miércoles, 28 de febrero de 2018

Tramemos un plan contra el profeta

"Ellos dijeron:
«Venga, tramemos un plan contra Jeremías, porque no falta la ley del sacerdote, ni el consejo del sabio, ni el oráculo del profeta. Venga vamos a hablar mal de él y no hagamos caso de sus oráculos».
¿¡Cuántas veces hemos escuchado la Palabra de Dios y hemos actuado de modo diferente!? Sí, escuchar la palabra del Profeta es escuchar la Palabra de Dios y como no les gustaba lo que decía el Profeta, o, mejor dicho, no les gustaba lo que Dios les mandaba decir, entonces ¡actuemos contra el profeta! Porque si el profeta no habla no nos habla Dios, que es lo que querían en definitiva: no escuchar a Dios.
Y así nos está pasando en estos tiempos: no queremos escuchar a Dios, o, mejor dicho, queremos escuchar que nos diga lo que queremos oír pero no lo que nos tiene que decir. Y por eso tramamos algo, no como en aquellos tiempos, pero nos inventamos argumentos que nos ayudan a "tapar" o silenciar nuestro pecado, y creer que estamos viviendo bien porque lo hacemos a escondidas.
Es cierto, también, que hoy nadie "tapa" su pecado sino que lo exhibe como un gran triunfo de la vida, y cuántos más lo hagan quiere decir que está bien hecho, porque si todos lo hacen yo tamibén lo puedo hacer. Y no es así para los que decimos que creemos en la Palabra de Dios, pues sabemos que la Palabra de Dios es "viva y eficaz", y hasta el mismo Jesús lo dijo: "no he venido a abolir la Ley y los Profetas sino a darle plenitud". Y por eso lo que es pecado en la Palabra de Dios es pecado en aquél tiempo y en este.
Nos pasa que, para muchos de nosotros, como conocemos la Palabra de Dios no siempre la leemos toda, sino que cuando vemos que hay algún paasaje que no nos viene bien, ese lo dejamos de lado y pasamos rápidamente la página.
Si cada día tramáramos un plan para ser Fieles a la Palabra de Dios, y no para ser sólo fieles a lo que nos gusta hacer y sólo vivir para complacer al mundo, sería otra cosa nuestra vida y la vida de todos.
En el evangelio, junto a esta lectura del AT, nos encontramos con un diálog de Jesús con la madre de los Zebedeos y con ellos mismos, un diálogo que lo sabemos casi de memoriaa, pero no nos damos cuenta que ese diálogo lo podríamos haber tenido, también, cualquiera de nosotros. Sí, porque el apetito de poder lo tenemos todos en el corazón, que a veces no es tan evidente, es cierto, pero que siempre sale por algún lugar de nuestra vida.
Y también la actitud de los otros diez que comenzaron a murmurar por la actitud de los Zebedeos, una actitud que también se da entre nosotros, comenzamos una murmuración que no sabemos ni dónde ni cómo terminará, porque cuando comenzamos a lanzar una murmuración en contra de nuestros hermanos no sabemos cómo terminará, pero sí estaremos seguro que eso hará daño no sólo al destinatario de la murmuración, sino también será un pecado para quien la comenzó y para quienes se hicieron eco de las murmuraciones contra los hermanos.

martes, 27 de febrero de 2018

No somos tan santos...

"Aunque vuestros pecados sean como escarlata, quedarán blancos como nieve; aunque sean rojos como la púrpura, quedarán como lana".
¡Qué difícil que es creer en la limpieza de corazón que hace Dios con el pecador! En realidad creemos que cuando nos confesamos quedamos limpios, pero no creemos que cuando otro se confiesa alcanza la conversión. Lo que pensamos para nosotros no siempre lo pensamos para nuestro hermanos, nos hemos vuelto, por nuestro pecado y orgullo más justicieros que Dios mismo, sabiendo que así como nosotros podemos convertirnos, también nuestro hermano puedo hacerlo.
El dedo acusador de nuestras manos muy rápidamente se levanta para acusar al pecador, pero pocas veces se nos habre la mano para y el corazón para recibir con amor a quién se ha convertido de sus errores, sino que le seguimos colgando la placa de pecador durante toda su vida.
«En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos: haced y cumplid todo lo que os digan; pero no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos dicen, pero no hacen. Lían fardos pesados y se los cargan a la gente en los hombros, pero ellos no están dispuestos a mover un dedo para empujar".
No sólo para los sumos sacerdotes y los escribas dijo Jesús esta exhortación, sino que viendo que el pecado ha dejado herida nuestra conducta, también lo dice para cada uno de nosotros, pues también somos de liar pesadas cargas a los hombros de los demás, pero no somos capaces de ayudar a los demás a encontrar su camino de conversión, pero, sobre todo cuando hablamos de amor y misericordia no somos capaces de vivirla con los demás, sino que sólo lo queremos para que lo tengan con nosotros.
Así, en este tiempo de cuaresma tenemos que mirar no el pecado de mi hermano, sino mi propia conducta que es impropia hacia mis hermanos, que no vivo lo que digo, sino que vivo lo contrario a lo que pienso y profeso. Por eso el Señor me dice:
«Lavaos, purificaos, apartad de mi vista vuestras malas acciones. Dejad de hacer el mal, aprended a hacer el bien. Buscad la justicia, socorred al oprimido, proteged el derecho del huérfano, defended a la viuda. Venid entonces, y discutiremos - dice el Señor -.
Hagamos de nuestra vida un espejo de la vida del Señor, pues así como el Señor abrío sus brazos en la Cruz para abrazarnos a todos, aún cuando estábamos en pecado, que nuestra misericordia sea tan grande para con nuestros hermanos así como Él la tuvo con nosotros, para que sólo sembremos el amor y la justicia, porque la justicia sin amor es injusta en nuestra vida. No dejemos que la espina del pecado y la ceguera del orgullo nos haga cada día más pecadores creyendo que somos cada día más santos.

lunes, 26 de febrero de 2018

Dolor del pecado

"¡Ay, mi Señor, Dios grande y terrible, que guarda la alianza y es leal con los que lo aman y cumplen sus mandamientos.
Hemos pecado, hemos cometido crímenes y delitos, nos hemos rebelado apartándonos de tus mandatos y preceptos. No hicimos caso a tus siervos los profetas, que hablaban en tu nombre a nuestros reyes, a nuestros príncipes, a nuestros padres y a todo el pueblo de la tierra".
El dolor de por los pecados, el dolor por alejarnos de Dios, el dolor por haber metido la pata o por haber realizado algo no debido, es lo que nos ayuda a poder encontrar el camino de la conversión, del crecimiento personal y espiritual. No siempre nos damos cuenta en el momento de lo que estamos haciendo, más aún, cuando tenemos un temperamento que nos hace decir y luego pensar, entonces, muchas veces, pecamos sin pensar, hacemos daño sin querer. Pero cuando nos damos cuenta surge el "dolor del pecado", el dolor por lo que hice.
Pero, también es cierto que, otras veces, por orgullo o vanidad, no puedo reconocer el error, el pecado, no tengo conciencia de pecar o de hacer daño al otro con mis actos o palabras, y así no puedo corregir mis forma de ser, no puedo comenzar un camino de conversión y de perfección.
Es por eso que el Señor, para recorrer este camino de perfección nos ha hoy una pauta que no es nada fácil para nosotros:
«Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante, pues con la medida con que midiereis se os medirá a vosotros».
No pensamos que lo que le hacemos a nuestros hermanos, a los demás, también somos nosotros quienes podemos recibir la misma acción, las mismas palabras, etc.
Hoy cuando miramos hacia afuera y escuchamos la famosa frase de "libertad de expresión", vemos que sólo funciona para un sólo lado, para el lado de quien quiere insultar o hacer daño con sus palbras, y así no son las reglas del juego de la sociedad humana.
Pero sabemos que tenemos que actuar con misericordia y perdón, tenemos que llegar a poder encauzar nuestra vida, y descubrir el camino que, en este tiempo de cuaresma, el Señor nos está mostrando: reconocer nuestros errores y pecados, y buscar el perdón y la conversión en nuestra vida. Cuando, realmente, me "duelan" los pecados y los errores, será el momento en que la Gracia del Señor me ayude a comenzar el camino de arrepentimiento y conversión.

domingo, 25 de febrero de 2018

Abrahán modelo de confianza y fidelidad

¡Qué difícil es pensar que Dios nos pueda pedir un sacrificio tan grande como sacrificar al propio hijo! ¿Seríamos capaces de responder como Abrahán? No, no creo que podamos responder como Abrahán al pedido de Dios, porque tampoco somos capaces, muchas veces, de sacrificar nuestro propio yo en función de lo que Dios nos pide.
Pero miremos más allá. Nosotros como Pueblo de Dios somos, también, hijos de la Fe de Abrahán, pues todo comenzó allí, en ese pedido de Dios y en esa respuesta de Abrahán, pero desde la primera respusta cuando Dios le pidió salir de su pueblo, dejar todo para ir a una tierra nueva.
Abrahán después confió en la promesa del Señor de que tendría un hijo a pesar de su vejez, con su propia esposa que también era vieja. Y de ahí nació Isaac, ese hijo único al que Dios ahora le pedía sacrificarlo. Y Abrahán confió, cada vez en las palabras y en las promesas del Señor, su corazón estaba totalmente confiado en el Señor, su Dios.
Es lo que llamamos, muchas veces, una fe abrahamica porque tiene la fortaleza y la confianza suficiente para confiar en la Divina Providencia del Señor.
Y ese sacrificio del hijo de Abrahán era un signo de lo que sería el sacrificio del Hijo Único de Dios, Nuestro Señor Jesucristo, que por obediencia de Amor se ofreció a sí mismo como Víctima propiciatoria para el perdón de nuestros pecados y para devolvernos la filiación divina.
Por eso, si pensamos lo que puede haber signficado para Abrahán llegar hasta el monte para sacrificar a su hijo único. Si pensamos cuántos nos constaría a nosotros que Dios nos pidiera semejante sacrificio, ahí podríamos entender cuánto le costó a Jesús y al Padre, y a María, el Sacrificio de la Cruz. Y así podríamos valorar un poco más lo que cada día celebraos sobre el altar. Podríamos valorar en gran medida lo que hemos recibido, y, como dice San Pablo ¡a qué precio!, la filiación divina, el ser cristianos.
Así como Abrahán fue elegido para comenzar el Pueblo de Dios, el Pueblo de la Alianza; así también Jesús eligió a sus apóstoles para inciar un Nuevo Pueblo de Dios, la Iglesia y les dió a ellos la visión de lo que sería el Hijo de Dios en toda su gloria. La visión de la transfiguración era para fortalecer su fe, su fe en aquél que en unos días iba a ser entregado en manos de los sumos sacerdotes, escribas y doctores de la Ley para entregar su vida en la Cruz.
Y así también nos ha elegido a nosotros, a cada uno, para que seamos parte de este Nuevo Pueblo de Dios, la Iglesia, porque Él mismo nos ha dicho: "no sois vosotros quienes me habéis elegido, sino que Yo os elegí del mundo para que vayaís y deis fruto en abundancia". Y en esa elección está nuestra respuesta, pues hemos respondido que sí a esa llamada del Señor, por eso nos llamamos cristianos.
Pues para poder seguirlo fielmente necesitamos tener, como Pedro, Juan y Santiago, ese mismo encuentro en la cima del Monte, un encuentro en donde nos revele la belleza del Don que se nos ha otorgado y eso nos anime, cada día, a poder ofrecerle al Señor nuestra vida, negándonos a nosotros mismos, cargando nuestra cruz de cada día, y siguiendo fielmente los pasos de Jesús, esos pasos que Él dejó bien señalados para que alcancemos lo que el Padre nos ha prometido.

sábado, 24 de febrero de 2018

Perfectos en el amor

"Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y, si saludáis sólo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto».
Jesús nos invita a vivir la perfección de Dios y eso nos parece imposible e irrealizable porque no somos Dios, aunque quisiéramos serlo y muchas veces parece que lo somos, pero no no somos dioses, somos simples seres humanos.
Pero tampoco es cierto que somos simples seres humanos, sino que somos hijos de Dios, porque Jesús, el Hijo de Dios, nos hizo hijos por su muerte y resurrección, por lo tanto hay en nosotros algo divino que nos hace divinos.
Desde el día de nuestro bautismo hay en nosotros una presencia divina: el Espíritu Santo que se nos ha dado, y es ese Espíritu el que nos ayuda a buscar la perfección de Dios en nuestra vida, pues esa perfección que nos exige Cristo, cuando decidimos seguirle, no es algo que no podamos alcanzar, sino que es algo que ya está en nosotros pero que todavía no nos hemos puesto a usarlo.
Es como esos regalos importantes que nos hacen muchas veces y que los tenemos guardados en un armario porque aún no nos hemos puesto a leer el manual de instrucciones. O como cuando compramos un movil de los más modernos pero lo usamos sólo para hablar por teléfono porque no nos gustan las nuevas tecnologías. Todo tiene muchas funciones pero no me he puesto a estudiarlo y o no lo uso o lo uso lo menos posible.
Así, igual nos pasa con la perfección a la que nos llama el Señor, que no es otra perfección que la perfección en el Amor, la más difícil de todas las perfecciones a las que podemos y debemos aspirar, porque Dios es Amor, y como hijos de Dios, nosotros también somos amor. Sí, imperfecto, pero no por eso nos debemos quedar sentados en el sofá de la imperfección sino levantarnos para comenzar a recorrer ese camino.
Y, sí, también, a todos nos cuesta perdonar a ciertas personas que nos han ofendido o nos han hecho daño, pero debemos seguir pidiendo por ellas al Padre y pidiendo al Padre para que nos ayude a perdonar, a abrir nuestro corazón al Amor y poder reconcilarnos para alcanzar la perfección que Jesús nos pide. Esa perfección que nos hace diferntes de los que no tienen el Espíritu Santo que los hace exclamar ¡Abba! ¡Padre! y por eso mismo hemos de buscar el camino de perfección que el Padre ha pensado para nosotros. Y en esa Camino alcanzaremos la meta a la que el Señor nos pide llegar.

lunes, 19 de febrero de 2018

De san Gregorio Nacianceno

Reconoce de dónde te viene la existencia, el aliento, la inteligencia y el saber, y, lo que es más aún, el conocimiento de Dios, la esperanza del reino de los cielos, la contemplación de la gloria (ahora, es verdad, como en un espejo y confusamente, pero después de un modo pleno y perfecto), el ser hijo de Dios, el ser coheredero de Cristo y, para decirlo con toda audacia, el haber sido incluso hecho dios. ¿De dónde y de quién te viene todo esto?
    Y, para enumerar también estas cosas menos importantes y que están a la vista, ¿por gracia de quién contemplas la hermosura del cielo, el recorrido del sol, la órbita de la luna, la multitud de las estrellas y el orden y concierto que en todo esto brilla, como en las cuerdas de una lira? ¿Quién te ha dado la lluvia, el cultivo de los campos, la comida, las diversas artes, el lugar para habitar, las leyes, la vida social, una vida llevadera y civilizada, la amistad y la familiaridad con los que están unidos a ti por vínculos de parentesco?
    ¿De dónde te viene que, entre los animales, unos te sean mansos y dóciles, y otros estén destinados a servirte de alimento?
    ¿Quién te ha constituido amo y rey de todo lo que hay sobre la tierra?
    ¿Quién, para no recordar una por una todas las cosas, te ha dado todo aquello que te hace superior a los demás seres animados?
    ¿No es verdad que todo esto procede de Dios, el cual te pide ahora, en justa retribución, tu benignidad, por encima de todo y en favor de todo? ¿Es que no nos avergonzaremos, después que de él hemos recibido y esperamos recibir tanto, de negarle incluso esto: la benignidad? Él, aun siendo Dios y Señor, no se avergüenza de llamarse Padre nuestro, y nosotros ¿nos cerraremos a los que son de nuestra misma condición?
    No, hermanos y amigos míos, no seamos malos administradores de los bienes que Dios nos ha regalado, no nos hagamos acreedores a la reprensión de Pedro: Avergonzaos, los que retenéis lo ajeno, esforzaos en imitar la equidad de Dios, y así nadie será pobre.
    No pongamos nuestro afán en reunir y conservar riquezas, mientras otros padecen necesidad, no sea que nos alcancen las duras y amenazadoras palabras del profeta Amós, cuando dice: Escuchad, los que decís: «¿Cuándo pasará la luna nueva, para vender el trigo, y el sábado, para ofrecer el grano?»
    Imitemos aquella suprema y primera ley de Dios, según la cual hace llover sobre justos y pecadores, y hace salir el sol igualmente para todos; que pone la tierra, las fuentes, los ríos y los bosques a plena disposición de los animales terrestres, el aire a disposición de las aves, el agua a disposición de los animales acuáticos; y que ha dado a todos con abundancia lo que necesitan para subsistir, sin estar en esto sujetos al dominio de nadie, sin ninguna ley que ponga limitaciones, sin límites ni fronteras; sino que lo ha puesto todo en común, con amplitud y abundancia, sin que por ello falte nunca de nada. Y esto lo hizo para hacer resaltar, con la igualdad del don, la igual dignidad de toda la naturaleza y para manifestar las riquezas de su benignidad.

domingo, 18 de febrero de 2018

En el desierto somos fortalecidos

Una imagen que usamos en la liturgia para comenzar el Tiempo de Cuaresma: el desierto y las tentaciones a Jesús. Pero que son dos imágenes o dos vivencias que también están en nuestras vidas, no en un tiempo definido pero sí que se suceden a lo largo de nuestra vida de fe.
El desierto siempre nos recuerda el vacío de la soledad, el vacío de no tener a nadie ni nada donde uno poder cobijarse, sentirse acompañado, consolado y aunque haya sol o haga calor lo único que se experimenta es el frío la oscuridad del alma.
Para Jesús fue un momento y un tiempo a dónde lo llevó el Espíritu antes de comenzar su misión evangelizadora. Para nosotros es un tiempo donde muchas veces nos permite ir Dios, pero también es un tiempo a donde, a veces, llegamos por nuestra propia cuenta. Sí, Dios muchas veces nos lleva al desierto para ayudarnos a fortalecer nuestra fe, esperanza y amor, para que las virtudes no sean sólo un sentimiento sino que sean eso mismo: virtudes. Pues muchas veces sólo creemos o esperamos o amamos por que "lo sentimos", porque "nos hace bien", porque nos aman, y lo tenemos que vivir porque el Señor nos las ha dado y tenemos que "sacarle provecho" aún en momentos de oscuridad, de soledad, de "no sentir nada" seguir creyendo, esperando y amando con todo nuestro ser.
Pero también es un lugar a donde llegamos solitos cuando dejamos de lado nuestra vida de oración, cuando dejamos de lado la reflexión de la Palabra, y cuando no acudimos a los sacramentos para alimentar nuestra vida espiritual. Porque si no alimentamos como es debido nuestra vida espiritual vamos gastando la Gracia y nos quedamos en el vacío de la fe, todo se vuelve oscuro y frío porque no hemos sido capaces de renunciar a nuestros deseos y vivir más en Dios.
Aunque en cualquiera de los dos sentidos, Dios siempre puede sacar el bien del mal, y si nuestro corazón encuentra la fuerza para "resistir" la tentación de "tirar todo por la borda", es cuando la Gracia llega a nosotros para darnos la Luz y la Fuerza para que el desierto se transforme en vergel. Pero ¿por qué? ¿para qué? Como Jesús: para comenzar a vivir con mayor intensidad y dar testimonio de lo que hemos experimentado, de lo que creemos, para ser Fieles a la Misión que el Padre nos encomendó, para vivir con radicalidad la Obediencia a Dios en todas las cosas de la vida, en todos los momentos de nuestro día a día y no sólo cuando tengo ganas de hacerlo.
Cuando pasamos por el desierto podemos salir fortalecidos en la Fe pues encontramos la fuerza para disponernos a la Gracia, o hemos perdido la fe por no saber esperar y confiar en los Tiempos que Dios tiene para nosotros. La confianza en la Providencia es lo que más se fortalece cuando entramos en el desierto del alma, pues sólo en Él está puesta nuestra esperanza de poder ser fortalecidos para vivir en Fidelidad a la Vida que Él mismo nos ha dado con su Vida.

sábado, 17 de febrero de 2018

No he venido a llamar a los justos

Cuando nuestro orgullo se une a nuestra vanidad nos creemos los mejores del mundo y los que hacemos mejor que otros las cosas, nos subimos nosotros solitos al pedestal y desde allí comenzamos a analizar y juzgar y condenar a todo el mundo. Miramos a los demás para descubrir cuáles son sus errores y de ese modo poder quedar nosotros como los que hemos descubierto el pecado del pecador.
Por un lado estaría bien que levantáramos la voz y defendiéramos nuestra fe, porque muchas veces dejamos que nuestra fe sea bapuleada y pisoteada por muchos si hacer ningún movimiento ni dar ninguna voz. Pero no es eso lo que muchas hacen con subirse a su propio pedestal, sino que toman la actitud de los fariseos y de los hipócritas que sólo les gusta condenar lo que no entienden ni comprenden, o lo que sólo ven por la apariencia.
Y ese es el lado malo de nuestra actitud: condenar sin saber qué es lo que el otro está viviendo, condenar sin tener misericordia por el pecador, juzgar sin saber el por qué de esa actitud o de cómo vive esa persona, y, sobre todo hacerlo todo como si fuéramos los más sanos de la historia humana.
Es cierto que sólo podemos ayudar a nuestros hermanos si vemos que van viviendo mal, pero esa es nuestra meta ayudar, no condenar. Porque el mandato de la corrección fraterna es para salvar a nuestro hermano de su error y el último escalón de la corrección fraterna dice: si no os escucha consideradlo pagano. Pero nosotros muchas veces comenzamos por lo último sin tener en cuenta el hablar en privado con nuestro hermano, sin tener en cuenta el diálogo personal con él para hacerle ver su error y ayudarlo, si quiere, a encontrar el camino perdido.
Es por eso que hoy más que nunca tenemos que sanar nuestro corazón de tantos juzgamientos sin misericordia, pues nos vamos haciendo eco de los programas mediáticos que se encargan de ventilar los escándolos o supuestos errores de las personas pero nunca se encargan de devolverles la buena fama cuando no han sido acusados de nada. ¿Quién ha devuelto la buena fama después de haber puesto a una persona por el suelo por algo que supuestamente había sucedido y nunca sucedió? ¿Quién ha podido borrar de la mirada o del corazón de la gente lo que hemos dicho y no era verdad? Porque el mal que sueltan nuestros labios nunca se borra y siempre va a seguir actuando.
Por eso mismo dice el Señor que "de la abundancia del corazón hablan los labios", y si nuestros labios no hacen el bien es porque nuestro corazón está invadido por el espíritu del mundo que sólo busca su propio bien sin importarle quien.
"Jesús les respondió:
«No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a que se conviertan».

viernes, 16 de febrero de 2018

Para qué ayunar?

"Consultan mi oráculo a diario, desean conocer mi voluntad. Como si fuera un pueblo que practica la justicia y no descuida el mandato de su Dios, me piden sentencias justas, quieren acercarse a Dios.
“¿Para qué ayunar, si no haces caso; mortificarnos, si no te enteras?”
En realidad, el día de ayuno hacéis vuestros negocios y apremiáis a vuestros servidores; ayunáis para querellas y litigios, y herís con furibundos puñetazos.
No ayunéis de este modo, si queréis que se oiga vuestra voz en el cielo".
Esto que le dice Dios al Pueblo acerca del ayuno lo podríamos extender a todas las prácticas religiosas que hacemos: la eucaristía, el rosario, el via crucis, las procesiones y todo lo demás ¿por qué lo hacemos? ¿para qué lo hacemos? ¿cuál es el sentido para que lo hagamos? Pues de nada sirven todos los sacramentos y los sacramentales, ni las oraciones ni los ayunos y abstinencias, si nuestro corazón sigue lejos de Dios y apartado del amor a los hermanos.
"Este es el ayuno que yo quiero: soltar las cadenas injustas, desatar las corras del yugo, liberar a los oprimidos, quebrar todos los yugos, partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, cubrir a quien ves desnudo y no desentenderte de los tuyos.
Entonces surgirá tu luz como la aurora, enseguida se curarán tus heridas, ante ti marchará la justicia, detrás de ti la gloria del Señor".
Éste es el sentido y el fin de todo lo que hacemos en la liturgia y en la vida religiosa de cada uno, todos los instrumentos de oración que el Señor nos ha concedido son para convertir nuestro corazón a Su Voluntad, para que podamos renunciar a nosotros mismos y "hacer la Voluntad de Dios aquí en la tierra como en el Cielo", pues esa es la única forma de cambiar el corazón del hombre, pues cambiando el corazón del hombre podemos cambiar nuestro mundo.
Jesús no entregó su vida en la Cruz y nos dio nueva Vida con su resurrección para llenar nuestros días de oraciones y procesiones, sino que todo lo que vivió y nos dejó como instrumentos de santificación lo hizo para que nosotros pudiéramos vivir como Él en justicia y santidad, en obediencia y amor, llevando a Dios no sólo en la palabra sino en las obras de cada, pues "los hombres viendo nuestras buenas obras glorificarán a Dios".

jueves, 15 de febrero de 2018

Elegir cada día

"Pongo delante de ti la vida y muerte, la bendición y la maldición. Elige la vida, para que viváis tú y tu descendencia, amando al Señor, tu Dios, escuchando su voz, adhiriéndote a el, pues él es tu vida y tus muchos años en la tierra que juró dar a tus padres Abrahán, Isaac y Jacob».
Cuando Dios eliigó al Pueblo de Israel por medio de los Profetas les fue indicando no sólo el Camino a seguir, sino que no lo obligó a seguir el Camino que Él les proponía. Fue el Pueblo quien eligió ser el Pueblo de Dios, y a partir de ese momento, cada día tenía que volver a discernir y elegir, pues todos los días delante de ellos, de tí y de mí, están los dos caminos: la vida y la muerte, el bien y el mal, y así, cada día, tenemos la obligación de discernir y de elegir, es más, casi sin quererlo o pensarlo, todos los días elegimos un camino.
¿Cuál es el problema? Ese que casi todos los días no pensamos qué camino elegimos o qué cosas elegimos, sino que nos dejamos llevar por los instintos que son totalmente humanos y se dejan influir por el medio ambiente en el que nos movemos y, así junto a la marea, vamos para donde la corriente nos lleva.
Este relato que nos presenta el Deuteronomia en la voz de Moisés es un diálogo que tenemos que tener siempre presente, pues sólo hay dos caminos para elegir, y nadie nos obliga a elegirlo, sólo nosotros tenemos el poder de decidir qué hacer, cómo hacerlo y cuándo hacerlo, pero lo que no tenemos el poder es de cambiar el final del camino, pues ese final ya está marcado. Es decir si me subo a un avión que vaya a Madrid no puedo pretender que me lleve a Buenos Aires, ya está fijado el rumbo y el destino. He sido yo quien se ha equivocado de vuelo.
En la vida nos suscede lo mismo tenemos que tener muy en claro hacia dónde queremos ir, para poder discernir qué camino elegir, pues de ese discernimiento dependen las elecciones diarias que me tocan realizar, y ahí no puedo culpar a nadie de mis elecciones, pues ese sí o no a cada día soy yo el único que lo da.
Por eso, en este hermoso tiempo de cuaresma tenemos la posibilidad de volver a pensar, de ponernos frente al Señor y descubrir cuál es el Sentido que Él quiere que le de a mi vida, poder elegir mi Camino desde y con su Luz, para que pueda hacer una opción fundamental que, a pesar del costo de cada día, le de sentido a las opciones particulares que tengo que tomar cada día al levantarme. El silencio de nuestra oración y diálogo personal con nuestro Padre nos ayudará a descubrir el Verdadero Camino que me conduce a la Vida.

miércoles, 14 de febrero de 2018

Camino hacia el Amor

"Ahora – oráculo del Señor - convertíos a mí de todo corazón con ayuno, con llanto, con luto; rasgad vuestros corazones, no vuestros vestidos; y convertíos al Señor vuestro Dios, un Dios compasivo y misericordioso, lento a la cólera y rico en amor que se arrepiente del castigo".
El miércoles de Cenizas inicia el Tiempo de Cuaresma, eso lo sabemos, algunos mayores, quizás, lo tenemos muy en la memoria, pero no en el corazón de los cristianos. Sí, en la memoria pero no en el corazón, pues en estos días el corazóna de muchos cristianos no está puesto en lo que realmente significa este día, ni lo que es este Tiempo que comenzamos.
Hoy, casí en todos los lugares, continúan las fiestas de carnaval, se mezclará con el "día de los enamorados", y, aunque vayamos a las celebraciones de las cenizas, el ayuno y la abstinencia en nuestras vidas será como una flor de un día, pasajera y que no dejará recuerdos de lo que representa su hermosura.
Porque cada celebración o cada tiempo en nuestra liturgia tiene una hermosura particular que nos quiere llevar a algo mucho más Bello que lo que representa. Y ¿qué es lo Bello que nos recuerda el miércoles de Cenizas? La Belleza del Amor de Dios que "envió su Hijo al mundo para salvarnos", y por eso nos pide que abramos nuestro corazón a la penitencia y a la oración para que encontremos el Camino que nos lleve a vivir en plenitud esa relación de Amor que Él quiere con nosotros.
Cuando Dios nos pide "convertíos a mí de todo corazón" es porque ve que nuestro corazón no está lleno de Su Amor, una Amor que no es egoísta, sino que es un Amor de entrega, un Amor que sólo busca nuestro bien y que en todo momento estará a nuestro lado para tendernos una Mano en la vivencia más plena y pura de la Vida que Él mismo nos dio en su Hijo Amado.
Y ¿convertirnos de qué? Es por eso que necesitamos el silencio que nos trae el Tiempo de Cuaresma, un silencio que desde el exterior nos lleva al interior de nuestro corazón para que nuestra mente iluminada por la Luz del Espíritu Santo pueda reconocer los desvíos del Amor. Porque en el día a día nos vamos alejando del Amor de Dios y vamos permitiendo que otros amores entren a jugar en nuestras vidas, otros amores que son más egoístas y mundanos que nos llevan a desaveniencias, discusiones, disputas, a encerrarnos en las tinieblas de la desesperación y las tristezas, a las oscuridades de una vida sin amor en donde se van acumulando los rencores de dolores pasados...
¡Hay tantas cosas que se van amontonando en nuestros corazones! que sólo con la Luz del Espíritu podemos verlas y darnos cuenta cómo nos han quitado la alegría de la esperanza, la fortaleza de la fe y el gozo del verdadero Amor.
Sí, el miércoles de Cenizas iniciamos un Camino Cauresmal que nos lleva no sólo a descubrir nuestras flaquezas, pecados y oscuridades, sino que quiere regalarnos lo más hermoso que el Señor ha pensado para nosotros: una Vida Nueva en el Amor que nació gracias a una vida entregada en el Amor y la Obediencia a la Voluntad de Dios, para que muriendo en la Cruz nos diera una Vida Nueva de hijos de Dios.

martes, 13 de febrero de 2018

Superando obstáculos llegamos a la meta

"Bienaventurado el hombre que aguanta la prueba, porque, si sale airoso, recibirá la corona de la vida que el Señor prometió a los que lo aman.
Cuando alguien se vea tentado, que no diga:« Es Dios quien me tienta»; pues Dios no es tentadoo por el mal y él no tienta a nadie".
Si unimos estas palabras de Santiago a aquella comparación que Pablo hace del cristiano y del atleta vamos a ver que las "pruebas" que decimos que nos pone Dios en la vida, no son para hacernos caer sino para que vayamos tomando, cada día, más fuerza para avanzar en el Camino de la Santidad. Aunque, como dice Santiago, Dios no nos tienta ni nos prueba, sino que nuestra propia naturaleza pecadora es la que está en constante lucha con el Bien Supremo, con el Ideal que Dios ha sembrado en nuestro corazón y que, queramos o no, siempre sentimos el mismo llamado a seguirle, aunque lo rechacemos en algunos momentos de la vida, o lo rechacemos para siempre para no tener que hacernos la violencia de aceptar el desafío de la santidad que Él nos ha propuesto y que hemos descubierto.
Es que no nos damos cuenta que, simplemente por ser humanos, tenemos la mirada muy corta y terrena cuando no nos dejamos guiar por Su Palabra, cuando no mantenemos una relación fluída y constante en la relación con nuestro Dios. Por eso si miramos bien el evangelio de hoy vamos a ver cómo los apóstoles sólo ven que Jesús quiere llamarles la atención por algo que a Él no le preocupa. Sí, no le preocupa a Jesús que no hayan traído pan, pues ya Él había realizado el milagro de la multiplicación de los panes. Simplemente les quería hacer notar que la vida de los fariseos y la de Herodes no eran ejemplos a seguir, pues aunque ellos alcanzaran fama y tuvieran renombre por ser quienes eran, sus vidas no eran ejemplos a seguir.
Pero como los discípulos estaban discutiendo porque alguien se había olvidado del pan, creyeron que Jesús estaba enfadado por eso, y obsecados por una situación terrenal no podían ver más allá de las palabras de Jesús.
Pensamos, muchas veces, que Dios está enfadado con nosotros y que nos castiga por tal o cual cosa, y por eso no podemos ver que lo que Él quiere es que superemos esa situación por la Fuerza que nos da su Gracia, que confiemos en que su Gracia nos hará más fuerte si sabemos dejar de lado o superar los momentos defíciles de nuestra vida, porque es la vida misma con todos sus matices en donde se va "probando" nuestra fe, nuestra esperanza y nuestro amor, para salir fortalecidos de cada obstaculo o tentación que se nos presenta.

lunes, 12 de febrero de 2018

Cómo pedimos...

"Pero que pida con fe, sin titubear nada, pues el que titubea se parece a una ola del mar agitada y sacudida por el viento. No se crea un individuo así que va a recibir algo del Señor; es un hombre inconstante, indeciso en todos sus caminos".
"Que pida con fe", nos dice Santiago, sin titubear, y es cierto que más de una y dos veces queremos pedirle cosas a Dios, y, casi todos los días le pedimos algo, pero ¿lo hacemos creyendo que lo tendremos? como nos lo ha recordado el Señor. Pero también es cierto que hay que recordar algo más: "cuanto más os dará el Espíritu Santo a aquellos que se lo piden", nos dice en una de las parábolas.
Es cierto que muchas veces pedimos, pero no siempre "pedimos lo que necesitamos" o como también dice San Pablo "no sabemos pedir"- ¿Por qué no sabemos pedir? Porque siempre nos fijamos en lo que humanamente necesitamos, pues nuestro andar diario es muy humano, sin pensar en lo espiritual, y lo que nos fortalece, anima y nos ayuda a discernir no son los bienes terrenales (dentro de los cuales entra la salud) sino los bienes esprituales: sabiduría, fortaleza, las virtudes que el Señor nos da por medio de la oración, el ofrecimiento y la entrega diaria a Su Voluntad.
Sí, digo que la salud también es un bien terrenal y no es tan necesario, aunque siempre escuchamos: lo principal es tener salud. Seguro que es importante la salud. Pero una persona con mucha salud pero sin sabiduría, o fortaleza, o capacidad de perdonar, o esperanza o alegría, no es ha de ser una persona que puede "disfrutar" de su salud y de lo que tiene.
En cambio si lo que vamos madurando en nuestra vida son las virtudes que el Señor nos regala, seguramente, aunque tengamos poca salud vamos a gozar de todo lo que el Señor nos pide vivir.
Como nos lo dice Santiago: "Considerad, hermanos míos, un gran gozo cuando os veáis rodeados de toda clase de pruebas, sabiendo que la autenticidad de vuestra fe produce paciencia. Pero que la paciencia lleve consigo una obra perfecta, para que seáis perfectos e íntegros, sin ninguna deficiencia".
Porque todo lo demás se esfuma rápidamente de nuestras vidas, en cambio lo eterno seguirá siendo eterno aunque nuestro cuerpo ya no esté en este mundo. "Busca primero el Reino de Dios y su perfecta justicia y lo demás añadido será", pero aunque no sea añadido lo que queramos siempre valoraremos mejor lo que tengamos.

domingo, 11 de febrero de 2018

Si quieres, puedes limpiarme

"En aquel tiempo, se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas:
«Si quieres, puedes limpiarme».
"Si, quieres..." a pesar del dolor que llevaba en su cuerpo y, seguramente, en su alma por estar enfermo, pero más aún por estar separado de sus seres queridos (porque tenía que vivir apartado de la comunidad en las afueras del pueblo), no quiere obligar a Jesús a hacer un milagro, sino que desde su dolor, pero desde su humildad le pide que lo "limpie".
Este enfermo de lepra nos enseña que la humildad y la disposición del corazón es lo que hace que Dios pueda obrar conforme a Su Voluntad y no a la nuestra, porque no somos nosotros quienes obligamos a Dios, ni siquiera Dios nos obliga a nosotros, pues en ningún momento Dios nos obliga a hacer algo, sino que nos ha dado el Don de la Libertad para actuar según nuestra conciencia.
"Si, quieres" Señor puedes hacer esto conmigo. Pero mirad otra cosa: el enfermo no le pide que lo sane de su enfermedad, sino que le pide que "lo limpie", pues para ellos la enfermedad era signo de impureza del alma que se mostraba en el cuerpo, por eso "si quieres, puedes limpiarme". Y nos ayuda a ver que cuando nuestro corazón está "limpio" nuestros ojos pueden ver mejor la realidad, pero cuando nuestro pecado se acumula todo se va viendo con menos claridad, vamos cambiando nuestra forma de mirar a los demás y a Dios mismo. Pero cuando tenemos la disposición de ir a que Dios nos "limpie" nos re-encontramos con su Gracia y vuelve la paz a nuestro corazón. Una paz que nos ayuda a volver a ser parte de una comunidad, parte de una familia, nos ayuda a reconciliarnos con nosotros mismos, con los demás y con Dios.
Y el corazón puro y limpio nos ayuda a demostrar, como Jesús, un hermoso sentimiento hacia los demás: la compasión, el poder padecer con el otro para poder ayudarlo o acompañarlo en su dolor. No nos toca a nosotros poder sanar o limpiar los corazones de los demás, pero sí con nuestra palabra y nuestra compañía poder llevar Paz y consuelo a los que sufren en su alma y en su cuerpo. Y esa actitud de compadernos del dolor del nuestros hermanos nos da motivos para poder elevar nuestra oración al Señor, pues nuestra oración es también consuelo para el que sufre.
"Quiero, queda limpio", le dijo el Señor y le pidió que cumpliera lo que Moisés disponía. Volver a la paz del corazón por la reconciliación no nos deja libre de seguir siendo obedientes y fieles a la Voluntad de Dios, sino que nos fortalece para vivir en Dios, pues el milagro no es sólo estar limpio, sino ser Fieles y Obedientes como Jesús.

sábado, 10 de febrero de 2018

Con nuestro poco...

La mirada de compasión de Jesús hacia la gente es la que produce el milagro de la multiplicación de los panes y los peces, no sin antes intentar que sean los apóstoles quienes busquen una respuesta ante esa situación. Es claro que la insinuación que le hace Jesús a los apóstoles acerca de lo que Él ya pensaba hacer, no es para ponerlos a prueba sino para ver cómo reaccionan ellos mismos antes la misma situación.
Los apóstoles aunque ya habían visto las obras de Jesús aún no tienen la suficiente seguridad para "exigir" un nuevo milagro de multiplicación, y por eso sólo piensan en qué es lo que ellos pueden hacer. Y como no tienen en sus manos la respuesta se quedan sin poder solucionar el problema o no encuentran solución a lo que Jesús les pregunta.
Es por eso que el Señor nos enseña con este milagro a no confiar en lo que nosotros somos o tenemos para dar, sino en lo que Él puede hacer con lo poco que somos o con lo poco que tenemos. Y no es cierto que no podamos hacer nunca nada o que no tengamos nunca nada para dar, pues es Él mismo quien nos ha dado algo o nos ha puesto en tal o cual lugar para ofrecer lo que Él mismo nos ha dado y que en Sus Manos lo poco se hace mucho.
Generalmente ante una situación complicada o ante un momento en el que tenemos que dar una respuesta clara y precisa, a veces, nos sentimos como los apóstoles: sin nada que poder ofrecer, miramos nuestras manos y nuestras capacidades y nada poder ofrecer o no sabemos dónde encontrar un camino de salida ante tal o cual situación.
Por eso es que tenemos que recordar este milagro de los panes y los peces: lo poco que tengamos o sepamos hemos de ponerlo en manos del Señor, saber que sólo Él es quien puede hacer el milagro de que lo poco que somos sirva para hacer algo grande: "me llamaran bienaventurada todas las generaciones porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí", es lo que también María nos enseña.
No pretende el Señor que nosotros hagamos el milagro de la multiplicación de los panes y los peces, si no que tengamos la disposición y generosidad suficiente para poner en Sus Manos nuestra vida para que, por Él, podamos servira nuestros hermanos que necesitan de nuestra entrega para recibir la Gracia del Señor que alimente sus necesidades, que safisfaga los deseos de su corazón y llene su alma del Amor de Dios.

viernes, 9 de febrero de 2018

De los sermones de San León Magno, papa

Al nacer nuestro Señor Jesucristo como hombre verdadero, sin dejar por un momento de ser Dios verdadero, realizó en sí mismo el comienzo de la nueva creación y, con su nuevo origen, dio al género humano un principio de vida espiritual. ¿Qué mente será capaz de comprender este misterio, qué lengua será capaz de explicar semejante don? La iniquidad es transformada en inocencia, la antigua condición humana queda renovada; los que eran enemigos y estaban alejados de Dios se convierten en hijos adoptivos y herederos suyos.
    Despierta, oh hombre, y reconoce la dignidad de tu naturaleza. Recuerda que fuiste hecho a imagen de Dios; esta imagen, que fue destruida en Adán, ha sido restaurada en Cristo. Haz uso como conviene de las creaturas visibles, como usas de la tierra, del mar, del cielo, del aire, de las fuentes y de los ríos; y todo lo que hay en ellas de hermoso y digno de admiración conviértelo en motivo de alabanza y gloria del Creador.
    Deja que tus sentidos corporales se impregnen de esta luz corporal y abraza, con todo el afecto de tu mente, aquella luz verdadera que viniendo a este mundo ilumina a todo hombre, y de la cual dice el salmista: Contempladlo y quedaréis radiantes, vuestro rostro no se avergonzará. Si somos templos de Dios y el Espíritu de Dios habita en nosotros, es mucho más lo que cada fiel lleva en su interior que todas las maravillas que contemplamos en el cielo.
    Con estas palabras, amadísimos hermanos, no queremos induciros o persuadiros a que despreciéis las obras de Dios, o que penséis que las cosas buenas que ha hecho el Dios bueno significan un obstáculo para vuestra fe; lo que pretendemos es que uséis de un modo racional y moderado de todas las creaturas y de toda la belleza de este mundo, pues, como dice el Apóstol, lo que se ve es transitorio; lo que no se ve es eterno.
    Por consiguiente, puesto que hemos nacido para las cosas presentes y renacido para las futuras, no nos entreguemos de lleno a los bienes temporales, sino tendamos, como a nuestra meta, a los eternos; y, para que podamos mirar más de cerca el objeto de nuestra esperanza, pensemos qué es lo que la gracia divina ha obrado en nosotros. Oigamos las palabras del Apóstol: Habéis muerto y vuestra vida está oculta con Cristo en Dios; cuando se manifieste Cristo, que es vuestra vida, os manifestaréis también vosotros con él, revestidos de gloria, el cual vive y reina con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.

jueves, 8 de febrero de 2018

Fieles a la Alianza

"El Señor dijo a Salomón:
«Por haber portado así conmigo, siendo infiel al pacto y a los mandatos que te di, te voy a arrancar el reino de las manos para dárselo a un siervo tuyo".
Al final de su días, cuando ya mayor, Salomón se dejó seducir por los dioses de sus mujeres y rompió, de esa manera, la alianza que había sellado con Dios, esa Alianza por la que había sido bendecido con el don de la Sabiduría como no lo había en ningún hombre sobre la tierra.
Nos pasa que hay momentos en que nuestras alianzas son selladas con mucha energía y entrega, pero llegan otros momentos en los que, también, somos tentados por otras realidades, por otros dioses y, sin pensarlo ni razonarlo, nos vamos detrás de ellos, dejándo de lado lo que un día nos propusimos y queríamos vivir.
Salomón tenía la sabiduría necesaria para poder discernir sobre lo que estaba haciendo, pero, sin embargo, se dejó seducir por otras realidades. ¿Quién tiene la culpa de esa seducción el seductor o el que se deja seducir? Quien se deja seducir es quien debe responder de lo que hace, así como el seductor, pero cada uno responderá de acuerdo a la alianza que haya pactado.
Salomón había sellado Alianza con el Dios de Israel, con el Dios de su padre David, y por eso es Dios quien castiga su infidelidad, quien así como le había entregado el Reino se lo quita para dárselo a quien puede volver a guiarlo por el Camino de la Fe que había elegido el mismo pueblo.
Es por eso que Jesús le responde a la mujer pagana:
«Deja que se sacien primero los hijos. No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos».
Porque Él había venido a saciar el hambre de los hijos de Israel, a mostrarles el Camino de regreso al Padre, de volver a ser Fieles a la Palabra dada a Dios para ser el Pueblo de su heredad.
Y también es muy valiosa y la tenemos que tener en cuenta la respuesta de la mujer:
«Señor, pero también los perros, debajo de la mesa, comen las migajas que tiran los niños», porque no siempre valoramos el regalo que nos ha hecho el Padre Celestial. No valoramos los dones de la fe, la esperanza, la caridad. No tenemos en cuenta que todo lo que podemos llegar a vivir si somos Fieles a la Vida que Jesús nos regaló desde la Cruz.
Y, sin embargo, muchas veces somos como los "perros del hortelano" que no comen ni dejan comer.

miércoles, 7 de febrero de 2018

Lo puro y lo impuro

"En aquel tiempo, llamó Jesús de nuevo a la gente y les dijo:
«Escuchad y entended todos: nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre».
Muchas veces nos ponemos mal, nos entristecemos y hasta nos ponemos a llorar cuando alguien habla mal de nosotros, cuando escuchamos que dicen tal o cual cosa de nosotros y sabemos que no es verdad. Nos hace daño el que amigos o no dañen nuestra imagen o siembren entre la gente calumnias y mentiras. Y por eso tenemos que recordar esta frase de Jesús: "nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro".
Nada de lo que los demás digan o hagan en mi contra puede hacerme daño, si yo no dejo que lo hagan. El daño me lo hacen cuando dejo que lo que los demás digan de mí entristezca mi corazón, vaya sembrando el rencor y llegue a ser odio algún día. Soy yo quien tiene el poder de que lo de afuera dañe mi interior, sólo yo tengo la llave del corazón para saber qué es lo que dejo entrar en él o salir.
Si mi corazón está sano y no tiene nada de qué acusarse que no se aflija de lo que digan los demás. "No tengáis miedo de los que matan el cuerpo, tened miedo de aquél que puede matar el cuerpo y el alma", dijo Jesús.
Cuando vivo e intento vivir en Fidelidad a la Vida del Señor no tengo que afligirme por lo que digan los demás. Aceptaré los consejos de quienes bien me quieren para seguir madurando y creciendo, pues sabemos que siempre tenemos que convertir algo, pero también sabré a qué cosas escuchar y qué palabras obedecer. Pero si lo que los demás quieren es dañar mi corazón y destruir lo que Dios ha ido construyendo en mí... a eso no he de hacerle caso, pues nada que venga de afuera de mí podrá hacerme daño o impurificar mi alma.
Y ahí también reside la fórmula de Jesús, tendré que tener en cuenta mi manera de pensar, mi manera de dejarme convencer por los demás, por el mundo. Tendré que ir aprendiendo a elegir mi forma de actuar y pensar para que todo mi ser adquiera, cada día, más santidad para que mi vida sea como Dios la pensó, como Dios quiere, es decir, de acuerdo a Su Voluntad y no a la mía.
Por eso mismo el Señor le da a los apóstoles una lista de pecados que hacen daño al hombre, pues son los pecados que brotan del corazón enfermo del hombre:
«Lo que sale de dentro del hombre, eso sí hace impuro al hombre. Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los malos pensamientos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, malicias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro».

martes, 6 de febrero de 2018

Hipocresía religiosa

"Él les contestó:
«Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito:
“Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos.”
Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres».
Como vemos la hipocresía (y no sólo en la vida religiosa) no es un mal de estos tiempos, sino que siempre el hombre ha tenido esa espina clavada en su corazón y su alma, pues forma parte de la imperfección y del pecado del hombre. Un hipocresía que, muchas veces, se ha institucionalizado haciendo leyes y prescripciones que van haciendo perder los verdaderos valores del hombres, como es el caso que plantea Jesús en este evangelio.
Pero tampoco nos hace falta que haya leyes que "regulen nuestras hipocresías", pues somos capaces de hacer nuestros propios argumentos para convencernos que la hipocresía que vivimos no es tal, sino que estamos viviendo en la más pura verdad. Y, en realidad, en los tiempos en donde las tinieblas van cubriendo toda la vida del hombre ya no podemos llegar a diferenciar qué es lo bueno o qué es lo verdadero.
Hoy en día la mayor hipocresía, si me lo permitís, es creer que lo que todos viven y lo que todos aceptan es la Verdad, es lo que se debe vivir. Y, para nosotros, los cristianos no ha de ser así porque tenemos una Ley y un Camino bien marcado y definido en la que creemos que es la Palabra de Dios. Aquello que Jesús le decía a la gente de su tiempo, también nos lo puede decir hoy a nosotros, hemos creído que los preceptos y las costumbres humanas de hoy ya son suficientes para dejar de lado la Ley de Dios y los consejos evangélicos que nos ha dado Jesús.
A veces nos quedamos sorprendidos con el cómo se viven algunas cosas, cómo se aceptan otras tantas, pero somos incapaces de hacer frente a la imposición de un estilo de vida que no es el que nos pide el Señor, somos incapaces de "nadar contra la corriente" y ser Fieles al Señor por miedo al qué dirán, por miedo a que me cataloguen como "beato" en una sociedad de no-beatos. Y, muchas veces, viviendo en una misma comunidad cristiana le impongo ese mote, creyendo que ofende o queriendo ofender, a quienes intentan ser Fieles a la Palabra de Dios, para de ese modo poder "esconder" mis infidelidades atancando primero a quien está viviendo de acuerdo a la Voluntad de Dios.

lunes, 5 de febrero de 2018

Sigue Vivo en cada Sagrario

"Dijo entonces Salomón:
«El Señor puso el sol en el cielo, mas ha decidido habitar en densa nube. He querido erigirme una casa para morada tuya, un lugar donde habites para siempre».
Creo que nunca podemos llegar a imaginarnos el gozo que puede haber sentido Salomón al haber cumplido el deseo de su padre David de hacerle un Templo digno al Señor. Ese día en el que trasladaron el Arca de la Alianza al Templo de Jerusalén y cuando "la gloria de Dios llenó el Templo", signo real de su presencia (en ese momento) tiene que haber sido un día lleno de gozo y alegría para todos en Israel.
La presencia de Dios en medio del pueblo era para ellos motivo de gozo y alegría, pero también les provocaba un sentimiento de seguridad y fortaleza, pues Dios estaba con ellos. Una presencia que para el Pueblo de Israel era lo más preciado y lo más valorado, pues se trataba de su Dios, el Dios que los había elegido y los había sacado de tantos lugares por dónde habían pasado, pero sobre todo un Dios que les había hecho comprender y madurar el sentido de su Alianza, el sentido de su fidelidad.
Es ese mismo Dios quien un día envió a Su Hijo al mundo para que nos trajera la Buena Noticia de la Salvación y, por no haber sido aceptado por su propio pueblo, fundó un Nuevo Pueblo: la Iglesia, en la que Él mismo quiso quedarse en el Pan de la Eucaristía. Y así, en esa humilde forma de Pan Consagrado, habita silenciosamente en los Templos a Él consagrados. Ya no está el Santo de los Santos como en el Templo de Israel a dónde sólo podían entrar los sacerdotes una vez al año, sino que está en el Sagrario hasta donde podemos llegar todos cada vez que lo necesitamos, cada vez que queramos hablar con Él.
Es, para nosotros los católicos, el misterio de nuestra fe saber que en el Sagrario permanece Jesús, en su Su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad; un misterio que también, cuando llegamos a comprender lo excelso de su entrega no podemos dejar de intentar estar con Él cada día. Necesitamos reconocerlo en la Eucaristía para que neceistemos acercarnos a su Templo, a su Encuentro para renovar nuestra fe, nuesta esperanza, nuestro amor.
"Apenas desembarcados, lo reconocieron y se pusieron a recorrer toda la comarca; cuando se enteraba la gente dónde estaba Jesús, le llevaba los enfermos en camillas.
En los pueblos, ciudades o aldeas donde llegaba colocaban a los enfermos en la plaza y le rogaban que les dejase tocar al menos la orla de su manto; y los que lo tocaban se curaban".
Su barca es el Sagrario en donde está cada día esperándonos para sanar nuestras heridas, para fortalecer nuestras almas, para iluminar nuestro corazón y encender nuestro espíritu para poder, en la alegría y el gozo del encuentro, seguir llevando Su Palabra a todos los que la necesiten, pues Él no quiere quedarse en el Sagrario sino quiere que lo llevemos, con nuestra vida, por todos los rincones del mundo.

domingo, 4 de febrero de 2018

Predicadores en el día a día

Siempre me he sentido identificado con esta carta de San Pablo, o mejor dicho con este párrafo de la carta de San Pablo, pues no siempre, a los que nos ha tocado la misión de predicar, nos sentimos orgullosos de lo que hacemos. Entiéndase bien, no sentimos que seamos los mejores que Dios pudo haber elegido para esta misión (o por lo menos ese es mi caso) pero llegado el momento de tener que predicar o tener que escribir sobre la Palabra de Dios, hay algo que nos impide no hacerlo, es decir, sí o sí el Espíritu sale en nuestra ayuda y es Él quién predica por nosotros.
Pero hay algo más que me gusta mucho en este párrafo de San Pablo, y es la actitud que él toma en la predicación y en su misión, en general: "me hago todo con todos..." El mal orgullo, junto con la vanidad (que a veces nos invade) (y no sólo a los que tenemos esta misión, sino a todos) nos hace "subir al pedestal" de los mejores y desde allí, con nuestro dedo acusador, comenzamos a señalar los errores de los demás y vamos "dando clases" de cómo cambiar nuestra forma de vivir, o de cuál debe ser nuestra manera de comportarnos.
En cambio San Pablo, al hacerse todo con todos, toma como ejemplo la actitud de Jesús que "siendo Dios se hizo hombre", "se anonadó a sí mismo", y compadeciéndose de nuestra debilidades y poniéndose a "nuestra altura" nos acompañó para que aprendiéramos a vivir: vivió junto y como nosotros a fin de que nosotros viéndolo vivir a Él pudiéramos entender y querer vivir como Él. Y esa es la mejor manera de predicar: poniéndonos a la par de los demás para que, desde la cercanía de la vida, poder llevarlos a Dios.
Es que cuando el mal orgullo y la vanidad se juntan nos creemos los salvadores del mundo, del hombre y nos alejamos de la realidad de los demás, creemos que nuestra palabra fuerte o nuestra "verdad" será lo que hará que los demás cambien y encuentren el camino a Dios. Pero si miramos este enfoque que nos presenta Pablo y el Camino que recorrió Jesús, nos daremos cuenta que es poniéndonos a la vera del que lo busca y necesita que podremos indicar mejor el camino. Y por eso en ningún momento podremos dejar de predicar pues nuestro día a día será una prédica constante, pues será con nuestro caminar, con nuestras palabras, con nuestros gestos, con nuestras miradas y nuestras sonrisas, con lo que iremos predicando la misericordia de Dios y el camino de la salvación.

sábado, 3 de febrero de 2018

Pedir lo necesario y no alfileres

Anoche me quedé pensando en una cosa: ¿qué recordamos de los santos? ¿Qué actitud o secuencia de su vida tengo presente para yo imitar? Hoy día en que celebramos a San Blas ¿qué nos sugiere su vida? Creo que lo que la mayoría sabe de San Blas es que es el protector de las gargantas, por el milagro de salvar a un niño de una espina que se le había atrancado en la garganta. Y al recordar esto se me ocurre pensar: ¿y para eso lo hicieron santo? ¿para que fuera el protector de gargantas? ¡cuánta pobreza!
Y así es como nos damos cuenta que mucha parte de nuestra vida de fe está casi vacía de razones, de contenido, de verdades que me ayuden a vivir lo que Dios quiere. Porque en realidad el milagro que hace una persona no es lo que define su santidad, sino que es lo que "muestra" a los estudiosos de las causas de los santos que esa persona es santa. Pero la vida del santo va más allá de ese milagro, es un regalo más profundo y ejemplar que ha de servir para iluminar nuestras vidas.
Y es por eso que tenemos que seguir profundizando los valores de nuestra fe para no quedarnos en pequeños detalles que no logran una fe madura y fuerte, sino que la "sostienen con alfileres", y cuando un alfiler deja de sostener todo se cae y se pierde. Pues no han sido pocos los cristianos que por haber recibido una cruz han dejado de creer en todo, pues ningún santo ni Dios mismo les hizo caso a lo que pedían.
Por eso el ejemplo del Rey Salomón nos debe ayudar a buscar un camino de perfección, a la medida de cada uno. Mirad lo que le dijo Salomón al Señor:
"Pues bien, Señor, mi Dios: Tú has hecho rey a tu siervo en lugar de David mi padre, pero yo soy un muchacho joven y no sé por dónde empezar o terminar. ... Concede, pues, a tu siervo, un corazón atento para juzgar a tu pueblo y discernir entre bien. Pues, cierto ¿quién podrá hacer justicia a este pueblo tan inmenso?».
La sabiduría que procede del Espíritu es la que nos ayudará a encontrar nuestro propio camino, es la que nos comunicará los dones de Dios para poder ser Fiel a la vocación que Él nos ha regalado para vivir: la santidad. Por eso nos regala, también, modelos de santos para que descubramos que todos podemos alcanzar esa misma "altura" espiritual, la de la entrega total de nuestra vida en los acontecimientos diarios, y así poder ir madurando en nuestra fe, esperanza y amor para poder dar un claro testimonio de nuestra vida, incluso en los momentos de mayor oscuridad o cruz.
No nos conformemos con sostener nuestra vida de fe con alfileres, pues vendrán vientos fuertes que nos sacudirán hasta los cimientos y perderemos aquello que creíamos que sostenía nuestra vida y sin embargo, eran sólo muestras de fe que no maduraron, ni fortalecieron mi vida, y es testimonio que di no fue el que Dios me pedía.

viernes, 2 de febrero de 2018

De las disertaciones de san Sofonio, obispo

Corramos todos a su encuentro, los que con fe celebramos y veneramos su misterio, vayamos todos con el alma bien dispuesta. Nadie deje de participar en este encuentro, nadie deje de llevar su luz.
    Llevamos en nuestras manos cirios encendidos, ya para significar el resplandor divino de aquel que viene a nosotros -el cual hace que todo resplandezca y, expulsando las negras tinieblas, lo ilumina todo con la abundancia de la luz eterna-, ya, sobre todo, para manifestar el resplandor con que nuestras almas han de salir al encuentro de Cristo.
    En efecto, del mismo modo que la Virgen Madre de Dios tomó en sus brazos la luz verdadera y la comunicó a los que yacían en tinieblas, así también nosotros, iluminados por él y llevando en nuestras manos una luz visible para todos, apresurémonos a salir al encuentro de aquel que es la luz verdadera.
    Sí, ciertamente, porque la luz ha venido al mundo, para librarlo de las tinieblas en que estaba envuelto y llenarlo de resplandor, y nos ha visitado el sol que nace de lo alto, llenando de su luz a los que vivían en tinieblas: esto es lo que nosotros queremos significar. Por esto avanzamos en procesión con cirios en las manos, por esto acudimos llevando luces, queriendo representar la luz que ha brillado para nosotros, así como el futuro resplandor que, procedente de ella, ha de inundarnos. Por tanto, corramos todos a una, salgamos al encuentro de Dios.
    Ha llegado ya aquella luz verdadera que viniendo a este mundo ilumina a todo hombre. Dejemos, hermanos, que esta luz nos penetre y nos transforme.
    Ninguno de nosotros ponga obstáculos a esta luz y se resigne a permanecer en la noche; al contrario, avancemos todos llenos de resplandor; todos juntos salgamos a su encuentro llenos de su luz y, con el anciano Simeón, acojamos aquella luz clara y eterna; imitemos la alegría de Simeón y, como él, cantemos un himno de acción de gracias al Engendrador y Padre de la luz, que ha arrojado de nosotros las tinieblas y nos ha hecho partícipes de la luz verdadera.
    También nosotros, representados por Simeón, hemos visto la salvación de Dios, que él ha presentado ante todos los pueblos y que ha manifestado para gloria de nosotros, los que formamos el nuevo Israel; y, así como Simeón, al ver a Cristo, quedó libre de las ataduras de la vida presente, así también nosotros hemos sido liberados del antiguo y tenebroso pecado.
    También nosotros, acogiendo en los brazos de nuestra fe a Cristo, que viene desde Belén hasta nosotros, nos hemos convertido de gentiles en pueblo de Dios (Cristo es, en efecto, la salvación de Dios Padre) y hemos visto con nuestros ojos al Dios hecho hombre; y de este modo, habiendo visto la presencia de Dios y habiéndola aceptado, por decirlo así, en los brazos de nuestra mente, somos llamados el nuevo Israel. Esto es lo que vamos celebrando, año tras año, porque no queremos olvidarlo.