martes, 3 de enero de 2017

El testimonio de los hijos de Dios

Dice San Juan en su carta:
"Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!
El mundo no nos conoce porque no le conoció a él.
Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es".
Ha sido, para nosotros los Hombres, un hermoso regalo de Dios que haya querido que Su Único Hijo se hiciera hombre para que nosotros pudiéramos participar de su filiación divina. Su Infinito Amor no sólo nos llamó hijos sino que nos transformó en hijos a imagen de Su Hijo, y así el Amor que tiene por Él lo tiene por nosotros. Un Amor que aún no terminamos de conocer, de apreciar, de valorar porque siempre, como hijos pequeños que somos, seguimos mirando la vida desde nosotros mismos y no desde el Corazón del Padre.
"El mundo no le conoció a él", dice San Juan, y dentro de ese mundo estamos también nosotros mismos, y eso nos lo dice a nosotros mismos, pues aún no nos "animamos" a descubrir el Corazón del Padre, a dejarnos cautivar y conquistar por su verdadero amor, pues ponemos, casi siempre, excusas para dejarlo entrar en nuestras vidas y nos perdemos, así, la grandeza y la generosidad de un Amor Infinitamente Paternal.
Cuando verdaderamente dejamos entrar al Padre en nuestras vidas, esas vidas se transforman de un modo tal que manifiestan en todo momento su Amor, su Verdad, su Paz, pues manifiestan el verdadero rostro del Padre en la vida de los hijos. Por eso, cuando nos encontramos con una persona santa no podemos dejar de alegrarnos del encuentro, de dar Gracias a Dios por haberlo puesto en nuestra vida, y porque su vida sea para nosotros un remanso de paz, y sobre todo, un encuentro con el Amor.
Así el testimonio que dan los hijos de Dios es un testimonio verdadero, limpio, no es un testimonio forzado y fingido, sino que es la Luz del Amor que brota del corazón de aquél que se ha dejado amar y ha aprendido a amar como el Señor.
En este siglo XXI somos nosotros, los hijos de Dios, los que, como Juan Bautista, tenemos que señalar al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo; somos nosotros quienes anunciamos la Buena Noticia de la Salvación, pero no ya con grandes palabras y discursos sin con una Vida de Fe y Amor vivida y consolidada, para que "el mundo viendo nuestras buenas obras glorifique el Padre que está en los Cielos".

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.