jueves, 23 de julio de 2026

Vivir permaneciendo

Hay palabras, testimonios de Jesús, de los apóstoles o de los santos que nos llenan el alma, que nos parecen increíbles y que nos hacen soñar, muchas veces, en qué increíble que las pudiéramos vivir o llegar a poder intentar vivirlas, pero cuando las reflexionamos a la Luz del Espíritu se nos hacen muy lejanas pues implican demasiada entrega. Así son, me parece, estas palabras testimoniales de san Pablo a los gálatas:
"Estoy crucificado con Cristo: vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí.
Y, mientras vivo en esta carne, vivo de la fe en el Hijo de Dios, que me amó hasta entregarse por mí".
Que sea Cristo quien viva en mí es algo que creemos que se da en nuestras vidas, porque sabemos que Su Espíritu habita en nosotros y que por eso somos cristianos, pero, más de una y dos veces, experimentamos que estamos muy lejos de sentirnos verdaderos Cristos.
Aunque es verdad que no siempre estaremos a la altura de san Pablo o podremos experimentar ese deseo de que sea Cristo quien vive en nosotros, o que deseemos estar crucificados con Cristo, siempre hemos de intentar alcanzar la meta de la santidad. Y ¿cómo la alcanzamos? Ya nos lo dice el. mismo Jesús:
"Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí.
Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada.
Al que no permanece en mí lo tiran fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden.
Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que deseáis, y se realizará.
Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos».
Es como cuando vamos conduciendo, a veces, se nos va el coche para un lado y otras veces para el otro porque nos distraemos o nos distraen en el camino. Lo importantes es volver a nuestro lugar a la senda que nos ha sido mostrada para llegar a buen puerto.
Permanecer en Cristo no es quedarse dormido en los laureles porque ya soy cristiano, sino es seguir creciendo: madurando y formándonos en el espíritu para continuar fuertes ante las tentaciones, las adversidades, las cruces, las caídas, para que siempre, por la Gracia de Dios, estemos dispuestos para hacer lo que Él nos pida. Permanecer es seguir unido a Cristo y dejarnos conducir por su Espíritu a pesar de que, muchas veces, nos cueste lágrimas aceptar su Voluntad y nuestras caídas.

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