miércoles, 30 de septiembre de 2026

Cristo nos precede

 Santa Teresa-Benedicta de la Cruz (s.XX)


El Salvador nos ha precedido en el camino de la pobreza. A Él le pertenecen todos los bienes del cielo y de la tierra. Para Él no presentaban ningún peligro; podía usar de ellos al mismo tiempo que conservaba su corazón enteramente libre. Pero sabía muy bien que es casi imposible al ser humano poseer bienes sin subordinarse a ellos y hacerse su esclavo. Por esta razón lo abandonó todo, y con su ejemplo nos ha enseñado, aún más que con sus palabras, que sólo lo posee todo el que no posee nada. Su nacimiento en un establo y su huída a Egipto nos hacen comprender ya, que el Hijo del hombre no tendría un lugar donde reposar la cabeza. El que quiera seguirle debe saber que nosotros no tenemos aquí abajo una morada permanente. Cuanto más vivamente tomemos conciencia de ello, más ardientemente tenderemos hacia nuestra morada futura y exultaremos sólo de pensar que tenemos derecho de ciudadanía en el cielo

martes, 29 de septiembre de 2026

Qué decir de los ángeles?

Homilía de San Bernardo, abad y doctor de la Iglesia (s. XII)

Celebramos hoy la fiesta de los santos ángeles. Pero ¿qué podemos decir acerca de estos espíritus angélicos? Esta es nuestra fe: creemos que gozan de la presencia y de la visión de Dios, que tienen una felicidad sin fin, son propiedad del Señor «que el ojo no vio, ni oído oyó, incomprensible para el corazón del hombre «(1 Cor 2, 9). ¿Qué puede decir un simple mortal de ellos, a otros hombres mortales, siendo como es, incapaz de entender tales cosas? Si no es posible hablar de la gloria de los santos ángeles de Dios, por lo menos podemos hablar de la gracia y el amor que nos muestran, ya que no sólo tienen una dignidad incomparable, sino también una servicialidad llena de bondad.Si no podemos entender su gloria, nos centramos más en la misericordia de la que están repletos estos familiares de Dios, estos ciudadanos del cielo, los príncipes de los cielos.
El mismo apóstol Pablo, que ha contemplado con sus ojos la corte celestial y que ha conocido sus secretos (2 Cor 12, 2), certifica que “todos los ángeles son espíritus encargados de un ministerio, enviados para servicio para los que van a heredar la salvación”(Hb 1, 14). ¿No ves nada sorprendente, ya que el Creador, el Rey de los ángeles mismo “no vino para ser servido sino a servir y a dar su vida por la multitud de hombres”? (Mc 10, 45). Entonces, ¿qué ángel se burla de este servicio, en la que aventajó al de los ángeles en el cielo con presteza y alegría?

lunes, 28 de septiembre de 2026

El camino de Job

«Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré a él. El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó; bendito sea el nombre del Señor».
A pesar de todo esto, Job no pecó ni protestó contra Dios".
La historia de Job se parece mucho a nuestras historias. Sí, quizás nunca nos ha tocado tanto en la vida, pero seguramente, han habido algunos días o momentos en los que se nos ha venido el mundo encima por lo que nos ha pasado. Seguramente, también, en otros momentos nos hemos quejado al Cielo por lo que nos tocaba vivir creyendo que ya no podríamos soportar nada más. Y, quizás, han venido otras situaciones que sí hemos podido soportar y llevar adelante sabiendo que la vida continúa y que tenemos que seguir.
No sólo a nosotros nos puede haber sucedido, sino que habrá alguien en nuestras vidas que hemos visto cómo vivía, como Job, muchas situaciones duras y cruces muy pesadas. Y los hemos visto seguir sin dejarse caer sabiendo que siempre, con confianza en la Providencia, se sale adelante.
A veces, nos encontramos también con aquellos que no creen que pueden salir, que no confían, que siempre están con la queja en los labios por esto o por aquello y que están como buscando algo para poder renunciar a la fe o para poder seguir amargados por la vida.
Ninguno puede decir tu cruz es mayor que la mía, ni mi dolor es más grande que el tuyo. Cada uno tiene lo que tiene, pero todos debemos buscar la fuerza en lo alto para aceptar cada momento que el Padre quiere que vivamos o que el Padre permite que vivamos, porque no todo es culpa de Dios, sino que, otras veces, el Señor lo permite. Pero todo depende de nosotros cómo lo vivamos, si con confianza en la fortaleza que Él nos dará en todo momento o si sólo nos renegaremos y dejaremos que las cosas nos aplasten y destruyan.
Job eligió el mejor camino de aceptar, creer y continuar.

domingo, 27 de septiembre de 2026

La carrera de la santidad

Jesús les dijo:
«En verdad os digo que los publicanos y las prostitutas van por delante de vosotros en el reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia y no le creísteis; en cambio, los publicanos y prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros no os arrepentisteis ni le creísteis».
Como veis el hacer o no hacer la Voluntad de Dios es lo que nos salvará o nos condenará, o sea, no es cualquier cosa. Y lo que es peor creo que no nos damos cuenta o no queremos darnos cuenta que eso es el centro y lo esencial en nuestra vida cristiana: "hágase tu Voluntad en la tierra como en el Cielo", lo decimos cada día, pero no asumimos que somos nosotros mismos quienes lo tenemos que vivir.
¿Qué es lo que pasa? Que nos hemos acostumbrado a lo largo de los siglos a cumplir con formas, con ritos, y adormilamos la conciencia diciéndonos que con eso basta, con que no cometamos pecado mortal y nos quedamos conformes con ser personas buenas, pero que no dicen nada más al resto del mundo. Y, personas buenas hay en todas partes, sean católicas, cristianas, ateas, agnósticas, budistas,...
Pero ya nos lo dijo Jesús: "sed santos porque vuestro Padre Celestial es santo", "sed perfectos porque vuestro Padre celestial es perfecto", y, por último "amaos unos a otros como yo os he amado". Y todo eso implica, en nuestras vidas cotidianas una búsqueda constante de la Voluntad de Dios, porque es lo que debo vivir para alcanzar esa meta en mi vida.
Es, como dice san Pablo una carrera larga en la cual hay una lucha concreta entre lo que quiero y lo que debo, y esa lucha no la puedo lograr o no puedo vencer ni en esa lucha ni en esa carrera sin la Gracia de Dios, sin el alimento eterno que me da el Señor, pero es un alimento para alcanzar la meta, sino sólo estamos engordando nuestro espíritu sin dar nada al mundo, sin mostrarle al mundo la alegría de correr la carrera de la santidad.

sábado, 26 de septiembre de 2026

Hay cosas que no interesan

«Meteos bien en los oídos estas palabras: el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres».
Pero ellos no entendían este lenguaje; les resultaba tan oscuro, que no captaban el sentido.
Y les daba miedo preguntarle sobre el asunto".
Fijaos que cuando los discípulos no comprenden algo de las parábolas o algún milagro siempre les preguntan a Jesús para que se los explique, y Jesús en privado siempre les ha explicado aquello que no comprendían porque tenía necesidad que ellos entendieran todo mejor.
En este caso en que Jesús les comienza a hablar de su entrega, de su Pasión por miedo a lo que pudiera ocurrir no les preguntan nada a Jesús, tienen miedo no sólo a lo que va a ocurrir sino a lo que Jesús les pueda contestar.
Y eso también nos sucede a nosotros: siempre nos interesamos por las cosas buenas, por querer saber si en el futuro vamos a estar mejor, si esto que quiero hacer para mi felicidad lo puedo hacer, pero cuando sabemos que lo que va a venir no me va a gustar o que no es lo que yo quería o quiero hacer... ahí ya no me interesa la respuesta, no me interesa llegar a ese lugar ni a a ese momento. Es lo lógico que nos puede suceder porque no estamos creados para el sufrimiento, para la cruz, estamos llamados a la plenitud, a la felicidad, a la bienaventuranza.
Pero todo tiene su tiempo en este mundo y, quizás, nos toque vivir un poco de todo y, seguramente, ya hemos pasado por muchos caminos oscuros y dolorosos, y también los alegres y felices y sabemos que todos se sale y todos nos renuevan y nos hacen, quizás, más fuertes.
El conocer y saber que nuestro caminar en santidad tendrá cruz y dolor porque es el mismo que el de Jesús, nos ayuda ir fortaleciendo nuestro espíritu para cuando llegue, pero sin preocuparnos por el día y la hora, sino que cada día y cada hora la tenemos que poner en Sus Manos para que estemos preparados para dar el Sí a la Voluntad del Padre en el momento oportuno. Mientras tanto vivimos en la alegría de haber sido llamados a una vida en Su Amor para alcanzar la eternidad.

viernes, 25 de septiembre de 2026

Todo tiene su tiempo

"Todo tiene su momento, y cada cosa su tiempo bajo el cielo..."
Esto es lo que, muchas veces, nos produce ansiedades: que Dios tenga sus tiempos y que nosotros no sepamos cuándo es el tiempo de Dios, aunque en realidad sí lo sabemos: cuando Él quiera. No, en serio, el tiempo de Dios es el presente, es el hoy por eso tenemos que estar siempre atentos al hoy de Dios pues en ese hoy Él nos está diciendo algo, nos está mostrando algo y quiere que tomemos una decisión sobre algo.
Cuando la ansiedad o el no pensar en lo que Dios quiere, o cuando nos dejamos avasallar por la carrera contra el tiempo, es cuando no estamos haciendo la Voluntad de Dios, pues no tenemos tiempo de ponernos a discernir sobre lo que estamos viviendo y haciendo, ni tan siquiera nos hemos detenido a ver si lo que estamos haciendo o viviendo es Voluntad de Dios.
Jesús así nos lo enseñó cuando, en muchos momentos, hablaba de "no ha llegado mi Hora". Él sabía cuándo y cómo sería Su Hora y por eso buscaba en todo momento el encuentro con el Padre. Leemos en muchas partes del Evangelio que se iba solo a orar pues necesitaba estar en ese diálogo permanente para no dejar pasar el tiempo sin saber qué es lo que el Padre quería.
¿Cuándo es el nuestro mejor tiempo? ¿Cuánto tiempo necesitamos estar con Dios? Sólo cada uno lo sabe, pero seguramente tenemos que ir aprendiendo a estar no con Dios, sino en Dios, pues cuando aprendemos a entregar cada momento y cada situación al Padre es cuando todo está en Dios, en esos momentos, seguramente, el Padre nos dará su Gracia porque todo lo hacemos por Él, con Él y para Él. Porque no es que Dios necesite que nosotros hagamos cosas para Él, sino que haciéndolo así todo resulta más productivo para nuestra vida espiritual, para fortalecer nuestro espíritu, para poder alcanzar la gracia de saber que todo lo que hacemos si lo ponemos en Sus Manos no queda sin recompensa, y así le consagramos cada acto, cada momento, y, en definitiva toda nuestra vida.

jueves, 24 de septiembre de 2026

Vanidad de vanidades

Decía Herodes sobre Jesús:
«A Juan lo mandé decapitar yo. ¿Quién es este de quien oigo semejantes cosas?». Y tenía ganas de verlo".
Esta frase me hizo pensar en las cosas que hace la gente por ver a algún famoso, por seguir sus vidas, y las cosas raras que hacen los más seguidores: se tatúan sus rostros en la piel, se cortan el cabello como ellos, gastan fortunas por verlos en conciertos, estadios, etc. A veces el canto de sirena que produce la fama desquicia a las personas, quizás porque quieren ser como ellos, quizás porque compartir sus locuras los saca del ritmo triste de la vida, o vaya a saber qué cosas suenan en sus cabezas.
Herodes solamente tenía ganas de verlo por la fama que se había hecho sobre Jesús, sus milagros, sus palabras, sus seguidores. Pero todo brotaba de la vanidad que había en él, no había mayor deseo que saber quién era o qué era Jesús, porque tanto se hablaba y tantas teorías se manejaban sobre su vida que había que conocerlo.
Y es lo que trae la vanidad consigo: la superficialidad de la vida, conocer por conocer, creer que por peinarnos como tal podemos llegar a ser tal o cual, vivir sin pensar que lo que estoy viviendo es una falsa vida, y quedar por dentro tan vacío como siempre cuando caigo en la verdad de lo que estoy viviendo.
Todas esas cosas nos llevan a vivir un descontrol que no nos deja pensar en lo que estamos haciendo, en cómo estamos viviendo. La rapidez de los días hacen que queramos vivir todo de golpe, y por eso no interesa cómo lo vivamos sino las sensaciones que deja en nuestro interior, aunque más no sea una sensación de ese momento porque se que dos días más tarde volveré a tener otra sensación que me lleve a la euforia nuevamente.
Y todo pasa. Y todo se acaba. Y la vida continúa. Hasta que de pronto la vida nos golpea y vemos que no hay mucho de donde "rascar" para hacer frente al dolor, a la cruz. Por eso la lectura del Eclesiastés nos invita a descubrir la vanidad del tiempo que vivimos, que si no somos capaces de vivir desde el interior y desde Dios, todo será vacío y nada.
Jesús no sólo quiere que lo descubramos, sino que quiere que aprendamos a vivir desde una realidad profunda y llena de valores que tornan nuestra vida con un sentido de eternidad, haciendo que cada cosa y situación que vivamos nos permita crecer, madurar y alcanzar la perfección que nuestro ser anhela, una perfección personal, propia y no alquilada o imitada.

miércoles, 23 de septiembre de 2026

Piedras del edificio eterno

De los escritos de San Pío de Pietrelcina, presbítero

Mediante asiduos golpes de cincel salutífero y cuidadoso despojo, el divino Artífice busca preparar piedras para construir un edificio eterno, como nuestra madre, la santa Iglesia Católica, llena de ternura, canta en el himno del oficio de la dedicación de una iglesia. Y así es en verdad.
Toda alma destinada a la gloria eterna puede ser considerada una piedra constituida para levantar un edificio eterno. Al constructor que busca erigir una edificación le conviene ante todo pulir lo mejor posible las piedras que va a utilizar en la construcción. Lo consigue con el martillo y el cincel. Del mismo modo el Padre celeste actúa con las almas elegidas que, desde toda la eternidad, con suma sabiduría y providencia, han sido destinadas para la erección de un edificio eterno.
El alma, si quiere reinar con Cristo en la gloria eterna, ha de ser pulida con golpes de martillo y cincel, que el Artífice divino usa para preparar las piedras, es decir, las almas elegidas. ¿Cuáles son estos golpes de martillo y cincel? Hermana mía, las oscuridades, los miedos, las tentaciones, las tristezas del espíritu y los miedos espirituales, que tienen un cierto olor a enfermedad, y las molestias del cuerpo.
Dad gracias a la infinita piedad del Padre eterno que, de esta manera, conduce vuestra alma a la salvación. ¿Por qué no gloriarse de estas circunstancias benévolas del mejor de todos los padres? Abrid el corazón al médico celeste de las almas y, llenos de confianza, entregaros a sus santísimos brazos: como a los elegidos, os conduce a seguir de cerca a Jesús en el monte Calvario. Con alegría y emoción observo cómo actúa la gracia en vosotros.
No olvidéis que el Señor ha dispuesto todas las cosas que arrastran vuestras almas. No tengáis miedo a precipitaros en el mal o en la afrenta de Dios. Que os baste saber que en toda vuestra vida nunca habéis ofendido al Señor que, por el contrario, ha sido honrado más y más.
Si este benevolentísimo Esposo de vuestra alma se oculta, lo hace no porque quiera vengarse de vuestra maldad, tal como pensáis, sino porque pone a prueba todavía más vuestra fidelidad y constancia y, además, os cura de algunas enfermedades que no son consideradas tales por los ojos carnales, es decir, aquellas enfermedades y culpas de las que ni siquiera el justo está inmune. En efecto, dice la Escritura: «Siete veces cae el justo» (Pr 24, 16).
Creedme que, si no os viera tan afligidos, me alegraría menos, porque entendería que el Señor os quiere dar menos piedras preciosas... Expulsad, como tentaciones, las dudas que os asaltan... Expulsad también las dudas que afectan a vuestra forma de vida, es decir, que no escucháis los llamamientos divinos y que os resistís a las dulces invitaciones del Esposo. Todas esas cosas no proceden del buen espíritu sino del malo. Se trata de diabólicas artes que intentan apartaros de la perfección o, al menos, entorpecer el camino hacia ella. ¡No abatáis el ánimo!
Cuando Jesús se manifieste, dadle gracias; si se oculta, dadle gracias: todas las cosas son delicadezas de su amor. Os deseo que entreguéis el espíritu con Jesús en la cruz: «Todo está cumplido» (Jn 19, 30).

martes, 22 de septiembre de 2026

Ser Fieles

"Entonces le avisaron:
«Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren verte».
Él respondió diciéndoles:
«Mi madre y mis hermanos son estos: los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen».
Hoy en día, humanamente hablando, los títulos académicos, los de nobleza (donde los haya), los nombramientos políticos, etc., son los que "abren" puertas y "pareciera" que hacen más dignos a las personas. Y usando la misma medida creemos que el título de cristiano nos abre las puertas del Cielo, y, parece que no es así.
No por tener el título de cristiano que me dio el bautismo. O por tener un lugar particular en la comunidad cristiana voy a ser mejor que otros o voy a conseguir más favores de parte de Dios. Si pienso eso, estoy muy equivocado.
A veces la gente nos dice a los sacerdotes, y, seguramente, a los religiosos también: "usted que está más cerca de Dios pídale..." Puede ser que esté más cerca pero no por ser sacerdote o religioso, sino porque vive en fidelidad a la voluntad de Dios, que es lo que Jesús nos dice en este Evangelio: "mi madre y mis hermanos son los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen", y eso lo tiene que hacer todo cristiano, y, por eso, cualquier puede estar más en Dios que uno que tiene un título.
Así la liturgia nos pone para que tomemos nota, frente a esta exigencia de Jesús, el Libro de los Proverbios donde, ya en el Antiguo Testamento, Dios iba dando consejos y sentencias acerca del accionar del hombre. Por eso os lo recomiendo para seguir leyendo la primera lectura e ir revisando nuestra vida para ver cómo vamos actuando, y, principalmente, hemos de tener en cuenta que no bastan los títulos o cargos para alcanzar el Cielo, sino ser Fieles a la Voluntad de Dios en amor.

lunes, 21 de septiembre de 2026

Lo vió, lo amó y lo eligió

Homilía de San Beda el Venerable, presbítero

Jesús vio a un hombre llamado Mateo, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: «Sígueme». Lo vio más con la mirada interna de su amor que con los ojos corporales. Jesús vio al publicano y, porque lo amó, lo eligió, y le dijo: Sígueme. Sígueme, que quiere decir: «Imítame». Le dijo: Sígueme, más que con sus pasos, con su modo de obrar. Porque, quien dice que permanece en Cristo debe vivir como vivió él.
El -continúa el texto sagrado- se levantó y lo siguió. No hay que extrañarse del hecho de que aquel recaudador de impuestos, a la primera indicación imperativa del Señor, abandonase su preocupación por las ganancias terrenas y, dejando de lado todas sus riquezas, se adhiriese al grupo que acompañaba a aquel que él veía carecer en absoluto de bienes. Es que el Señor, que lo llamaba por fuera con su voz, lo iluminaba de un modo interior e invisible para que lo siguiera, infundiendo en su mente la luz de la gracia espiritual, para que comprendiese que aquel que aquí en la tierra lo invitaba a dejar sus negocios temporales era capaz de darle en el cielo un tesoro incorruptible.
Y, estando en la mesa en casa de Mateo, muchos publicanos y pecadores, que habían acudido, se sentaron con Jesús y sus discípulos. La conversión de un solo publicano fue una muestra de penitencia y de perdón para muchos otros publicanos y pecadores. Ello fue un hermoso y verdadero presagio, ya que Mateo, que estaba destinado a ser apóstol y maestro de los gentiles, en su primer trato con el Señor arrastró en pos de sí por el camino de la salvación a un considerable grupo de pecadores. De este modo, ya en los inicios de su fe, comienza su ministerio de evangelizador que luego, llegado a la madurez en la virtud, había de desempeñar. Pero, si deseamos penetrar más profundamente el significado de estos hechos, debemos observar que Mateo no sólo ofreció al Señor banquete corporal en su casa terrena, sino que le preparó, por su fe y por su amor, otro banquete mucho más grato en la casa de su interior, según aquellas palabras del Apocalipsis: Estoy a la puerta llamando: si alguien oye y me abre, entraré y comeremos juntos.
Nosotros escuchamos su voz, le abrimos la puerta y lo recibimos en nuestra casa, cuando de buen grado prestamos nuestro asentimiento a sus advertencias, ya vengan desde fuera, ya desde dentro, y ponemos por obra lo que conocemos que es voluntad suya. Él entra para comer con nosotros, y nosotros con él, porque, por el don de su amor, habita en el corazón de los elegidos, para saciarlos con la luz de su continua presencia, haciendo que sus deseos tiendan cada vez más hacia las cosas celestiales y deleitándose él mismo en estos deseos como en un manjar sabrosísimo.

domingo, 20 de septiembre de 2026

Complicado de ver

"Jesús dijo a sus discípulos: «Muchos de los primeros serán los últimos, y muchos de los últimos serán los primeros, porque el Reino de los Cielos se parece a un propietario que salió muy de madrugada a contratar obreros para trabajar en su viña. Trató con ellos un denario por día y los envío a su viña..."
Si hay una parábola complicada para entenderla o para aceptarla es esta la del viñador que paga a todos lo mismo, y, sobre todo, esto de que los últimos serán primeros y los primeros últimos... No terminamos de aceptar estas cuestiones que nos plantea Jesús, y, por supuesto, tampoco podré resolverlas del todo, sino que intentaré hacer una reflexión de lo que a mí, hoy, me parece luego de leer y leer con la Gracia del Espíritu, pues, seguramente a cada uno, como siempre, la Palabra nos dirá otras cosas.
Pero pensando en los primeros y los últimos lo asocié con la soberbia y la humildad, y al hacerlo apareció en la memoria el Magníficat, el cántico de María, cuando Ella dice: "Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes..."
Es que los vanidosos y soberbios siempre se creen los mejores, los primeros en todo y por eso creen que no necesitan de nadie, incluso, hasta los que se creen más religiosos pero "descartan" a Dios de sus vidas, quizás inconscientemente, pues ellos lo pueden todo. Más aún, muchas veces, no recurren al sacramento de la reconciliación porque no se creen pecadores, sino que son los mejores de la tierra, o no valoran tanto ese sacramento.
Y, por otro lado, están los que intentan vivir una sincera humildad. Digo sincera, porque también están los que la viven falsamente terminando en vanidad. Pero los que sinceramente viven la humildad (son los que no la predican con palabras) lo hacen desde esa condición de hijos pequeños que confían en el Padre, que necesitan al Padre y que, por esa razón, viven la disponibilidad a su Voluntad, y se dejan guiar por su mano. Por esa razón saben que todo lo que el Padre quiera o permita en sus vidas es por Amor y para su bien, por eso, siempre estarán fijos en los ojos del Padre y recibirán mucho más pues tienen el corazón más vacío de sí mismos, y así pueden ser llenos del Amor del Padre.

sábado, 19 de septiembre de 2026

Semilla que alimenta

Sermón de San Juan María Vianney “Cura de Ars” (s. XIX)

Si me preguntáis qué es lo que quiere decir Jesucristo al hablar de ese sembrador que salió de madrugada a esparcir la semilla en su campo, hermanos, os digo que ese sembrador es el mismo buen Dios que comienza a trabajar para nuestra salvación desde el comienzo del mundo enviándonos profetas antes de la venida del Mesías para enseñarnos que debíamos ser salvados. No se contentó enviándonos a sus servidores, sino que vino él mismo y nos señaló el camino que debíamos tomar, y nos anunció la palabra santa.
¿Sabéis lo que es una persona que no se alimenta de esta palabra santa? Se parece a un enfermo sin médico, a un viajero extraviado sin guía, a un pobre sin recursos. Es del todo imposible, hermanos, amar a Dios y contentarle sin alimentarse de esta palabra divina. ¿Qué es lo que puede llevar a ligarnos a él sino el conocerlo? ¿Y quién nos le hace conocer con todas sus perfecciones, sus bellezas y su amor por nosotros, si no es la Palabra de Dios que nos enseña todo lo que él ha hecho por nosotros y los bienes que nos prepara en la otra vida?

viernes, 18 de septiembre de 2026

Acompañando a Jesús

Alocución de San Juan Pablo II, papa (s. XX)

Es particularmente conmovedor meditar en la actitud de Jesús hacia la mujer: se mostró audaz y sorprendente para aquellos tiempos, cuando, en el paganismo, la mujer era considerada objeto de placer, de mercancía y de trabajo, y, en el judaísmo, estaba marginada y despreciada. Jesús mostró siempre la máxima estima y el máximo respeto por la mujer, por cada mujer, y en particular fue sensible hacia el sufrimiento femenino. Traspasando las barreras religiosas y sociales del tiempo, Jesús restableció a la mujer en su plena dignidad de persona humana ante Dios y ante los hombres.
¿Cómo no recordar sus encuentros con Marta y María, con la Samaritana, con la viuda de Naín, con la mujer adúltera, con la hemorroisa, con la pecadora en casa de Simón el fariseo? El corazón vibra de emoción al sólo enumerarlos. Y cómo no recordar sobre todo, que Jesús quiso asociar algunas mujeres a los Doce, que le acompañaban y servían y fueron su consuelo durante la vía dolorosa hasta el pie de la cruz? Y después de la resurrección Jesús se apareció a las piadosas mujeres y a María Magdalena, encargándole anunciar a los discípulos su resurrección. Deseando encarnarse y entrar en nuestras historia humana, Jesús quiso tener una Madre, María Santísima, y elevó así a la mujer a la cumbre más alta y admirable de la dignidad, Madre de Dios encarnado, Inmaculada, Asunta, Reina del cielo y de la tierra.
¡Por eso, vosotras, mujeres cristianas, debéis anunciar, como María Magdalena y las otras mujeres del Evangelio debéis testimoniar que Cristo ha resucitado verdaderamente, que El es nuestro verdadero y único consuelo! Tened, pues, cuidado de vuestra vida interior.

jueves, 17 de septiembre de 2026

El dolor del pecado

"Por eso te digo que sus pecados, sus numerosos pecados, le han sido perdonados. Por eso demuestra mucho amor. Pero aquel a quien se le perdona poco, demuestra poco amor".
Hermoso texto del Evangelio de hoy, no sólo por la escena que nos muestra sino por las enseñanzas que hay en él, pues creo que da para muchas cosas, pero me voy a quedar sólo con estas palabras de Jesús.
No siempre valoramos lo que significa en nuestras vidas el sacramento de la Reconciliación, la confesión sacramental. Digo que no siempre lo valoramos porque no siempre, creo, que nos confesamos verdaderamente de nuestros pecados, porque, en realidad, no todos tenemos verdadera conciencia de pecado. Nos confesamos, muchas veces, por rutina, por que está mandado, porque debo, pero no siempre tenemos verdadero dolor por nuestros pecados y por eso no sentimos el alivio de ser perdonados.
La rutina de la confesión nos hace ser, también, casi rutinarios para pecar pues lo hacemos teniendo en cuenta que vamos a ir a confesarnos y, por eso, se vuelve una rutina pecar y confesar, y, llegado el momento, ni siquiera nos detenemos a pensar por qué lo hacemos. Y eso nos quita el sentir el verdadero dolor de nuestros pecados.
Lo cual nos lleva a no experimentar, también, el dolor del pecado de nuestros hermanos y por eso no tenemos la capacidad de perdonar o pedir perdón como es debido. Jesús lo que le está reclamando a su anfitrión es también esa realidad: no expresa amor porque no se siente perdonado, y no se siente perdonado porque no ha sabido pedir perdón por sus pecados, y no siente que tenga que pedirlo porque no le duele su propio pecado, y, por eso mismo no agradece la Presencia de Aquél que puede perdonarlo.
Y así, por esa misma razón, no aprecia el valor de la Presencia de Jesús en su vida, no aprecia lo que la mujer está haciendo con Jesús y expresando con cada lágrima y gesto, porque él no experimentó ni el dolor de sus pecados, ni tampoco el gozo de saberse perdonado.

miércoles, 16 de septiembre de 2026

El sinsentido del amor y la vida

Hoy la liturgia nos presenta dos lecturas que con sólo escuchar o leer la primera línea ya sabemos de qué va todo: el himno de la caridad de san Pablo que lo tenemos súper escuchado en las bodas, y el evangelio de los jóvenes insatisfechos. Y las dos lecturas son hermosas para reflexionar largo y tendido.
Vamos con el himno de la caridad. La caridad que es sinónimo del Amor divino y no sólo de dar limosna, porque cuando uno piensa en caridad, piensa en Caritas, y piensa por eso en la limosna que puedo o no dar, en los actos caritativos que puedo o no hacer. Pero esos actos son quizás, el 0,01% de mi vida, y hasta, muchas veces, no se hacen por amor a los demás, sino para quedar bien en conciencia o bien frente a los demás, como dicen muchos: para tomarme la foto y mostrarla.
Pero el Himno de san Pablo va mucho más allá nos hace no sólo pensar en el hermoso amor matrimonial, sino que va más allá, en el amor que tengo que vivir todos los días y, por eso, se podría decir que tiene que ser un examen de conciencia riguroso en mi vida cristiana, pues es la medida del amor que me pide vivir el Señor.
¿Que no llegamos a vivir totalmente? Seguro, pero por eso no debemos dejar de intentar alcanzar la meta, y que cada día podamos recorrer más y mejor el sendero del Amor sin esperar que sean los otros los que tengan que comenzar, sino que sea yo el primero en llegar.
Y a esto del amor podemos unir el evangelio, pues así cómo el amor también hemos dejado sin sentido la vida, pues hemos hablado o escuchado tanto que todo se ha ido desfigurando con las nuevas corrientes ideológicas y nadie está convencido de lo que está viviendo, y son muy pocos los que han encontrado el verdadero sentido a la vida y al amor, pues han tenido el valor de mirar hacia arriba y encontrarse con el Señor.
Pero cuando eso no ocurre van probando esto y aquello, no me gusta como soy, no me gusta mi pelo, ni mi cuerpo, ni si soy varón o mujer, y por eso pruebo a ser perro, gato, o lo que sea para ver si encuentro la mejor parte de mi vida. Y en eso probar voy dejando muchas mejores opciones de vivir y de amar porque, en realidad, no he descubierto quién soy ni para lo que estoy, pues el mundo lo que quiere es que no sea y que no me encuentre y le estoy haciendo caso porque eso de Dios no es lo que me da placer.
Por eso, los que hemos encontrado el verdadero amor y sentido de la vida en el Amor a Dios vivamos intensamente y recorramos el verdadero Camino de la Vida para que otros puedan llegar a descubrirlo y gozar de los Dones de Dios.

martes, 15 de septiembre de 2026

El dolor de la Madre

Homilía de San Buenaventura, obispo (s. XIII)

La gloriosa Virgen ha pagado nuestro rescate como mujer valiente y animada por un amor de compasión hacia Cristo. En el evangelio de Juan se dice: «La mujer, cuando está apunto de dar a luz está triste porque ve venir su hora.» (Jn 16, 21).
La bienaventurada Virgen no ha experimentado los dolores de parto porque no había concebido a consecuencia del pecado como Eva, contra la que fue pronunciada la maldición. El dolor de la Virgen vino después, ha dado a luz en la cruz. Las otras mujeres conocen el dolor físico del alumbramiento, ella experimentó el del corazón. Las otras sufren por una alteración física, ella por la compasión y el amor.
La bienaventurada Virgen ha pagado nuestro rescate como mujer valiente y amando con amor de misericordia por el mundo y, sobre todo, por el pueblo cristiano. «¿Puede una madre olvidarse de su pequeño y no tener entrañas para el fruto de su seno? (cf Is 49, 14) Esto nos puede dar a entender que el pueblo cristiano todo entero ha salido de las entrañas de la gloriosa Virgen.
¡Qué Madre tan llena de amor que tenemos! ¡Hagámonos semejantes a ella e imitémosla en su amor! Ella tuvo compasión de nosotros hasta el punto de no considerar para nada la pérdida material y el sufrimiento físico. «Hemos sido rescatados pagando un precio.» (cf 1 Cor 6, 20).

lunes, 14 de septiembre de 2026

Árbol que sube al Cielo

Homilía de un Autor Griego (s. IV)

El árbol de la Cruz, es para mí el de la salvación eterna. Me alimenta y lo hago mi obsequio. En sus raíces me arraigo, y por sus ramas me extiendo; su rocío me purifica y su espíritu, como un viento deleitoso, me hace fecundo. A su sombra, he preparado mi tienda, y huyendo de los grandes calores, me parece un refugio de frescura. De sus flores que florezco, y de sus frutos hago mis grandes delicias; estos frutos que me estaban reservados desde el origen, me producen un gozo sin límite. Cuando me estremezco ante Dios, este árbol me protege; cuando tiemblo, es mi apoyo; es el precio de mis combates y el trofeo de mis victorias. Es para mí el camino estrecho, el sendero tortuoso, la escala de Jacob recorrida por los ángeles, en la cumbre de la cual se apoya realmente el Señor (Mt 7, 14; Gn 28, 12).
Este árbol, de dimensiones celestes, ascendió de la tierra hasta los cielos, planta inmortal fijada entre el cielo y la tierra. Apoyo de todas las cosas, el apoyo del universo, soporte del mundo habitado, que abarca el cosmos y reúne los elementos variados de la naturaleza humana. Él mismo, soporte invisible del Espíritu, para que ajustado a lo divino no sea nunca más separado. Por su cima, toca el cielo, reforzando la tierra por sus pies y rodeado de todos lados por sus brazos enormes, los espacios innumerables de la atmósfera, es todo en todo y por doquier.
El universo fácilmente se perturba, y estremece de terror ante la Pasión, si el gran Jesús no le hubiera infundido el Espíritu divino diciendo: «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23, 46). Todo estaba acabado, pero cuando el espíritu divino se remontó, el universo fue en cierto modo reavivado, vivificado, y ha encontrado una estabilidad firme. Le sirvió a Dios de base para todo y en todas partes, y la Crucifixión se extendió a través todas las cosas.

domingo, 13 de septiembre de 2026

Perdonar las ofensas

El pecado original nos ha dejado tan maltrechos que no nos damos cuenta, muchas veces, que actuamos muy mal, y, sobre todo, porque creemos que lo que estamos haciendo lo hacemos muy bien.
Si leemos las lecturas con conciencia y mirándonos a nosotros mismos, nos vamos a dar cuenta qué cosas estamos haciendo muy mal, y, sobre todo, teniendo en cuenta lo que rezamos cada día: "perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden".
En eso se basan las lecturas de hoy: en no ofender, en no buscar venganza, en no guardar rencor, en dar más de lo que recibimos, y, sobre todo, en vivir en Jesús para poder amar como Él nos amó.
Es cierto que no siempre los demás se comportan como Dios manda, pero tampoco nosotros nos comportamos bien. Y si en ese ciclo de dijo tal cosa, hizo tal otra, etc., comenzamos un círculo vicioso de palabras, hechos y más cosas contra los demás, en donde las palabras se convierten en dagas afiladas para hacer el mayor daño posible, entonces, no estoy viviendo el mandamiento del amor y no estoy pensando en que ese daño que quiero hacerle a la otra persona también me lo estoy haciendo a mí.
Por eso el Señor nos está enseñando a perdonar. Una tarea que no es fácil, pero tampoco imposible. Para poder llevarla a cabo no tenemos que dejar que las ofensas penetren en mi corazón y me quiten la paz, sino saber que nada que venga de fuera del hombre nos hace daño, sino todo lo que queda en el corazón es lo que va dañando mi espíritu y mi fidelidad al Señor.
Así cuanto más deje entrar la Gracia y el Espíritu de Jesús, más podré perdonar para ser perdonado, más podre amar para ser amado, más paz habrá en mi corazón cuando sólo deseo la paz en los demás, y ante cada injusticia sea un instrumento de paz y no de discordia, ni tampoco sembrador cizaña, porque siempre tengo en cuenta que le pido al señor que "perdone mis ofensas así como yo perdono a los que me ofenden".

sábado, 12 de septiembre de 2026

Llenar el corazón

«No hay árbol bueno que dé fruto malo, ni árbol malo que dé fruto bueno; por ello, cada árbol se conoce por su fruto; porque no se recogen higos de las zarzas, ni se vendimian racimos de los espinos.
El hombre bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el que es malo, de la maldad saca el mal; porque de lo que rebosa el corazón habla la boca".
¿Cuáles son los frutos de mi vida? ¿Qué cosas salen de mi boca? ¿Cómo es mi relación con los demás? Son preguntas que nos tenemos que hacer cuando hacemos el examen de conciencia para ir al Encuentro con el Señor, y, sobre todo, al encuentro con mis hermanos. Porque así como trato a mis hermanos el Señor me tratará a mí ¿lo has pensado? ¿Por qué? Porque así lo dijo Él: "lo que hacéis con uno de estos mis hermanos a Mí me lo hacéis?" Y tú te preguntarás ¿quiénes son los pequeños hermanos del Señor? Todos somos los pequeños hermanos del Señor, porque en cada uno de nosotros está el Señor, por eso, así como tratamos a nuestros hermanos el Señor está viendo.
Pero, sobre todas las cosas, tenemos que ir viendo cómo o con qué llenamos nuestro corazón, porque de la abundancia de lo que hay en él hablarán nuestros labios.
Muchas veces nos llenamos de rencores, de cosas que nos han dicho o que hemos escuchado, de pensamiento que hemos tenido y que nos ha hecho daño, y vamos dejando que se acumulen en el corazón restos de malos deseos, de envidias, de rencores, de sensaciones hacia los demás, y, por eso "descargamos" nuestros maldades con los demás. Y, muchas veces, nos encarnizamos con alguien y vamos una y otra vez contra la misma persona. ¿Cómo habla eso de nosotros? Porque, como dice por ahí: las palabras hablan más de quien las dice de quién la recibe.
Busca siempre descansar en el Señor, que todos esos malos sentimientos los purifiques con el sacramento de la penitencia y reconciliación para que tu corazón esté siempre lleno del Amor del Señor y puedas sembrar paz, amor, justicia, fraternidad, alegría, esperanza que son los frutos del Espíritu en nosotros.

viernes, 11 de septiembre de 2026

Corrige a tu hermano

Sermón de San Agustín, obispo y doctor de la Iglesia (s. V)

«¿Cómo dices a tu hermano: “Deja que te saque la mota del ojo, si tienes una viga en el tuyo”? Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo y entonces podrás ver para sacar la mota del ojo de tu hermano.» (Mt 7,3ss). Es decir: sacúdete de encima el odio. Entonces podrás corregir a aquel que amas. El evangelio dice con razón «hipócrita». Reprender los vicios es propio de los hombres justos y buenos. Cuando lo hacen los malvados usurpan el papel de los buenos. Hacen pensar en los comediantes que esconden su identidad detrás de una máscara…
Cuando estamos obligados a corregir o a reprender, prestemos atención escrupulosa a la siguiente pregunta: ¿No hemos caído nunca en esta falta? ¿Nos hemos curado de ella? Aun si nunca la hubiésemos cometido, acordémonos de que somos humanos y de que hubiéramos podido caer en ella. Si, por el contrario, la hemos cometido en el pasado, acordémonos de nuestra fragilidad para que la benevolencia nos guíe en la corrección o la reprensión y no el odio. Independientemente de que el culpable se enmiende o no —el resultado siempre es incierto—, por lo menos podremos estar seguros de que nuestra mirada sobre él se ha mantenido pura. Pero, si en nuestra introspección descubrimos el mismo defecto que pretendemos reprender en el otro, en lugar de corregirlo, lloremos con el culpable. No le pidamos que nos obedezca, sino invitémosle a que nos acompañe en nuestro esfuerzo de corregirnos.
El Señor, en este pasaje, nos pone en estado de alerta contra el juicio temerario e injusto. Él quiere que actuemos con un corazón sencillo y que sólo a Dios dirijamos nuestra mirada. Puesto que el verdadero móvil de muchas acciones se nos escapa, sería temerario hacer juicios sobre ellas. Los que más prontamente y de manera temeraria juzgan y censuran a los demás son los que prefieren condenar antes que corregir y conducir al bien, y esto denota orgullo y mezquindad… Un hombre, por ejemplo, peca por cólera; tú le reprendes con odio. La misma distancia hay entre la cólera y el odio que entre la mota y la viga. El odio es una cólera inveterada que, con el tiempo, ha tomado esta gran dimensión y que, justamente, merece el nombre de viga. Puede ocurrirte que te encolerices deseando corregir, pero el odio no corrige jamás. Primeramente echa lejos de ti el odio; después podrás corregir al que ama.

jueves, 10 de septiembre de 2026

Amor a los enemigos

De Santa Teresita del Niño Jesús, doctora de la Iglesia (s. XIX)

El Señor explica en el Evangelio en qué consiste su mandamiento nuevo. Dice en san Mateo: “Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Yo, en cambio, os digo: Amad a vuestros enemigos, y rezad por los que os persiguen” (Mt 5, 43-44). La verdad es que en el Carmelo una no encuentra enemigos, pero sí que hay simpatías. Se siente atracción por una hermana, mientras que ante otra darías un gran rodeo para evitar encontrarte con ella, y así, sin darse cuenta, se convierte en motivo de persecución. Pues bien, Jesús me dice que a esa hermana hay que amarla, que hay que rezar por ella, aun cuando su conducta me indujese a pensar que ella no me ama: “Pues si amáis sólo a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores aman a los que los aman”(Lucas, 6).
Y no basta con amar, hay que demostrarlo. Es natural que nos guste hacer un regalo a un amigo, y sobre todo que nos guste dar sorpresas. Pero eso no es caridad, pues también los pecadores lo hacen. Y Jesús nos dice también: “A todo el que te pide, dale, y al que se lleve lo tuyo no se lo reclames”. Dar a todas las que pidan gusta menos que ofrecer algo una misma por propia iniciativa.
Si es difícil dar a todo el que nos pide, lo es todavía mucho más dejar que nos cojan lo que nos pertenece, sin reclamarlo. Digo, Madre, que es difícil, pero debería más bien decir que parece difícil, pues el yugo del Señor es suave y ligero (Mt 11, 30). Cuando lo aceptamos, sentimos enseguida su suavidad y exclamamos con el salmista: “Corrí por el camino de tus mandatos cuando me ensanchaste el corazón” (Ps 118, 32). Sólo la caridad puede ensanchar mi corazón. Y desde que esta dulce llama lo consume, Jesús, corro alegre por el camino de tu mandato nuevo (Jn. 13, 34)

miércoles, 9 de septiembre de 2026

Bienaventurados!

Meditación de San Carlos de Foucauld (s. XIX)

Confiemos, esperemos, nosotros todos que lloramos, que derramamos lágrimas inocentes; esperemos, si lloramos los dolores de nuestro cuerpo o de nuestra alma: nos sirven de purgatorio, Dios se sirve de eso para que levantemos los ojos hacia él, nos purifiquemos y santifiquemos.
Confiemos todavía más si lloramos los dolores de otros, porque esta caridad nos es inspirada por Dios y le agrada; confiemos también si lloramos nuestros pecados, porque esta compunción la pone Dios mismo en nuestras almas. Confiemos todavía más si lloramos con un corazón puro los pecados de otros, porque este amor por la gloria de Dios y la santificación de las almas nos son inspiradas por Dios y esto es una gracia.
Confiemos, si lloramos por el deseo de ver a Dios y el dolor por estar separados de Él; porque este deseo amoroso es obra de Dios en nosotros. ¡Confiemos también si lloramos solamente porque amamos, sin desear ni temer nada, queriendo plenamente todo lo que Dios quiere y queriendo sólo esto, la dicha de su gloria, sufriendo de sus sufrimientos pasados, llorando unas veces de compasión por el recuerdo de su Pasión, y otras de alegría con el pensamiento de su Ascensión y de su gloria, y otras simplemente de emoción porque le amamos hasta morir de amor!
Oh Jesús dulcísimo, hazme llorar por todo esto; hazme derramar todas las lágrimas que manifiesten mi amor hacia ti, por ti y para ti. Amén.

martes, 8 de septiembre de 2026

Sobre su nacimiento

 Homilía de Ruperto de Deutz, monje benedictino (s. XII)

Se nos lee la genealogía de Cristo en san Mateo. Esta costumbre, tradicional en la santa Iglesia, tiene un bello y misterioso motivo. Porque en verdad esta lectura nos presenta la escalera que Jacob vio de noche durante un sueño (Gn 28, 11s). En lo alto de esta escalera, que por la parte alta tocaba al cielo, el Señor, apoyado en ella, se apareció a Jacob y le prometió darle en herencia la tierra. Ahora bien, sabemos que «estas cosas sucedieron en figura para nosotros» (1Co 10, 11), ¿Qué prefiguraba, pues, esta escalera sino la casta de la que Jesucristo debía nacer, casta que el santo evangelista, con boca divina, ha hecho subir de manera tal que acaba en Cristo pasando por José? Es en este José a quien Jesús, niño pequeño, se apoyó. A través de la «puerta del cielo» (Gn 28, 17), es decir, por la Bienaventurada Virgen María, hecho niño por nosotros, salió gimiendo. Durante el sueño, Jacob oyó que el Señor le decía: «Todas las naciones del mundo se llamarán benditas por causa tuya» y ahora por el nacimiento de Cristo, se cumple esta realidad.
Es esto mismo lo que el evangelista veía cuando puso en su genealogía a Rahab la prostituta y a Ruth la moabita; porque veía muy claro que Cristo no vino en la carne solamente para los judíos, sino también para los paganos, él que se digno recibir antepasadas salidas de entre los paganos. Venidos, pues, de los dos pueblos, judíos y paganos, como los dos lados de la escalera, los padres antiguos, situados a diferentes grados, sostienen a Cristo Señor que sale de lo alto de los cielos. Y todos los santos ángeles bajan y suben a lo largo de esta escalera, y todos los elegidos entran, primero, en el movimiento de descenso de esta escalera para recibir, humildemente, la fe en la encarnación del Señor, y seguidamente son elevados a fin de contemplar la gloria de su divinidad.

lunes, 7 de septiembre de 2026

Sin descuidar lo importante

 San Ambrosio, obispo y doctor de la Iglesia (s. IV)


La mano que Adán había alargado para coger el fruto del árbol prohibido, el Señor la impregnó de la savia saludable de las buenas obras, a fin de que, secada por la falta, fuera curada por las buenas obras. En esta ocasión Jesús acusa a sus adversarios que, con su falsas interpretaciones, violaban los preceptos de la Ley; ellos defendían que en día de sábado era preciso no hacer ni tan sólo buenas obras, siendo así que la Ley, que prefiguraba en el presente lo que debía ser en el futuro, dice, ciertamente, que es el mal el que no debe trabajar, pero no el bien.


Has oído las palabras del Señor: «Extiende el brazo». Este es el remedio para todos. Y tú que crees tener sana la mano, vigila la avaricia, vigila que el sacrilegio no la paralice. Extiéndela a menudo: extiéndela hacia el pobre que te suplica, extiéndela para ayudar al prójimo, para socorrer a la viuda, para arrancar de la injusticia al que ves sometido a una vejación inmerecida; extiéndela hacia Dios por tus pecados. Es de esta manera que se extiende la mano; es de esta manera que sana

domingo, 6 de septiembre de 2026

Corrección con amor

"Hermanos:
A nadie le debáis nada, más que amor mutuo; porque el que ama ha cumplido el resto de la ley. De hecho, el «no cometerás adulterio, no matarás, no robarás, no codiciarás», y cualquiera de los otros mandamientos, se resume en esto:
«Amarás a tu prójimo como a ti mismo».
El amor no hace mal a su prójimo; por eso la plenitud de la ley es el amor".
Se podría decir que la exhortación que hace Dios por el Profeta Ezequiel y lo que nos pide Jesús en el Evangelio se sintetizan, o encuentran su respuesta en esta recomendación de san Pablo.
Cuando se ama de verdad se está atento al hermano, sea quien sea, y se intenta ayudarlo para que encuentre el Camino de la conversión, el camino de la Vida, pues cuando se ama al otro intentamos cuidarlo de sus caídas, ayudarlo a levantarse, acompañarlo en el camino de retorno al Padre.
Claro está que el amor tiene que ser verdadero hacia el otro, porque cuando uno se ama a sí mismo, fruto del egoísmo y del egocentrismo, entonces lo que voy a hacer será reprenderlo porque lo que está haciendo no me gusta a mí, o yo creo que tendría que ser de otro modo, y eso jamás ayudará a mi hermano a ser lo que Dios quiere que sea.
La corrección fraterna al hermano que se refiere Jesús es cuando veo que su vida está yendo fuera de la Voluntad de Dios, que no está viviendo conforme a los mandamientos o a los consejos evangélicos y quiero, en verdad y por amor, ayudarlo a salvar su alma.
Por eso, cuando voy a confesarme con el sacerdote, él tiene que guardar sigilo sacramental de los pecados del penitente, porque eso también entra dentro de la corrección fraterna. Debo velar para que sus errores y pecados no sean conocidos más que por el Padre del Cielo que conoce los secretos del corazón. Y esa confesión es la que sana y salva, sana porque nos da la Gracia para sanar el dolor que el pecado produce en el alma, y nos ayuda a seguir caminando hacia nuestra santidad y salvación.
Así, en la corrección fraterna entre hermanos tengo que comenzar hablando en privado para no dar a conocer los errores de mi hermano para ayudarlo a cambiar, y no comenzar por el final haciendo un chusmerío a todo el mundo de lo que yo considero sus pecados.

sábado, 5 de septiembre de 2026

Amor en acción

Relatos de la Madre Teresa de Calcuta

Hace unas semanas, dos jóvenes vinieron a nuestra casa para ofrecerme mucho dinero para dar de comer a la gente. En Calcuta damos de comer a 9 mil personas al día. Querían que el dinero se destinara para alimentar a esta gente. Les pregunté: «¿De dónde han sacado tanto dinero?». Ellos me respondieron: «Nos acabamos de casar hace dos días. Antes de la boda, decidimos que no compraríamos trajes para la ceremonia ni para la fiesta. Queremos darles a ustedes el dinero». Para un hindú de clase alta esto es un escándalo.
Muchos se quedaron totalmente sorprendidos al ver cómo una familia de ese nivel no había comprado trajes ni había organizado fiestas con motivo de la boda. Después les pregunté: «¿Por qué lo han hecho?».
Esta fue la extraña respuesta que me dieron: «Nos amamos tanto que queríamos dar algo a otros para comenzar nuestra vida en común con un sacrificio». Me impresionó mucho el constatar cómo estas personas estaban hambrientas de Dios. Una manera de manifestarse el amor mutuo era hacer ese sacrificio enorme. Estoy segura de que los occidentales no pueden entender lo que significa esto. En nuestro país, en la India, sabemos lo que significa no tener vestidos y fiestas para la boda. Sin embargo, estos dos jóvenes tuvieron el valor de comportarse así. Esto es verdaderamente un amor en acción. Y, ¿donde comienza este amor? En la propia casa. ¿Cómo comienza? Rezando juntos. Una familia que reza unida permanece unida. Y, si permanece unida, entonces se amarán unos a otros como Dios nos ama.
En una ocasión, por la tarde, un hombre vino a nuestra casa para contarnos el caso de una familia hindú de ocho hijos. No habían comido desde hacía ya varios días. Nos pedía que hiciéramos algo por ellos. De modo que tomé algo de arroz y me fui a verlos. Vi cómo brillaban los ojos de los niños a causa del hambre. La madre tomó el arroz de mis manos, lo dividió en dos partes y salió. Cuando regresó le pregunté qué había hecho con una de las dos raciones de arroz. Me respondió: «Ellos también tienen hambre». Sabía que los vecinos de la puerta de al lado, los musulmanes, tenían hambre.Quedé más sorprendida de su preocupación por los demás que por la acción en sí misma. En general, cuando sufrimos y cuando nos encontramos en una grave necesidad no pensamos en los demás. Por el contrario, esta mujer maravillosa, débil, pues no había comido desde hacía varios días, había tenido el valor de amar y de dar a los demás, tenía el valor de compartir.
Frecuentemente me preguntan cuándo terminará el hambre en el mundo. Y yo respondo: «Cuando tú y yo aprendamos a compartir». Cuanto más tenemos, menos damos. Cuanto menos tenemos, más podemos dar.

viernes, 4 de septiembre de 2026

Administradores fieles

"Hermanos:
Que la gente solo vea en nosotros servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios. Ahora, lo que se busca en los administradores es que sean fiel".
Cuando descuidamos nuestra relación con Dios, con el Padre, o con el Hijo, y, sobre todo con el Espíritu, nos vamos adueñando de los bienes que Ellos nos han regalado para distribuir y es ahí cuando ya no nos consideramos administradores de los bienes de Dios, sino que nos hacemos dueños de la Gracia. Somos nosotros quienes decidimos a quien sí y a quien no le corresponde tal o cual gracia, nos convertimos en dueños, jueces y verdugos de los demás, siendo que debemos ser hermanos y servidores de nuestros hermanos.
El pecado original nos ha dañado tanto y el príncipe de este mundo está tan ávido de destruir la obra de Dios que cada día nos tienta sin darnos cuenta y nos hace caer en la trampa de siempre: el apetito de poder que se apodera de nosotros y nos impide ser fieles a la Voluntad de Dios y nos hacemos fieles a nuestros propios gustos, instintos, deseos, apetitos, etc. Dejamos de lado la verdad, lo bueno, lo que debemos hacer por lo que queremos hacer y por lo que queremos ser sin tener en cuenta lo que Dios nos está mostrando y pidiendo que vivamos.
Por eso, cuando Jesús nos habla de los remiendos se refiere a esto: no siempre nos convertimos en nuevas personas, sino que vamos poniendo algunos remiendos a nuestra vida sin tener en cuenta que esos remiendo se caen, se rompen, y dejar a la vista lo que verdaderamente somos.
«Nadie recorta una pieza de un manto nuevo para ponérsela a un manto viejo; porque, si lo hace, el nuevo se rompe y al viejo no le cuadra la pieza del nuevo.
Nadie echa vino nuevo en odres viejos; porque, si lo hace, el vino nuevo reventará los odres y se derramará, y los odres se estropearán.
A vino nuevo, odres nuevos".
Y eso es lo difícil en nuestra vida: mantenernos fieles a la Voluntad de Dios que nos exige, día a día, un paso más en la conversión del corazón para que la novedad del Evangelio permanezca viva y eficaz en nuestras vidas, para que lo que el Padre quiere que hagamos y transmitamos sea Su Palabra y no la nuestra, pues su Palabra da Vida y la nuestra no.

jueves, 3 de septiembre de 2026

Necios o sabios...

"Que nadie se engañe. Si alguno de vosotros se cree sabio en este mundo, que se haga necio para llegar a ser sabio.
Porque la sabiduría de este mundo es necedad ante Dios, como está escrito: «Él caza a los sabios en su astucia». Y también: «El Señor penetra los pensamientos de los sabios y conoce que son vanos».
Estas exhortaciones paulinas me han hecho acordar de algunos vicios que nos suceden a los hombres de profesión, por ejemplo, alguna vez me han hablado del complejo de dios que se da en los médicos, creyéndose, algunos, que son ellos quienes dan la vida y la muerte. Algo parecido nos pasa a los sacerdotes con el completo del Salvador, creyendo que somos los únicos que salvamos a las personas. Y, por supuesto, que a muchos cristianos les pasa con el complejo de querer ser más papistas que el Papa. Y así nos sucede a todos cuando no nos damos cuenta que nuestra sabiduría no sirve para nada, y, sobre todo, que Dios hay uno sólo y el Salvador es Cristo, los demás somos instrumentos en sus manos.
"Así, pues, que nadie se gloríe en los hombres, pues todo es vuestro: Pablo, Apolo, Cefas, el mundo, la vida, la muerte, lo presente, lo futuro. Todo es vuestro, vosotros de Cristo, y Cristo de Dios".
Por eso, cuando ocupamos el lugar de Dios, o cuando dejamos de lado a Dios y vamos por nuestra propia cuenta, es cuando destruimos todo lo que podría ser bueno, todo lo que podría llevarnos a Dios y a la salvación, lo corrompemos gracias a nuestro egoísmo, soberbia y vanidad.
Y ¿cuál es el camino? Nos lo muestra en el Evangelio.
"Cuando acabó de hablar, dijo a Simón:
«Rema mar adentro, y echad vuestras redes para la pesca».
Respondió Simón y dijo:
«Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos recogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes».
Aunque creamos que sabemos hemos de dejar al Maestro que nos indique qué es lo que tenemos que hacer, pues es Él quien tiene el poder de hacer milagros, nosotros no lo tenemos, el único poder que tenemos es el de disponer nuestro corazón para ser buenos instrumentos, o el poder de pecar y estropear la Obra de Dios. Sólo en la humildad de reconocer nuestra pequeñez como instrumentos en Sus Manos podremos seguir construyendo el Reino en la tierra.

miércoles, 2 de septiembre de 2026

No ser humanos

Continúa san Pablo, en la carta a los corintios, haciendo la distinción entre lo humano y lo espiritual:
"Hermanos, no pude hablaros como espirituales, sino como a carnales, como a niños en Cristo. Por eso, en vez de alimento sólido, os di a beber leche, pues todavía no estabais para más. Aunque tampoco lo estáis ahora, pues seguís siendo carnales. En efecto, mientras haya entre vosotros envidias y contiendas, ¿no es que seguís siendo carnales y que os comportáis al modo humano?".
Es cierto que todos los que formamos una comunidad cristiana somos humanos, no hay ángeles, ni superhéroes, ni extraterrestres, ni zombies, ni nada de eso que no sea humano. Y, uno podría decir: ¡claro que tenemos que actuar como humanos! Pues no, no tenemos que actuar como humanos, sino como cristianos, y ahí está diferencia que tenemos que descubrir en nuestras vidas. ¿estamos actuando como cristianos o como humanos?
No es que los humanos no sepan actuar, no es que los que no hayan recibido el bautismo no sean buenas personas, en absoluto, sino que, por la Gracia Bautismal, los cristianos tenemos o tendríamos que vivir a la manera de Cristo y no a la manera humana. Tendríamos que superar los egoísmos, las envidias, las contiendas, las disputas, y tantas cosas que surgen de modo instintivo en el hombre, y que, si lo viviéramos desde el el Espíritu y el mandamiento de Jesús sería diferente porque estaríamos por encima de todo eso, y si llegáramos a descubrirlo en nuestras vidas, rápidamente, buscaríamos el modo de erradicarlo y convertirnos para continuar el camino de santidad.
Y, ahí está el meollo de la cuestión: ser santos. No es una opción que nos da el Señor, sino que es a lo que debemos aspirar pues el Espíritu nos ha santificado el día de nuestro bautismo y nos ha dado todo lo necesario para alcanzarla, pero lo que falta es lo que tenemos que poner nosotros de disponibilidad para vivir la Voluntad de Dios aquí en la tierra como en el cielo.

martes, 1 de septiembre de 2026

Nos vamos alejando

"Cuando explicamos verdades espirituales a hombres de espíritu, no las exponemos en el lenguaje que enseña el saber humano, sino en el que enseña el Espíritu. Pues el hombre natural no capta lo que es propio del Espíritu de Dios, le parece una necedad; no es capaz de percibirlo, porque sólo se puede juzgar con el criterio del Espíritu".
Muchas veces nos encontramos con personas que no son creyentes, que no creen en Dios o no creen en Cristo o no creen en la Iglesia, pero igual se ponen a juzgar nuestras vidas, nuestros credos, nuestra fe. ¿Por qué lo hacen? Porque no entienden y nunca van a entender la cosas del Espíritu porque no tienen el Espíritu de Dios, y por eso, lo único que les sale hacer es ponerse a criticar lo que no conocen o lo que creen conocer. Pero como dice Pablo no llegarán nunca a conocer lo que viene del Espíritu porque no viven en el Espíritu.
Y lo mismo nos puede pasar a nosotros, los que decimos que vivimos en el Espíritu, si no alimentamos nuestro espíritu con las cosas de Dios. Por eso mismo vemos muchos cristianos que se quejan de esto o de aquello, que no les gustan los consejos del Evangelio, que no quieren vivir la Voluntad de Dios. ¿Por qué? Porque se han alejado del Espíritu de Dios y juzgan todo desde lo natural, desde el gusto personal, desde los instintos naturales porque han perdido la relación con Dios, y no han sabido madurar en el espíritu de Dios.
Permanecer en Dios, Amar a Dios es vivir según Dios, y eso no se puede hacer si no nos alimentamos de Dios, si no recibimos la Gracia de los Sacramentos, especialmente la Reconciliación y la Eucaristía que son los que sostienen nuestra vida en el Espíritu. Así, poco a poco vamos perdiendo de vista las cosas de Dios, vamos alejándonos de su Espíritu y todo lo juzgamos con mentalidad terrenal y no aceptamos la Voluntad de Dios, volviéndonos tan terrenales que ya no somos testigos del Amor de Dios, no somos testigos de la alegría de vivir el Evangelio.