“Se lo explicaba con toda claridad. Entonces Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo. Pero él se volvió y, mirando a los discípulos, increpó a Pedro: «¡Ponte detrás de mí, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!».
¿Qué es pensar como los hombres y no como Dios?
Para Jesús había sólo un modo de pensar y actuar: “no he venido a hacer mi voluntad sino la del que me envió”, “mi alimento es hacer la voluntad de mi padre”, “no hago otra cosa que lo que he visto hacer a mi padre”. Para Él no había otro modo de vivir si no era buscando la Voluntad de Dios, de Su Padre, aunque ésta le costara lágrimas de sangre, como nos lo cuenta el Evangelio en el Huerto de los Olivos.
Pedro, habiendo escuchado el anuncio de la Pasión y Muerte de Jesús, se puso a increparlo, pues no era eso lo que Pedro esperaba de Jesús, ¡no! Pedro esperaba que Jesús fuera declarado Rey o Emperador, pues así sería como liberarían a Israel. Pero esa no era la Voluntad de Dios, Jesús no venía a liberar al hombre de la esclavitud de los romanos, sino de la esclavitud del pecado, y del pecado original.
Y ¿cuál había sido el pecado original? La desobediencia de Adán y Eva: “así como por la desobediencia de un solo hombre, todos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo, todos serán constituidos justos”.
Y lo mismo sigue pasando en nuestra vidas cuando somos fieles a Dios, a Su Voluntad, o cuando somos infieles a ella, pues cuando somos fieles construimos comunidad, ya sea en la familia, en el trabajo, o donde estemos; pero cuando nos dejamos llevar por el pecado del hombre: la avaricia, la vanidad, el egoísmo… entonces vamos destruyendo todo lo que había, incluso, no dejamos que otros puedan colaborar en la Obra creadora de Dios, haciendo lo que pedimos diariamente: “venga a nosotros tu Reino”.
Pero ¿cómo construimos el Reino de Dios en la tierra? También lo decimos todos los días: “hágase tu Voluntad aquí en la tierra como en el Cielo”. No será fácil para el hombre, pero no es imposible para el hombre que vive en Dios, que se relaciona constantemente con Él, que vive su Palabra y se unión en los Sacramentos.
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