jueves, 12 de enero de 2017

Animándonos a ser Fieles

“Animaos, por el contrario, los unos a los otros, cada día, mientras dure este “hoy”, para que ninguno de vosotros se endurezca, engañado por el pecado.
En efecto, somos partícipes de Cristo, si conservamos firme hasta el final la actitud del principio”.
Hermosa recomendación del escritor de la Carta a los Hebreos que nos animemos unos a otros, pero sobre todo me parece muy bueno lo del “mientras dure este ‘hoy’”. Me parece lindo pues nos da la pauta que hay un hoy eterno, o mejor dicho, todos los días es un hoy que se renueva y se hace nuevo, una nueva oportunidad de alentarnos, de animarnos a seguir, a continuar viviendo unidos en Fidelidad, a “conservarnos firmes hasta el final con la actitud del principio”.
¿A cuál principio se refiere? Al entusiasmo del principio. El apocalipsis va a decir al “amor primero”. Tenemos que pensar que el escritor de la carta a los Hebreos le está escribiendo a una comunidad que se ha convertido al cristianismo siendo adultos, y esos momentos de conversión son muy “apasionados”, se vive el encuentro o el descubrir la fe con mucha pasión, con mucha fuerza. Quizás una sensación que no se conoce o no se ha disfrutado cuando la fe se ha vivido desde pequeño, pues siempre se ha tenido el mismo entusiasmo (o la misma tibieza)
Cuando algo se vive desde siempre porque siempre se vivió o porque siempre se hizo así, quizás se cae en la rutina de lo cotidiano y se va perdiendo la pasión de lo recién descubierto. Cuando nos hacemos “conocidos” o “conocedores de algo o alguien” comienza o el desamor o el cuestionar o ya nos creemos capaces de todo, y vamos perdiendo la Gracia del asombro de lo nuevo, de aquello que me apasionó y por lo que pude dejar de lado muchas cosas.

Por eso, entre todos, nos tenemos que seguir dando ánimos, poniendo entusiasmo en la vivencia de la Fe, del Amor y de la Esperanza, para que muchos puedan ver en nuestra vida de cristianos algo a conquistar, algo a imitar, e incluso (perdonadme la expresión) algo que suscite envidia en los demás de con qué felicidad y gozo se vive un vida de fe.

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