Antes de comenzar el seminario el párroco de mi pueblo nos pidió a los jóvenes hacer una misión de navidad. No teníamos mucha idea de lo que era porque éramos todos jóvenes recién convertidos, pero él nos dió una oración para hacer en cada casa, y llevábamos una Cruz con Jesús crucificado. La oración era la bendición de San Francisco de Asís. Casi toda la gente del barrio nos abrió las puertas y nos agradeció por la bendición del párroco. Pero llegamos a una casa donde nos recibió una persona que al ver la Cruz nos dijo: ¿por qué me traéis a muerto? y nos cerró la puerta en la cara.
Así es nuestra reacción ante la Cruz que el Señor nos pide cada día, o en momentos más difíciles: ¡quítame esa Cruz Señor! y le cerramos la puerta en la cara.
¿Por qué entonces celebramos la Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz? ¿Por qué entonces nos hacemos al Señal de la Cruz? ¿Por qué aceptamos la invitación de Jesús a seguirlo y cargar nuestra cruz de cada día? ¿Por qué los cristianos somos tan negadores de la Cruz?
Hoy en muchas parroquias, capillas o comunidades se hará la Fiesta de la Cruz o de Jesús Crucificado, en sus distintas devociones. Pero ¿somos conscientes de lo que estamos celebrando? ¿Por qué lo celebramos?
Lo celebramos porque, en el fondo de nuestro corazón, sabemos que la Cruz es el Único camino para nuestra santificación y salvación. Sabemos que después de la Cruz viene la Resurrección, pero así como el Señor ante la Cruz lloró al Padre, nosotros también lo hacemos, pero, he aquí, que no seguimos la oración de Jesús sino que nos quedamos en la mitad: Si es posible que pase de mí este cáliz.... (y sigue) pero que no se haga mi voluntad sino la tuya. Y esa es la parte que nos falta en nuestra oración ante la Cruz: que no se haga mi voluntad sino la tuya, pues sólo después de esa oración el Padre me dará la Fuerza del Espíritu para poder llevarla sin desfallecer, sin perder la esperanza, y, en cada caída poder levantarme para terminar el camino que Él ha pensado para mí.
No, la Cruz no es el tormento que buscamos, es la aceptación de la Voluntad del Padre para mi salvación y la del mundo entero, uniéndonos al decir de san Pablo: "ahora me alegro de mis sufrimientos por vosotros: así completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, en favor de su cuerpo que es la Iglesia".
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