Comienza el Sermón de san León Magno, papa, Sobre las bienaventuranzas
Cuando nuestro Señor Jesucristo, amadísimos hermanos, predicaba el Evangelio del
reino y recorría toda la región de Galilea curando enfermedades, la fama de sus
milagros se divulgó por toda Siria, y de todas las regiones de Judea muchos
acudían a este médico divino. Pero como la fe de los hombres ignorantes es
siempre necia y torpe para creer lo que no ve y esperar lo que no palpa, la
sabiduría divina creyó oportuno acrecentarla por medio de dones corporales y
robustecerla por medio de milagros visibles: así, al experimentar cuán bondadoso
era su poder, no dudarían tampoco de lo saludable que eran sus enseñanzas.
Por ello, el Señor, para ir convirtiendo los dones corporales en remedio del
espíritu y pasar de la curación de los cuerpos a la salud de las almas, se separó
de las turbas que lo rodeaban y, con sus apóstoles, subió a un monte cercano.
Sentóse entonces en la sublimidad de la cátedra mística, indicando con el lugar
escogido y con la actitud tomada que él era aquel mismo que en otro tiempo había
hablado a Moisés, también desde un monte; pero con la diferencia de que entonces
lo hizo con gran severidad y con palabras terribles, y ahora, en cambio, lo hacía
con bondad y clemencia, para que así se cumpliera lo que había anunciado el profeta
Jeremías: Mirad que llegan días -oráculo del Señor- en que haré con la casa de
Israel y la casa de Judá una alianza nueva. Después de aquellos días -oráculo
del Señor-: Pondré mi ley en su pecho, la escribiré en sus corazones.
El mismo, por tanto, que había hablado a Moisés se dirige ahora a los apóstoles:
así la ágil mano del Verbo iba grabando en los corazones de los discípulos los
mandamientos de la nueva ley, pero no como entonces, rodeado de densas nubes, ni
por medio de truenos y relámpagos que atemorizaban al pueblo, alejándolo del
monte, sino con la manifiesta suavidad de un diálogo que se dirige a los que
están cerca. De esta forma la suavidad de la gracia anulaba la aspereza de la
ley, y el espíritu de adopción suplantaba el temor servil.
Y cuál sea la doctrina de Cristo, se manifiesta en sus mismas palabras; con
ellas el Señor quiere declarar los diversos grados por los que debe ir subiendo
quien desea llegar a la felicidad eterna. Dichosos los pobres de espíritu
-dice-, porque de ellos es el reino de los cielos. A qué pobres se refiera la
Verdad, tal vez quedaría confuso si dijera, sólo: Dichosos los pobres, sin
añadir de qué clase de pobreza se trataba; a muchos, en efecto, se les podría
ocurrir que era sólo cuestión de aquella indigencia material que muchos padecen
por necesidad y que ella era suficiente para merecer el reino de los cielos.
Pero al decir: Dichosos los pobres de espíritu, el Señor manifiesta que el reino
de los cielos pertenece a aquellos que son pobres más por la humildad de su
espíritu que por la carencia de fortuna.
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