"Él, apartándolo de la gente, a solas, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua. Y, mirando al cielo, suspiró y le dijo: «Effetá», (esto es: «ábrete»).
Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba".
Seguramente que los que habéis participado en el bautismo de un hijo o ahijado o simplemente de familiar o invitado, no os acordaréis de este rito “Effetá”, pues se hace después de recibir el agua bautismal, para que, así como lo hizo Jesús, al nuevo cristiano se le hace una bendición que dice: El Señor Jesús, que hizo oír a los sordos y hablar a los mudos, te permita, muy pronto, escuchar su palabra y profesar la fe para gloria y alabanza de Dios Padre.
Es cierto que todos los ritos, de todos los sacramentos, son muy lindos, pero este es particular porque nos da “el puntapié inicial” para comenzar una vida cristiana: necesitamos tener los oídos abiertos para poder escuchar la Palabra de Dios, pero no sólo los oídos físicos, sino, sobre todo, los oídos del alma, del corazón, pues de nada sirve que aprenda la Palabra de Dios, si no escucho cuál es Su Voluntad.
Pero, además, esto tiene otra connotación, porque diría san Pablo ¿cómo van a escuchar la Palabra de Dios si nadie se las predica? y ¿cómo la van a hablar si no la conocen? Pues bien, le corresponde a los padres y padrinos, primeros catequistas de los niños, hablarles de Dios, leerles la Palabra, rezar con ellos, entablar un diálogo espiritual con sus hijos y ahijados, que es a lo que se comprometieron en el bautismo.
Y, por otro lado, el Señor nos bendice los labios para que desde nuestro corazón salgan las enseñanzas que hemos aprendido, y podamos dar testimonio de lo que creemos. Porque habría que recordar que “de la abundancia del corazón hablan los labios”.
Por todo esto es un rito que me parece muy lindo para recordar, pero que, muchas veces, se nos pasa por alto en las celebraciones. Es el Señor quien nos abre los oídos y los labios para escuchar y proclamar su Palabra, nos toca a nosotros llenar nuestros corazones con Sus Palabras para que siempre podamos anunciar la alegría de la salvación.
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