"Como la embarazada cuando le llega el parto se retuerce y grita de dolor, así estábamos en tu presencia, Señor: concebimos, nos retorcimos, dimos a luz... viento; nada hicimos por salvar el país, ni nacieron habitantes en el mundo".
Hace mucho tiempo, hablando con una gran amiga, me contaba acerca de este párrafo, porque eso es lo que ella vivió en uno de sus embarazos esa experiencia, pues hizo todo el trabajo de parte y al nacer el niño murió, por una enfermedad congénita. Y me decía que lo que experimentó fue eso: dar a luz... viento, pues la vida de su hijo se habia esfumado en el último suspiro.
Un gran dolor del corazón de una madre, aunque la fe le asegurara que su hijo vivía en Dios, su experiencia fue esta lectura, y ahí pudo, con el tiempo, sacar reflexiones para ella y para cuantos la escuchábamos.
A veces, en nuestra vida, nos suceden estos dolores pues nos esforzamos mucho para que algo salga como tiene que salir, trabajamos muchos para poder alcanzar nuestros proyectos, dejamos de lado muchas cosas para llegar a la meta que nos propusimos, pero cuando llegamos o cuando alcazamos... sólo hay vientos, pues parece que no hemos realizado nada que valga la pena, y sentimos el sinsabor de la pérdida del tiempo, de la vida.
Es la sensación más rara, extraña y dolorosa en el corazón del hombre, pues nada hay que pueda llenar ese vacío que se siente, que duele, que vuelve todo negro en el proyecto vital.
Es que, cuando nos dejamos llevar sólo por nuestros intereses y proyectos, sin contar con la ayuda del Padre del Cielo, las grandes obras se vuelven viento pues no llenan nuestro corazón. Nos fatigamos sin medida buscando nuestra propia gloria, sabiendo que nada hay que no sea o me lo haya dado el Padre del Cielo, sin embargo, me dejo enceguecer por la vanidad que me lleva a una carrera contra el tiempo, y en el camino voy dejando de lado lo más importante de mi vida: vivir en Dios, y aprovechar cada momento para compartir mi vida con los que amo.
Es en esos momentos donde mejor resuenan las palabras de Jesús:
«Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mi, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera».
¿Cuál es su yugo? ¿Cuál es su carga? Su yugo y su carga, es mi cruz, es mi dolor, es mi angustia, es mi soledad, es todo aquello que se me hace pesado en la vida y no sé como llevarlo. Y, ahí, en ese preciso momento es cuando Él se hace mi Cireneo para ayudarme a seguir caminando, pues Él sabe que, en muchos momentos de nuestras vidas, necesitamos un Cireneo que nos ayude a llevar la pesada Cruz para que no desmayemos, para que ese peso no nos deje sin fuerzas, sino que tomemos un poco de aire y retomemos con paso firme el Camino que el Padre quiere que recorramos, y, sobre todo, pensemos que el Camino a recorrer es el que El Padre me ha indicado, no el que yo he proyectado.
Así, con la ayuda de tan Gran Cireneo, como dice san Pablo, alcanzaré la meta sin perder la fe.
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