"Pero Amós respondió a Amasías:
«Yo no soy profeta ni hijo de profeta. Yo era un pastor y un cultivador de sicomoros. Pero el Señor me arrancó de mi rebaño y me dijo: “Ve, profetiza a mi pueblo Israel”.
No siempre lo que el profeta tiene que decir de parte del Señor, serán buenas noticias, sino que, las más de las veces, tendrá que advertir de las malas conductas, de los desvíos y de las consecuencias de haber dejado el camino marcado por el Señor.
Está claro que cuando alguien viene a alabarme, aunque diga que no me gustan las alabanzas, siempre viene bien que me digan lo hermoso y bueno que soy; pero cuando alguien viene a decirme lo que he realizado mal, que me estoy equivocando... ya no me gusta nada, aunque, muchas veces diga que siempre me gusta que me digan mi errores, y que a mí me gusta siempre ir con la verdad por delante.
Los mensajes de los Profetas nos agradan cuando traen Buenas Noticias, y, sin embargo, cuando vienen con mensajes duros de parte de Dios, también tenemos que pensar que son Buenas Noticias, porque es el Amor de un Padre que quiere lo mejor para sus hijos. Así lo hemos sentido siendo pequeños o siendo grandes, cuando nuestros padres nos tenían que poner en penitencia o dar un cachete para que sintamos que nos habíamos portado mal, y así poder entender la diferencia entre la recompensa al bien realizado y el castigo al mal que hemos hecho.
Igualmente, cuando se es padre, recién se comprende que no siempre tendremos que hacer sentir bien al otro, sino que, más de una y dos veces, habrá que llamar la atención por la mala conducta. Y eso se hace porque se quiere lo mejor para el ser amado.
Está claro que el primer pensamiento que nos surge es el mal pensamiento, pensar lo peor de la situación, y no sólo cuando vienen a decirme algo, sino cuando sucede algo delante de nuestros ojos, y en el momento hacemos un juicio rápido de lo que está pasando.
"En aquel tiempo, subió Jesús a una barca, cruzó a la otra orilla y fue a su ciudad. En eso le presentaron un paralítico, acostado en una camilla. Viendo la fe que tenían, dijo al paralítico:
«¡Ánimo, hijo!, tus pecados están perdonados».
Algunos de los escribas se dijeron:
«Este blasfema».
Así le pasaba a los judíos con Jesús, aunque sus pensamientos estaban motivas por un argumento anterior: buscaban con qué acusarlo, y por eso, siempre buscaban el lado malo de todo lo que Él hacía.
Por eso no debemos dejarnos llevar por las primeras impresiones, sino que siempre debemos analizar y reflexionar lo que nos dicen o lo que vemos y pensamos de los demás, porque, por lo general, el pecado original nos ayuda a pensar mal de todo, y así, no nos deja ser libres para aceptar las correcciones fraternas, ni alabar el bien que los demás hacen por otros.
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