convenientemente y con un corazón
agradecido este beneficio tan grande, a enriquecemos con su fruto y a preparar
nuestra alma para la venida de nuestro Señor Jesucristo con tanta solicitud como
si hubiera él de venir nuevamente al mundo. No de otra manera nos lo enseñaron
con sus palabras y ejemplos los patriarcas del antiguo Testamento para que en
ello los imitáramos.
domingo, 28 de noviembre de 2021
Que no se embote el corazón
sábado, 27 de noviembre de 2021
Si somos ovejas vencemos
De las Homilías de san Juan Crisóstomo, obispo, sobre el evangelio de san Juan
Mientras somos ovejas vencemos y superamos a los lobos, aunque nos rodeen en gran número; pero si nos convertimos en lobos entonces somos vencidos, porque nos vemos privados de la protección del pastor. Éste, en efecto, no pastorea lobos, sino ovejas, y por esto te abandona y se aparta entonces de ti, porque no le dejas mostrar su poder.
Es como si dijera: «No os alteréis por el hecho de que os envío en medio de lobos y al mismo tiempo os mando que seáis como ovejas y como palomas. Hubiera podido hacer que fuera al revés y enviaros de modo que no tuvierais que sufrir mal alguno ni enfrentaros como ovejas ante lobos, podía haberos hecho más temibles que leones; pero eso no era lo conveniente, porque así vosotros hubierais perdido prestigio y yo la ocasión de manifestar mi poder. Es lo mismo que decía a Pablo: Te basta mi gracia, que en la debilidad se muestra perfecto mi poder. Así es como yo he determinado que fuera.» Al decir: Os envío como ovejas, dice implícitamente: «No desmayéis: yo sé muy bien que de este modo sois invencibles.»
Pero además, para que pusieran también ellos algo de su parte y no pensaran que todo había de ser pura gracia y que habían de ser coronados sin mérito propio, añade: Sed, pues, prudentes como serpientes y sencillos como palomas. «Mas, ¿de qué servirá nuestra prudencia -es como si dijesen- en medio de tantos peligros? ¿Cómo podremos ser prudentes en medio de tantos embates? Por mucha que sea la prudencia de la oveja, ¿de qué le aprovechará cuando se halle en medio de los lobos, y en tan gran número? Por mucha que sea la sencillez de la paloma, ¿de qué le servirá, acosada por tantos gavilanes?» Ciertamente, la prudencia y la sencillez no sirven para nada a estos animales irracionales, pero a vosotros os sirven de mucho.
Pero veamos cuál es la prudencia que exige el Señor. «Como serpientes -dice-. Así como a la serpiente no le importa perderlo todo, aunque sea seccionado su cuerpo, con tal que conserve la cabeza, así también tú -dice debes estar dispuesto a perderlo todo, tu dinero, tu cuerpo y aun la misma vida, con tal que conserves la fe. La fe es la cabeza y la raíz; si la conservas, aunque pierdas todo lo demás, lo recuperarás luego con creces.» Así pues, no te manda que seas sólo sencillo ni sólo prudente, sino ambas cosas a la vez, porque en ello consiste la verdadera virtud. La prudencia de la serpiente te hará invulnerable a los golpes mortales; la sencillez de la paloma frenará tus impulsos de venganza contra los que te dañan o te ponen asechanzas, pues, sin esto, en nada aprovecha la prudencia.
Nadie piense que estos mandatos son imposibles de cumplir. El Señor conoce más que nadie la naturaleza de las cosas: él sabe que la violencia no se vence con la violencia, sino con la mansedumbre.
viernes, 26 de noviembre de 2021
Rechacemos el temor a la muerte
Del Tratado de san Cipriano, obispo y mártir, Sobre la muerte
Nunca debemos olvidar que nosotros no hemos de cumplir nuestra propia voluntad,
sino la de Dios, tal .como el Señor nos mandó pedir en nuestra oración
cotidiana. ¡Qué contrasentido y qué desviación es no someterse inmediatamente al
imperio de la voluntad del Señor, cuando él nos llama para salir de este mundo!
Nos resistimos y luchamos, somos conducidos a la presencia del Señor como unos
siervos rebeldes, con tristeza y aflicción, y partimos de este mundo forzados
por una ley necesaria, no por la sumisión de nuestra voluntad; y pretendemos que
nos honre con el premio celestial aquel a cuya presencia llegamos por la fuerza.
¿Para qué rogamos y pedimos que venga el reino de los cielos, si, tanto nos
deleita la cautividad terrena? ¿Por qué pedimos con tanta insistencia la pronta
venida del día del reino, si nuestro deseo de servir en este mundo al diablo
supera al deseo de reinar con Cristo?
Si el mundo odia al cristiano, ¿por qué amas al que te odia, y no sigues más bien
a Cristo, que te ha redimido y te ama? Juan, en su carta, nos exhorta con palabras
bien elocuentes a que no amemos el mundo ni sigamos las apetencias de la carne:
No améis al mundo -dice- ni lo que hay en el mundo. Quien ama al mundo
no posee el amor del Padre, porque todo cuanto hay en el mundo es concupiscencia
de la carne, concupiscencia de los ojos y soberbia de la vida. El mundo pasa y sus
concupiscencias con él. Pero quien cumple la voluntad de Dios permanece para siempre.
Procuremos más bien, hermanos muy queridos, con una mente íntegra, con una fe firme, con
una virtud robusta, estar dispuestos a cumplir la voluntad de Dios, cualquiera que ésta
sea; rechacemos el temor a la muerte con el pensamiento de la inmortalidad que la sigue.
Demostremos que somos lo que creemos.
Debemos pensar y meditar, hermanos muy amados, que hemos renunciado al mundo y
que mientras vivimos en él somos como extranjeros y peregrinos. Deseemos con
ardor aquel día en que se nos asignará nuestro propio domicilio, en que se nos
restituirá al paraíso y al reino, después de habernos arrancado de las ataduras
que en este mundo nos retienen. El que está lejos de su patria es natural que
tenga prisa por volver a ella. Para nosotros, nuestra patria es el paraíso; allí
nos espera un gran número de seres queridos, allí nos aguarda el numeroso grupo
de nuestros padres, hermanos e hijos, seguros ya de su suerte, pero solícitos
aún de la nuestra. Tanto para ellos como para nosotros significará una gran
alegría el poder llegar a su presencia y abrazarlos; la felicidad plena y sin
término la hallaremos en el reino celestial, donde no existirá ya el temor a la
muerte, sino la vida sin fin.
Allí está el coro celestial de los apóstoles, la multitud exultante de los
profetas, la innumerable muchedumbre de los mártires, coronados por el glorioso
certamen de su pasión; allí las vírgenes triunfantes, que con el vigor de su
continencia dominaron la concupiscencia de su carne y de su cuerpo; allí los que
han obtenido el premio de su misericordia, los que practicaron el bien,
socorriendo a los necesitados con sus bienes, los que, obedeciendo el consejo
del Señor, trasladaron su patrimonio terreno a los tesoros celestiales. Deseemos
ávidamente,
hermanos muy amados, la compañía de todos ellos. Que Dios vea estos nuestros
pensamientos, que Cristo contemple este deseo de nuestra mente y de nuestra fe,
ya que tanto mayor será el premio de su amor, cuanto mayor sea nuestro deseo de
él.
jueves, 25 de noviembre de 2021
El boomerang de Daniel
miércoles, 24 de noviembre de 2021
Elegir, esa es la cuestión
martes, 23 de noviembre de 2021
No todo lo que brilla es oro
lunes, 22 de noviembre de 2021
Cantad a Diois con alegría y júbilo
De los Comentarios de san Agustín, obispo, sobre los salmos
Dad gracias al Señor con la cítara, tocad en su honor el
arpa de diez cuerdas; cantadle un cántico nuevo. Despojaos de lo antiguo, ya
que se os invita al cántico nuevo. Nuevo hombre, nuevo Testamento, nuevo
cántico. El nuevo cántico no responde al hombre antiguo. Sólo pueden aprenderlo
los hombres nuevos, renovados de su antigua condición por obra de la gracia y
pertenecientes ya al nuevo Testamento, que es el reino de los cielos. Por él
suspira todo nuestro amor y canta el cántico nuevo. Pero es nuestra vida, más
que nuestra voz, la que debe cantar el cántico nuevo.
Cantadle un cántico nuevo, cantadle con maestría. Cada
uno se pregunta cómo cantará a Dios. Cántale, pero hazlo bien. Él no admite un
canto que ofenda sus oídos. Cantad bien, hermanos. Si se te pide que cantes para
agradar a alguien entendido en música, no te atreverás a cantarle sin la debida
preparación musical, por temor a desagradarle, ya que él, como perito en la
materia, descubrirá unos defectos que pasarían desapercibidos a otro cualquiera.
¿Quién, pues, se prestará a cantar con maestría para Dios, que sabe juzgar del
cantor, que sabe escuchar con oídos críticos? ¿Cuándo podrás prestarte a cantar
con tanto arte y maestría que en nada desagrades a unos oídos tan perfectos?
Mas he aquí que él mismo te sugiere la manera cómo has de
cantarle: no te preocupes por las palabras, como si éstas fuesen capaces de
expresar lo que deleita a Dios. Canta con júbilo. Éste es el canto que agrada a
Dios, el que se hace con júbilo. ¿Qué quiere decir cantar con júbilo? Darse
cuenta de que no podemos expresar con palabras lo que siente el corazón. En
efecto, los que cantan, ya sea en la siega, ya en la vendimia o en algún otro
trabajo intensivo, empiezan a cantar con palabras que manifiestan su alegría,
pero luego es tan grande la alegría que los invade que, al no poder expresarla
con palabras, prescinden de ellas y acaban en un simple sonido de júbilo.
El júbilo es un sonido que indica la incapacidad de expresar
lo que siente el corazón. Y este modo de cantar es el más adecuado cuando se
trata del Dios inefable. Porque, si es inefable, no puede ser traducido en
palabras. Y, si no puedes traducirlo en palabras y, por otra parte, no te es
lícito callar, lo único que puedes hacer es cantar con júbilo. De este modo, el
corazón se alegra sin palabras y la inmensidad del gozo no se ve limitada por
unos vocablos. Cantadle con maestría y con júbilo.
domingo, 21 de noviembre de 2021
Es mi Rey?
sábado, 20 de noviembre de 2021
Madre de Cristo, madre de los cristianos
De los Sermones del beato Guerrico, abad
Un solo hijo dio a luz María, el cual, así como es Hijo único del Padre celestial, así también es el hijo único de su madre terrena. Y esta única virgen y madre, que tiene la gloria de haber dado a luz al Hijo único del Padre, abarca, en su único hijo, a todos los que son miembros del mismo; y no se avergüenza de llamarse madre de todos aquellos en los que ve formado o sabe que se va formando Cristo, su hijo.
La antigua Eva, más que madre madrastra, ya que dio a gustar a sus hijos la muerte antes que la luz del día, aunque fue llamada madre de todos los vivientes, no justificó este apelativo; María, en cambio, realizó plenamente su significado, ya que ella, como la Iglesia de la que es figura, es madre de todos los que renacen a la vida. Es, en efecto, madre de aquella Vida por la que todos viven, pues al dar a luz esta Vida, regeneró en cierto modo a todos los que habían de vivir por ella.
Esta santa madre de Cristo, como sabe que, en virtud de este misterio, es madre de los cristianos, se comporta con ellos con solicitud y afecto maternal, y en modo alguno trata con dureza a sus hijos, como si no fuesen suyos, ya que sus entrañas, una sola vez fecundadas, aunque nunca agotadas, no cesan de dar a luz el fruto de piedad.
Si el Apóstol de Cristo no deja de dar a luz a sus hijos, con su solicitud y deseo piadoso, hasta ver a Cristo formado en ellos, ¿cuánto más la madre de Cristo? Y Pablo los engendró con la predicación de la palabra de verdad con que fueron regenerados; pero María de un modo mucho más santo y divino, al engendrar al que es la Palabra en persona. Es ciertamente digno de alabanza el ministerio de la predicación de Pablo; pero es más admirable y digno de veneración el misterio de la generación de María.
Por eso vemos cómo sus hijos la reconocen por madre, y así, llevados por un natural impulso de piedad y de fe, cuando se hallan en alguna necesidad o peligro, lo primero que hacen es invocar su nombre y buscar refugio en ella, como el niño que se acoge al regazo de su madre. Por esto creo que no es un desatino el aplicar a estos hijos lo que el profeta había prometido: Tus hijos habitarán en ti; salvando, claro está, el sentido originario que la Iglesia da a esta profecía.
Y si ahora habitamos al amparo de la madre del Altísimo, vivamos a su sombra, como quien está bajo sus alas, y así después reposaremos en su regazo, hechos partícipes de su gloria. Entonces resonará unánime la voz de los que se alegran y se congratulan con su madre: Y cantarán mien. tras danzan: Todas mis fuentes están en ti, santa Madre de Dios.
viernes, 19 de noviembre de 2021
Reconoció y amó a Cristo en los pobres
De una Carta escrita por Conrado de Marburgo, director espiritual de santa Isabel
Pronto Isabel comenzó a destacar por sus virtudes, y, así
como durante toda su vida había sido consuelo de los pobres, comenzó luego a ser
plenamente remedio de los hambrientos. Mandó construir un hospital cerca de uno
de sus castillos y acogió en él gran cantidad de enfermos e inválidos; a todos
los que allí acudían en demanda de limosna les otorgaba ampliamente el beneficio
de su caridad, y no sólo allí, sino también en todos los lugares sujetos a la
jurisdicción de su marido, llegando a agotar de tal modo todas las rentas
provenientes de los cuatro principados de éste, que se vio obligada finalmente a
vender en favor de los pobres todas las joyas y vestidos lujosos.
Tenía la costumbre de visitar personalmente a todos sus
enfermos, dos veces al día, por la mañana y por la tarde, curando también
personalmente a los más repugnantes, a los cuales daba de comer, les hacia la
cama, los cargaba sobre sí y ejercía con ellos muchos otros deberes de
humanidad; y su esposo, de grata memoria, no veía con malos ojos todas estas
cosas. Finalmente, al morir su esposo, ella, aspirando a la máxima perfección.
me pidió con lágrimas abundantes que le permitiese ir a mendigar de puerta en
puerta.
En el mismo día del Viernes santo, mientras estaban denudados
los altares, puestas las manos sobre el altar de una capilla de su ciudad, en la
que había establecido frailes menores, estando presentes algunas personas,
renunció a su propia voluntad, a todas las pompas del mundo y a todas las cosas
que el Salvador, en el Evangelio. aconsejó abandonar. Después de esto, viendo
que podía ser absorbida por la agitación del mundo y por lá gloria mundana de
aquel territorio en el que, en vida de su marido, había vivido rodeada de boato,
me siguió hasta Marburgo, aun en contra de mi voluntad; allí, en la ciudad, hizo
edificar un hospital, en el que dio acogida a enfermos e inválidos, sentando a
su mesa a los más míseros y despreciados.
Afirmo ante Dios que raramente he visto una mujer que a una
actividad tan intensa juntara una vida tan contemplativa, ya que algunos
religiosos y religiosas vieron más de una vez como, al volver de la intimidad de
la oración, su rostro resplandecía de un modo admirable y de sus ojos salían
como unos rayos de sol.
Antes de su muerte la oí en confesión, y, al preguntarle cómo
había de disponer de sus bienes y de su ajuar, respondió que hacía ya mucho
tiempo que pertenecía a los pobres todo lo que figuraba como suyo y me pidió que
se lo repartiera todo, a excepción de la pobre túnica que vestía y con la que
quería ser sepultada. Recibió luego el cuerpo del Señor y después estuvo
hablando hasta la tarde, de las cosas buenas que había oído en la predicación;
finalmente habiendo encomendado a Dios con gran devoción a todos los que la
asistían, expiró como quien se duerme plácidamente.
jueves, 18 de noviembre de 2021
Oración al Buen Pastor
Del Comentario de san Gregorio de Nisa, obispo, sobre el Cantar de los cantares
¿Dónde pastoreas, pastor bueno, tú que cargas sobre tus hombros a toda la grey?;
(toda la humanidad, que cargaste sobre tus hombros, es, en efecto, como una sola
oveja). Muéstrame el lugar de reposo, guíame hasta el pasto nutritivo, llámame
por mi nombre para que yo, oveja tuya, escuche tu voz, y tu voz me dé la vida
eterna: Avísame, amor de mi alma, dónde pastoreas.
Te nombro de este modo, porque tu nombre supera cualquier otro nombre y cualquier
inteligencia, de tal manera que ningún ser racional es capaz de pronunciarlo o de
comprenderlo. Este nombre, expresión de tu bondad, expresa el amor de mi alma hacia
ti. ¿Cómo puedo dejar de amarte, a ti que de tal manera me has amado, a pesar de mi
negrura, que has entregado tu vida por las ovejas de tu rebaño? No puede imaginarse
un amor superior a éste, el de dar tu vida a trueque de mi salvación.
Enséñame, pues -dice el texto sagrado-, dónde pastoreas, para que pueda hallar los
pastos saludables y saciarme del alimento celestial, que es necesario comer para
entrar en la vida eterna; para que pueda asimismo acudir a la fuente y aplicar mis
labios a la bebida divina que tú, como de una fuente, proporcionas a los sedientos
con el agua que brota de tu costado, venero de agua abierto por la lanza, que se
convierte para todos los que de ella beben en manantial, cuyas aguas brotan para
comunicar vida eterna.
Si de tal modo me pastoreas, me harás recostar al mediodía, sestearé en paz y
descansaré bajo la luz sin mezcla de sombra; durante el mediodía, en efecto, no
hay sombra alguna, ya que el sol está en su vértice; bajo esta luz meridiana
haces recostar a los que has pastoreado, cuando haces entrar contigo en tu
refugio a tus ayudantes. Nadie es considerado digno de este reposo meridiano si
no es hijo de la luz y del día. Pero el que se aparta de las tinieblas, tanto de
las vespertinas como de las matutinas, que significan el comienzo y el fin del
mal, es colocado por el sol de justicia en la luz del mediodía, para que se
recueste bajo ella.
Enséñame, pues, cómo tengo que recostarme y pacer, y cuál sea el camino del
reposo meridiano, no sea que por ignorancia me sustraiga de tu dirección y me
junte a un rebaño que no sea el tuyo.
Esto dice (la esposa del Cantar), solícita por la belleza que le viene de Dios y
con el deseo de saber cómo alcanzar la felicidad eterna.
miércoles, 17 de noviembre de 2021
Aconsejar y educar desde Dios
martes, 16 de noviembre de 2021
Voy iluminando el camino
lunes, 15 de noviembre de 2021
Sobre el perdón
Del Tratado del san Fulgencio de Ruspe, obispo.
En un instante, en un abrir y cerrar de ojos, al toque de la última trompeta,
porque resonará y los muertos despertarán incorruptibles y nosotros nos veremos
transformados. Al decir «nosotros» enseña Pablo que han de gozar junto con él del don
de la transformación futura todos aquellos que, en el tiempo presente, se
asemejan a él y a sus compañeros por la comunión con la Iglesia y por una
conducta recta. Nos insinúa también el modo de esta transformación cuando dice:
Esto corruptible tiene que vestirse de incorrupción, y esto mortal tiene que, vestirse de
inmortalidad. Pero a esta transformación, objeto de una justa retribución, debe preceder,
antes otra transformación, que es puro don gratuito.
La retribución de la transformación futura se promete a los que en la vida
presente realicen la transformación del mal al bien.
La primera transformación gratuita consiste en la justificación, que es una
resurrección espiritual, don divino que es una incoación de la transformación
perfecta que tendrá lugar en la resurrección de los cuerpos de los justificados,
cuya gloria será entonces perfecta, inmutable y para siempre. Esta gloria
inmutable y eterna es, en efecto, el objetivo al que tienden, primero, la gracia
de la justificación y, después, la transformación gloriosa.
En esta vida somos transformados por la primera resurrección, que es la
iluminación destinada a la conversión; por ella pasamos de la muerte a la vida,
del pecado a la justicia, de la incredulidad a la fe, de las malas acciones a
una conducta santa. Sobre los que así obran no tiene poder alguno la segunda
muerte. De ellos dice
el Apocalipsis: Bienaventurado el que toma parte en esta
resurrección primera. Sobre ellos no tendrá poder alguno la segunda muerte. Y
leemos en el mismo libro: El vencedor no sufrirá daño de la muerte segunda. Así
como hay una primera resurrección, que consiste en la conversión del corazón,
así hay también una segunda muerte, que consiste en el castigo eterno. Que se
apresure, pues, a tomar parte ahora en la primera resurrección el que no quiera
ser condenado con el castigo eterno de la segunda muerte. Los que en la vida
presente, transformados por el temor de Dios, pasan de mala a buena conducta,
pasan de la muerte a la vida y más tarde serán transformados de su humilde
condición a una condición gloriosa.
domingo, 14 de noviembre de 2021
Mis palabras no pasarán
sábado, 13 de noviembre de 2021
Encontrará Fe?
viernes, 12 de noviembre de 2021
La sabiduría del mundo
jueves, 11 de noviembre de 2021
Martín de Tours, pobre y humilde
De las Cartas de Sulpicio Severo
Martín conoció con mucha antelación su muerte y anunció a sus
hermanos la proximidad de la disolución de su cuerpo. Entretanto, por una
determinada circunstancia, tuvo que visitar la diócesis de Candes. Existía en
aquella iglesia una desavenencia entre los clérigos, y, deseando él poner paz
entre ellos, aunque sabía que se acercaba su fin, no dudó en ponerse en camino,
movido por este deseo, pensando que si lograba pacificar la Iglesia sería éste
un buen colofón a su vida.
Permaneció por un tiempo en aquella población o comunidad,
donde había establecido su morada. Una vez restablecida la paz entre los
clérigos, cuando ya pensaba regresar a su monasterio, de repente empezaron a
faltarle las fuerzas; llamó entonces a los hermanos y les indicó que se acercaba
el momento de su muerte. Ellos, todos a una, empezaron a entristecerse y a
decirle entre lágrimas:
«¿Por qué nos dejas, padre? ¿A quién nos encomiendas en
nuestra desolación? Invadirán tu grey lobos rapaces; ¿quién nos defenderá de sus
mordeduras, si nos falta el pastor? Sabemos que deseas estar con Cristo, pero
una dilación no hará que se pierda ni disminuya tu premio; compadécete más bien
de nosotros, a quienes dejas.»
Entonces él, conmovido por este llanto, lleno como estaba siempre
de entrañas de misericordia en el Señor, se cuenta que lloró también; y, vuelto
al Señor, dijo tan sólo estas palabras en respuesta al llanto de sus hermanos:
«Señor, si aún soy necesario a tu pueblo, no rehuyo el trabajo;
hágase tu voluntad.»
¡Oh varón digno de toda alabanza, nunca derrotado por las
fatigas ni vencido por la tumba, igualmente dispuesto a lo uno y a lo otro, que
no tembló ante la muerte ni rechazó la vida! Con los ojos y las manos
continuamente levantados al cielo, no cejaba en la oración; y como los
presbíteros, que por entonces habían acudido a él, le rogasen que aliviara un
poco su cuerpo cambiando de posición, les dijo:
«Dejad, hermanos, dejad que mire al cielo y no a la tierra, y
que mi espíritu, a punto ya de emprender su camino, se dirija al Señor.»
Dicho esto, vio al demonio cerca de él, y le dijo:
«¿Por qué estás aquí, bestia feroz? Nada hallarás en mí,
malvado; el seno de Abraham está a punto de acogerme.»
Con estas palabras entregó su espíritu al cielo. Martín,
lleno de alegría, fue recibido en el seno de Abraham; Martín pobre y humilde
entró en el cielo, cargado de riquezas.
miércoles, 10 de noviembre de 2021
A nosotros nos habla
martes, 9 de noviembre de 2021
Somos templos de Dios
De los Sermones de san Cesáreo de Arlés, obispo.
Hoy, hermanos muy amados, celebramos con gozo y alegría, por
la benignidad de Cristo, la dedicación de este templo; pero nosotros debemos ser
el templo vivo y verdadero de Dios. Con razón, sin embargo, celebran los pueblos
cristianos la solemnidad de la Iglesia madre, ya que son conscientes de que por
ella han renacido espiritualmente. En efecto, nosotros, que por nuestro primer
nacimiento fuimos objeto de la ira de Dios, por el segundo hemos llegado a ser
objeto de su misericordia. El primer nacimiento fue para muerte; el segundo nos
restituyó a la vida.
Todos nosotros, amadísimos, antes del bautismo fuimos lugar
en donde habitaba el demonio; después del bautismo nos convertimos en templos de
Cristo. Y, si pensamos con atención en lo que atañe a la salvación de nuestras
almas, tomamos conciencia de nuestra condición de templos verdaderos y vivos de
Dios. Dios habita no sólo en templos levantados por los hombres ni
en casas hechas de piedra y de madera, sino principalmente en el alma hecha a
imagen de Dios y construida por él mismo, que es su arquitecto. Por esto dice el
apóstol Pablo: El templo de Dios es santo: ese templo sois vosotros.
Y, ya que Cristo, con su venida, arrojó de nuestros corazones
al demonio para prepararse un templo en nosotros, esforcémonos al máximo, con su
ayuda, para que Cristo no sea deshonrado en nosotros por nuestras malas obras.
Porque todo el que obra mal deshonra a Cristo. Como antes he dicho, antes de que
Cristo nos redimiera éramos casa del demonio; después hemos llegado a ser casa
de Dios, ya que Dios se ha dignado hacer de nosotros una casa para sí.
Por esto, nosotros, carísimos, si queremos celebrar con
alegría la dedicación del templo, no debemos destruir en nosotros, con nuestras
malas obras, el templo vivo de Dios. Lo diré de una manera inteligible para
todos: debemos disponer nuestras almas del mismo modo como deseamos encontrar
dispuesta la iglesia cuando venimos a ella.
¿Deseas encontrar limpia la basílica? Pues no ensucies tu
alma con el pecado. Si deseas que la basílica esté bien iluminada, Dios desea
también que tu alma no esté en tinieblas, sino que sea verdad lo que dice el
Señor: que brille en nosotros la luz de las buenas obras y sea glorificado aquel
que está en los cielos. Del mismo modo que tú entras en esta iglesia, así quiere
Dios entrar en tu alma, como tiene prometido: Habitaré en medio de ellos y
andaré entre ellos.
lunes, 8 de noviembre de 2021
Confesemos a Dios con nuestras obras
De la Homilía de un autor del siglo segundo
Mirad cuán grande ha sido la misericordia del Señor para con nosotros: En primer
lugar no ha permitido que quienes teníamos la vida sacrificáramos ni adoráramos
a dioses muertos, sino que quiso que, por Cristo, llegáramos al conocimiento del
Padre de la verdad. ¿Qué significa conocerlo a él sino el no apostatar de aquel
por quien lo hemos conocido? El mismo Cristo afirma: A todo aquel que me
reconozca ante los hombres lo reconoceré yo también ante mi Padre. Ésta será
nuestra recompensa
si confesamos a aquel que nos salvó. ¿Y cómo lo confesaremos? Haciendo lo que
nos dice y no desobedeciendo nunca sus mandamientos; honrándolo no solamente con
nuestros labios, sino también con todo nuestro corazón y con toda nuestra
mente. Dice, en efecto, Isaías: Este pueblo me glorifica con los labios,
mientras su corazón está lejos de mí.
No nos contentemos, pues, con llamarlo: «Señor», pues esto solo no nos salvará.
Está escrito, en efecto: No todo el que me diga: «¡Señor, Señor!» se salvará,
sino el que practique la justicia. Por tanto, hermanos, confesémoslo con
nuestras obras, amándonos los unos a los otros. No seamos adúlteros, no nos
calumniemos ni nos envidiemos mutuamente, antes al contrario, seamos castos,
compasivos, buenos; debemos también compadecernos de las desgracias de nuestros
hermanos y no buscar desmesuradamente el dinero. Mediante el ejercicio de estas
obras confesaremos al Señor, en cambio no lo confesaremos si practicamos lo
contrario a ellas. No es a los hombres a quienes debemos temer, sino a Dios. Por
eso a los que se comportan mal les dijo el Señor: Aunque vosotros estuviereis
reunidos conmigo, si no cumpliereis mis mandamientos, os rechazaré y os diré:
«Apartaos de mí vosotros, nunca jamás os he conocido, obradores de maldad.»
Por esto, hermanos míos, luchemos, pues sabemos que el combate ya ha comenzado y
que muchos son llamados a los combates corruptibles, pero no todos son
coronados, sino que el premio se reserva a quienes se han esforzado en combatir
debidamente. Combatamos nosotros de tal forma que merezcamos todos ser
coronados. Corramos por el camino recto, el combate incorruptible, y naveguemos
y combatamos en él para que podamos ser coronados; y si no pudiéramos todos ser
coronados, procuremos acercarnos lo más posible a la corona. Recordemos, sin
embargo, que si uno lucha en los combates corruptibles y es sorprendido
infringiendo las leyes de la lucha, recibe azotes y es expulsado fuera del
estadio.
¿Qué os parece? ¿Cuál será el castigo de quien infringe las leyes del combate
incorruptible? De los que no guardan el sello, es decir, el compromiso de su
bautismo, dice la Escritura: Su gusano no muere, su fuego no se apaga y serán el
horror de todos.
domingo, 7 de noviembre de 2021
Pobreza o riqueza
sábado, 6 de noviembre de 2021
Fiel en lo poco
viernes, 5 de noviembre de 2021
El progreso del dogma
Del primer Conmonitorio de san Vicente de Lerins, presbítero
¿Es posible que se dé en la Iglesia un progreso en los conocimientos religiosos?
Ciertamente que es posible y la realidad es que este progreso se da.
En efecto, ¿quién envidiaría tanto a los hombres y sería tan enemigo de Dios
como para impedir este progreso? Pero este progreso sólo puede darse con la
condición de que se trate de un auténtico progreso en el conocimiento de la fe,
no de un cambio en la misma fe. Lo propio del progreso es que la misma cosa que
progresa crezca y aumente, mientras lo característico del cambio es que la cosa que
se muda se convierta en algo totalmente distinto. Es conveniente, por tanto,
que, a través de todos los tiempos y de todas las edades, crezca y progrese la
inteligencia, la ciencia y la sabiduría de cada una de las personas y del
conjunto de los hombres, tanto por parte de la Iglesia entera, como por parte de
cada uno de sus miembros.
Pero este crecimiento debe seguir su propia naturaleza, es decir, debe estar de
acuerdo con las líneas del dogma y debe seguir el dinamismo de una única e
idéntica doctrina. Que el conocimiento religioso imite, pues, el modo como
crecen los cuerpos, los cuales, si bien con el correr de los años se van
desarrollando, conservan, no obstante, su propia naturaleza. Gran diferencia hay
entre la flor de la infancia y la madurez de la ancianidad, pero, no obstante,
los que van llegando ahora a la ancianidad son, en realidad, los mismos que hace
un tiempo eran adolescentes. La estatura y las costumbres del hombre pueden
cambiar, pero su naturaleza continúa idéntica y su persona es la misma.
Los miembros de un recién nacido son pequeños, los de un joven están ya
desarrollados; pero, con todo, el uno y el otro tienen el mismo número de
miembros. Los niños tienen los mismos miembros que los adultos y, si algún
miembro del cuerpo no es visible hasta la pubertad, este miembro, sin embargo,
existe ya como en embrión en la niñez, de tal forma que nada llega a ser
realidad en el anciano que no se contenga como en germen en el niño.
No hay, pues, duda alguna: la regla legítima de todo progreso y la norma recta
de todo crecimiento consiste en que, con el correr de los años, vayan
manifestándose en los adultos las diversas perfecciones de cada uno de aquellos
miembros que la sabiduría del Creador había ya preformado en el cuerpo del
recién nacido.
Porque si aconteciera que un ser humano tomara apariencias distintas a las de su
propia especie, sea porque adquiriera mayor número de miembros, sea porque
perdiera alguno de ellos, tendríamos que decir que todo el cuerpo perece o bien
que se convierte en un monstruo o, por lo menos, que ha sido gravemente
deformado. Es también esto mismo lo que acontece con los dogmas
cristianos: las leyes de su progreso exigen que éstos se consoliden a través de
las edades, se desarrollen con el correr de los años y crezcan con el paso del
tiempo.
Nuestros mayores sembraron antiguamente en el campo de la Iglesia semillas de
una fe de trigo; sería ahora grandemente injusto e incongruente que nosotros,
sus descendientes, en lugar de la verdad del trigo legáramos a nuestra
posteridad el error de la cizaña.
Al contrario, lo recto y consecuente,- para que no discrepen entre sí la raíz y
sus frutos, es que de las semillas de una doctrina de trigo recojamos el fruto
de un dogma de trigo; así, al contemplar cómo a través de los siglos aquellas
primeras semillas han crecido y se han desarrollado, podremos alegrarnos de
cosechar el fruto de los primeros trabajos.