“¿Quién de entre vosotros queda de los que vieron este templo en su primitivo esplendor? Y el que veis ahora, ¿no os parece que no vale nada?
Ánimo, pues Zorobabel - oráculo del Señor -; ánimo también tú, Josué, hijo de Josadac, sumo sacerdote.
¡Ánimo gentes todas! - oráculo del Señor -. ¡Adelante, que yo estoy con vosotros! - oráculo del Señor del universo -.
Ahí está mi palabra, la que os di al sacaros de Egipto; y mi espíritu está en medio de vosotros: ¡No temáis!"
A veces puede parecer que lo que estamos haciendo o creando no es algo bueno, siempre puede parecernos que lo anterior ha sido mejor, o que lo que otros hacen es mejor que lo nuestro. No siempre miramos o hacemos las cosas desde Dios, y, por eso, cuando lo miramos desde nuestra imperfección y pequeñez siempre vemos que las cosas son pocas o no son buenas, sin embargo, cuando todo lo hacemos desde Dios, aunque no veamos los frutos o el esfuerzo en la belleza o grandeza de las cosas, es Dios quien le da el toque de belleza o grandeza a todo lo que hacemos. Y, como dice en esta profecía, siempre Él nos dará ánimos para que no caigamos, para que no cesen nuestros esfuerzos de querer seguir creciendo en fidelidad, en verdad, en santidad, pues ahí está la cuestión: todo lo que el Señor nos pide que hagamos o vivamos o asumamos es para nuestro bien y crecimiento. Quizás no veamos con nuestros ojos lo que Dios ha logrado hacer en nuestras vidas, porque siempre miramos humanamente todo, y no vemos lo que, a través nuestro, Dios va haciendo o contruyendo.
Es cierto que en este proceso de "construcción" de este templo sagrado que somos cada uno de nosotros, los que fuimos ungidos con el Santo Crisma el día de nuestro bautismo, siempre habrá momentos de "parón", de bajón en nuestros ánimos y fuerzas, pero debemos seguir mirando al Señor, debemos seguir poniendo la confianza en Él, saber que, a pesar de que siempre me vuelva a preguntar ¿quién dice tú que soy yo?, Él sabe que lo amo, sabe que lo quiero, sabe y, sobre todo, Él confía más en mí, que yo en Él, pues Él ha entregado su vida para mi salvación, antes de que yo se lo pidiera.
Por eso, ante toda circunstancia que la vida ponga delante de tí, cuando veas que no has crecido nada y que nada de lo que haces está bien, recuerda las palabras del Señor:
¡Ánimo, gentes todas! ¡Adelante, yo estoy con vosotros!
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