miércoles, 31 de agosto de 2016

El cuerpo templo de Dos


Del Comentario de Orígenes, presbítero, sobre el evangelio de san Juan

     Destruid este templo y yo lo levantaré en tres días. Creo que en esta frase los judíos representan a los hombres carnales, entregados a la vida de los sentidos. Indignados al ver que Jesús había arrojado a los que con sus actos convertían la casa del Padre en lugar de negocios, pedían al Hijo de Dios, a quien ellos no reconocían, un signo con el que probara su autoridad para obrar de esta forma. El Salvador les dio entonces una respuesta en la que se refería tanto a su cuerpo como al templo sobre el que ellos preguntaban. En efecto, al decir ellos:¿Qué señal nos das que justifique lo que haces?, Jesús responde: Destruid este templo y yo lo levantaré en tres días.
    Según mi parecer, tanto el templo como el cuerpo de Cristo pueden llamarse, con toda verdad, figura de la Iglesia, pues la Iglesia, construida de piedras vivas, edificada como templo del Espíritu, formando un sacerdocio sagrado, cimentada sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y teniendo al mismo Cristo Jesús como piedra angular, puede llamarse templo con toda razón. Por ello la Escritura afirma de los fieles: Vosotros sois cuerpo de Cristo, y sois miembros unos de otros. Por tanto, aunque el buen orden de las diversas piedras viniera a derribarse, aunque los huesos de Cristo fueran dispersados por las embestidas de la persecución, o los tormentos con que nos amenazan los perseguidores pretendieran destruir la unidad de este templo, el templo sería nuevamente reconstruido y el cuerpo resucitaría al tercer día, es decir, pasado el día del mal que se avecina y el de la consumación que lo seguirá.
    Porque llegará ciertamente un tercer día y en él nacerá un cielo nuevo y una tierra nueva, cuando estos huesos, es decir, la casa toda de Israel, resucitarán en aquel solemne y gran domingo en el que la muerte será definitivamente aniquilada. Por ello podemos afirmar que la resurrección de Cristo, que pone fin a su cruz y a su muerte, contiene y encierra ya en sí la resurrección de todos los que formamos el cuerpo de Cristo. Pues de la misma forma que el cuerpo visible de Cristo, después de crucificado y sepultado, resucitó, así también acontecerá con el cuerpo total de Cristo formado por todos sus santos: crucificado y muerto con Cristo, resucitará también como él. Cada uno de los santos dice, pues, como Pablo: Líbreme Dios de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo; por él el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo. Por ello de cada uno de los cristianos puede no sólo afirmarse que ha sido crucificado con Cristo para el mundo, sino también que con Cristo ha sido sepultado, pues, si por nuestro bautismo fuimos sepultados con Cristo, como dice san Pablo, con él también resucitaremos, añade, como para insinuarnos ya las arras de nuestra futura resurrección

martes, 30 de agosto de 2016

Hombres del Espíritu

Nos dice San Pablo en la carta a los Corintios:
"Hermanos:
El Espíritu lo sondea todo, incluso lo profundo de Dios. Pues, ¿quién conoce lo íntimo del hombre, sino el espíritu del hombre, que está dentro de él? Del mismo modo, lo íntimo de Dios lo conoce solo el Espíritu de Dios.
Pero nosotros hemos recibido un Espíritu que no es del mundo; es el Espíritu que viene de Dios, para que conozcamos los dones que de Dios recibimos".
Ser hombres de Espíritu es una realidad hermosa que tenemos que tener siempre presente, pues es nuestra realidad, eso somos: hombres de espíritu, hombres renovados y conducidos por el Espíritu Santo de Dios. El Espíritu que habita en nosotros es quien quiere que alcancemos la plenitud de nuestra vida, y esa plenitud se va dando de día en día, si lo dejamos actuar en nosotros.
Pero ¿qué significa ser hombres de espíritu en el día a día? Poner más énfasis en nuestra vida espiritual no sólo en nuestra vida corporal y material, no sólo en nuestra vida laboral o profesional. ¿Por qué? Porque es el Espíritu, en nosotros, quién nos anima, quien nos fortalece, nos estimula, nos ilumina, nos ayuda en cada día a que todo sea para Gloria de Dios y para nuestra salvación y la de nuestros hermanos; pues todo lo hacemos con ese fin.
Miremos la vida de los santos. En la vida de los santos hay tareas que son de mucho esfuerzo, trabajos muy costos, actos heroicos y vidas entregadas al servicio de los demás, vidas que se han dado en holocausto para salvar otras vidas, vidas que se brindan por entero en actividades de mucho esfuerzo y realizadas por gente que no podía ni tenerse en pie, pero todos y cada uno, hacía todo con gozo y alegría, sin cansancios ni agobios porque todo era inspirado y sostenido por el Espíritu de Dios.
A nosotros muchas cosas nos agobian, y, en muchos casos, no podemos dejar de estar agobiados y cansados por lo que hacemos, esperando, cada día, un momento de sosiego y descanso que nunca llega. Los hombres de espíritu pueden discernir en todo eso, sobre todo, si todo lo que están haciendo, primero, es Voluntad de Dios o sólo están alimentando su propio ego y "acumulando riquezas que nunca llegarán a utilizar y que sólo será alimento de la carcoma y la polilla". Porque si sólo estoy alimentando mi ego y mi patrimonio, entonces claro que esas cosas no fortalecerán mi espíritu y terminaré agobiado y cansado. Pero si puedo discernir lo que Dios quiere y acepto su Voluntad, Él me dará su Espíritu para que todo lo que realice lo realice por Él y como camino de mi santidad. Y será el mismo Espíritu quien me ayudará a renunciar a lo que no tengo que hacer y a hacer lo que debo, en fidelidad a Dios.
Así vemos cómo la alegría no nace por el gusto de acumular bienes sino que nace gracias a la Fidelidad a la Voluntad de Dios, pues la verdadera alegría es fruto del Espíritu, y esa es una alegría que no se acaba, sino que perdura y vivifica, haciendo de nosotros hombres alegres en el Espíritu capaces de grandes cosas y de las mejores Obras de Dios en este mundo.

lunes, 29 de agosto de 2016

Martirio de San Juan Bautista

De las Homilías de san Beda el Venerable, presbítero
 
    El santo Precursor del nacimiento, de la predicación y de la muerte del Señor mostró en el momento de la lucha suprema una fortaleza digna de atraer la mirada de Dios, ya que, como dice la Escritura, aunque, a juicio de los hombres, haya sufrido castigos, su esperanza estaba llena de inmortalidad. Con razón celebramos su día natalicio, que él ha solemnizado con su martirio y adornado con el fulgor purpúreo de su sangre; con razón veneramos con gozo espiritual la memoria de aquel que selló con su martirio el testimonio que había dado del Señor. 
    No debemos poner en duda que san Juan sufrió la cárcel y las cadenas y dio su vida en testimonio de nuestro Redentor, de quien fue precursor, ya que, si bien su perseguidor no lo forzó a que negara a Cristo, si trató de obligarlo a que callara la verdad; ello es suficiente para afirmar que murió por Cristo.
    Cristo, en efecto, dice: Yo soy la verdad; por consiguiente, si Juan derramó su sangre por la verdad, la derramó por Cristo; y él, que precedió a Cristo en su nacimiento. en su predicación y en su bautismo, anunció también con su martirio, anterior al de Cristo, la pasión futura del Señor.
    Este hombre tan eximio terminó, pues, su vida derramando su sangre, después de un largo y penoso cautiverio. Él, que había evangelizado la libertad de una paz que viene de arriba, fue encarcelado por unos hombres malvados; fue encerrado en la oscuridad de un calabozo aquel que vino a dar testimonio de la luz y a quien Cristo, la luz en persona, dio el título de «lámpara que arde y que ilumina»; fue bautizado en su propia sangre aquel a quien fue dado bautizar al Redentor del mundo, oír la voz del Padre que resonaba sobre Cristo y ver la gracia del Espíritu Santo que descendía sobre él. Mas a él, todos aquellos tormentos temporales no le resultaban penosos, sino más bien leves y agradables, ya que los sufría -por causa de la verdad y sabía que habían de merecerle un premio y un gozo sin fin. 
    La muerte -que de todas maneras había de acaecerle por ley natural- era para él algo apetecible, teniendo en cuenta que la sufría por la confesión del nombre de Cristo y que con ella alcanzaría la palma de la vida eterna. Bien lo dice el Apóstol: Dios os ha dado la gracia de creer en Jesucristo y aun de padecer por él. El mismo Apóstol explica, en otro lugar, por qué sea un don el hecho de sufrir por Cristo: Los padecimientos de esta vida presente tengo por cierto que no son nada en comparación con la gloria futura que se ha de revelar en nosotros. 

domingo, 28 de agosto de 2016

El Señor se ha compadecido de nosotros

De los Sermones de san Agustín, obispo
 
    Dichosos nosotros si llevamos a la práctica lo que escuchamos y cantamos. Porque cuando escuchamos es como si sembráramos una semilla, y cuando ponemos en práctica lo que hemos oído es como si esta semilla fructificara. Empiezo diciendo esto porque quisiera exhortaron a que no vengáis nunca a la iglesia de manera infructuosa, limitándoos sólo a escuchar lo que allí se dice, pero sin llevarlo a la práctica. Porque, como dice el Apóstol, estáis salvados por su gracia, pues no se debe a las obras, para que nadie pueda presumir. No ha precedido, en efecto, de parte nuestra una vida santa, cuyas acciones Dios haya podido admirar, diciendo por ello: «Vayamos al encuentro y premiemos a estos hombres, porque la santidad de su vida lo merece.» A Dios le desagradaba nuestra vida, le desagradaban nuestras obras; le agradaba, en cambio, lo que él había realizado en . nosotros. Por ello, en nosotros, condenó lo que nosotros habíamos realizado y salvó lo que él había obrado.
    Nosotros, por tanto, no éramos buenos. Y, con todo, él se compadeció de nosotros y nos envió a su Hijo a fin de que muriera, no por los buenos, sino por los malos; no por los justos, sino por los impíos. Dice, en efecto, la Escritura: Cristo murió por los pecadores. Y ¿qué se dice a continuación? Apenas habrá quien dé su vida por un justo; quizás por un bienhechor se exponga alguno a perder la vida. Es posible, en efecto, encontrar quizás alguno que se atreva a morir por un bienhechor; pero por un inicuo, por un malhechor, por un pecador, ¿quién querrá entregar su vida, a no ser Cristo, que fue justo hasta tal punto que justificó incluso a los que eran injustos?
    Ninguna obra buena habíamos realizado, hermanos míos; todas nuestras acciones eran malas. Pero, a pesar de ser malas las obras de los hombres, la misericordia de Dios no abandonó a los humanos. Y Dios envió a su Hijo para que nos rescatara, no con oro o plata, sino a precio de su sangre, la sangre de aquel Cordero sin mancha, llevado al matadero por el bien de los corderos manchados, si es que debe decirse simplemente manchados y no totalmente corrompidos. Tal ha sido, pues, la gracia que hemos recibido. Vivamos, por tanto, dignamente, ayudados por la gracia que hemos recibido y no hagamos injuria a la grandeza del don que nos ha sido dado. Un médico extraordinario ha venido hasta nosotros y todos nuestros pecados han sido perdonados. Si volvemos a enfermar no sólo nos dañaremos a nosotros mismos, sino que seremos además ingratos para con nuestro médico.
    Sigamos, pues, las sendas que él nos indica e imitemos, en particular, su humildad, aquella humildad por la que él se rebajó a sí mismo en provecho nuestro. Esta senda de humildad nos la ha enseñado él con sus palabras y, para darnos ejemplo, él mismo anduvo por ella, muriendo por nosotros. Para poder morir por nosotros, siendo como era inmortal, la Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros. Así el que era inmortal se revistió de mortalidad para poder morir por nosotros y destruir nuestra muerte con su muerte.
    Esto fue lo que hizo el Señor, éste el don que nos otorgó. Siendo grande, se humilló; humillado, quiso morir; habiendo muerto, resucitó y fue exaltado para que nosotros no quedáramos abandonados en el abismo, sino que fuéramos exaltados con él en la resurrección de los muertos los que ya desde ahora hemos resucitado por la fe y por la confesión de su nombre. Nos dio y nos indicó, pues, la senda de la humildad. Si la seguimos confesaremos al Señor y con toda razón le daremos gracias, diciendo: Te damos gracias, oh Dios, te damos gracias, invocando tu nombre.

sábado, 27 de agosto de 2016

Es Él quien nos eligió

Dice San Pablo a los Corintios:
"Fijaos en vuestra asamblea, hermanos: no hay en ella muchos sabios en lo humano, ni muchos poderosos, ni muchos aristócratas; sino que, lo necio del mundo lo ha escogido Dios para humillar a los sabios, y lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar lo poderoso".
Una primera afirmación que hace San Pablo es que Dios nos ha escogido, es decir, no hemos sido nosotros quienes lo hemos escogido, sino que nosotros hemos decidido aceptar la elección de Dios. Para comprenderlo es como el día de la Anunciación: María no escogió ser la Madre del Señor, sino que aceptó el llamado de Dios para ser la Madre de Jesús. Nosotros también hemos sido llamados y por lo tanto hemos escogido aceptara el llamado y la misión.
Como segunda afirmación San Pablo nos hace ver que no hemos sido escogido por nuestras capacidades ni por nuestro nivel social, sino que hemos sido escogidos por absoluta libertad de Dios y Él confiando en su Gracia y no en nuestros talentos. Y así nos lo hace ver la parábola de los talentos que nos relata Jesús en el Evangelio. Y sí, a algunos nos ha dado un solo talento y a otros nos ha dado 10 talentos. Pero tampoco importa la cantidad de los talentos que se nos han dado, sino el para qué me los ha dado y cómo los voy a usar.
Ahora, una vez que he respondido al llamado de Dios y he descubierto mi misión y los talentos que he recibido, me tengo que poner en acción: "aquí estoy Señor para hacer tu Voluntad". Esa es la respuesta que, cada día, ha de salir de mi corazón y de mis labios para poder ser el administrador fiel, pues así Él irá renovando no sólo mis talentos, sino la Gracia necesaria para que yo sea pueda ser siendo Fiel a la misión para la cual Él me ha escogido.
Se pone en juego en esta decisión mi confianza en el Señor, pues no puedo confiar en mí, sino en Él que es Quién me ha llamado, es Quién me ha dado y me da los talentos necesarios para Servirle en todo momento. Por eso no miremos nuestra pequeñez sino que aceptando nuestra pequeñez nos dejemos conducir por Su Mano, para que al final de cada día y de nuestra vida, como dice San Pablo: "el que se gloríe, que se gloríe en el Señor".

viernes, 26 de agosto de 2016

El misterio de la Cruz ilumina nuestra vida

San Pablo a los corintios:
"Y puesto que, en la sabiduría de Dios, el mundo no conoció Dios por el camino de la sabiduría, quiso Dios valerse de la necedad de la predicación para salvar a los que creen.
Pues los judíos exigen signos, los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; pero para los llamados – judíos o griegos -, un Cristo que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios.
Pues lo necio de Dios es más sabio que los hombres; y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres".
No tenemos conciencia de lo que hemos de predicar o de lo que hemos sido llamados a anunciar, porque el mensaje de nuestra fe no es, muchas veces, entendible por todos ni siquiera, a veces, por nosotros mismos. Cuando Dios nos permite vivir situaciones difíciles o asumir cruces más pesadas de lo que nosotros mismos creíamos, ya no es tan bueno nuestro Dios o no es tan Grande el Señor. Pero tenemos que seguir adelante, viviendo el misterio de nuestra fe, viviendo la necedad de nuestro mensaje porque es la Fuerza de la Cruz lo que le da razón de ser a nuestra Fe.
Dios no necesita de inteligentes, sabios o demasiado doctos para poder anunciar el mensaje de la Cruz, sino de corazones disponibles a vivir lo que el nos propone, de corazones que se enciendan con la pobreza del mensaje que nos ha sido transmitido por los apóstoles, pues el mensaje de la Cruz no se predica con palabras, sino con la vivencia constante y fiel.
Por eso necesitamos, teniendo en cuenta el evangelio, estar siempre preparados "con las lámparas encendidas y con el aceite preparado" pues necesitamos tener siempre la Gracia del Señor que fortalece nuestro espíritu e ilumina nuestra vida para poder aceptar la Voluntad de Dios. Las vírgenes insensatas por vivir sólo el momento no tuvieron en cuenta la previsión, el estar preparadas por si el novio tardaba, y por eso se quedaron fuera del encuentro con el Señor.
Muchas veces Él no se hace presente en el momento que yo quiero, pero no por eso quiere decir que no nos está esperando o que no va a venir a nuestro encuentro; por eso nuestra espera es fruto de la confianza y la confianza fortalece nuestro amor y Su Gracia hace que esa confianza nos lleve al encuentro que anhelamos y esperamos, pues Él siempre llega en el momento más oportuno, pero si no estoy preparado y con "las lámparas encendidas" quizás pase por mi lado y no lo vea.
Dejemos que sea el Espíritu Santo quien nos ayude a comprender los misterios de la Fe, o mejor dicho a aceptar los momentos de oscuridad y de Cruz que el Señor nos permita o nos pida vivir, pues será en esos momentos donde se fortalezca nuestra fidelidad y su Gracia nos ayude a salir a su Encuentro cuando Él venga a mi vida.

jueves, 25 de agosto de 2016

Estar atentos ¿para qué?

"En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
-«Estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor.
Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora de la noche viene el ladrón, estaría en vela y no dejaría abrir un boquete en su casa.
Por eso, estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre".
Creo que la primera impresión que tenemos al leer este pasaje u otros similares es que el Señor nos está preparando para la hora en que nos venga a buscar, es decir, para la hora de nuestra muerte que, por supuesto, para esa hora también tenemos que estar preparados: tener todo en regla para hacer el viaje final a la Casa del Padre.
Pero hay otro y otros momentos para los que tenemos que estar preparados: cuando el Señor viene a decirnos o a mostrarnos su Voluntad, para ese momento también tenemos que estar preparados. Es decir, nuestro corazón, nuestros oídos y nuestro espíritu tienen que estar preparados para poder escuchar, discernir y disponernos a hacer la Voluntad de Dios; porque cuando si no lo escuchamos no podemos discernir ni obedecer, si escuchamos pero no sabemos discernir tampoco obedecemos, y, lo que es peor, a veces escuchamos y discernimos pero no estamos dispuestos a obedecer porque tenemos en mente otros planes.
En cualquiera de esos tres momentos en los que el Señor venga a mostrarnos su Voluntad y no la llegamos a hacer, entonces Él pasa de largo y va en busca de otra alma dispuesta a hacer Su Voluntad, y la Gracia que Él tenía para mi la usa para otro.
Pero ¿qué pasa si no hago la Voluntad de Dios? En realidad no me pasa nada mala, no me van a caer palos de punta sobre la cabeza, ni una lava mortal me esconderá de la faz de la tierra, ni se me llenará el cuerpo de llagas incurables. No, el Señor no tiene esa maldad que muchas veces le inculcamos. Simplemente de a poco yo me iré alejando de Él, pues la Gracia para vivir cristiana y santamente irá desapareciendo de mi vida pues no estoy dispuesto a hacer Su Voluntad: "al que tiene se le dará y al que no tiene se le quitará aun lo que tiene" y no está hablando de bienes materiales, sino de los bienes espirituales. Si no tenemos disposición a escucharlo o a discernir y menos a hacer Su Voluntad, entonces se me quitará toda Gracia pues no la necesito para hacer mi voluntad, para eso me basto yo solito.
Así es que en todo momento tenemos que estar atentos para escuchar Su Palabra, para discernir y disponibles para obedecer.

miércoles, 24 de agosto de 2016

Lo débil de Dios es más fuerte que los hombres

De las Homilías de san Juan Crisóstomo, obispo, sobre la primera carta a los Corintios


El mensaje de la cruz, anunciado por unos hombres sin cultura, tuvo una virtud persuasiva que alcanzó a todo el orbe de la tierra; y se trataba de un mensaje que no se refería a cosas sin importancia, sino a Dios y a la verdadera religión, a una vida conforme al Evangelio y al futuro juicio, un mensaje que convirtió en sabios a unos hombres rudos e ignorantes. Ello nos demuestra que lo necio de Dios es mas sabio que los hombres, y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres.
    ¿En qué sen es más fuerte? En cuanto que invadió el orbe entero y sometió a todos los hombres, produciendo un efecto contrario al que pretendían todos aquellos que se esforzaban en extinguir el nombre del Crucificado, ya que hizo, en efecto, que este nombre obtuviera un mayor lustre y difusión. Ellos, por el contrario, desaparecieron y, aun durante el tiempo en que estuvieron vivos, nada pudieron contra un muerto. Por esto, cuando un pagano dice de mí que estoy muerto, es cuando muestra su gran necedad; cuando él me considera un necio, es cuando mi sabiduría se muestra superior a la suya; cuando me considera débil, es cuando él se muestra más débil que yo. Porque ni los filósofos, ni los maestros, ni mente humana alguna hubiera podido siquiera imaginar todo lo que eran capaces de hacer unos simples publicanos y pescadores. 
    Pensando en esto, decía Pablo: Lo débil de Dios es más fuerte que los hombres. Esta fuerza de la predicación divina la demuestran los hechos siguientes. ¿De dónde les vino a aquellos doce hombres, ignorantes, que vivían junto a lagos, ríos y desiertos, el acometer una obra de tan grandes proporciones y el enfrentarse con todo el mundo, ellos, que seguramente no habían ido nunca a la ciudad ni se habían presentado en público? y más, si tenemos en cuenta que eran miedosos y apocados, como sabemos por la descripción que de ellos nos hace el evangelista, que no quiso-disimular sus defectos, lo cual constituye la mayor garantía de su veracidad. ¿Qué nos dice de ellos? Que, cuando Cristo fue apresado, unos huyeron y otro, el primero entre ellos, lo negó, a pesar de todos los milagros que habían presenciado. 
    ¿Cómo se explica, pues, que aquellos que, mientras Cristo vivía, sucumbieron al ataque de los judíos, después, una vez muerto y sepultado, se enfrentaran contra el mundo entero, si no es por el hecho de su resurrección, que algunos niegan, y porque les habló y les infundió ánimos? De lo contrario se hubieran dicho: "¿Qué es esto? No pude salvarse a sí mismo, y ¿nos va a proteger a nosotros? Cuando estaba vivo no se ayudó a sí mismo, y ¿ahora, que está muerto, nos tenderá una mano? Él, mientras vivía, no convenció a nadie, y ¿nosotros, con sólo pronunciar su nombre, persuadiremos a todo el mundo? No sólo hacer, sino pensar algo semejante sería una cosa irracional."
    Todo lo cual es prueba evidente de que, si no lo hubieran visto resucitado y no hubieran tenido pruebas bien claras de su poder, no se hubieran lanzado a una aventura tan arriesgada.

martes, 23 de agosto de 2016

Defender nuestra fe para vivirla mejor

San Pablo a los Tesalonicenses les pide:
"Así, pues, hermanos, manteneos firmes y conservad las tradiciones que habéis aprendido de nosotros, de viva voz o por carta".
Se habían a comenzado a mezclar, como siempre pasa, otras tradiciones u otras exhortaciones de algunos que decían, también, venir de parte de Dios. Situaciones que llevaban a las comunidades a vivir pendientes del "fin del mundo", del juicio final y de todas esas cosas, lo que producía un poco de temor en todos y por eso no se vivía en plenitud el día a día. Por eso la necesidad de saber distinguir en lo que creo y en lo que no, o, mejor dicho, en lo que debo creer y en lo que no. Si digo que soy cristiano lo que debo tener presente en mi vida es la palabra de Dios, pues a quien debo serle Fiel es a la Palabra de Dios. Pero si acepto otras tradiciones de otros dioses ¿a qué dios le hago caso? Quizás, y seguramente, al que me pone las cosas más fáciles.
Hoy en día se ve mucho, y eso es muy bueno, que se quieran recuperar tradiciones de los pueblos para mantener vivas las raíces que les dieron origen. Pero lo único que no se quiere conservar, pues parece que le ha hecho mal a los pueblos son las tradiciones cristianas que, también, dieron origen a muchos pueblos. Es como si pudiéramos seleccionar qué es lo que nos ha dado origen y qué no, en nuestras raíces está el cristianismo y si lo negamos, negamos también parte de lo que somos, de quienes somos y de cómo seguir viviendo. Pero bueno... son cosas de la modernidad.
Si, es una ironía esto de la modernidad, porque es el argumento que muchos usamos para no comprometernos en la defensa de nuestra fe, le tiramos a otros el trabajo de defender lo que somos y no meternos en el fregao de tener que decir quiénes somos y lo que queremos vivir.
Y así llegamos al Evangelio donde el Señor nos llama fuertemente la atención sobre el hecho de sólo CUMPLIR con normas que no nos llevan a la vivencia plena de nuestra fe. Las fuertes exhortaciones a los fariseos y a los escribas, del evangelio de hoy, son por haberse quedado en el sólo cumplir la Ley sin vivir su espíritu. Y lo que Jesús les pide y nos pide es que no sólo cumplamos con los preceptos, como por ejemplo ir a Misa, sino que vivamos el espíritu de Cristo que nos alimenta en la Eucaristía. Pues de nada sirve ir a Misa o rezar todos los días, si mi corazón está muy lejos de Dios y más de mis hermanos, y, sobre todo, en estos tiempos, no soy capaz de defender lo que creo de aquello que no es propio de mi fe.


Si soy cristiano he de buscar que mi alimento sea la Palabra de Dios, y sólo la Palabra de Dios para no confundirme a la hora de buscar la Voluntad de Dios que ilumine mi día a día. Y si hay otras doctrinas que me quieran inculcar saber defender Su Palabra para poder defender mi vida cristiana.

lunes, 22 de agosto de 2016

Responsables de guiar hacia Dios

Para comenzar la semana y después de las lecturas del domingo, Jesús se pasa un poquito con la corrección, pero está claro que aún nos queda mucho camino para recorrer, y en este Camino toda corrección, de parte de Dios, es buena para poder alcanzar la meta que nos hemos propuesto, o, mejor dicho, que nos ha propuesto el Padre: la santidad. Porque todas las correcciones y todos los consejos que nos da Jesús, desde el Evangelio, no son sino para alcanzar la santidad, porque ese es el deseo del Padre antes de crearnos, ese es el deseo del Padre por el que vino Jesús y nos redimió: para que seamos santos e irreprochables en su presencia por el amor.
Fijaos que estas exhortaciones de Jesús dos van dirigidas a los escribas y fariseos y una a los guías de comunidad. Es decir no son exhortaciones al pueblo en general. ¿Por qué dice semejantes cosas? Porque los que tenemos un cargo, un oficio, una responsabilidad sobre la conducción de una comunidad, de un Grupo, de una familia, tenemos que saber cómo conducimos, cómo guiamos. No se trata solo de recibir un cargo o encargo o una responsabilidad simplemente porque sí, sino cómo lo hago, porque cuando Dios elige para tal o cual cargo: ya sea un oficio eclesiástico, ya sea padre o madre de familia, director de escuela o jefe de sección en una empresa; nos elige para que ayudemos a las personas a crecer, a vivir, a desempeñarse digna y santamente en su propio oficio.
Y así suponemos que quien decide aceptar un cargo, oficio o responsabilidad ha tenido en cuenta cuáles son las obligaciones que tal situaciones nos exige. No podemos hacer las cosas a nuestro antojo sino según un Querer superior, intentando que los demás puedan, también, llegado el caso seguir nuestro ejemplo y vivir de acuerdo a lo que he transmitido. Por eso, si lo que he transmitido no es lo que Dios me ha pedido entonces seré un mal guía pues los guiaré según mis gustos y no los de Dios.
Y hoy, en los tiempos que vivimos se nos hace muy difícil esta tarea de ser guías según la Voluntad de Dios, pues en cuanto dices algo que no le gusta a los demás, enseguida te señalan como estás discriminando a alguien, como que estás en contra de los derechos de otros, como que sos un antiguo por no ver por dónde va el mundo, y tantas otras cosas más. Hasta los padres tienen miedo, muchas veces, de llamar fuertemente la atención a los hijos por miedo a lo que los hijos puedan hacer en contra de los padres.
Pero los que creemos y sabemos que tenemos un Dios Padre que nos ampara y nos sostiene tenemos la misión de seguir su ejemplo, siendo Guías buenos que ayudan a los hermanos a encontrar el Camino de la Vida, que nos conduzca a la meta querida por el Padre: la santidad, sin miedo de los hombres, sino con el santo temor de Dios que nos fortalece y anima en cada paso de la vida, para que aceptando Su Palabra seamos capaces de asumir las correcciones que nos hace, y hacer las correcciones que nos manda.

domingo, 21 de agosto de 2016

Los últimos y los primeros

En el Evangelio de San Lucas se recoge el mismo final de la parábola de San Mateo sobre los jornaleros de la viña:
"Mirad: hay últimos que serán primeros, y primeros que serán últimos».
En San Mateo la parábola estaba dirigida a Ancianos y Fariseos, aquí está dirigida a todos, porque el pecado original están en todos, y en algunos se manifiesta de forma clara uno de los aspectos más difíciles de dominar: la vanidad. Sí, cuando creemos que somos los primeros porque hemos estudiado más, porque sabemos más las cosas, porque no hay nadie como yo para hacer tal o cual cosa, porque me siento imprescindible en tales o cuales situaciones... y tantas otras situaciones que se dan en nuestra vida: nos creemos los primeros en todo. Y ahí ya tenemos nuestra recompensa, no necesitamos ninguna otra recompensa pues nosotros mismos somos nuestros primeros admiradores y los que nos aplaudimos por nuestras buenas obras.
La vanidad y el orgullo mal dirigido por el pecado original nos hacen creer que podemos estar por encima de todos, y ese es el error de creernos tan buenos y tan mejores: no recibiremos la Gracia del Señor que es su propia Vida. Además la soberbia y la vanidad son como las calorías de las comidas pero en lugar de engordar nuestro cuerpo engordan nuestro YO, y así no nos permiten poder pasar por la "puerta estrecha" que nos conduce al Reino de Dios.
Por eso las correcciones que nos hace Dios, por el mismo o por nuestros hermanos, no son porque no nos quieran, sino porque nos aman tanto que necesitan que corrijamos nuestros pasos, que dejemos de lado el pecado de la soberbia y el egoísmo, y crezcamos en la humildad para que podamos pasar por la puerta estrecha de la santidad.
"Ninguna corrección resulta agradable, en el momento, sino que duele; pero luego produce frutos apacible de justicia a los ejercitados en ella", dice el escritor de la carta a los Hebreos, pero todas son necesarias para nuestro crecimiento, para nuestra madurez, para que la soberbia no nos deje sin la Gracia de Dios para seguir creciendo en santidad.
Así, como niños pequeños dejemos que nuestro Padre corrija nuestros pasos, que nos ayude, día a día, a orientarnos hacia una vida adulta en la fe sabiendo que solo en la confianza y el abandono en Sus Manos podemos alcanzar la meta que soñamos.

sábado, 20 de agosto de 2016

La Gloria del Señor llenaba todo el Templo

Otra visión del Profeta Ezequiel:
"La Gloria del Señor entró en el templo por la puerta oriental.
Entonces me arrebató el espíritu y me llevó al atrio interior.
La Gloria del Señor llenaba el templo.
Entonces oí a uno que me hablaba desde el templo, mientras aquel hombre seguía de pie a mi lado, y me decía:
-«Hijo de hombre, este es el sitio de mi trono, el sitio donde apoyo mis pies y donde voy a residir para siempre en medio de los hijos de Israel».
Nosotros, quizás, no hemos tenido ninguna de estas visiones como la tuvieron los Profetas del Antiguo Testamento, o como lo habrán tenido otros tantos santos o personas de nuestros tiempos, pero me gusta esta visión de Ezequiel por nos trae la imagen de nuestras Iglesias donde el Santísimo Sacramento llena todos nuestros Templos. No podemos ver a Dios tal cual es, pero sabemos (por el Don de la FE) de su presencia viva y real en el Santísimo Sacramento conservado en el Sagrario de los Templos.
Es el mismo Dios, en la Persona de Jesucristo quien está presente en el Sagrario, no es una foto de Él, sino que (vuelvo a insistir) por el Don de la Fe que se nos ha dado, creemos que Él está ahí, que se ha quedado en el Sagrario para estar junto a nosotros, para escucharnos, para acompañarnos, para que en la soledad, en la tristeza, en el gozo o en la alegría lo tengamos a nuestro lado para sentarnos a compartir un momento de diálogo, un momento de silencio, un momento de deshago o de agradecimiento.
Muchas veces no tenemos conciencia, los católicos, de lo que tenemos delante de nuestros ojos: a Dios Vivo y presente, con toda su Gloria y Divinidad, en su Cuerpo y en su Sangre; pues eso es lo que creemos y lo que anhelamos ver. Por eso os copio esta oración de San Alfonso María de Ligorio:
"Señor mío Jesucristo, que por amor a los hombre estás noche y día en este sacramento, lleno de piedad y de amor, esperando, llamando y recibiendo a cuantos vienen a visitarte: creo que estás presente en el sacramento del altar. Te adoro desde el abismo de mi nada y te doy gracias por todas las mercedes que me has hecho, y especialmente por haberte dado tu mismo en este sacramento, por haberme concedido por mi abogada a tu amantísima Madre y haberme llamado a visitarte en este iglesia.
Adoro ahora a tu Santísimo corazón y deseo adorarlo por tres fines: el primero, en acción de gracias por este insigne beneficio; en segundo lugar, para resarcirte de todas las injurias que recibes de tus enemigos en este sacramento; y finalmente, deseando adorarte con esta visita en todos los lugares de la tierra donde estás sacramentado con menos culto y abandono.
Amén".

viernes, 19 de agosto de 2016

El Espíritu da vida nueva

Aunque la visión que tuvo Ezequiel parece sacada de una película de zombies, es una hermosa profecía para poder mirarla, también, en el contexto de nuestro mundo, de nuestra gente, de nuestras comunidades. Por momentos parecemos parecemos comunidades muertas, sin vida, sin ánimos de nada, o, mejor dicho, sólo tenemos ánimos para hacer nuestras propias cosas sin importarnos lo que pasa a nuestro alrededor. Sí, en realidad, cuando miramos a nuestro alrededor parece que andan muchos zombies caminando a nuestro lado.
Escribiendo esto me vino a la memoria una poesía de Gustavo Adolfo Bécquer que siempre le gustaba al P. Efraín repetir:

No son los muertos los que en dulce calma
la paz disfrutan de su tumba fría,
muertos son los que tienen muerta el alma
y viven todavia.

No son los muertos, no los que reciben
rayos de luz en sus despojos yertos,
los que mueren con honra son los vivos,
los que viven sin honra son los muertos.

La vida no es la vida que vivimos,
la vida en el honor, es el recuerdo.
Por eso hay hombres que en el Mundo viven,
y hombres que viven en el Mundo muertos.

Se nos ha enfriado el alma de tanto vivir para nosotros mismos, el amor que es el fuego que anima nuestras vidas se nos ha enfriado, nos hemos vuelto tibios en nuestra vida de fe, en nuestra vida de amor, en nuestra esperanza, simplemente por el hecho de no preocuparnos más que por nosotros mismos.
Quizás sea una exageración, pero si miramos a nuestro alrededor veremos que no es así: cada uno va a su propio ritmo, aunque en ese ritmo tenga momentos de encuentros familiares, con amigos, y hasta para muchos de nosotros pertenezcamos a comunidades religiosas, eclesiales. Pero el ritmo que llevamos es tan rápido que no llegamos a vivirlo desde el Espíritu de Dios. Por eso necesitamos del Profeta que invoque al Espíritu Santo:
"Entonces me dijo:
-«Conjura al espíritu, conjúralo, hijo del hombre, y di al espíritu: “Esto dice el Señor Dios: ven de los cuatro vientos, espíritu, y sopla sobre estos muertos para que vivan”».
Yo profeticé como me había ordenado; vino sobre ellos el espíritu, y revivieron y se pusieron en pie. Era una multitud innumerable".


Y ¿quién es el Profeta que invoca al Espíritu? Eres tú, soy yo, somos todos los que hemos sido ungidos profetas del Señor el día de nuestro bautismo. Todos tenemos esa misión de invocar al Espíritu Santo, cada día, para que Él nos llene de sus Dones, nos de la disponibilidad del corazón para vivir la Vida que el Señor quiere para nosotros, y nos encienda en el Fuego de su Amor para que sigamos inflamando la Vida Nueva en los que la han perdido, o en los que ya no la encuentran.

jueves, 18 de agosto de 2016

Desprecio o no apreciar

Siempre me ha parecido un parábola con muchos significados y, cada vez que la leo, siempre encuentro uno diferente. Quizás, como siempre sucede, es porque Dios nos va iluminando de manera diferente con su Palabra. Pero bueno, ¿qué es lo que hoy veo en esta lectura de la parábola? La actitud de desprecio de la gente. Sí, y es una actitud que vemos cada día en muchos que nos rodean y, también, en nosotros mismos.
Dios nos invita y nos llama y no vamos, pero si lo necesitamos y no contesta (o creemos que no contesta) nos ofendemos, nos renegamos, y hasta en muchos casos lo rechazamos. Y lo mismo nos sucede con las personas a nuestro lado: familia, amigos, conocidos.
Como vivimos en la era de que lo único que vemos son nuestros derechos y no nuestra obligaciones, siempre creemos que los más importantes somos nosotros, y a quienes tienen que invitar o llamar es a nosotros y si no tenemos ganas de responder o de llamar o de ir, es nuestro derecho. Pero si el otro hace lo mismo pongo el grito en el cielo, porque también es mi derecho. Y así se rompen los lazos de familia, de amistad, de comunidades.
Por vivir sólo pendientes de nuestros derechos y de nuestro ombligo nos olvidamos de lo que hay a nuestro lado, del daño que hacemos muchas veces por no apreciar lo que Dios y los demás me quieren dar, me quieren pedir o simplemente no aprecio la vida de los demás porque no miro sus necesidades, lo que los demás pueden necesitar de mí.
Y así vivimos quejándonos todo el tiempo de lo que no tenemos, de que nadie nos escucha, nos da una mano; nos quejamos porque no vienen a visitarnos, porque no nos llaman por teléfono... Pero tampoco nosotros hacemos la inversa, o simplemente decimos ¡Ah! yo lo hice y él/ella no me devolvió la llamada o la visita. Nos manejamos en las relaciones fraternas, de amistad o familiares, sacando cuentas de cuánto hice yo y de cuánto hizo el otro, sin saber que esas cuentas siempre nos traen gastos en el amor, porque "en el amor no existen las matemáticas", si realmente lo quieres al otro/a es simple: manifiesta tu amor, tu cercanía. Si tu deseo es vivir una relación de amistad, de amor, de hermanos, de familia no te debe importar tener siempre que dar el primer paso.
Y ¿por qué en la parábola se rechaza al que vino sin vestido de fiesta? Por la misma razón: como he sido invitado voy como quiero, no me importa si es una fiesta, un pic-nic o cualquier otra cosa. Tengo derecho de ir como se me da la gana: no aprecias lo que los demás están viviendo ¡tu a tu bola! y a los demás que los parta un rayo. Y por eso, el dueño de la fiesta tuvo "el derecho" de echarlo de la fiesta, porque no respetó lo que había preparado con amor para los invitados, no apreció el lugar al que iba y no preparó su corazón para ser agradecido con quien lo había invitada al Banquete de Su Vida.
Ojalá sepamos apreciar tanto nuestras obligaciones como nuestros derechos, y también los derechos y las obligaciones de los demás.

miércoles, 17 de agosto de 2016

Trabajar en la Viña del Señor

"Él replicó a uno de ellos:
“Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?’
Así, los últimos serán los primeros y los primeros, últimos».
¿Qué nos tiene que pagar El Señor por hacer lo que debemos con nuestra vida? Es como si mis padres me tuvieran que pagar un sueldo por ser hijo. Aunque hoy se acostumbre a dar premios a los hijos porque han estudiado o porque no han suspendido ninguna asignatura en el instituto. Es que es su responsabilidad hacer lo que les corresponde, no te tengo que pagarle a un hijo para que haga de hijo.
El Señor nos ha prometido la Vida Eterna, por eso nos ha dado Su Vida, para que la tengamos en abundancia. Una Vida que no nos pertenecía por el Pecado Original, pero que en su Bondad Infinita Dios Padre ha querido que volvamos a recuperarla, y es esa Vida la que Jesús nos consiguió y nos ofreció desde la Cruz. No hay mejor regalo para el Hombre que recibir la filiación divina y alcanzar la eternidad. Pero eso es algo que muchos nos vemos, no somos agradecidos por vivir la Vida de hijos de Dios, sino que queremos, constantemente, más y más de Dios. Somos esos hijos que esperan que los padres le pagan un sueldo mensual por hacer de hijos.
Él nos ha llamado a la Vida y en este Camino nos ha querido dar un lugar y un sentido, soy yo quien tiene que descubrirlo e intentar alcanzar la meta. Hay quienes lo descubren y se lanzan convencidos por el Camino que el Padre les va mostrando día a día. Hay otros que aunque quisieran vivir ese Camino no tienen el valor de renunciar a sí mismos y se quedan viviendo una vida que no les conforma, pero así, igualmente, quieren el resultado final. Y otros que aceptando la Voluntad de Dios la viven con desgano y rutinariamente, pues creen que con el menor esfuerzo ya han alcanzado la meta.
¿Quiénes recibirán la mejor paga? Es que la mejor paga la gestionamos nosotros mismos día a día, pues en la medida en que nos entregamos a vivir la Voluntad de Dios se nos da Gracia sobre Gracia, para que podamos ser Fieles, y así vamos llenando nuestro corazón del Amor de Dios que es lo que nos hace felices y le da sentido a la vida que Él mismo nos ha regalado. Nuestro deseo constante de Fidelidad es el "pago" a nuestro buen actuar de todos los días.
Por eso, cada día, al comenzar el día el Señor me llama a la Viña para el trabajo diario, soy yo quien tiene el Sí voy o no voy. ¿Seré el último, el primero o quedaré fuera de la lista del trabajo de hoy?

martes, 16 de agosto de 2016

Que buscamos en nuestra vida de fe?

"En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos:
-«En verdad os digo que difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos. Lo repito: más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de los cielos»
Al oírlo, los discípulos dijeron espantados:
-«Entonces, ¿quién puede salvarse?».
Jesús se les quedó mirando y les dijo:
-«Es imposible para los hombres, pero Dios lo puede todo».
A veces me pregunto: ¿queremos los cristianos entrar en el Reino de los Cielos? ¿Tenemos en cuenta que nuestra vida es un camino para alcanzar el Reino de los Cielos? ¿Nos damos cuenta que mientras vamos al Reino a ese Reino lo construimos también en la Tierra? Porque pareciera que nuestra vida no fuera una vida para el Cielo, sino una vida sin más ni más. ¿Por qué digo esto? Porque veo que a muchos cristianos no les interesa vivir como cristianos, o, mejor dicho no les interesa vivir en Cristo.
Hoy día hay más interés es buscar y aprender de otras culturas religiosas que madurar y reflexionar sobre la propia vida cristiana. Incorporamos a nuestra vidas reflexiones y doctrinas orientales, budistas, otros incorporan el tarot, los horóscopos y ¡tantas otras cosas más! sin descubrir el valor intenso y profundo que tiene nuestra propia vida cristiana. Y así, cada uno, va viviendo lo que más le conviene y le gusta: si me gusta esto del budismo lo hago, aunque después vaya a misa; si me gusta esto de no se qué, lo hago, aunque después haga una peregrinación a la Virgen.
No digo que cada religión tenga sus cosas buenas, pero creo que cada una se diferencia en algo particular y sustancial de las demás, y en cada caso, tenemos que entender, comprender y madurar en la nuestra. Yo no veo a la gente de otras religiones mezclar conceptos, doctrinas o formas de vida de otras religiones tan diferentes, porque ellos viven y gustan de sus propias doctrinas.
A nosotros los católicos creo que no nos importa confundir a los demás con nuestro estilo de vida, porque ya estamos confundidos nosotros mismos, y por eso, como no sabemos qué es lo que queremos vivir, o porque nos parece difícil lo que nos propone el Evangelio, entonces incorporamos "cosas más fáciles" de otras concepciones religiosas o no tan religiosas.
Me parece que nos falta un poco más de sinceridad en nuestra vida cristiana, o en nuestra vida en general, saber qué es lo que queremos vivir, pero no queramos vivir "picoteando" en todos los platos, sino que debemos elegir un Camino para nuestra vida, un Camino que nos conduzca al fin que hemos gustado y elegido. Por eso creo que aún no hemos gustado profundamente del Amor de Dios, de su Vida, de su Amor por nosotros, pues si lo hiciéramos no queríamos abandonarlo, no queríamos ser infieles a ese Amor por nosotros y nos nos importaría que no recibiéramos nada a cambio, simplemente porque con su Amor ya tenemos todo lo que buscamos.

No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido,
muéveme ver tu cuerpo tan herido,
muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera,
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.