“¿De qué discutíais por el camino?». Ellos callaban, pues por el camino habían discutido quién era el más importante. Jesús se sentó, llamó a los Doce y les dijo:
«Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos».
Nos olvidamos de que, en muchos casos, la “espina del pecado”, como la llama San Pablo, es la del apetito de poder. Sí, es la espina que más se nota en nuestras vidas cuando no estamos en buena relación con la Voluntad de Dios, cuando no estamos viviendo en Gracia de Dios.
Ese apetito nos hace creer, sumado a nuestro orgullo o vanidad, que somos los únicos que podemos hacer bien las cosas, y así no valoramos la actitud o las cualidades de los demás para hacer las cosas, o, simplemente no los dejamos actuar porque “como yo no nadie lo va a hacer bien”.
Ese apetito nos hace olvidar que nuestra misión es una misión de servicio a Dios en los hermanos, o, si queréis en los hermanos por Dios, pues cuando el Señor nos invita a prestar un servicio no es para darnos “poder” sobre los demás, sino para que, desde el amor, sirvamos a la vida, a la vida de los demás, sin que “tu mano izquierda sepa lo que hace tu derecha”.
Lo que también nos olvidamos es que estamos un tiempo muy difícil de la humanidad. Sí, en un tiempo donde todos nos creemos indispensables, o donde sólo “valemos” si tenemos poder sobre los demás; o donde “valemos” si tenemos un papel protagónico en la sociedad, en la comunidad e, incluso, en nuestra familia. Como no alcancemos ese rol pareciera que no somos nadie y que no valemos para nada. Y, lo que es peor, muchas, veces nos hacen sentir de esa manera, ejerciendo un poder despreciativo frente a los que no tienen los mismos logros que los demás.
Y, lo que la vida nos va enseñando, pero no aprendemos, es que ninguno de nosotros es indispensable en esta vida, porque nuestro tiempo tiene un fin y las cosas que se hacen sin Dios, enseguida se pierden en el tiempo. En cambio, cuando estamos en comunidad y prestamos un servicio real desde el amor y la voluntad de Dios todo tiene un valor mayor, no porque sea más relevante, sino porque Dios le da ese enorme valor.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.