"Y, volviéndose a la mujer, dijo a Simón:
«¿Ves a esta mujer? He entrado en tu casa y no me has dado agua para los pies; ella, en cambio, me ha regado los pies con sus lágrimas y me los ha enjugado con sus cabellos. Tú no mediste el beso de paz; ella, en cambio, desde que entré, no ha dejado de besarme los pies. Tú no me ungiste la cabeza con ungüento; ella, en cambio, me ha ungido los pies con perfume. Por eso te digo: sus muchos pecados han quedado perdonados, porque ha amado mucho, pero al que poco se le perdona, ama poco».
El fariseo, en realidad, no apreciaba demasiado a Jesús, quizás, como se dijo en otras oportunidades, lo había invitado a su casa para ver qué decía y "sacarle" cosas para denunciarlo a los otros fariseos. Él se creía mejor que Jesús, por eso tampoco hizo los ritos que se hacían para recibir a una persona en su casa: lavarle los pies, darle el beso de la paz, y otras cosas, pues no haciendo esos ritos despreciaba al que había invitado a su casa y a su mesa.
El creernos mejor que los demás ya es un desprecio a uno mismo, porque uno nunca sabe quién o cómo es el que tengo enfrente, y, por sobre todo, va haciendo crecer la vanidad hacia la soberbia, alejándome de la Gracia santificadora y salvadora.
Cuando dejo crecer la vanidad en mi corazón es entonces cuando nunca descubro en mi vida las cosas a modificar, los pecados a convertir, sino que, cada día, me siento más puro que los demás, más inteligente que los demás, más perfecto que los demás, y, así me voy alejando cada día más de la Gracia del Perdón, y pierdo la oportunidad de recibir el Verdadero Amor del Señor.
Y, al no sentir que hay pecado en mi vida, que soy más puro y más bueno, no seré perdonado pues no tengo nada de qué arrepentirme. En cambio, esta mujer sabiendo de su pecado se echó a los pies del Señor para suplicar, con sus lágrimas, el perdón y la reconciliación, algo que, nuestras soberbia, nunca nos permite hacer.
Cuando dejamos paso a la humildad por medio del reconocimiento de nuestras faltas y pecados, podemos llegar a sentir el gozo de ser perdonados, el calor del abrazo del Señor para aquél que ha querido volver al Camino que lo lleva a crecer en el Amor.
Intentemos dejar de lado nuestras conductas farisaicas y a los pies del Señor pidamos perdón por nuestros errores y pecados, para que, como la mujer podamos ser reconciliados no sólo con Dios, sino con nosotros mismos, y descubrir que todavía queda mucho camino para recorrer hasta alcanzar la meta de la verdadera santidad.
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